Sobre Virilidad de Cynthia Ozick.
En un futuro mediato, el Hombre ha logrado acabar con la muerte. Un mundo sin muertes –y por ende, sin tiempo <y, por ende, sin pasado>– enfrió la vida. La tecnificó. El arte y la poesía no tienen lugar.
En este contexto, Edmund realiza un ejercicio melancólico: recuerda. Camina por un cementerio –devenidos en monumentos modernos– reviviendo a Elia Gatoff, un inmigrante ruso judío que llegó a Nueva York con la fuerte convicción de convertirse en poeta.
El inconveniente de Gatoff era su falta de talento. Perseveraba sí; pero no tenía talento. Lle mostraba sus poemas a Edmund, y éste no se cansaba de denigrarlo. Ni siquiera tenía ingenio: se apropiaba de todo aquello que creía útil para alcanzar el objetivo. Hasta llegó a adueñarse del nombre de su amigo como seudónimo: “Edmund Gate”.
Gate –Gatoff– tenía un manejo muy rudimentario del idioma, lo había aprendido de una tía vieja en Inglaterra. Escribía en los márgenes de un diccionario gastado y deshojado, combinando ingenuamente las palabras que encontraba en cada hoja: “cubría desde Fenogresco hasta Fútil (…) la palabra Fosforescencia se destacaba extrañamente”, “me extendió Gharri a Gila (monstruo): otra insulsa excrecencia en los márgenes. Schuit a Scolecita: lo mismo”.
Pero, milagrosamente, en algún momento sucedió. El esfuerzo finalmente rindió frutos. Edmund Gate explotó: comenzó a escribir grandes versos, ganó fama, renombre, dinero. Lo buscaban para leer en público en Japón, Sudáfrica, Australia.
Con mucho humor, Cynthia Ozick revisa el lugar del artista: qué significa ser artista, qué moral debe tener el artista. Y mientras señala con oscuro sarcasmo la tarea del crítico, parece proponer que el arte sólo alcanza lo sublime cuando logra trasvestirse.

