Si hablo del amor a propósito del dandismo, la razón es que el amor es la
ocupación natural de los ociosos, es la ardiente necesidad de hacerse a una
originalidad, contenida entre los límites externos de las conveniencias.
Charles Baudelaire, El dandy en El pintor de la vida moderna
Una ética del amor propio tiene personajes conceptuales claros y definidos a través de varias épocas: bonvivants, dandys, condottieres, gourmets, samurais, hipsters, epicúreos, sibaritas, caballeros, loungers, guerreros y, porqué no, boxeadores. Tiene disciplinas o subramas también sumamente delimitadas: la dietética, la economía, la erótica, la estética, la patética y la ética. Asimismo, el estudio del bello vivir tiene categorías o conceptos nítidos que han sido redefinidos o creados en distintas etapas de la historia del pensamiento: hedoné, ataraxía, derroche, gran estilo, magnanimidad, gusto, Übermensch, potlach, aphrodisía, eros, virtú, nobleza, distinción, entre otros.
Michel Foucault en la Historia de la sexualidad, particularmente en el tercer tomo, deja entrever el sinuoso camino griego de la aphrodisía, es decir, de los actos que nos procuran el placer mediante los sentidos y de los bienes que generan esa sensación; sea la música para el oído, las comidas para el gusto y el olfato o la actividad sexual para el cuerpo en su totalidad. Esta ética como estética de la existencia tiene una regulación o un uso determinado racionalmente que los griegos llamaban chresis; del mismo modo, la enkreteia templa y modula los placeres para no resentirse y ni cebarse en una búsqueda indiscriminada del placer. Proyecto que luego retoma Michel Onfray en La construcción de uno mismo: la moral estética abriendo el corpus de textos a la modernidad.
La ética griega, fundamentalmente postaristotélica -tanto estoica como epicúrea-, de acuerdo a la lectura de Foucault, somete las acciones a un principio estético personal y no a una ley moral universal coercitiva, que aspira a una estilización de la vida. Por ello deben haber reglas que permitan consumar esa bella existencia, pero que no sean represivas; reglas que sean contrarias al carácter prescriptivo de las leyes médicas que preanuncian la moral cristiana. Una prescriptividad médica que deriva en la confesión de la carne cristiana y en la sesión psicoanalítica. La moral bella emplea una normativa y un uso de los placeres precisamente para potenciar esos placeres y volverlos estilo en la vida.
Para ello, tanto la dietética, la erótica como la económica, prefiguran sus propios campos para la disposición sabia de los placeres. Una dietética se encargaría de los usos de la comida y la bebida –la gastronomía, diríamos-; la erótica, implicaría lo relacionado con un ars erótica, la sexualidad no con fines reproductivos sino en la procura de los placeres sexuales; finalmente, la económica establecería las pautas de la administración de la casa y el matrimonio. Estas tres disciplinas tienen una función regulativa de las acciones pero por fuera de una ley moral universal restrictiva, con el fin de llegar a una existencia como cultivo de sí (cura sui), como estilización del vivir.
Los pensadores postaristotélicos a los que remite Foucault pertenecen mayormente al declinar de la Polis; pensadores como Galeno, Epicuro, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, Plinio, Apuleyo, Plutarco, entre otros. Lo que la lectura foucaultiana rescata de ellos es su reflexión sobre el cultivo de sí, distinto de la voluptas (voluptuosidad) que es el placer obtenido del otro, es decir el placer que depende de otro para consumarse. El cultivo o la escultura de uno mismo apunta más a una estilística de la existencia, de la misma manera que el concepto de amor propio señalado por los moralistas franceses de los siglos XVII y XVIII –La Rochefoucauld, Chamfort o Montaigne-. Esta regulación o uso estético de los placeres, lejos de una hermenéutica del deseo prescriptiva (cristiana o freudiana), se acerca a un cultivo personal de sí mismo (individualista) que busca establecer una “normativa” estética de las acciones con un fin bello y no coercitivo sobre la corporalidad. Es, en cierto modo, la fisiología estética de Nietzsche, el sensualismo mediterráneo y el código Hagakure del Samurai; todos ellos modos de afirmación de la vida con pasión, distinción, elegancia e individualismo: amor propio. Algo así como la actitud de un boxeador que lanza puñetazos al vacío, la guardia nunca baja y la mirada hacia el horizonte, hacia la construcción de uno mismo. Eso es el amor propio, que no es egoísmo, sino creer en la fuerza de voluntad personal. En eso el boxeo se puede ver como un excelente deporte que representa la idea de amor propio en el cuadrilátero.
La idea del amor propio es individualista porque parte del presupuesto del valor y la magnaminidad de los hombres. Parte de cierta nobleza en el nacer –en la antigüedad vinculada con los orígenes aristocráticos- pero que hoy puede aplicarse a la dignidad de cada hombre, independientemente de sus características. Ese amor propio, es el prototipo de los self-made men (hombres que se crean a sí mismos), de los que se pulen para brillar, de los que creen en sí mismos. En ese sentido hay dos ejemplares que pueden resultar prototípicos constructores de su voluntad, y son los casos de Muhammad Alí -o Cassius Clay- y Madonna. Alí y Madonna son dos perfectas figuras de la voluntad cristalizada en amor propio, en una regulación propia y férrea autoconstitución que deviene en una ética formal, una existencia pulida y concientemente buscada. Dos individuos que pueden visualizarse como consecuencia del poder canalizado en individualidades fuertes, no-cristianas, y nobles. Los combates de Alí contra Sonny Liston o contra George Foreman en Zaire -una gesta épica dada las posiciones políticas de Alí contra la guerra de Vietnam y su censura en Estados Unidos-, así como las performances de Madonna -como se ve en el concepto de su álbum Hard Candy-, resultan óptimos idearios del amor propio que señalaban los moralistas franceses del siglo XVIII. Y el amor propio se ve el cuerpo. Hay marcas.
En ese sentido, el amor propio y el placer son congéneres; ambos son conceptos que ayudan a la libertad del hombre, que lo expanden en las batallas libradas en el día a día. Ese resto, esa confianza en el no-sé-qué es mística, porque es numinosa e indescifrable. Pero también se traduce en generosidad y voluntad: derroche sexual y virtud de artista.
Tags: Luis Diego Fernández



esta bueno y al vez dificil,,,,,tengo que leerlo otra vez….
Gracias, Claudia.
Saludos, Ldf
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Agustin says:
July 9, 2009 at 3:01 pm
Veo que tiene pasajes similares este artículo al que publicaste en diario Perfil (http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0377/articulo.php?art=15367&ed=0377).
Quiero puntualizar, como psicoanalista -mención y declaración en la que invoco una autoridad sobre el saber analítico, indefectiblemente- que Michel Foucault tiene una deuda gigante con Sigmund Freud. Una deuda no reconocida. Sin dudas esto da para armar un congreso que ponga el acento exclusivamente sobre este punto. Pero bueno, no será ahora ni acá eso. De modo que sólo dos frases tuyas de este artículo de Perfil respecto de las propuestas de Foucault lo demuestran contundentemente:
Sigmund Freud medio siglo antes que Foucault, creando la posibilidad de que un Foucault exista -y con esto no digo que Foucault se lo deba todo al psicoanálisis-, Freud estableció el concepto de pulsión donde si se algo inaugura allí no es otra cosa que esta inesencialidad del sujeto. Y Freud también es quien, al crear el discurso psicoanalítico, creó una ética: La ética del psicoanálisis, título de un seminario crucial de Jacques Lacan. Allí Lacan, el autor fundamental crucial y aparte de todo autor -en el sentido que le dio Foucault a este término- del siglo XX que haya re-flexionado al sujeto, después y junto con Freud, claro, allí Lacan, dijo: “De lo único que se puede ser culpable, es de haber cedido en el deseo”. Con esto despejó la ética del psicoanálisis, la propuesta que el discurso psicoanalítico trajo al mundo: NO CEDER EN EL DESEO, esto es, no atender a otro deseo, a otra normativa diría Foucault o sus lecturas, a otro que al propio. Así, Freud estuvo antes que Foucault y permitió su existencia, sin que, repito, éste se reduzca a aquél.
Los psicoanalistas tenemos aún mucho por trabajar sobre la obra de Foucault. La excelente obra de Néstor Braunstein “El goce. Un concepto lacaniano” contiene un capítulo que te recomiendo para revisar lo “anti-psicoanalítico” que Foucault dijo que fue o le hicieron decir, no importa. Sí importa que en vida no reconoció las deudas intelectuales. Sí importa que trabajemos sobre su obra, tanto filósofos como psicoanalistas.
El capítulo es el 3.5 “Freud (Lacan) o Foucault”, página 159, Siglo XXI, Buenos Aires, 2006, Séptima edición aumentada, revisada y actualizada por el autor.
Saludos
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Agustin says:
July 9, 2009 at 3:05 pm
La inesencialidad es la “esencia” del hombre
El desafío al que nos llevó Foucault fue aspirar a una “normativa” que parta de los individuos y que no aspire a “normalizarlos”
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Estas son las dos frases a las que aludo y que debían haber aparecido entre los signos que escribí acá arriba:
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Agustin says:
July 28, 2009 at 3:47 am
Esperaba alguna respuesta señor.
Gracias por tu commet, Agust