Un monaguillo que no cumple su función correctamente, unos jóvenes que se lo llevan y un clima inquietante que mantiene al lector en vilo. Un cuento de Fabio Morábito, incluido en Grieta de fatiga.
Llegó en el momento en que el cortejo del funeral enfilaba hacia el panteón, se coló entre los deudos y cuando la procesión se detuvo frente a uno de los bloques de nichos y la gente formó un semicírculo alrededor del cura, se situó adelante. El cura, al reconocerlo, le lanzó una mirada cargada de reproche, y algunos deudos, sobre todo la mujer vestida de negro que estaba a su lado, también lo miraron, pero nadie le preguntó quién era. Él observó al monaguillo, que movía el brasero del incienso con gestos apáticos, y se acordó de haberlo visto dos o tres meses antes en otro funeral, en compañía del mismo cura. Sus facciones eran delicadas como las de una niña y por el parecido que tenía con el otro monaguillo, el que solía acompañar al cura en todas las exequias, pensó que debía de ser su hermano. No le hubiera sorprendido que soltara en cualquier momento el brasero y se fuera, tan abúlicos eran sus gestos. Lo vio ponerse de pie después de insinuar una genuflexión (en realidad hizo un movimiento que se parecía vagamente al de doblar la rodilla), y sus miradas se cruzaron. El otro, al verlo mezclado entre los deudos, se sonrió abiertamente, al grado de que la mujer vestida de negro que estaba a su lado volteó otra vez hacia él para observarlo de manera inquisidora, luego murmuró algo al hombre que estaba junto a ella, también vestido de negro, que estiró el cuello para mirarlo de pies a cabeza. La mujer se inclinó hacia él y le preguntó en voz baja: ¿Con quién vienes, niño?
Él no se inmutó, aparentemente absorto en las exequias, y la otra, después de echarle otro vistazo indagador, dejó de molestarlo. De no ser por el monaguillo, que no perdía oportunidad de voltear a mirarlo, nadie se habría fijado en su presencia. Hubo unos cuchicheos, y el cura, que oficiaba de cara al nicho del muerto, volvió la cabeza. Sin dudar mínimamente de quién era el responsable de aquel desorden, le lanzó otra mirada malévola e interrumpió su rezo, que reanudó en seguida. Él, entonces, dio un paso al frente, tal vez para que todos vieran que no estaba haciendo nada malo, pero el monaguillo, que interpretó aquel acercamiento como una amenaza, dejó de hacer oscilar el incensario. El cura, girando otra vez la cabeza, rojo de rabia, interrumpió definitivamente su jaculatoria. Todos se callaron para observarlo y él, sintiéndose en el centro de las miradas, sonrió y, como quien bromea, dio otro paso y empujó al monaguillo en el hombro. El otro trastabilló, asustado, y el brasero del incienso se le cayó al suelo. Un murmullo surgió de la rueda de los deudos. Varios trozos de carbón ardiente se habían regado en el suelo, soltando una fumarola blanca. Él trató de sonreír, como para mostrar que estaba jugando, y sintió que alguien lo sujetaba por atrás. Dos jóvenes salidos de la rueda lo habían agarrado por los brazos y se lo llevaron en vilo, lejos de allí, mientras un tercer joven iba tras ellos. Sólo cuando el andador dio vuelta a la izquierda y estuvieron fuera de la vista de los deudos, los dos jóvenes le permitieron poner los pies en el suelo, sin soltarlo.
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