Daniel Guebel /2

19-06-2009 | ,

Entrevista a Daniel Guebel por Patricio Zunini
Ciclo: Martes de Eterna Cadencia
Fecha: 16 de junio de 2009
Desgrabación: P.Z. Fotos: L.D.

[Segunda parte; leer la primera]

daniel guebel

¿Y para qué es [la literatura]?

La literatura es un modo de vivir, para mí. Para el que lee es un satisfactorio modo de estar en el tiempo cuando uno tiene un libro que es bueno o que cree que es bueno, o que le produce algo que no produce la mayoría. A la inversa, yo leo de noche en la cama. Los libros me producen un malestar físico si están mal escritos. Hay algo de la sintaxis de un autor que se desplaza a la vida regia del sueño. Entonces si esa sintaxis es deficiente o si hay algo del yo del autor que obra por medio de hipóstasis hay algo ahí que se me desplaza en el sueño. (…)

¿Cómo cambió tu manera de escribir cuando empezaste a trabajar en un diario?

Yo no sé si alteró mucho. Las dos veces que entré a una redacción, entré por el mismo motivo. Luego de una crisis sentimental y económica yo necesitaba entrar a algún lugar donde el espacio social me permitiera un espacio de sucedáneo de un club. Si ganaba plata, mucho mejor. El periodismo es una actividad que no deja de tener su atractivo para un escritor porque durante un tiempo le obliga a escribir sobre temas que a priori no le interesan. Digo: es un entrenamiento. No para la literatura pero sí, por lo menos, para la redacción. El periodismo entrena para dar por supuesto que hay un lector social. Mucho más que la cadena de escritura, edición, publicación y venta, el periodismo es una máquina de garantizar resultados de acuerdo a la distribución de la energía de acuerdo a un modelo. El periodista tiene que escribir notas bajo un formato que primero le enseñan en las escuelas de periodismo –por supuesto que cambia con el tiempo: ahora el ideal del periodista es la crónica, que no es más que mala literatura, antes era la teoría piramidal del relato, además cada medio tiene su escuelita–.

Cuando yo entré a trabajar en periodismo la primera vez estaba en un estado prácticamente de embotamiento psíquico, porque leía tres libros por día y terminaba hecho un mamerto tirado en la cama que no podía ni levantarme y no estaba escribiendo mucho. Entonces el periodismo me obligó a interesarme aunque sea profesionalmente de asuntos que podían no importarme. Cuando empecé a leer de manera más profesional en los medios me di cuenta de que había algo que unía un libro maravilloso como la Antología de Literatura Fantástica de Borges y Bioy con un diario. Un diario también es una antología de pequeños relatos distribuidos por géneros. Y el género es la volanta que dice “sociedad”, “economía”, “política”, etc.

Yo lo leía como narrador. En el medio donde yo laburaba no me consideraban un periodista tampoco. Me tenían como un escritor barato que podían resolver cuestiones que se le encargaran. Una de las supersticiones del periodismo es que cada tanto alguien tiene que ser una pluma: Arlt, Walsh, Jorge Asís, cualquiera ahora. Que el escritor tiene un valor diferencial. En general, para un periodista un escritor es o un sujeto idealizado o un imbécil que no entiende cómo funcionan las cosas. Pero bueno, yo sobrevivía al periodismo.

Además, las horas de ocupación periodística me requerían en algunos casos concebir libros que no me llevaran tres años. Porque la idea de arrastrarme a lo largo del libro de una manera agonística tenía que ser reemplazada por una escritura más breve, más condensada, y más veloz. Bajo esa creencia escribí, después de Nina que es un libro que me llevó dos años y medio, tres, donde la voluntad estilística, el ladrillito está muy presente a escribir El terrorista y después El perseguido. Libros que escribí mucho más rápido. A la inversa: abandoné el periodismo porque me di cuenta de que no iba a poder terminar la novela larga que estoy escribiendo, que en términos de procedimiento abrió otro sistema.

¿Cómo hacés para que, mientras estás escribiendo una novela larga, vayan surgiendo otras ideas y que no te maten la libido de la larga?

¿Y viste el pobre Tántalo que carga la piedra, la piedra cae y se vuelve a levantar? Algo de eso. En principio yo considero que la aparición de un desvío inesperado es una felicidad, no una desgracia. Si yo estoy escribiendo un libro y aparece algo, sigo el desvío. Después veré qué hago con lo anterior porque el desvío está legitimando un deseo que aparece de golpe, entonces: seguirlo.

La primera vez que me ocurrió eso fue con La perla del emperador. Estaba escribiendo una novela que ya llevaba 150 páginas, la verdad que no me acuerdo nada, creo que la perdí. Se llamaba La investigación del reflejo absoluto. La novela larga que estoy escribiendo ahora se llama El absoluto. La investigación del reflejo absoluto era una novela para la que yo no tenía la menor investigación ni capacidad para escribirla en el momento en que la estaba escribiendo y dudo que la tenga ahora. Era sobre los hermanos Lumière como inventores del cinematógrafo –o sea: del reflejo– pero además como inventores de un montón de cosas que ellos ni sabían, que eran geniales. Los hermanos Lumière al tiempo que iban inventando cosas inventaban la bomba atómica, la teoría de la relatividad, y no se daban cuenta.

Estaba escribiendo eso y de golpe –esto ocurrió hace 20 años–, en medio de esa novela, yo no sabía qué hacer: saco a pasear a los hermanos Lumière con un enano que había salido de una probeta, y en la calle se encuentran con una mujer que les dice “por una moneda de oro les cuento una historia”. Y entonces, ellos dicen “una moneda de oro es un poco caro”. “Bueno –dice la mujer– no me den nada. Yo era joven y bella…”. Aparece “Yo era joven y bella”, aparece La Perla del Emperador y los hermanos Lumière quedan volando en la estratósfera.

Después ya no me pasó por años. Empiezo El absoluto, termino la primera parte. La verdad es que no he escrito mucho. Llevo seis años, voy por 800mil caracteres. Son 120mil caracteres por año, no mucho más. Termino la primera parte, quedo completamente agotado.

Igual, son como 800 páginas.

No, deben ser menos. Quinientas, seiscientas páginas.

Termino la primera parte y quedo -¿te acordás una expresión que usaban antes?– “mormoso”. Quedo completamente agotado. Y aparece una historia, un libro que no publiqué, una historia familiar que no puedo publicar porque la persona que me lo contó me prohibió publicarlo mientras estuviera viva. (…) Escribo ese libro. Esa escritura que no tiene nada que ver con El absoluto me descansa. Hay una frase muy linda de Héctor Libertella que dice “el obsesivo reposa en su tarea”. [Risas] Entonces termino esa novela y escribo la segunda parte de El absoluto, completamente distinta de la primera. Me llevó también un año. Quedó agotado. Y escribo… no sé cuál. Probablemente escribí Derrumbe. Después entre la segunda y la tercera escribo otra novela que voy a publicar ahora que todavía no tengo el título. A mitad de la cuarta parte me aparece de casualidad, de golpe, una historia sobre un manuscrito medieval y me siento a escribirlo.

Es cierto que volver, aunque sea descansado, a un texto que uno abandonó supone una especie de puesta en movimiento de un motor como los coches de antes bajo la helada, frío y apagadísimo. Pero al mismo tiempo el deseo de escribirlo y en este momento el deseo de terminar el libro está muy presente. Ahora voy por el comienzo de la quinta parte. No sé si va a tener 120 páginas también o 30. Se me va a terminar más rápido de lo que tenía previsto. Pero también está el deseo de lo nuevo. Este libro ya lleva seis años.

¿Cómo es tu relación con el libro cuando lo terminás? Por ejemplo cuando termine El absoluto, ¿cómo creés que va a ser tu relación con él?

Cada libro es distinto. Por ejemplo, para pensar en distintos libros, en La Perla del Emperador, el final no era el que tenía el original, porque yo seguí escribiendo como 50 páginas y de golpe me di cuenta que había terminado 50 páginas antes. El absoluto yo sé cómo termina. Es decir: tengo ese plan, puede aparecer algo nuevo y cambiarme el dibujo.

Pero depende de la relación que se establece con cada libro. Es completamente distinto. Hay relaciones que son de extenuación, fastidio, agotamiento, deslumbramiento. Cuando terminé Carrera y Fracassi yo, la verdad, quería a esos dos infelices. Son los únicos personajes de los que me enamoré como personajes. Sobre todo de Cacho Fracassi que es igual que mi tío Víctor, o sea: una bestia. Cuando terminé Carrera y Fracassi pensé “ahora qué hago”. Lo único que me permite sobrevivir el haber dejado a estos dos es que hoy a las 5 de la mañana juega Argentina-Inglaterra. Era el Mundial 2002 donde Argentina quedó afuera [Risas]. Fue el fin del mundo en un rato.

Con El absoluto no sé qué va a pasar. Creo que no voy a escribir más, que era lo que pensaba al principio en mis comienzos como escritor. Que cada libro era el fin de mis posibilidades literarias.

¿Cómo te llevás con la crítica?

(…) Yo tengo esta sensación, en el fondo, completamente ecuménica: los comentarios a favor son justos y los comentarios en contra también son injustos. Es decir: creo en los argumentos. Por lo tanto si alguien dice que el libro es bueno tiene razón. Si alguien dice que el libro es pésimo tiene razón también. Encuentro verdad en ambos territorios. Lo que no he encontrado –y es lo que temo– es un comentario lo suficientemente inteligente y devastador como para destruirme. Pero creo que no va a aparecer. O en todo caso, como en el aikido, si apareciera ese comentario completamente devastador y aniquilador, yo sabría tomar de eso el movimiento circular necesario para convertir esa crítica en un valor, para apropiarme de eso y utilizarlo en mis textos. A la inversa: una vez un amigo mío, un escritor muy inteligente, Juan José Becerra, escribió un comentario que era como una foto de cómo yo escribía. Y yo la leí y pensé “este tipo sabe demasiado de lo que hago, sabe cómo lo hago, sabe por qué lo hago, sabe cómo funciona, lo sabe mejor que yo”. Y me sentí completamente expuesto y desnudo. Pero a la vez qué voy a hacer, ¿lo voy a llamar para prohibirle que escriba sobre mí? Bueno, esa es mi relación con la crítica, no es muy interesante. ¿Quién dijo que la crítica existía para que los escritores por cinco segundos crean que son inmortales? [Risas] Es una pavada, no importa nada.

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