:: Crónicas ::

Un paseo por la Flia

18-08-2009 |

Por P.Z.

flia en la impa

I

El sol pega de lleno sobre la pared de la vereda par de la calle Querandíes. Una bandera cae desprolija con un mensaje que aboga por la recuperación del espacio público tapando una parte del nombre de la fábrica. Unas veinte personas en la puerta hacen tiempo con mates y termos.

Lo primero que se siente al entrar al edificio es el abrupto cambio de luz. Hay que tomarse algunos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Un murmullo bajo proviene de algún lugar indefinible. La undécima edición de la FLIA –Feria del Libro Independiente y Autogestionada– se realiza allí dentro, en la fábrica Impa. Impa ya no es la sigla de Industrias Metalúrgicas y Plásticas Argentinas; ahora Impa es por Imparable. Aunque sencillo, el juego de palabras no deja de ser un potente intento de declaración de principios de la feria.

Hay que subir varios pisos. En cada descanso de la escalera, un cartel de la Editorial Funesiana alienta a continuar. Sigo a la multitud –“¿Adónde va Vicente? Donde va la gente”– confiando que conocen el camino. Un nuevo descanso y otra vez el aliento de Funes. Seguimos hasta el tercer piso; por la altura sería un sexto o séptimo. A la izquierda, un comedor revienta de gente. Los que van adelante doblan a la derecha y siguen un pasillo que bordea máquinas que podría funcionar como el set de alguna vieja película de ficción, como Blade Runner o Terminator.

Finalmente desembocamos en un amplísimo ambiente y el murmullo que acompaña desde la entrada explota sin solución de continuidad. Más de 600 personas inundan el tercer piso de la IMPA: hemos llegado a la FLIA.

II

No hay olores en la FLIA, hay un único olor que todo lo impregna: tabaco. El tercer piso no se encuentra bajo el imperio de la ley 1799. El recorrido se hace en fila india.

En el fondo, sobre un escenario, una mujer con marcado acento del norte declama con la boca pegada al micrófono. El mensaje se vuelve incomprensible: el eco, el ruido ambiente, el parlante saturado. Algo llega, sin embargo: pide por los derechos de los sin voz. El parlante si pudiera, haría una mueca irónica.

Una primera vuelta y me encuentro a Funes que, con alegría, me cuenta que se quedó sin ejemplares de Autogol; le quedan algunos –pocos– de Los pacoquis y Poesía para gerentes. Funes me recomienda comprar algo de la editorial CILC (Casi incendio la casa), que me lleve Si va a morir gente, votemos quiénes de Vicente Luy (el librito, tamaño 9×6, abre con “el problema con la poesía / es que la metáfora / puede ser una forma / de ambigüedad”). Le comento a Funes que impresiona la cantidad de gente, “no sabés cuánta había ayer”, me dice. No sé cuán fiable es: el entusiasmo tiende a la exageración. Aprovecha el tiempo armando nuevos libros en vivo. Lo saludo, me abraza, me pegotea el saco.

Vuelvo a la fila india. El camino está saturado de personas, avanzamos lentamente. Es la Panamericana en hora pico. Generalmente tanta gente me da claustrofobia, quiero irme –huir– cuanto antes. Pero algo indescifrable hace que no me sienta tan incómodo.

No hay stands: hay un continuo de mesas y caballetes. Una cantidad de libros de Editorial Tinta limón siguen a los de Vox, un chico junta firmas contra “el Fino” Palacios, un poco más adelante piratean a Raymond Carver, Bolaño y Scott Fitzgerald. Fanzines, mucha autogestión. Me llama la atención una revista de humor que se llama La bola en la ingle.

Sentado, con aire ausente, Cristian de Nápoli –autor de Los animales salvajes (Bajo la luna, 2007)– expone varios libros. Nos saludamos, le señalo una antología de poesía brasileña que tiene poemas de Joca Reiners Terron. Cristian me lo regala: quiero pagárselo, pero se niega. Hablamos un rato, me dice que está contento, que ahora hay mucha gente pero que no me imagino la que había ayer. Tal vez Funes no haya exagerado tanto, entonces. Me señala un sector donde hay un libro inconseguible de Mangieri, me recomienda que no me lo pierda; por supuesto, nunca lo encuentro.

En cambio sí veo a Agustín Valle que vende sus libros. La voz medio partida por la exigencia de hablar a los gritos. “No sabés cuánta gente vino ayer”, y ya es el tercero. Hace tiempo que aquella mujer bajó del escenario y ahora una banda rompe la tarde con un rock bastante intenso. Hablar ya no es una opción posible: saludo a Agustín y vuelvo al recorrido.

Simón Ingouville tiene el cansancio pintado en la cara. Semana a semana lleva adelante las actividades del Centro Cultural Pachamama pero la organización de la FLIA le exige un esfuerzo evidentemente mayor. No se anima a estimar la cantidad de visitantes –pero también dice que el primer día hubo muchísima más gente–. Me cuenta de un desayuno que mantuvieron con los editores invitados, de algunas charlas que se dan en el piso de arriba. El discurso es incompleto y disconexo, pero se lo justifica: el cansancio, el entusiasmo, la adrenalina. Ya habrá tiempo de hablar en unos de días.

Un par de vueltas más, un par de compras más, un par de saludos más y me empiezo a ir. Subo al auto y recién entonces reparo que nadie, absolutamente nadie, me habló de plata.

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2 Responses to “Un paseo por la Flia”

  1. simon says:

    ojeroso e inconexo eh!
    en unos dias hablamos.
    je

    y si te hablamos de plata.
    se viene la FLIA EN la PLATA el 12 de septiembre
    http://flia-laplata.blogspot.com/

  2. angeles says:

    Fui a la Flia pero había tanta tanta gente que no vi nada, imposible.

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