:: Crónicas ::

El día del escritor

16-06-2009 | , ,

Por P.Z. Fotos: Lucio Ramírez

I

Lucía Puenzo

En el día del maestro se conmemora la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. El día del profesor pasa lo mismo con José Manuel Estrada. El día de la bandera no es en febrero, celebrando la primera vez que estuvo “alta en el cielo”: es en junio, cuando el prócer se despidió del mundo dejando el título ganchero para un nuevo bestseller de Marcos Aguinis. ¿Será el corazón tanguero de los porteños? Los días festivos llevan en sí mismos lo trágico. La fiesta como un mausoleo.

Por lo pronto, es un cambio saludable que el día del escritor, el 13 de junio, celebremos un nacimiento: el 13 de junio de 1874 nacía Leopoldo Lugones. Después, cada uno dirá si Lugones es la persona oportuna para ser asociada con “el escritor argentino”. Por lo pronto, como dije, es un cambio saludable.

Festejando –¡festejando!– el día del escritor, organizamos un encuentro en conjunto con el CGP 14 e invitamos a tres figuras destacadas de la literatura actual: Lucía Puenzo, Martín Kohan y Miguel Vitagliano. Con ellos hablamos del oficio de escribir y de la mirada que la literatura –de ellos y en general– tiene sobre la ciudad.

Del CGP se vinieron con una de las rayuelas que hizo Marta Minujin. Escritores y público se encontraban con la rayuela en la entrada de la librería. Aunque muchos –especialmente chicos– jugaron, no nos consta que los escritores hayan saltado un rato antes de comenzar a la charla.

II

Algunos momentos de la charla:

Lucía Puenzo: En los momentos en que estoy escribiendo tengo una sensación de agujero negro: todo puede caer en lo que estoy escribiendo. No me pasa cuando no estoy escribiendo. Una conversación en la mesa de al lado, una noticia que pasan en la televisión o sale en el diario. En ese sentido, muchos amigos y familiares me dicen: “cuidado con esto que te estoy contando, no te permito que lo pongas en la novela”. Me están avisando todo el día.

Miguel Vitagliano: Yo nunca fui otra cosa de lo que soy, por lo tanto se me hace difícil pensar si miro muy diferente. Lo que sí, tengo muy asociada a mi vida usar barba. Justamente mi fascinación por tener barba era porque creía que no me iban a ver, quería que no me vieran. Tal vez eso tiene que ver con cómo yo vivo la literatura, entre lo que se ve y lo que no se ve.

Martín Kohan: A mí no me parece que haya una tipología del escritor, me parece que forma parte de una mitología, particularmente de los que no son escritores o para los que quieren ser escritores, porque creen que ahí hay algo muy poderoso. Y no hay nada. Yo tiendo a pensar al escritor en relación a la trivialidad, al aburrimiento, a una relación con el mundo real –en el sentido en que no se desempeña bien en el mundo real, o sea: todo lo contrario de ser interesante–. Sí espero en un escritor una relación diferenciada con el lenguaje: que uno perciba con el lenguaje algo más que cuando no se es escritor, pero creo que también un buen lector tiene lo mismo.

Miguel Vitagliano

Martín Kohan: Yo no puedo [escribir] en mi casa. Por ejemplo, acá, un factor relevante a mi entender a favor de este lugar para escribir es el techo: hay buena luz. Me parece que es algo menos del orden de inspiración que del orden de la comodidad. Me siento muy incómodo en mi casa. No me gusta estar en general. La casa, lo que llamaríamos el hogar. Me hace mal, me quiero ir.

Lucía Puenzo: Estás regando la teoría de la anormalidad. [Risas]

Martín Kohan: Puedo alquilarla incluso durante el día, como se hace en Tokio. Para mí el requisito es salir de ahí. Escribir tiene que ver con estar en un lugar donde me siento cómodo. En distintos días me van dando ganas de estar en distintos lugares. Hay días que necesito un bar que me ponga en contacto con la gente que está en la calle. Acá, si me distraigo, levanto la vista y veo todo lo que otra gente ya escribió, y me sirve de impulso para bajar la cabeza y seguir escribiendo.

PZ: ¿Y la distracción? Estás escribiendo, yo paso y te saludo. Te interrumpí.

Martín Kohan: Está previsto.

Martín Vitagliano: Hay un punto y aparte. [Risas]

Martín Kohan: Son los errores. Cuando los lectores dicen “cómo se le pudo escapar esto”, ¡fuiste vos que me viniste y me distrajiste! Yo me distraigo mucho más de lo que me pueden distraer, por eso hay que salir de casa. Si quedo librado a mí mismo, el régimen de distracción es mucho más intenso. Si es el mediodía pongo a Niembro a ver qué está diciendo. Si es la tarde pongo a Víctor Hugo. Nadie me va a interrumpir tanto como podría ser capaz yo mismo si estoy en mi casa.

Martín Kohan

Lucía Puenzo: Yo tengo hace mucho la costumbre de escribir por las mañanas, hasta que tengo hambre y tengo que parar. Entonces tengo las tardes leer. Pero soy muy poco ortodoxa, puedo estar escribiendo y detenerme para leer algo que por algún motivo me puede ayudar para lo que estoy escribiendo.

Martín Kohan: [Mientras escribo] tengo la prevención de evitar la lectura de escritores que admiro: o me deprimo o los copio. Son dos desgracias. Trato de escribir teoría literaria. No tengo problemas con los tiempos cortos, ni para escribir ni para leer: 20 minutos, sobre todo para redondear. Yo vivo en un piso 14, el ascensor es lento, tarda un minuto. Pero me di cuenta de que si subo y bajo dos veces al día…

Lucía Puenzo: Bueno, ¡¡acá ya está!! [Risas]

Martín Kohan: … son 4 minutos por día. Cuatro minutos por día, en un mes son dos horas, 120 minutos en doce meses son 24 hs. O sea: un día entero al año lo paso en el ascensor. [Risas]

Martín Vitagliano: Esto te da para haiku.

Martín Kohan: Para escribir no me da pero sí para leer. Si tengo que salir leo hasta terminar el ascensor. Para ganar ese día anual que estaba perdiendo mirándome al espejo, una cosa deprimente. [Risas]

Lucía Puenzo: ¿Pero son subidas y bajadas necesarias?

Martín Kohan: Es que yo de mi casa salgo, como explicaba recién. Nunca permanezco en mi casa.

Miguel Vitagliano: La literatura y la ciudad están íntimamente conectados, sobre todo la novela y la ciudad. No solamente históricamente. Hay una vinculación estrecha sobre cómo la ciudad enseñó a mirar la novela y la novela la ciudad. Las ciudades están construidas a partir de libros: las imágenes de los libros sirven para construir las ciudades. Yo creo que la ciudad nos enseñó a mirar afuera de la ciudad: la naturaleza se mira desde la ciudad. La naturaleza no existe antes de que nadie se pare en una ventana y diga “mirá qué lindo amanecer”. Para mí hay una ligazón muy estrecha entre la ciudad y la novela. Por otro lado, la novela es el encuentro entre lo diverso y lo azaroso: y lo azaroso y lo diverso tienen encuentro justamente en la ciudad. Cuando uno pasa en la esquina se puede encontrar con esa persona que no vio durante tanto tiempo. En cambio cuando uno va caminando por la llanura, sólo se puede divisar alguien. Debe ser raro decir “aquel debe ser mi compañerito de quinto grado”. Pero el encuentro se da en el cruce de una esquina.

Lucía Puenzo: Después de leer La prueba de César Aira yo no volví a mirar las calles de Flores de la misma manera. No sólo las calles: las marcas, el Disco, el Pumper. Esa marca en un texto tiene como un extrañamiento, un efecto que disfruto como lectora y reproduzco cuando escribo. Me pasa con muchas novelas argentinas que se apropiaron de calles. Ahí hubo como una inversión, esa novela se apropió de la ciudad para siempre para mí como lectora.

Martín Kohan: Hay geografías que te pueden ayudar a construir una trama. Una visión inicial sólo por situarlo en Flores, o cuando Miguel pone Floresta. Exageradamente uno puede decir que la novela ya se decidió cuando Miguel pone Floresta. O un lugar turístico fuera de temporada: define una atmósfera. Para mí, una llanura a oscuras y en el medio una luz: eso es la generación del ’37.

Lucía Puenzo: Pienso en Cheever hablando de los suburbios y eso pasa a formar parte de la ficción. Aunque eso no exista más se lo apropió. Ese nivel de detalle lo agradezco, aunque probablemente esos suburbios tengan rascacielos ya no importa.

Martín Kohan: Para mí funciona mejor ahí, justamente. Cuando eso está perdido. Pienso en la ciudad como en el escenario de la infancia. El otro día alguien me preguntó dónde estaba el bar Varela Varelita y yo dije Canning y Paraguay. No era de Buenos Aires, no llegó. No me acostumbro a que Canning no se llame más Canning. La idea de que en la literatura se aloja la huella de lo que se perdió: eso es una relación muy auténtica.

Miguel Vitagliano: Fíjense. Cuando uno piensa los nombres de las calles, es la consciencia estatal la que está poniendo qué nombre deben llevar la calle. Y la gente recuerda otra cosa. Para muchos de nosotros Canning va a seguir siendo Canning, aunque ahora se llame Scalabrini Ortiz. Me parece que la memoria va por un lado y el discurso oficial va por otro. Si uno piensa cómo tiene que decidir la ciudad, la ciudad se decide más dentro de ese murmullo incesante que en esta claridad tan pautada. Lo mismo sucede con la memoria. Ahora bien, ¿qué lugar tendría que tener la literatura en todo eso? Si la literatura temiera perder por nombrar un lugar que ya no existe, pobre esa literatura.

Miguel Vitagliano: A mí me interesa mucho más la literatura que la realidad. Por lo tanto, si la literatura no se ajusta a la realidad, fantástico. Ojalá la realidad se ajustara a la literatura: le iría mucho mejor a la realidad. [Risas]

Martín Kohan: Cuando eso pase, vamos a volver a la realidad. [Risas]

Lucía Puenzo: Una nueva lista política.

Miguel Vitagliano: Claro, porque si no es exigirle cosas a la literatura. A la literatura hay que exigirle que haga, que piense, que permita que los días que uno viva sean todos diferentes, que uno no pueda ser atrapados por la realidad.

Lucía Puenzo: Años atrás leí, creo que es de Stephen King, que uno escribe para un lector ideal. Que uno escribe para muy poquita gente, un pequeño grupo, a veces para una sola persona, a veces es para uno mismo. Que la tiene en mente cuando escribe. Primero a mí me tiene que divertir lo que estoy escribiendo. Divertir o sufrirlo: pero el entusiasmo es mío. Si uno no está seducido por el material –aunque lo padezca– se desvanece. No puede seguir. Tengo un pequeñísimo círculo de confianza a quien le acerco lo que escribo, pero sobre todo tengo que tener ganas de sentarme a escribir. Si no, no hay forma.

Miguel Vitagliano: A mí me encantaría tener un millón de lectores. Es más: me encantaría tener un millón de amigos. Pero realmente no estoy dispuesto a las demandas que puede hacer ese millón de lectores. No puedo pensar en todos cuando escribo, entonces trato de no pensar en ellos.

Martín Kohan: Porque además, ese millón no está de acuerdo entre sí. Yo tengo una relación muy diferenciada con el texto y con el libro, aunque las dos cosas parezcan lo mismo y las esté escribiendo yo. Cuando yo estoy escribiendo no pienso que estoy escribiendo en formato libro, que después va a parar a las mesas. La experiencia de la escritura está ligada con el texto y lo que pienso es que el texto salga bien. Una relación entre el texto y yo. La situación de escritura me exige muchísima concentración, de absoluta compenetración con el lenguaje, con la trama, con el texto. En ese momento no me da la cabeza más que en eso. Pero cuando eso está terminado y empieza el camino va del manuscrito hacia el libro, ahí aparece la perspectiva del lector. Recién ahí.

Martín Kohan: En mi caso el punto es quitarle cierta solemnidad y cierta sacralidad. El Escritor y La Novela. Te sale mal una novela, y bueno, el mundo no está esperando mi obra a ver qué le revelo. La verdad es que no, salió mal la novela, no la estoy disfrutando, la salvo, la corrijo, la ajusto, la dejo. No es grave. Y cuando funciona bien da un placer inmenso. La primera relectura propia bajás muchísimo el nivel, pero en el momento de escribir te sentís Faulkner. El problema son los que se siguen sintiendo Faulkner después, cuando no son Faulkner. Que incluso yo creo que Faulkner tiene la lucidez de no sentirse Faulkner. [Risas] Si cuando el libro se publicó y vos seguís creyendo que sos Faulkner y vas a tele porque sos Faulkner y venís acá porque sos Faulkner, ya estás en problemas. Pero si en el momento, en ese momento, tenés esa sensación de intensidad, es muy placentero.

PZ: Bueno, yo les agradezco mucho por haber venido. Por lo pronto lo disfruté muchísimo, espero que lo hayamos disfrutado todos. Me parece que corresponde un aplauso. [Aplausos]

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