El diablo encarnado en un gato que se llama Poe. Una bruja de barrio que es capaz de curar por teléfono. Una visita nocturna al cementerio, en el momento en que lo monstruoso se adueña del tereno.
Pablo Ramos vuelve a meterse con la familia Reyes, vuelve a la infancia de Gabriel. El sueño de los murciélagos surge de La ley de la ferocidad. Mientras están en el velatorio del abuelo, Gabriel lleva a su hijo y a sus sobrinos a dormir y, para que dejen de pensar en lo que están atravesando, les cuenta una historia. Esa historia que se delinea en boca de Gabriel es la que se narra en El sueño de los murciélagos, primera novela de Pablo Ramos escrita para el lector juvenil.
Gabriel vuelve a los 12 años –la edad que tenía en la novela El origen de la tristeza– y vive una nueva aventura (supuestamente tenebrosa) con los amigos de la infancia. Son tiempos difíciles en la Argentina, tiempos oscuros –”oscurísimos”–: 1980. El papá de Marisa está por perder el colectivo –era la época en que los que manejaban el colectivo eran los dueños–, el papá de Gabriel está por cerrar el taller. Alguien les contó que existe un extraño hechizo que podría remediar la situación: deben sacrificar a un murciélago albino primogénito sobre la tumba de un santo.
Con la ayuda de Rolando, un santón del barrio que trabaja en el cementerio, los chicos van a buscar a Sara, la bruja del barrio, quien les entrega el murciélago y les explica cómo realizar el ritual. El pago a cambio es muy pequeño –o extremadamente grande–: dos días después del sacrificio, Gabriel debe reencontrarse con ella y contarle qué se siente haber asesinado a alguien puro.
Rolando funciona como la conexión con el mundo adulto, pero también como el guía espiritual que cultiva la personalidad de los chicos. Es a través de Rolando que Ramos expone la tesis más presente en su literatura
El camino por el cementerio supone encuentros con seres monstruosos, peligros que no son más que el horror de enfrentarse con uno mismo. La mirada ingenua de Gabriel –no nos olvidemos que tiene 12 años– va madurando a medida que avanza el recorrido hasta que llega el momento en que debe enfrentarse al sacrificio. ¿El fin justifica los medios? La respuesta –como a todo dilema ético– está en el corazón
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