Por P.Z.
Con una importante trayectoria académica, Paola Cortés Rocca trabaja en Estados Unidos y vuelve a la Argentina durante las vacaciones (del Norte). Cortés Rocca prologó Un final feliz, la crónica de Gabriela Liffschitz –novedad editorial del mes–.
De paso por Eterna Cadencia, hablamos con ella de Gabriela y del libro:
¿Cómo hay que leer Un final feliz? ¿Qué clase de libro es?
Parte de lo interesante del libro es lo inclasificable. Se lo puede leer en muchos sentidos, se lo puede leer como un libro que forma parte de ese dispositivo psicoanalítico del fin de pase, como un testimonio de un análisis, se lo puede leer como un libro que tiene algo de real en el sentido de que es una historia verídica que narra una persona que se llama Gabriela Liffschitz, se lo puede leer como algo de ficción en eso, de que también se arman microhistorias y microrrelatos: la historia de la nena y la historia con los padres, las distintas parejas. Es interesante porque está dentro de esos géneros, esas posibilidades de lecturas.
Me parece que es un libro que cierra o forma parte muy bien de la obra general de Gabriela. Las dos novelas, o poemas o prosa poética que son Elisabeth y Venezia, y de los dos otros textos raros que son fotos e imágenes Recursos Humanos y Efectos colaterales.
¿Desde dónde se puede asir al libro?
Por un lado Gabriela convirtió la experiencia de la enfermedad y la experiencia médica, el tratamiento de la enfermedad en una experiencia colectiva. Un tema aparte que también es bastante interesante, complicado para manejar pero por otro lado muy productivo. Es muy raro, en el sentido que siempre –históricamente– pensamos la enfermedad como algo privado. Ella armó no sólo en la experiencia sino en los textos, en las fotos, una especie de experiencia pública colectiva que nos pasaba a todos de algún modo. (Por suerte no tanto). Y simultáneamente este libro está un poco ligado a esto, es muy difícil no leerlo junto con los otros dos y con esa cuestión. Por el tema del final, porque está mencionado incluso en el libro.
Por otro lado me parece que el libro trabaja especialmente la experiencia psicoanalítica y la vuelve interesante. Yo diría que en ese sentido leés este libro y decís “sería interesante empezar una terapia lacaniana”. Sirve también ese efecto de felicidad de compartir esa experiencia. Es más feliz que los otros. Te engancha para decir “qué cosas interesantes se le ocurrieron a esta mujer haciendo esto”. Uno piensa tal vez yo haría lo mismo. Me parece que es una lectura posible.
¿Ella pensó el título?
Ella lo pensó, con un poco de apuro. En general lo que le gustaban que los títulos fueran una frase hecha. “Recursos humanos” es una frase de los bancos. “Efectos colaterales” empezó a circular en un momento por la guerra. Usar esas frases hechas para darles una vuelta a lo que la frase te evoca cuando leés estos libros. Esta frase le gustaba para este libro, un poco irónica también. Porque estaba cerrando el libro, sabiendo que se moría. Era como una joda también: ponerle Un final feliz. Pero también va en línea con los otros dos libros, continúa con la misma lógica.
¿Qué decía mientras estaba en terapia, cómo la vivía? Porque nosotros llegamos al análisis ya terminado, lo vemos desde el final.
Era parecido en el sentido de que todo análisis –cualquier análisis– siempre lo leés desde el final. Cuando pensás cualquier cosa, cuando pensás el último mes de tu vida o tenés que contar una anécdota es desde atrás donde se repone el sentido. De algún modo, en el medio del análisis, cuando contaba cosas a las amigas o lo que sea, no iba mencionando lo anecdótico sino tratando de conceptualizar.
Este libro es interesante en ese sentido: no es un simple relato inocente de un conjunto de anécdotas, sino que hay un intento de conceptualización bastante particular, que no es con el discurso conceptual del psicoanálisis, pero que tiene mucho de.
Pensaba en este libro en relación a una serie de libros que uno puede pensar, evocar, que tienen esta primera persona y esta especie de relatos de la vida cotidiana y femenina. Esos momentos de la voz femenina de “y entonces pensé” con algún detalle de la vida cotidiana. Y sin embargo también el libro se detiene y conceptualiza qué es la falta, qué es la pérdida, cómo cerrar un análisis, qué es un fantasma, etc. Sin la jerga lacaniosa. Si uno lee relatos de pase, son un plomazo. Son un montón de frases de la jerga psicoanalítica lacaniana. Y si uno lee testimonios son como pura impresión, digamos. “Yo vi, yo sentí, yo pensé”.
Acá hay algo mestizo.
Claro, acá hay una mezcla de las dos cosas. Me parece que el libro era pensar sobre el psicoanálisis en un lugar borde. Una posición que uno ve en toda la obra de Gabriela: participo y no participo, soy paciente pero ya terminé, puedo hablar del psicoanálisis y tomar su discurso y concepto pero no tanto. El libro tiene que ver con eso.
Esa inclasificación que dijiste al comienzo.
Sí.
Pero también hay una incomodidad, en el sentido de que al no poder ubicarse en un punto, ningún punto…
La aloja, sí. Me parece que hay un sujeto, una voz desalojada constantemente. O móvil. Se puede leer de muchas maneras. Es como la misma versión de “nada me aloja, siempre soy extranjera”, que puede ser tanto algo positivo o como negativo. Una especie de exclusión que sufro, de cosa que convierto en positiva, levemente extranjera.
Las veintipico mudanzas.
Claro. Un efecto simultáneamente desprotegido y desafiante. Acá no hablo de Gabriela sino de lo que se ve en toda su obra. María Moreno tiene una hipótesis muy interesante sobre este libro, que es que la Liffschitz, como ve que ya no podía más y la enfermedad le ganaba dijo “terminé el análisis”. Por lo tanto: este un final feliz. “Te cagué igual”. Una especie de desafío, de inversión, de convertir la pérdida en ganancia.
¿Por qué le pusiste al prólogo “Esto no es una pipa”?
Porque empecé a pensar en los distintos “esto no es”. Esto no es un testimonio, esto no es poesía, esto no es relato y a la vez es todo eso. Me gustó la idea de también esa frase hecha, que es un título de un cuadro, y que tiene ese juego con la representación, lo que es y lo que no es. Me parece que de algún modo la experiencia de la terapia tiene que ver con eso, con una reflexión sobre la imagen, la representación, la confusión constante, lo que es y no es.
Me llamó mucho la atención la forma en que trata a la enfermedad. Todo el tiempo dice no ser una víctima, y cuando habla de la enfermedad, lo hace sin restarle importancia, pero sin asignarle de más.
En ese punto hay algo distinto, una inflexión en el género testimonio. Una experiencia traumática como es pasar por una enfermedad que constantemente te está diciendo “tal vez te mejores pero probablemente no”, que es una cosa constante. Lo mismo con cualquier experiencia del trauma.
Pero como relato me parece que no va en busca del golpe ni de la identificación absoluta del espectador. No es que el espectador puede decir “a mí me podría pasar” y se puede identificar fácilmente. Te saca un poco de lugar.
De hecho los trabajos fotográficos son muy interesantes en este sentido, porque producen un efecto de escándalo en algún punto. De un escándalo muy típico de la impostura femenina. Es una mina que se está muriendo y sin embargo sale en pelotas y es más linda que yo que la miro. Hay algo ahí de confrontación que es propia de toda la obra de ella. Ese gesto de darle como una vuelta más a ese lugar. Digo: yo la conocía a ella personalmente fui amiga de ella porque estudiábamos fotografía juntas. Después escribí sobre la obra de ella –a mí me interesaba más hacer crítica de fotografía, a ella le interesaba más ser fotógrafa–: me pasó de mostrar las fotos, de leer en trabajos –no estuve acá cuando presentó los libros, no vi lo que era–, de leer en congresos, mostrar las fotos, leer un laburo sobre esas fotos y ver que la gente se sentía desafiada. Esa es la frase: un efecto de desafío. Me acuerdo de alguien que dijo “yo a esto no le creo, no hay sufrimiento”. Por eso me parece también esta cosa de “esto no es una pipa”: sí, sufrimiento hay, pero no hay por qué mostrarlo todo el tiempo.
Tags: Gabriela Liffschitz, Paola Cortés Rocca, Un final feliz


Piedra libre para Facundo Pastor.
Todo duplicado.
Este Matías aprende rápido. En cuanto vi la foto dije, el de atrás es Pastor chupándole las medias a Lejtman.