Hablamos del policial, negro
Invitado: Vicente Battista
Ciclo: Los martes de Eterna Cadencia
Fecha: 26 de mayo de 2009
Desgrabación: P.Z.

[Segunda parte; leer la primera]
En las novelas aparecen nombres de amigos. Jordi aparece en Sucesos argentinos.
¿Vos sabés? Algo que me molesta mucho, era una especie de cábala, me di cuenta después. Lo que pasa que en Sucesos argentinos, en Siroco, en El libro de todos los engaños, en Gutiérrez a secas aparece Jordi, como te dije, gran amigo.
Acá [en Cuaderno del ausente] aparece Zamboni.
Sí, es un amigo, escritor además. Jordi también era escritor. En El libro de todos los engaños puse una carta real de Jordi. En Siroco y Sucesos argentinos tiene mucha importancia, es el cerebro pensante del otro. Está desde lejos en el caso de Sucesos. En Barcelona en Siroco, le está llevando el camino. Y en Gutiérrez lo puse a Jordi como personaje secundario. Y acá [Cuaderno del ausente] se me escapó. Después que edité la novela –en una próxima edición lo voy a poner como sea–, me dije “¡pero me falta Jordi!”. Porque la idea es que esté en todas las novelas como gran personaje o como el que sale así en la foto. Pero me gusta ponerlo.
Zamboni es Marcelo Zamboni, doctor, gran amigo, escritor.
¿Está en el Siestáculo?
Está en el Siestáculo, sí. Y yo, ojo: le dije “Marcelo, te voy a poner porque en un momento Erika va a necesitar un médico y le voy a poner Zamboni”. Qué sé yo, un apellido bam-bam. “Sí, adelante”. Lo puse.
Ya que estamos: ¿qué es el Siestáculo?
[Se ríe] El Siestáculo, qué nombre. Hace muchísimos años –a mí me cuesta calcular los años, son años que me caen encima, digamos más de diez: catorce– se decidió en la casa de Horacio Salas, en la calle República de la India y Cabello, que los sábados a la tarde nos íbamos a encontrar un grupo de escritores –y como se dice ahora “todos y todas”: y escritoras, Martha Mercader solía venir, pero bueno, siempre éramos más hombres que mujeres–. Las tardes, digamos de 4 a 7, leíamos nuestras cosas, las discutíamos. Una especie de taller pero muy a la que te criaste. No había protocolo. Llegabas, te sentabas y leías. Pasaban dos o tres sábados, no se leía nada pero discutíamos de política o lo que fuere. Siempre llevábamos medialunas, bizcochitos de grasa, tomábamos té, café –mucho café– y nos pasábamos la tarde así, a la buena de dios.
¿Y entre ustedes se presentan las obras? ¿Las discuten?
Sí, sí, sí. Justamente yo vengo de la trayectoria, Horacio también en aquellos tiempos, de El escarabajo. Las características de El escarabajo, las reuniones en el Tortoni –no solamente en el Tortoni: con Abelardo y Liliana nos veíamos todos los días, pero las reuniones oficiales eran los viernes en el Tortoni–. Las características eran que cuando vos llevabas algo, un cuento o un poema –novela, entonces, no se escribían tantas; además nadie se va a sentar a leer una novela–, si venía el elogio bárbaro para el ego, pero sobre todo servía para que te marquen todos los defectos. “Esto no funciona por esto, por esto”. Éramos muy crueles. Como nos respetábamos y nos queríamos de verdad, nos seguimos queriendo. Abelardo cuando leyó el Cuaderno del ausente me dijo “no hace falta que te diga estoy de acuerdo, a esta altura de la vida ya sabemos cómo escribimos, yo le hubiese cambiado el final” [Risas] Pero ahí se leía y se discutía.
[Battista se distrae con ruidos de obra en la calle]
Están arreglando la calle.
Sí, sí. Pero no le voy a hacer publicidad a Macri. [Risas]
Lo cierto es que se leía. Por ejemplo, recuerdo a Humberto Costantini, a quien respeté y quise mucho, un ser humano especial y un cuentista excepcional. No hubo caso, a Costantini no hubo un cuento mío que jamás le gustara.
[Intervención del público] ¿A quién?
A Costantini. Ya se murió hace muchos años. No porque no le gustaran mis cuentos. [Risas]
Lo cierto es que yo casi leía para él. Decía “mirá, terminé este cuento” y leía. “¡No! Eso no, por esto, por…” Recuerdo que había terminado un cuento que se llama “La zanja”.
Qué está en Como tanta gente que anda por ahí.
Sí. Que para que se dieran cuenta era un cuento que empezaba en segunda persona.
“Siempre fuiste un infeliz”.
“Siempre fuiste un infeliz”. ¡Qué memoria tenés!
No: preparé la charla y ese cuento me llamó mucho la atención porque arranca en segunda, después va a tercera y termina en primera.
… Bueno, decidí que el cuento fuera así. “Siempre fuiste un infeliz”. Vos que leíste el cuento viste que es un antihéroe total. Un miserable.
Para que se den cuenta de cómo eran las reuniones de El escarabajo. Ese cuento lo leí en Maza 1511 que era la casa de la tía de Abelardo. Estábamos Abelardo, no sé si estaba Liliana, yo, y Fernando Quiñones, un escritor español que también lamentablemente se ha muerto. Escritor y gran poeta. Cuando leí el cuento esa tarde, Fernando dice “¡Dios, escribiste un cuento maravilloso! Te lo mando y que se publique en La gaceta de España” –que fue la primera vez que cobré pesetas por un cuento, me mandaron un cheque y yo lo exhibía así–. Me acuerdo que Abelardo dijo “Este cuento sí le tiene que gustar a Costantini”.
Ese día era un viernes. De ahí nos fuimos al Tortoni. En el Tortoni leí cuento. Termino de leerlo y lo miro a Costantini. “Cacho, ¿qué te parece?”. “No”. “¿Qué tiene?”. “Este personaje tiene que levantarse y cruzarle la cara a su mujer”. “¡Pero, Cacho, ese es otro cuento, otro personaje!”
Fíjense que curioso. Tipo 3, 4 de la mañana, habíamos chupado todo, y Quiñones me dice “Tío, además hay un verbo que está mal utilizado”. [Risas] “¡No, Fernando, no me jodas!”. Fijate cómo llevábamos la literatura permanentemente. Habíamos hecho de todo, pero al tipo le había quedado, y efectivamente estaba mal usado.
Hablando de El escarabajo, quería hablar sobre Nuevos Aires. ¿Cómo surge Nuevos Aires?
Bueno, en aquellos viejos tiempos, se empieza a dar, no un problema de amistad, porque de hecho seguimos siendo amigos entrañables, pero se empieza a dar cierto matiz ideológico que hace que replanteemos El escarabajo.
Te digo cómo pasó todo: nosotros éramos muy amigos de la Negra Egle Martin que estaba casada –y estuvo casada hasta que se murió Lalo– con Lalo Palacios Costa. Era un Palacios Costa de toda la vida, tres estancias, Sociedad Rural. Era un tipo macanudo, pero evidentemente había una separación ideológica. Pero bueno, eso lo pasábamos por alto. Pero un día, en la revista La gran aldea que, como su nombre lo indica, no era una revista para el barrio sur, era una revista muy paqueta para la gente como uno, sale “se celebró en la casa… acá están los jóvenes de El escarabajo de oro…” Nosotros estábamos planteando desde el marxismo un montón de cosas y salimos en La gran aldea. Parece un chiste.
Entonces decidimos sacar una nueva revista. Ahí gente que era de El escarabajo se plegó a Nuevos Aires. ¿La viste alguna vez?
No.
Nadie la habrá visto. Era una revista libro que salía regularmente cada tres meses y que era una revista de ficción y pensamiento crítico. Por consiguiente era una revista que empezó con ficción, pero al segundo o tercer número ya era una revista totalmente política, política de la literatura si querés, pero muy abierta a la literatura. A punto tal de que nosotros habíamos decidido de común acuerdo que en la revista podíamos publicar editoriales, críticas, pero ninguno de nosotros –que éramos cuentistas, poetas y demás– iba a utilizar las páginas de la revista para publicar sus propias cosas. No hay en la revista ningún cuento mío, no hay un solo cuento ni poema de Mario Goloboff.
Hubo un número muy importante, que fue cuando el caso Padilla. ¿Te acordás? Vos eras muy chico… Heberto Padilla era un poeta cubano. En Cuba lo meten preso porque estaba traicionando a la Revolución. Poco tiempo después queda en libertad porque hace la autocrítica, eso suena medio a estalinismo. Entonces hubo situaciones muy encontradas entre los intelectuales de este lado. Decidimos hacer una especie de gran número donde salíamos a discutir el tema de “Intelectuales y revolución: conciencia crítica o conciencia culpable”. Para eso en mi casa –cuando vivía en Melo y Pueyrredón–, con un grabador Geloso, convocamos a un grupo que era muy interesante. Recuerdo que estaba Noé Jitrik, Ricardo Piglia, Juan Carlos Portantiero, Oscar Landi, me voy recordando, en mi memoria hay fallas. Cuatro o cinco más, había uno que venía de la guerrilla entonces estaba con un nombre figurado. Y salió una discusión muy interesante, porque estábamos discutiendo el tema del intelectual y la revolución. Fue un número gordísimo. Me acuerdo que lo desgrabamos en una casa que tenía Mario en Santa Clara del Mar. Las mujeres iban a tomar sol.
Salió muy bien el número, hubo una coincidencia del intelectual arquetípico, el modelo del intelectual revolucionario desde el marxismo: la coincidencia en Bertolt Brecht, cosa que sigo sosteniendo, un tipo que la tenía clarísima, un pensador de primera.
Salió ese número con tanta buena acogida que, miren qué curioso, David Viñas que no había participado de ese número dijo “por qué no hacen un número similar pero que sea de literatura popular y populismo”. Ahí convocamos a Rodolfo Puiggross, Octavio Getino, otra vez Noé Jitrik, estaba esta mujer de la camada de Beatriz Sarlo… Gina Ludmer, y un par más que ahora se me van. Se hizo y no hubo forma de llegar a un acuerdo. No se pudo publicar nunca.
No podía ser porque había dos tendencias: un grupo marxista que todo lo tomaba desde su visión y había un grupo peronista que no encajaba. Me acuerdo que en un momento dado Getino dice “hay que replantearse el tema de la belleza, porque nosotros planteamos la belleza de Europa” y describió a cualquiera de ustedes [a las mujeres del público]. La belleza tenía que ser diaguita, calchaquí. “Esa es la belleza auténtica, que no está o está en los pueblos originarios”. Me acuerdo que Noé Jitrik le dice “mirá, yo pensé que iba a venir a una discusión sobre literatura y esto parece una mesa planteada por Helena Rubinstein”. No se pudo llegar a nada.
Ahora está un poco más cerca, pero en aquella época estaba muy separado: lo que era peronismo era peronismo y lo que era marxismo era marxismo. No se pudo hacer.
El escarabajo fue editada bajo el gobierno de Onganía. Y Nuevos Aires bajo el de Lanusse. ¿Cómo es editar una revista de crítica, y además de crítica política, con un gobierno dictatorial?
Bueno, hay que tener en cuenta que lamentablemente para nosotros y sobre todo para los treinta mil que ya no están con nosotros, que después de esos gobiernos dictatoriales vino el gran gobierno dictatorial. Dictatorial y asesino. Esos gobiernos también eran asesinos, pero eran asesinos de minorías. En última instancia, el proyecto de esos gobiernos era un proyecto que quedaba en ciernes. El proyecto que trajo el último gobierno es un proyecto que se siguió manteniendo hasta Menem, porque es un proyecto sobre todo económico financiero, el proyecto de Martínez de Hoz que van a plasmar definitivamente Cavallo y Menem. Para conseguir eso, había que hacer lo que pasó: buscar una excusa, en este caso la guerrilla, y matar a todo el que fuera opositor.
Porque seamos honestos, la guerrilla existió, pero si llego a tener un ejército de treinta mil hombres, es más o menos la gran marcha de Mao. Calculando los millones que tiene China y los habitantes de Argentina, en escala es más o menos lo mismo. ¿Te das cuenta? Acá hubo un proyecto tremendo que consistía en terminar con toda una generación, una cosa muy diabólica que lamentablemente se llevó a cabo y que todavía lo estamos padeciendo.
Estábamos tan acostumbrados. Tan acostumbrados: vos te levantabas, encendías la radio, “comunicado número ciento…”, ¡otro golpe! “Rápido poné Radio Colonia porque ahí viene la verdad”. Entonces escuchabas a Radio Colonia, Ariel Delgado: “Qué está pasando en la Argentina”. Todo eso. Con este golpe –yo por suerte no estaba, estaba en España y me quedé en España hasta que volvió la democracia– pasó lo que pasó.
Y fijate vos: cuando asume Alfonsín y hay el levantamiento de La tablada –lo que pasó después fue lamentable, pero antes– salimos a la calle, mis dos hijas eran chiquitas, la más chica era Carla que era la más combativa y nos fuimos a Plaza de Mayo. Yo le decía a Carla, que no entendía nada: “Carla, cuando acá había un golpe, la gente iba al almacén de la esquina a comprar fideos, arroz. Hoy salió a la calle a defender el gobierno. Algo ha cambiado en el país”. Estábamos defendiendo la democracia. Más allá de que después Alfonsín se mandó lo de la casa está en orden y había pactado. Todo lo demás va a cargo de inventario. Pero en ese momento, la gente se autoconvocó y llenó Plaza de Mayo. Cosa que no pasó cuando tiraron a Illia, cuando tiraron a Frondizi, gobiernos democráticamente elegidos. Nadie salía a defender al gobierno. Creo que ese cambio fue importante.
Mientras lo escucho estaba pensando en Sucesos argentinos y el hombre de paja, que en realidad la relación que tiene el protagonista con el gobierno es completamente amoral. No hay una crítica. No digo inmoral, digo: amoral.
Estás en lo cierto. Volviendo al antihéroe, el personaje de Sucesos argentinos nace en Siroco. ¿Leíste Siroco?
No.
¡Ah! [Simula levantarse] Te perdiste mi mejor novela [Risas]
Es difícil conseguirla.
Sí, está agotada. Hay una edición francesa también si la conseguís. Yo vivía en Canarias y Manolo Vázquez Montalbán dirigió una revista que se llama Gimlet. Gimlet es la bebida que toman en El largo adiós, dicen que es mejor que el Martini. Esa revista era un mensuario y todos los meses convocaba a sus respetables lectores a escribir un cuento para un concurso. Un cuento policial, obviamente. El que ganara ese concurso del mes se le publicaba el cuento en la revista y después iba a haber 12 cuentos premiados, y eso iba a ser una antología. Yo dije “Es hora, Vicente, que escribas el cuento que va a ganar”.
Decidí escribir un cuento, empecé a pensar y me empieza a aparecer Siroco, la novela. Nunca escribí el cuento, si no escribí la novela. ¿En qué me estaba basando? Yo estaba en Canarias y toda la novela tenía que suceder en Canarias. Sucede en 33 días. Eso sí está totalmente calculado. Son 33 días, ningún lector se da cuenta de eso… Por ejemplo, ¿te diste cuenta de Gutiérrez una cosa?
¿Qué cosa?
Viste no te diste cuenta. [Risas] Gutiérrez no sonríe a lo largo de toda la novela.
Claro, no sonríe. Ahí tengo otra pregunta para hacerle: el tema de los robots. Gutiérrez no se ríe, el hombre de paja de Sucesos Argentinos va a ver el Museo del Autómata, y Benavídez [de Cuaderno del ausente] se siente un robot.
Claro. Porque yo estoy contando… Está bien, inteligente lo tuyo, lo voy a utilizar. [Risas] La versión de Gutiérrez en Cuba gustó mucho y la plantearon de ese lado. Estoy planteando que el hombre de este tiempo es un robot, se maneja por lo que le dicen los otros. Se maneja por lo que le dicen los otros, por lo que hacen los otros, por lo que tiene que hacer, pero no tiene prácticamente ideas propias. Digamos, para entendernos: en el peor de los casos, un mundo Tinelli.
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