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Literatura a lo David Lynch

05-06-2009 |

Por P.Z.

Marina Mariasch es poetisa y fundadora de la Editorial Siesta. Publicó Coming attractions, XXX y Tigre y león. Mientras prepara algunos proyectos en prosa y espera la adaptación de “Los días negros”, el cuento que formó parte En Celo, que será llevado al cine junto a otros relatos de la misma antología, el 21 de junio presenta su libro El zig zag de las instituciones (Vox) en Moca. Durante dos temporadas estuvo al frente de El secreto, programa que emitió la señal Ciudad Abierta, en donde escritores invitados hablaban de su vida y la literatura.

El viernes pasado mantuvimos una extensa entrevista, y una sensación imprecisa me quedó flotando. Hay algo en la forma en cómo se entrega al diálogo que, sin embargo, la convierte en un misterio. Parecería que Mariasch esconde detrás una imagen frágil y una sonrisa abierta a otra Marina. Tal vez esconda a una Marina frágil de sonrisa abierta.

Publicamos aquí la primera parte de la entrevista, referida exclusivamente al programa de televisión.

marina mariasch

¿En El secreto buscabas una intimidad con el escritor que excedía lo literario?

Creo que la literatura tiene un aspecto íntimo además del social. Un aspecto íntimo tanto en la lectura como en la escritura, donde creo fervientemente que hay un cruce, en donde siempre se cuela algo de la propia experiencia y del yo subjetivo. Cuando no aparece eso es cuando la literatura menos me interesa: cuando es un artificio evidente, escritura experimental, puro aparato, personalmente es donde la literatura menos me interpela.

La idea del programa era generar una conversación más que una entrevista, donde hiciéramos como que no sabíamos que nos estaban filmando. Obviamente uno no se olvida, pero había momentos en que llegábamos a relajarnos bastante con los invitados. De alguna manera nos dejaba de importar o de condicionar demasiado que hubiera una cámara prendida. Por supuesto hubo invitados con los que me sentí más cómoda, personas con las que me sentí menos cómoda.

La directora del canal era muy fanática de David Lynch. Su idea era crear un clima un poco enrarecido –a mí también me gusta David Lynch y me acomodé a esa idea–. Como no soy actriz, lo que traté de hacer, lo que me pidieron, fue exagerar un poco, exacerbar mis características propias. Hubo dos temporadas de El secreto, en la segunda ya estaba un poco cansada porque me resultaba un poco tensionante poner en escena ese personaje –que tenía bastante de mí, por otra parte– y le bajamos un poquito el tono.

Lo que más me sedujo fue que podía invitar gente que conozco, con lo cual esa actuación de que sea una conversación íntima no iba a ser tan difícil. Por otro lado me resultaba un trabajo interesante en cuanto a lo económico en un momento muy difícil.

¿Habías pensado hacer televisión?

No. Cuando me lo ofrecieron no tenía la menor idea de hacer televisión, nunca en la vida se me había ocurrido. Pero bueno, cuando se lo conté a mis padres, mi mamá me dijo “yo pensé que querías ser escritora”. [Se ríe] En la casa de mi infancia la televisión siempre estuvo muy mal vista. Viví con mucha bajada de línea toda mi infancia. Lo veo también en otras personas de mi generación donde había quizás de una manera un poco ingenua algunas consignas que se bajaban directamente, como no comprar productos imperialistas como Coca Cola. Yo no podía ver televisión. Me acuerdo que una vez puse un disco de Michael Jackson que me habían regalado y mi mamá me dijo “tenés que escuchar a un negro de verdad” y me puso Gilberto Gil. Toda la cultura disco le parecía una frivolidad. Tenía una amiga en la primaria que no me dejaban invitar a casa porque les parecía una tilinga.

Familia progre.

Más que progre, muy ideologizada. Me parece que comprometida con las cuestiones que estaban pasando en el momento. No me dejaban escuchar los Parchís y yo me moría por bailar con mis amigas los Parchís. Pero vuelvo a lo de El secreto. No es que lo tuviera pensado de antemano. Cuando llegó, lo agarre.

Estaba bueno que era un programa que vos ibas haciendo zapping y de repente encontrabas a un tipo –porque no tenés por qué conocer a Fogwill– tirado en el pasto hablando con una mina y por ahí te quedabas. Había algo atractivo de por sí en la imagen. Creo que todo el ambiente que se creaba, el clima, resultó irritante en el público. No quiero decir corrosivo – es mucho–: pero sí irritante. Era la idea, pero creo que sólo alguna gente pudo vencer esa barrera y escuchar las cosas que se decían que estaban ligadas a lo literario, a lo político, a los temas filosóficos universales. Por ejemplo es probable que de la entrevista con Fogwill muchos se acuerden más de un episodio que él contó de cuando yo era chiquita y él me vio desnuda que cuando yo le pregunté dónde militó en los ’70.

El programa de Leónidas Lamborghini estuvo muy bueno. Fue una lástima que me cortaran una parte en la edición –al principio la edición la hacía yo, después la hizo gente del canal– donde yo le contaba que muchas de las chicas de Letras en mi época se habían hecho las primeras pajas con un libro de él, el de el pastorcito. Le encantó por supuesto. Se lo dije de una manera muy respetuosa. Yo lo había entrevistado 10 años antes con Santiago [Llach] y fue una experiencia muy interesante volver a entrevistarlo con eso años de diferencia.

Hubo otras entrevistas donde me sentí bastante incómoda como la de Laiseca que me gastó muchísimo. Hubo personas que fueron más impenetrables como Birmajer que me largó el mismo speech conservador-sionista que tira en todas las entrevistas y me embolé mucho.

En el programa yo hablaba mucho de mí misma. Me parecía que era una manera justa de tratar al invitado, porque si no era exponer al otro, no estar en una situación pareja. Pienso en la charla con Alan Pauls donde hablamos mucho del amor, de la monogamia, del matrimonio. Justo la noche antes de verlo a él me había peleado con un chico por teléfono –ni siquiera peleado: me había desilusionado con algo que había dicho–. Cuando empezamos a hablar se lo conté casi como pidiéndole consejo. A partir de ahí empezamos a hablar. Él me hablaba de lo que para él representaba la monogamia como un valor antiburgués. Que para él lo más burgués era el adulterio. Yo pensaba en un texto de Engels, El origen de la familia, la propiedad y el estado, donde habla de la cosmovisión familiar a través de los años y cómo la sociedad actual y el matrimonio burgués está constituido con la condición sine qua non con el adulterio como parte del sistema.

Pero en la época de Engels los matrimonios eran arreglados. Como son arreglados sabés que el adulterio forma parte de la vida matrimonial.

Yo creo que eso sigue funcionando hoy también. No lo de los matrimonios arreglados, pero sí un cierto pacto implícito donde uno sostiene el matrimonio a pesar de muchas otras cosas. Sí que el gesto burgués sigue siendo el de la hipocresía por determinado status social, sea cual fuere ese status, un status en el mundillo literario por ejemplo.

Si surgiera una nueva posibilidad. ¿Volverías a hacerlo?

Este año me llamaron para hacer El secreto. De hecho lo repusieron en la tele, no lo sabía, me llamaron y me dijeron “repusimos el programa y queremos volver a producirlo”. La verdad es que yo por un lado no tengo ningún interés en trabajar para el gobierno de Macri. Realmente me produce una negación, no lo podría hacer.

Pero pongamos que te lo ofrecen en Encuentro.

En Canal A, en Encuentro. Creo que depende de cuánto me paguen. Porque por un lado tengo que trabajar: tengo poco trabajo, soy medio subocupada como mucha gente de mi actividad. Por otro lado no es una energía que a mí me interesa derivar en eso. Estoy concentrada en otros proyectos. También la televisión, haría otra cosa. He recibido algunos golpes de la vida que no me permitirían tener el mismo humor, quizás estar tan expuesta frente a lo que se dice. Golpes eminentemente burgueses, como un divorcio o la muerte de un ser querido. Nada que no le pase a cualquiera.

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One Response to “Literatura a lo David Lynch”

  1. Irene says:

    ¿Fuiste? ¿Lo leíste?

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