:: Poesía ::

El infinito

24-06-2009 | ,

Selección: M.F.

“Yo soy, perdóneseme la metáfora, un sepulcro ambulante que lleva dentro a un hombre muerto”. Cuando Giacomo Leopardi cumplió 14 años, el pedagogo que lo instruía dio por terminada su tarea porque no encontraba nada más que enseñarle. Pero el padre tenía un gran biblioteca –aunque anticuada–, y como el adolescente era fantasioso y enfermizo se pasó todas las tardes encerrado leyendo, doblado sobre sí, lo que agravó una malformación en la espalda. Muy pronto comenzó a tener problemas de visión y luego una disfunción cerebroespinal. Dilapidó la fortuna familiar y tras rechazar cátedras en Bolonia, Milán y Roma, regresó a Recanati –su pueblo natal–, donde sus placeres cotidianos eran mirar el paisaje y odiar a los habitantes. Giacomo Leopardi (1798-1837) murió antes de cumplir los 40 años.

cantos

Dice Marcelo Cohen, quien prologó y tradujo los Cantos de Giacomo Leopardi:

No desconcierta ni perturba, más bien se comprende, que entre un recitado y otro haya un cuarteto de jazz que toca a Ellington o a Monk: el lenguaje de Leopardi es de una grandeza austera que se consiente uno que otro chiste, pero no la solemnidad. No es sólido ni monumental; es grave y fluido.

De ese libro extraemos el poema “El infinito”:

El infinito

Siempre cara me ha sido esta colina yerma
y estas matas que a la mirada esconden
tanto lugar del horizonte último.
Pero sentado aquí mirando yo imagino
más allá interminables extensiones,
silencios sobrehumanos y una calma
tan profunda que el corazón por poco
se me estremece. Y cuando llega a mí el susurro
del viento entre las plantas, yo comparo
aquella voz a los silencios infinitos;
me viene entonces el recuerdo de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y vivía y su sonido. Y así en esta
inmensidad se anega el pensamiento:
y en este mar me es dulce la zozobra.

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