Entrevista a Alan Pauls por Vivi Tellas
Ciclo: Martes de Eterna Cadencia
Fecha: 9 de junio de 2009
Desgrabación: P.Z. Fotos: Lucio Ramírez
[Primera parte]
Lo más interesante que está pasando en este momento en la vida de Alan, considero yo, es que está terminando un libro. Entonces me pareció que era muy preciso y contemporáneo preguntarle acerca de cómo es escribir las últimas páginas de la Historia del pelo. ¿Cómo es esta experiencia?
…
Hoy a la tarde, por ejemplo. ¿Qué te pasó?
Bueno, hoy no pude escribir, tuve que ir al dentista. Pero ayer… ¿puedo hablar de ayer? ¿Vale, es contemporáneo?
Es un proceso complicado porque no sé exactamente cuándo va a terminar. Tengo la impresión de que el libro está terminando. Lamento tener que recurrir a una metáfora aeronáutica en estos momentos, pero la única noción que tengo de que un libro que estoy escribiendo está terminando es más o menos parecida a lo que uno se imagina cuando está en un avión y alguien supuestamente competente dice por los altoparlantes “hemos iniciado nuestro descenso”. Entonces uno sabe que hay ciertas condiciones del vuelo que se van a modificar. La primera es la propia emoción del viajero que empieza a estar asustado porque sabe que tiene que aterrizar. Pero tampoco sabés exactamente cuándo vas a aterrizar. Entonces, el final es un proceso. Es un proceso que te puede llevar incluso tanto tiempo como la escritura propiamente dicha del libro. De hecho, hace un mes hubiera dicho que el libro iba a estar terminado en dos semanas. Y creo que ahora sigo diciendo lo mismo. Quiere decir que incluso cuando yo tengo esa especie de experiencia interna de estar bajando, siempre hay algo que puede pasar, que puede diferir más o menos indefinidamente el momento de terminar.
¿Algo sorpresivo decís? ¿Algo que te hace tomar otro camino?
El problema cuando uno empieza a pensar lo que está haciendo es que para terminar uno tiene que seguir escribiendo. En la medida en que uno tiene que seguir escribiendo para terminar, siempre puede aparecer algo. Siempre uno puede irse por las ramas. Bueno, a mí me gusta mucho irme por las ramas. Por ahí es también una característica de lo que escribo que hace que el final sea un poco más azaroso, o más imprevisible. También es cierto que lo que escribo no está magnetizado por un final, como las novelas de aventuras, las novelas en la que la intriga es muy importante, en las que algo se tiene que cerrar, hay cabos sueltos que tienen que atarse. No pasa eso en lo que yo escribo, entonces el momento de terminar es un momento mucho más aleatorio de lo que uno podría pensar.
A la vez es un momento muy interesante, porque es un momento muy alienante. Tal vez ese sea el signo de que estoy terminando algo. Empiezo a entrar en una especie de estado de superstición. Porque lo que escribo cuando yo tengo la impresión de que va terminándose es muy poderoso, porque lleva un envión, y al mismo tiempo es muy frágil.
¿Se puede arruinar?
Se puede arruinar. Por ejemplo esta conversación que estamos teniendo ahora puede arruinar por completo dos años de trabajo. Irremediablemente. [Risas]
Corrés tus riesgos. Dos cositas de lo que acabás de decir: ¿quién o cuál esa voz que te dice “hemos iniciado nuestro descenso” y por qué descender es terminar?
No necesariamente descender es terminar, aunque nuestro triste destino de mortales… uno tiende a descender cuando termina. Puse la metáfora aeronáutica porque me interesa mucho esa idea de que algo empezó, pero no sabés exactamente cuándo se va a verificar. Entonces quería ilustrar nada más que ese momento en que hay una cierta certidumbre y a la vez todo es perfectamente incierto. No sé quién emita esa orden o quién avisa eso.
¿Es algo que sale de lo que estás escribiendo? ¿Sale de tu relato?
Me parece que sí.
“Estamos terminando Alan”.
No sé si es exactamente algo que se agota, pero es una especie de curva que se termina de describir. No necesariamente era consciente en este momento, yo de hecho tengo una idea –desde hace mucho tiempo– de cómo quiero que se termine el libro. Con qué escena quiero que se termine. Pero eso, en un cierto sentido, no quiere decir nada.
Entre el momento en que estoy escribiendo y el momento en que va a terminar con esa escena pueden pasar quinientas páginas, ¿no? Aún cuando yo tenga una cierta idea de extensión en la cabeza, hay una especie de aliento. Escribir tiene mucho que ver con la respiración, con el aliento. Imagino como el momento en el que va a haber que cambiar radicalmente de aliento y eso quiera decir que el libro está terminado.
Me acuerdo mucho que una vez lo consulté a Guillermo Kuitca sobre cómo terminaba sus cuadros. En qué momento le parecía que un cuadro estaba terminado. Me gustó mucho la respuesta que él dio, que era que muchas veces él delegaba en ciertas fuerzas completamente accidentales la decisión de que un cuadro estaba terminado.
Como la superstición que decías.
Exactamente. Como delegar esa obligación en una especie de accidente exterior. Si llaman por teléfono en cinco minutos, el cuadro está terminado. [Risas] Un neurótico obsesivo: la técnica del neurótico obsesivo. No hay que programar eso, pero “se cortó la luz: ¿no querrá decir eso que el cuadro está terminado?”
¡Qué desesperación!
A mí me alivió mucho cuando dijo eso. [Risas] Me pareció que era una idea muy de artista, no de escritor. Yo creo que los escritores todavía pensamos el trabajo en un sentido orgánico, quizá demasiado orgánico. Lo que te pide la obra. Sobre todo con la idea de que lo que uno está haciendo tiene una lógica propia y en es esa lógica te tiene que pedir [susurra] “terminame, terminame ya”. Y por ahí no es así, por ahí es todo lo contrario. Por ahí lo que hay que hacer sobre eso es ejercer una especie de violencia arbitraria, una intervención mucho más caprichosa de lo que uno piensa. Yo creo que soy todavía un poco esclavo de esa concepción del trabajo. Todavía estoy escuchando lo que la obra me pide. Pero me parece que ya me contagió.
¿Podés contar algunas de las dificultades últimas con las que te encontraste terminando este texto, esta novela corta? (¿Dirías que es una novela corta?)
Pensaba que era una novela corta, cada vez se está haciendo menos corta. Esa es una de las sorpresas que tiene el proceso de terminar, y una de las sorpresas agradables que tiene la idea de que para terminar hay que seguir escribiendo. Yo creo que es un poco la idea del borracho que dice “este es el último trago”: para llegar al último trago hay que tomar uno más siempre. Ese es el ser del borracho.
Una de las dificultades con las que yo por lo menos me encontré en los últimos tiempos, cuando ya pensaba con un optimismo un poco descabellado que el libro estaba terminándose, es que, efectivamente, cuando uno está terminando un libro hay un momento en que escribir es un poco como surfear. En el sentido de que la dimensión del trabajo propiamente dicha empieza como a desvanecerse y lo que aparece en su reemplazo es como una especie de invención flotante, uno ya flota sobre lo que ya hizo, sobre un cierto envión, sobre un cierto ritmo, sobre una cierta respiración, y uno tiene la idea de que el libro ya prácticamente se termina solo. Pero se termina solo sólo porque uno trabajó como un burro antes. Entonces es en ese momento donde uno ya siente que puede surfear y de lo que se trata ahora no es de fabricar la ola, sino más bien de seguir las mejores olas, las más estimulantes. Es el momento en que uno descubre que básicamente lo que se trata ahora es escribir como afinar. Escuchar una cierta música o una cierta voz que se desprende de lo que uno ya ha escrito. Y hay un momento tremendo –en el que estuve hace muy poco tiempo– que es el momento en el que uno no afina para nada con lo que hizo.
Querés hacer otra cosa.
Hay algo como si reapareciera el viejo régimen del trabajo. Que me parece que ya no corre más. Ya no corre más, ya no hay tiempo, pasó de moda, es histórico. Está ya como metido en una parte del relato que uno escribió y solamente puede seguir trabajando desde ahí, pero ya no puede volver a hacer una operación. Es como una especie de resurrección de la voluntad. Al no afinar me encuentro completamente de este lado con lo que estoy escribiendo. No puedo volver a tener una relación con lo que estoy escribiendo. Se me pueden ocurrir las ideas más brillantes, puedo querer hacer con lo que estoy escribiendo algo que me parece a priori que está bien, que me parece que el texto lo necesita, pero si no afino estoy fatalmente afuera de lo que estoy haciendo. Yo creo que es uno de los momentos más desesperantes de escribir.
Y a la vez muy placentero, porque cuando lográs entregarte estás sobre la ola.
No, No placentero, no placentero, no placentero. [Risas] No: mientras dura es insoportable.
La resistencia es insoportable, pero una vez que afinás…
Bueno sí, pero es como cuando se libera algo después de muchos días de bloqueado. Pero casi más que una felicidad es como un alivio.
¿Lo llamarías “bloqueo del escritor”?
No exactamente aunque lo que los escritores que llaman bloqueo muchas veces tiene que ver con eso, con creer que lo que hace falta es intervenir de una manera muy deliberada en algo que está haciendo cuando lo que se trata es más bien afinar. La idea de afinar es una idea muy singular para describir –obviamente no para un músico, pero sí para un músico–… Me parece que en todo caso describe bien una cierta relación a la vez de intimidad y de extrañeza que uno tiene con el propio material con el que está trabajando.
Lo que uno siente en esos momentos en los que siente que está totalmente afuera de lo que escribió, cuando todo iba bien, cuando está conforme con lo que estaba haciendo, cuando estaba interesado en seguir haciendo lo que estaba haciendo: eso es lo espantoso de sentir que un día llegás al estudio, al mismo lugar donde estuviste escribiendo bien, con la misma máquina con la que estuviste escribiendo bien, el mismo texto, la misma sensación de bienestar físico –o por lo menos la ausencia de problemas– y de repente no pasa nada. Literalmente nada. O sea: algo está totalmente cortado. La sensación horrible de eso es que eso de lo que vos te creías la causa es absolutamente exterior a vos. Es radicalmente exterior a vos. Como si me hubieran puesto otro archivo en la computadora. Un archivo que yo ya leí muchas veces pero que nunca fue mío. Es casi una especie de pequeña experiencia sicótica, como de maqueta de experiencia sicótica. Como ver tu propio documento y decir “este quién es”. Por ahí es una experiencia con la que uno está en relación más cotidianamente de lo que uno cree. Qué sé yo: el pasado, el tiempo debe ser algo de eso. Pero es muy raro que pase eso con algo que uno está escribiendo porque lo que uno está escribiendo, supongo que cuando está pintando, montando una obra de teatro, lo que sea, uno tiene una relación de contemporaneidad.
Escribir es como estar en una cierta relación de contemporaneidad con los hechos y cuando pasan estas crisis como de desafinación, la impresión que yo tengo es que no somos para nada contemporáneos, lo que estoy escribiendo y yo. Por supuesto que siempre pienso que va a pasar, hay que tener calma, pero es difícil de atravesar. Es un momento difícil de atravesar porque no es un problema técnico, no es algo que se resuelva técnicamente –“bueno, cambio el punto de vista, paso esto al pasado, borro el último capítulo, busco las notas que me pueden salvar”–. No es algo que se resuelva en ese paso.
¿Y qué haces? ¿Ya hiciste algo?
Lo primero que hago como buen taurino es embestir. Embisto. Pierdo dos o tres días en embestir con mi torpe cornamenta una especie de puerta que nunca se va a abrir. Cuando ya veo que es imposible, cuando hago el ridículo… Hay un momento que me veo ridículo solo en mi estudio escribiendo. Es una situación muy fea, muy muy fea: sentirse ridículo cuando no hay público. [Risas] Es tremendo, es un vértigo.
Y entonces qué, ¿resulta eso?
¡No, no, no! [Risas] Resulta en el sentido que vas muy a fondo en el ridículo, y en un momento el ridículo te hace desistir. Y entonces digo “bueno, me tengo que distraer”. Hay que olvidar, hay un momento en que hay que olvidar. Pero por supuesto, para el embestidor taurino profesional que soy, olvidar es lo peor como propuesta. Entonces si alguien me llega a recomendar olvidar me voy a negar, me voy a resistir, porque me parece como frívolo… [Perfora a Tellas con la vista; Risas]
Este libro que estás escribiendo es el segundo libro de lo que vos llamarías ¿un tríptico? de novelas cortas.
Trípode. [Risas]
¿Un tríptico o una trilogía?
Trilogía, los escritores escribimos trilogías.
¿Por qué elegiste este proyecto, qué otro proyecto quedó afuera cuando decidiste escribir estas tres novelas cortas? Que todas se van a llamar así: Historia del llanto, Historia del pelo y la tercera Historia del dinero. ¿Qué te hizo tomar este camino y qué es lo que quedó afuera de esa elección?
Lo que quedó en el camino es una novela sobre una pareja de cineastas experimentales, de época, de los años ’30 - ‘40, que es por supuesto una novela de amor. Amor descarriado. Una novela de amor y propiedad, como las relaciones de propiedad en el amor. O sea: es una novela de economía política amorosa. [Risas] Que yo empecé a escribir cuando terminé de escribir El pasado, tengo un capítulo escrito. Quedó en el camino un poco postergada porque me parece que me di cuenta de que iba a ser una novela larga. No sé si larga de extensión, pero me iba a llevar mucho tiempo escribir. Y yo venía de escribir El pasado, que fue una novela que escribí durante 5 años, me pareció que no tenía ganas de pasar otra vez encerrado en un mismo mundo de ficción mucho tiempo.
Quería tener otra relación con la escritura y con la ficción y yo tenía hace mucho tiempo ganas de escribir algo en ficción sobre los años ’70, algo que siempre me había interesado. Es una época que siempre me interesó, siempre me pareció muy difícil. De repente tuve esta idea como de un proyecto literario, términos en los cuales nunca había pensado mi trabajo, un proyecto en el sentido de algo que implicara escribir tres libros que giraran alrededor de una problemática más o menos común. En realidad yo había tenido una idea de un proyecto que fracasó, entonces desconfiaba mucho de los proyectos en la literatura. Me parece que sigo siendo muy chapado a la antigua en ese sentido: me parece que uno escribe “un libro”.
Me tentó mucho la idea de escribir tres novelas cortas, que de hecho es lo que siempre escribí en realidad. Siempre me gustó mucho escribir novelas cortas.
La rareza fue El pasado.
La rareza es El pasado, creo que sí. Que esa es mi excepción, pero la norma es lo corto. Entonces apareció la idea de estos tres libros que se llamaran igual y que entraran de algún modo en los años ‘70, sobre todo en la primera mitad de los años ’70 que es la parte de los años ’70 que a mí me interesan: no la parte de la dictadura militar sino la parte utópica de los ’70. Me sentí con la suficiente fuerza como para sostener el proyecto. Entonces ahí escribí Historia del llanto, sabiendo que después venía Historia del pelo que la estoy terminando ahora, y después venía Historia del pelo, que no sé por supuesto si se va a escribir finalmente. Yo quiero escribirlo.
¿Cómo no sabés?
Bueno, sigo desconfiando de la idea de proyecto porque me parece que es algo difícil de sostener.
¿El deseo, las ganas? ¿Algo puede hacerte cambiar de parecer?
Sí. Sobre todo me parece que el problema para mí del proyecto es que escribir es básicamente algo que implica mucho tiempo. En este sentido yo creo que hay una especie de incompatibilidad radical entre el arte conceptual y la literatura. La literatura es muy difícil que sea conceptual, justamente porque es algo que no puede vivir sin una cierta duración.
Entonces siempre tengo la impresión de la idea que uno tiene en 2003 de escribir tres novelas, por más cortas que sean, es muy probable que caiga en el camino. Porque yo tuve este proyecto en 2003, 2004, ya pasaron 5 años, estoy terminando mi segundo libro y solamente mi característica de embestidor profesional taurino ha logrado que yo siga encarnizadamente este proyecto. Por supuesto este proyecto me interesa: estoy escribiendo este libro y es el único libro que tengo ganas de escribir y tengo muchas ganas de escribir la Historia del dinero. Pero podría no suceder. Puede fallar, como diría Tu Sam. [Risas]
Puede fallar y no estaría mal. De hecho, el otro proyecto de proyecto que tuve fue una serie de diez relatos sobre crímenes y problemas urbanos de los cuales escribí tres, de los cuales se publicaron dos, hay uno que permanece inédito todavía. Pero nunca voy a escribir los otros siete, que para mí eran esenciales para que el proyecto tuviera alguna consistencia. Y no los escribí porque después de escribir los tres primeros sentí que…
Que ya estaba.
Claro. No tuve ganas de insistir siete veces más con la idea, con el concepto crimen–problema urbano. Me gustan los tres relatos que escribí, pero el proyecto no duró. Me parece que en la literatura todavía se trata de hacer durar algo. Así como el teatro todavía es una cuestión de hacer vivir algo, en la literatura también se trata de hacer durar algo que de otro modo se desvanecería o se moriría. Creo que es una relación difícil la del proyecto y la del escribir. Siempre y cuando el proyecto sea algo más que escribir un libro, una historia o una ficción.
Tags: Alan Pauls, Vivi Tellas


[...] [Segunda parte; leer la primera] [...]
Es un`placer leer la entrevista, gracias Alan por El pasado. La llevo en mi cabeza todo el tiempo, y me parece que sí tiene mucho de política: si no habría que preguntarle a Sofía por el sistema político que instauró para someter y dominar a Rímini. Infalible y tremendo, o no?
Gracias!! y genial la entrevista de Vivi Tellas.
Eterna Cadencia debería sacar algún par de DVDs además de desgrabar las entrevistas. Algunas son muy jugosas y estaría bueno verlas. Les regalo la idea
Muy buena idea lo de desgrabar los eventos de Eterna Cadencia. Presencié la entrevista y me pareció muy dinámica y divertida. Leerla pasados unos días me refresca muchas cosas de Alan que no se pueden captar completamente in situ. Ahora me queda la tarea para el hogar de leer “El Pasado”.
Está muy bueno el blog en general. Felicitaciones!