Archive for the ‘Ficción’ Category

El libro perdido de Jorge Luis Borges

Thursday, August 26th, 2010

Una historia muy borgeana de Mempo Giardinelli sobre Jorge Luis Borges. El cuento está incluido en el volumen Estación Coghan y otros cuentos, de Ediciones B.

Por Mempo Giardinelli.

estación coghlanNunca conté esto antes, y ahora mismo no sabría explicar por qué. Creo que fue a fines de 1980, durante un vuelo entre la Ciudad de México y Nueva York. En el mismo avión viajaba Jorge Luis Borges, aunque él lo hacía en primera clase, por supuesto. En algún momento me atreví y le pedí a la comisaria de a bordo que me permitiera sentar al lado de él durante unos minutos. Accedió con esa proverbial simpatía de las mexicanas, y hasta me convidó a una copa de vino. Borges tenía los ojos cerrados y sobre su falda descansaba una carpeta de cuerina color obispo. Parecía rezar, aunque tratándose de él uno debía suponer que estaba componiendo o recitando un poema. Fue muy amable conmigo y cuando me presenté como compatriota dijo, sonriente: -Quizá no sea casualidad que dos argentinos nos encontremos a tanta altura. Ya ve cómo nos cuesta tener los pies sobre la tierra.

Me preguntó en qué podía servirme y le respondí que simplemente no quería dejar pasar la ocasión de saludarlo y le conté, brevemente, que acababa de publicar un cuento titulado «La entrevista» en el que yo imaginaba que él, Borges, llegaba a los 130 años de edad sin ganar el Premio Nóbel y un editor norteamericano de voz meliflua me encargaba a mí, para entonces un viejo cronista jubilado de ochenta y pico de años, que lo entrevistara.

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Una marca ardiente

Thursday, August 19th, 2010

Una carta de un ladrón a un clérigo, una estafa maestra, una historia disfrazada de cuento moral. Agradecemos a Editorial Claridad por cedernos el cuento, que aparece en el volumen Cuentos Completos 2. 1880-1889.

Por Mark Twain.

cuentos completos de mark twainDeseo revelar un secreto que me he guardado nueve años y que se ha vuelto una carga.

En cierta ocasión, hace nueve años, dije, muy decidido: “Si vuelvo a ver de nuevo a St. Louis, voy a buscar al señor Brown, el gran comerciante de granos, y le voy a pedir que me conceda el privilegio de estrechar su mano”.

La ocasión y las circunstancias fueron como sigue. Un amigo mío, clérigo, vino un día al anochecer y dijo:

- Aquí tengo una carta muy importante, que quiero leerte, si puedo hacerlo sin interrupción. Sin embargo antes quiero darte algunas explicaciones. La carta fue escrita por un ex ladrón y exvagabundo del origen más bajo y la peor crianza, un hombre completamente manchado por el crimen y sumido en la ignorancia; pero ¡gracias a Dios! Con una mina de oro puro escondida en algún lugar remoto de sí, como verás. La carta está dirigida a otro ladrón llamado Williams, que cumple una condena de nueve años en cierta prisión estatal, acusado de asalto. Williams era un ladrón particularmente pendenciero y siguió en ese oficio durante una cantidad de años, pero finalmente fue atrapado y encarcelado en espera del juicio en una ciudad donde había entrado por la fuerza una noche, pistola en mano, y había obligado al propietario a darle ocho mil dólares en bono de gobierno.

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La mujer de otro

Thursday, August 12th, 2010

Un cuento de Abelardo Castillo en nuestra habitual ficción semanal. “La mujer de otro” apareció publicado en El espejo que tiembla (Seix Barral, 2005).

Por Abelardo Castillo. Foto: Lucio Ramírez.

abelardo castillo

Siempre supe que un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.

La casa es más o menos como la imaginaba. Una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora; pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.

-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.

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La máquina idiota

Thursday, August 5th, 2010

Juan Terranova acaba de publicar por la Editorial El Cuervo de Bolivia su libro de cuentos –y para muchos su mejor libro– Música para rinocerontes. De ese libro, publicamos “La máquina idiota”.

Por Juan Terranova.

música para rinocerontesCuando salió mi primera novela, mi editora me pidió que la firmara para mandársela a un tipo que tenía un programa de cable. No era un mal programa de cable. Era todo lo bueno que un programa de cable puede ser. Quizás demasiado serio. Reseñaban libros, hablaban con los autores, dictaban opiniones políticas. Cuando aparecían las opiniones políticas el programa se volvía especialmente malo, pero lo demás se sostenía. Visto desde ahora, pienso que quizás hubiera sido mejor ir a lo de Susana. Pero Susana no me había invitado.

Un amigo me convenció de que valía la pena.

- ¿Estás seguro?

- Sí -me dijo él-, ¿qué puede pasar?

Me llamaron de la producción, una mujer con voz seductora.

- Su libro me pareció “ex-ce-len-te”-dijo.

Le creí. ¿Por qué no? El asunto estaba confirmado pero volvió llamar. Me la imaginaba rubia, hablaba como rubia. No voy a dar el nombre del anfitrión del programa.

- El señor X quiere saber si lo que pone en la página setenta y cinco es verdad -me preguntó la rubia.

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Papá Noel duerme en casa

Thursday, July 29th, 2010

Samanta Schweblin, una de las voces más potentes de la actualidad, nos cuenta una historia de navidad…

Por Samanta Schweblin.

pájaros en la bocaLa navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

-Se la enviamos a Papá Noel -y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

-Falta el código postal.

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Madame Nené

Thursday, July 22nd, 2010

Un mes atrás, G.L. nos contaba el placer que le dio leer El último minuto de Andrés Neuman, y destacaba especialmente el cuento “Madame Nené”. Agradecemos a la editorial La compañía que nos cedió el cuento para publicarlo en el blog.

Por Andrés Neuman

el último minutoSin dejar de caminar, Josema miró hacia abajo y se encontró con el azul de su pantalón de gimnasia. Vistas desde arriba sus piernas le parecieron demasiado gruesas, como si fueran de otro. También notó que el agujero de sus zapatillas se había abierto un poco más: recordó el vértigo de aquella jugada, durante el recreo. Los dos más bestias de la clase acercándose al area. La pelota de plástico anaranjado en tierra de nadie, justo a medio camino, botando ligeramente. Y él, debajo del travesaño, deseando evaporarse. Pero había un prestigio que defender. Todos los de su equipo le gritaban que se tirase al suelo o despejara, que si mándala a un lateral, que si métele un patadón, que si esto o lo otro. No debía cagarse por nada en el mundo.

Estaba completamente cagado. Dio un paso hacia atrás para tomar impulso, entrecerró los ojos, apretó los labios, arrugó la frente y se lanzó hacia los dos bestias de la clase, que ya alcanzaban la pelota. El choque fue terrible. Por un momento Josema pensó que se había muerto, pero cuando levanto la cabeza vio como todos llegaban para felicitarlo y lo ayudaban a levantarse. Entonces, mientras comprobaba que todos sus miembros seguían unidos al tronco, se dio cuenta de que el calcetín le asomaba por la punta de su zapatilla derecha.

Josema sacudió el pie derecho, imitando aquella patada casual que había salvado el partido y su prestigio. Buscó la mano de su padre. Caminaban por las calles arboladas hacia la parada del autobús. Su padre parecía distraído: el estado ideal para tener una confidencia con él. Papá, hablo Josema. ¿Sí? Papá, hoy en la clase de francés hemos descubierto una cosa. ¿Ajá? Una cosa muy secreta. No me digas. Sí, una cosa increíble, un secreto importantísimo.

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Discos Gato Gordo o una nube con forma y color de moretón

Thursday, July 15th, 2010

Cecilia Pavón inaugura el sello Blatt & Ríos con el volumen de cuentos Los sueños no tiene copyright. De ese libro, traemos aquí el primer cuento: “Discos Gato Gordo o una nube con forma y color de moretón”.

Por Cecilia Pavón.

los sueños no tienen copyright

Soy la dueña, fundadora y única capitalista de la compañía discográfica “Discos Gato Gordo”. El nombre está copiado de un sello británico underground, “Fat Cat Records”. El objetivo de mi empresa es registrar los sonidos nuevos, es decir promocionar a los músicos experimentales de la ciudad de Buenos Aires.

Pero, ¿es música lo que hacen?; abrí esta empresa con mucha esperanza y ahora me doy cuenta qué difícil es lidiar con los obstáculos del mercado. ¿Es difícil batallar con los obstáculos del mercado, o soy yo la que no hago bien mi trabajo?

Mi cabeza está llena de dudas y da vueltas como un trompo mientras miro los barcos pasar. Barcos de carga, que quién sabe qué traerán y qué llevarán (mi oficina queda en un piso 29 muy cerca del río de la Plata) Ah! el aire del Río, es lo único que me renueva mientras tengo que luchar con ellos, los artistas. Aunque en realidad abrí esta empresa para estar en contacto con ellos.

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Polizonte

Thursday, July 8th, 2010

El cuento de esta semana es de la escritora Giovanna Rivero. “Polizonte” es un episodio de Tukson. Historias colaterales.

Por Giovanna Rivero (*)

giovanna rivero

Se quedó pensando si el policía que se presentó como el Comandante Sánchez le habría visto el meñique descarnado, sin uña, un pequeño monstruo en la orilla de la mano. Eso, claro, no era motivo para inculpar a nadie. Pero en estos tiempos suceden cosas peores, injustas, cosas locas. Si no se cubría el meñique no era porque no sintiera dolor o no tuviera miedo a los gérmenes; la aspiradora no había estado funcionando bien y seguramente habría toda una asquerosa fauna entre el falso mullido de la alfombra. Bacterias agazapadas que ya no podría vencer ningún antibiótico terrenal y que si se instalaban en la carne desnuda del meñique terminarían comiéndole hasta el cerebro. Abrió la primera gaveta del empotrado del lavamanos y sacó una botellita de alcohol. Se miró el dedo en el espejo, sorbió un trago y lo escupió sobre la herida. Flechas envenenadas ascendieron por el brazo y lo cegaron. Pensó que debía beber algo más digerible, una cerveza. Entonces recordó que había cometido un error. Y los errores le jodían el espíritu. Hay seres que nacen para el error y pueden corregirlos, una y otra vez, y otros que no tienen salida. Sería bueno haber pertenecido desde un comienzo a la primera especie, pero las cosas rara vez salían como uno deseaba.

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La hija de Bob

Thursday, July 1st, 2010

Hernán Ronsino, autor de La descomposición y Glaxo, nos regala el cuento “La hija de Bob”. Es breve, pero le tengo cariño, nos dice.

Por Hernán Ronsino.

hernán ronsino

Todo es amor infinito, me dice ella mientras caminamos por Alem bajo la lluvia, un sábado que parece domingo.

Después tomamos un tren en Retiro.

La lluvia moja la ventanilla del tren que tomamos en Retiro.

Nos bajamos en Coghlan.

Coghlan huele a colonia alemana emplazada en una sierra cordobesa.

Caminamos bajo la lluvia, saliendo de la estación, ese sábado que tiene algo de domingo.

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Mis amores con Dumbo y con Bambi (La aventura de un porteño en N.Y.)

Thursday, June 17th, 2010

Edgardo Cozarinsky dibuja un thriller delirante con los personajes más ingenuos de la infancia.

Por Edgardo Cozarinsky.

(A Monogram quickie)

¡burundanga!Nunca olvidaré la primera vez que vi a Bambi.

Era una tarde agobiante de verano en Nueva York y yo, debutante en el turismo, no sabía leer en los termómetros públicos la cantidad de grados Fahrenheit que hacían irrespirable la atmósfera normalmente viciada de Manhattan. El Radio City Music Hall me atrajo con su promesa de poderoso aire acondicionado; no recuerdo qué film anunciaba, creo que ni reparé en el título.

Una vez adentro, mientras sentía helarse la transpiración que me adhería la camisa al cuerpo, me dejé interesar por un juego de luces de colores que, visibles al disminuir las de la sala, parpadeaban en el escenario mientras una orquesta semisepulta afinaba invisibles instrumentos. Súbitamente, luces y orquesta estallaron en algo que, creo recordar, sugería el comienzo triunfal de los CinemaScope de la Fox, contemporáneos de aquella tarde ya lejana (Out of the past).

De ambos lados de la escena, sobre un fondo en movimiento de icebergs y glaciares de papel plateado, surgieron dos filas perfectamente unísonas de coristas coronadas por altos gorros de astrakán sintético y agraciadas por cortísimas faldas tableadas. Sus piernas exhibían las armoniosas curvas que por aquel entonces eran la abreviatura autorizada de todo sex-appeal. Ráfagas heladas parecían soplar desde ese escenario, surcado por copos de nieve artificial y vientos mecánicos que, sin interrumpir la coreografía, agitaban las faldas con lascivia mesurada.

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Lo onírico, lo fantástico y lo absurdo

Thursday, June 10th, 2010

El primer libro de microficción de Ana María Shua -reeditado hace poco por Emecé- fue el bellísimo volumen de La sueñera. Aquí, gracias a un llamado de madrugada a la autora, publicamos los primeros siete textos.

Por Ana María Shua.

la sueñera1

Para poder dormirme, cuento ovejitas. Las ocho primeras saltan ordenadamente por encima del cerco. Las dos siguientes se atropellan, dándose topetazos. La número once salta más alto de lo debido y baja planeando. A continuación saltan cinco vacas, dos de ellas voladoras. Las sigue un ciervo y después otro. Detrás de los ciervos viene corriendo un lobo. Por un momento la cuenta vuelve a regularizarse: un ciervo, un lobo, un ciervo, un lobo. Una desgracia: el lobo número treinta y dos me descubre por el olfato. Inicio rápidamente la cuenta regresiva. Cuando llegue a uno, ¿logrará despertarme la última oveja?

2

Un grito entra por la ventana. Si lo dejo salir, volverá a molestarme. Rápidamente bajo las persianas y me entiendo con él. Le propongo sonar libremente en los horarios que prevé el reglamento. El es frugal. Yo soy generosa. Sin embargo, la convivencia resulta imposible. A la larga, dormir toda la noche con un grito reprimido suele traer dolores de cabeza.

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La madre

Thursday, May 27th, 2010

Publicado por primera en 1924, la versión definitiva de este cuento se publicó el 15 de marzo de 1927 en la revista literaria Il Convegno. “La madre” está incluido en el volumen Todos los relatos de Italo Svevo (De Bolsillo).

Por Italo Svevo.

todos los relatosEn un valle cerrado por colinas boscosas, que convergían con los colores de la primavera, se alzaban, junto a otra, dos grandes casas sin adornos: piedra y cal. Parecían hechas por la misma mano y también los jardines, cerrados por setos y situados delante de cada uno de ellas, eran de las mismas dimensiones y formas, pero quienes vivían en ellas no tenían el mismo destino.

En uno de los jardines, mientras el perro dormía encadenado y el campesino se afanaba en torno al huerto, algunos polluelos, apartados en un rincón, hablaban de sus grandes experiencias. Había otros mayores en el jardín, pero los pequeñines, cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que habían salido, gustaban examinar entre sí la vida en la que habían caído porque aún no estaban tan habituados a ella como para no verla. Ya habían sufrido y gozado, porque la vida de pocos días, es mas larga de lo que puede parecer a quien la ha padecido durante años, y sabían mucho, en vista de que una parte de la gran experiencia la habían traído consigo del huevo. En efecto, nada mas llegar a la luz, habían sabido que habían de examinar bien las cosas -primero con un ojo y después con el otro -para ver si se debían comer o no.

Y hablaron del mundo y de su vastedad, con aquellos árboles y aquellos setos que lo cerraban y aquella casa tan vasta y alta, cosas, todas ellas, que ya se veían, pero mejor aún comentándolas.

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Ajedrez

Thursday, May 20th, 2010

Kjell Askildsen es uno de los escritores más consagrados de Noruega. Ese mes ha llegado a nuestras librerías sus Cuentos reunidos con prólogo de Fogwill a modo de carta de presentación. Agradecemos a la editorial Lengua de Trapo por habernos cedido este relato.

Por Kjell Askildsen.

kell askildsen

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir, tampoco tiene nada por qué morir. Tal vez sea ese el motivo.

Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez. «Sigues vivo», dijo, aunque él era mayor que yo. Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua. «La vida es dura -dijo-, no hay quien la aguante». Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas, y yo sólo unas cuantas, y además breves. Está considerado como un escritor bastante bueno, aunque un poco grosero. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, me pregunto dónde lo habrá aprendido.

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El viejo en el puente

Thursday, May 13th, 2010

Agradecemos a Lumen la gentileza de cedernos este cuento de Hemingway incluido en el volumen Cuentos (con prólogo de García Márquez).

Por Ernest Hemingway.

cuentos hemingwayUn viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los caros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.

Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.

-¿De dónde viene? -le pregunté.

-De San Carlos -dijo, y sonrió.

Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.

-Cuidaba de los animales -explicó.

-Oh -dije, sin entenderlo del todo.

-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.

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Matador

Thursday, May 6th, 2010

El 30 de marzo de 1996, una fuga fallida en Sierra Chica derivó en un cruento motín en el que murieron siete personas. Durante ocho días, los presos más peligrosos del penal “quedaron a cargo”, mantiniendo cautivos a 17 rehenes, entre los que se encontraba una jueza y su secretario. Ese es el punto de partida de “Matador”, el cuento de Leonardo Oyola que fue incluido en la antología In fraganti.

Por Leonardo Oyola.

Yo solo era carne fresca cuando entré.

Sabía muy bien que, aunque quisiera, no podía ponerme a llorar. Y que tampoco tenía que mostrar el cagazo de estar ahí. Que donde olieran mi miedo se me iban a venir encima de una. Que esos soretes iban a hacer cola para hacerme la cola.

Adentro, no importa si sos puto o no. No te preguntan qué es lo que te gusta. Cero mimo. Cuando llegás, sos solo eso: un agujero nuevo. Un agujero que se tiene que conocer. Un agujero más para probar.

La primera noche es la jodida. Se apagan las luces y en la oscuridad los escuchás llamándote. Gastándote. Desde cualquier lado.

El primer apodo que te ponen es por tu apariencia física. A mí me gritaban “Narigueta”. Al pobre gordo con el que me habían llevado en el celular estuvieron toda la puta noche hinchándole las pelotas con “chanchito” de acá, “chanchito” de allá. Que “cómo me voy a morfar esos jamones”. Que “chancha, ¡estás en el horno!”. Y que “cuando te cocine, una manzana para ponerte en la jeta no tengo… pero sí flor de banana”. El gordo no aguantó más y se puso a llorar. Los hijos de puta empezaron a aplaudir.

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