Por P.Z.
Ayer se presentó la edición de invierno de La mujer de mi vida –edición número 55–. El encuentro se abrió con una mesa en la que se debatió el tema de tapa: “las minorías están de moda”, con la moderación de Eugenia Zicavo (consejera editorial de la revista) y la participación de Josefina Licitra (periodista, autora del libro Los imprudentes. Historia de la adolescencia Gay Lésbica en la Argentina), Esther Díaz (Doctora en Filosofía, autora del libro El himen como obstáculo epistemológico) y Diego Rojas (Periodista de 23).
Difícil decir algo en contra de las comunidades. Pero tanto celebrar lo que tenemos de distinto termina por bajarle el puntaje a lo que tenemos iguales. Elogiar las diferencias sin darle una vuelta de tuerca al asunto genera todavía más diferencias.
Así comienza la nota editorial de Ricardo Coler y con ella Eugenia Zicavo marcó el tono de la charla. Lejos del lugar común, el pensamiento políticamente correcto y la huída hacia lo previsible.
Cada uno de los invitados abordó un tema particular. Josefina Licitra se interesó por el uso del lenguaje y los conflictos que subyacen en un discurso políticamente correcto. “Ser cuidadosos con el lenguaje definitivamente no significa ser cuidadoso con el otro”, afirmó. Diego Rojas señaló el peligro de los fundamentalismos de las minorías: “hay ciertas personas que plantean que lo minoritario es de por sí una virtud”, dijo. En este sentido, la idea de preservar esa pertenencia a una minoría puede llevar, por ejemplo, al caso extremo de aquella pareja de padres sordos que prefería tener un hijo sordo. Finalmente Esther Díaz, se (nos) preguntó cómo hacemos para determinar que algo es diferente. “¿Dónde está la diferencia en las personas, en las cosas? Siempre la diferencia, paradójicamente, surge de la igualdad.”
La mesa se cerró con un intercambio entre los panelistas y el público, del que filmamos una pequeña parte:
Luego fue momento de aflojar los nudos de las corbatas y brindar y hablar y sacarse muchas fotos, que –al fin y al cabo– era un festejo.
Algunas frases de los panelistas:
Josefina Licitra:
Mi abordaje tiene que ver bastante con mi oficio, vengo del palo periodístico. En general es todo un tema cómo nombrar a las minorías. Siempre es un dilema cuando se habla de homosexuales, de aborígenes, minusválidos, etc. Me parece hay un cuidado –no sé si excesivo: capaz es una palabra un poco pesada- pero por lo menos delicado respecto del uso de las palabras en periodismo. Hay un supuesto que limpiando de alguna manera el lenguaje se está limpiando también el pensamiento. Es un supuesto bastante engañoso, porque finalmente decirle a un minusválido “persona con capacidades diferentes” (¡que además poner eso en un título es un quilombo!) lleva a pensar que uno ya está disculpado y está limpio de cualquier tipo de praxis en relación a eso. En algunos casos, este lenguaje tan cuidadoso, almidonado, considerado, más que cuidar lo que hace es esconder. Hay algo del peso de una palabra que se está perdiendo.
Hay que estar todo el tiempo cuidando la palabra, como si todo debate se jugara exclusivamente en el uso de la palabra. Me parece que es engañoso, que hay algo de exculpador, hay algo que se está liberando y que simplemente es funcional socialmente. Es curioso que las palabras que más cuestan nombrar tengan que ver con las minorías que tienen más problemas de integración.
Yo escribí un libro sobre “la salida del placard” de los adolescentes, en general fue bastante bien tomado por la comunidad gay. El problema surgió cuando tiempo después me pidieron que, a partir de un debate sobre qué artículo usar para los travestis, escribiera mi punto de vista. Dije –por motivos que traté de expresar respetuosamente– que me parecía que había que usar el artículo masculino. Por abrir esa posibilidad, fui considerada prácticamente una traidora por la misma comunidad que antes había tenido cierta flexibilidad conmigo.
Diego Rojas:
Hay ciertas personas que plantean que lo minoritario es de por sí una virtud. La comunidad gay está compuesta por una diversidad infinita de formas de ser. Es más: en esa comunidad gay hay empresarios capitalistas y obreros explotados. Y no por ser gay un obrero explotador deja de serlo: qué tiene que sea gay. Hay ciertos hechos que constituyen a una identidad gay, pero de por sí, otorgarle un valor virtuoso al hecho de pertenecer a una minoría me parece otro problema que habría que revisar.
Entonces la china me dice “Andá. ¡Fuera! Volvete a tu país”. [Risas] ¿Cómo volvete a tu país? Este es mi país. La china, muy perspicaz, me dijo “argentino no indio: volvete a tu país”. Con lo cual, digamos, también permite que pensemos que la autoconsciencia minoritaria es una cosa que podemos poner en cuestión. La china no se reconocía como una minoría, si no que quería pertenecer a la mayoría fascista argentina.
Si uno lleva este racionamiento a última instancia, yo considero que cada uno de nosotros es un ser completamente diferente al otro.
Esther Díaz:
¿Cómo hacemos para determinar que algo es diferente? ¿Dónde está la diferencia en las personas en las cosas? ¿Con qué criterio decimos que es diferente? Porque en última instancia percibimos. Y no somos ni diferentes ni iguales: somos. Los seres somos. Pero como no podemos percibir cosas individualmente, si no que las percibimos en “relación con”, ahí tenemos un metro o patrón para poder ver por qué son diferentes. Un chico puede ver que su mano es diferente, es chica, en relación a todas las otras manos que son iguales de grande: siempre la diferencia, paradójicamente, surge de la igualdad.
Respecto de la sociedad, ¿quién es el que pone la regla para saber cuál es el modelo? Obviamente el varón blanco adulto ocupado documentado y heterosexual. Está bien que alguien puede estar pensando en este momento que Obama es negro y es el presidente de Estados Unidos. Bueno, ese negro que está en este momento presidiendo el Imperio, no es más que la excepción que confirma la regla.
¿Cómo se establece el tema de la mayoría y la minoría? En este caso no tienen que ver con la cantidad: que seamos más mujeres en el mundo no nos convierte en la mayoría. Somos más cuantitativamente, pero desde el punto de vista del poder somos minoría. En las misiones jesuíticas dos o tres monjes controlaban a un centenar de indígenas. Eran minoría desde el punto de vista cuantitativo, pero mayoría desde el punto de vista político del poder.
A las minorías hay que destacarlas en un momento dado, sobre todo cuando se comienza la lucha por el reconocimiento. Pero no hay que coronarla. Cuando la minoría se convierte en la verdad, automáticamente descalifica al otro. Es un juego muy difícil: por un lado hay que imponer a la minoría para que sea aceptada socialmente, y por otro lado no hay que imponerla de manera tal que demos vuelta el esquema del poder y que pasemos a ocupar la situación dominante que antes estábamos criticando. Para eso, una frase de Michel Foucault: no enamorarse del poder.
Pensemos en una sociedad utópica, en una sociedad donde realmente ya no habría minorías –por supuesto tampoco habría mayorías–. En esa sociedad no habría más el día del orgullo gay, el día de la madre, el día de la mujer. Está el día de todos los que no tenemos poder: el día del animal, el día del niño, el día de la madre, el día de los putos. Todos los que no tenemos poder, tenemos nuestros días. Pero el día del varón heterosexual no existe, ¿no es cierto?
El poder es seductor y lo que nos seduce nos puede atrapar en sus redes. Lo que tendríamos que hacer es un salto que nos posicione más allá de las diferencias, pero conservándolas.
Para seguir navegando:
- Minorías en La mujer de mi vida, Hablando del asunto
Tags: Diego Rojas, Esther Díaz, Eugenia Zicavo, Josefina Licitra, La mujer de mi vida





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