Por P.Z.
Viernes
El encuentro con Pablo Ramos comenzó unos días antes: el viernes en La vaca profana. Invitados por él fuimos a ver la última función de 3 dúos de 3, donde ponían en escena un espectáculo de narrativa y música con Ernesto Snajder –“el chino” de El origen de la tristeza– junto a un invitado que rotaba en cada ocasión. El viernes estuvo el pianista Diego Schissi. Antes habían pasado Liliana Herrero y Verónica Condomí.
A Ramos le acaba de salir una beca en Alemania. Viaja en un par de semanas, el 23, y se queda durante un año. Tiene posibilidad de extender la estadía durante dos años más, pero él dice que piensa quedarse el tiempo mínimo. Buenos Aires es un “veneno del que no puede alejarme tanto tiempo”.
Tal vez por esta sensación de despedida anticipada, tal vez porque tres días después Pablo cumplía años, se presentía cierta emotividad que bajaba desde el escenario hacia el público, como esa característica de la literatura de Ramos, que con un trazos precisos y aparentemente austeros logra conmover a quien lo lee y lo escucha.
“A los 17 años quería se trompetista. El lunes cumplo 43 y quiero ser trompetista”, dijo trompeta en mano, antes de tocar las primeras notas de Insensatez. Luego dejó el escenario a los músicos y él se repartió en abrazos entre familia y amigos.
Martes por la mañana
Ayer por la mañana en el living de la librería –atrás del bar–, Alfaguara organizó la presentación para la prensa de El sueño de los murciélagos, el nuevo libro de Pablo Ramos. Una novela escrita para el público juvenil que surgió casi como saliendo de una ventana de La ley de la ferocidad. En medio del velorio del Padre, Gabriel va a acostar a su hijo y sus sobrinos. Para que se duerma hace algo que nunca había hecho: les cuenta una historia. “Contarles una historia hasta hacerlos dormir es algo que hace la mayoría de la gente. Algo hermoso que hace la mayoría de la gente”, descubre.
Situada en 1980, la novela tiene un acápite del abuelo anarquista: “la patria del hombre es su moral”. Y la historia que cuenta es una historia moral. No moralizante: moral. El taller del padre de Gabriel está por cerrar, el papá de Marisa está por perder el colectivo –era la época en que el colectivero era también el dueño del colectivo–. Los chicos deciden ir a ver a Sara, la bruja del barrio, que les dice cómo salvar todo. Deben sacrificar un pichón de murciélago albino y derramar la sangre sobre la tumba de un santo. Durante toda la historia resuena aquella frase que Sara le dice a Gabriel en La ley de la ferocidad, aquella pregunta que Gabriel no hubiera querido escuchar nunca: “El precio por todo es que vos, Gabriel, vengas a cenar conmigo, solo, para contarme lo que sentiste al derramar la sangre de un ser inocente”.
Con orgullo inocultable, contó que su hijo menor le dijo que esto “fue lo mejor que escribiste”.
Martes de Eterna cadencia
¿Cómo sería pasar un día en la cabeza de Pablo Ramos? Durante una hora y media habló con apasionamiento siguiendo el hilo de sus propios pensamientos. Hablaba y miraba –miraba– todo. La charla fluyó entre anécdotas –como trabaja de noche en el barrio creían que vendía droga– y reflexiones –“Cómo escribir sobre mí sin que le duela a los que me quieren. Lo que a mí me pasó y no saben”–. La experiencia con el alcoholismo, las obsesiones, los temores del escritor, el dolor de las críticas, las discusiones con algunos periodistas y algunos figurones de la camada de escritores de 30 y pico, los tres futuros libros que va a terminar de corregir en Alemania. La forma en la que habla, sin tapujos, parece entregarse en cada frase.
Un escritor puede ser muy seductor. Puede ser muy parco, también: su oficio está en la palabra escrita. Pero cuando es hábil con la palabra oral, puede ser muy seductor. Pablo Ramos es un virtuoso de la oralidad.
Sobre el cierre, Pablo, con mucha generosidad, me permitió acompañarlo en la guitarra mientras él leía el final de “El ángel del bar”. No estoy seguro, pero casi podría afirmar que el tiempo termina de leer emocionado. O por ahí el emocionado era yo, no lo sé.
La entrevista terminó con una breve zapada que incluyó “El tiempo es veloz” –“la canción del rock que más me gusta junto con El oso” y “Desconfío” de Pappo. (Los videos no los cuelgo, pero ahí están los links para ver cómo canta Ramos y especialmente, como pifio varias notas).
Ramos no pasó por Eterna Cadencia: nos atravesó.
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