Segunda parte [leer la primera] de la desgrabación de la charla que compartimos el martes 11 de agosto con Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Sonia Budassi. Moderador: Patricio Zunini.
Fotos: Lucio Ramírez

Sonia Budassi, Mariana Enríquez, Samanta Schweblin
Samanta, ¿por qué demoraste siete años en el segundo libro? ¿Hay alguna razón?
Samanta Schweblin: Hubo muchas razones, la fundamental es que escribo lento. En realidad, escribo rapidísimo: me siento a escribir cuando ya tengo la idea en la cabeza. Si puedo lograrlo, escribo el cuento de una primera sentada. Los cuentos escritos en una primera sentada tienen una energía que se nota más que los escritos en varias sentadas, lo que no significa que después uno se pase un mes o dos corrigiendo. Pero no escribo mucho, escribo poco. También pasaron otras cosas. El primer libro me tomó por sorpresa, yo era chica, me asusté un montón. Estuve como un año y pico sin escribir. El nuevo libro lo escribí en cuatro años, cinco. El problema es que teniendo fecha editorial hace dos años, ganó el premio Casa de las Américas que implica prioridad de edición en Cuba. Hubo que parar todo y el libro estuvo esperando como un año y medio, los tiempos cubanos son muy pachorros. Recién cuando Cuba editó, entré en los planes editoriales de Emecé. Fue una suma de muchas cosas.
[Intervención del público] Varias preguntas: primero a Samanta, ¿cómo, por qué se acercaron los agentes a vos? Y después, para cuando quieran Sonia y Mariana, ¿cómo les afecta el trabajo periodístico en la narrativa?
Samanta Schweblin: No sé cómo se manejarán las agencias, en mi caso llegaron por recomendación de otros escritores. Imagino que sus propios escritores les recomiendan. El problema es que tenían la recomendación, pero cada vez que llegaban a mí seguía teniendo cuentos, y eso no les satisfacía, en principio. También es un poco comprensible… En Argentina está este dicho que para mí es genial: hay más gente que escribe que la que lee. Ese es el gran problema de la literatura argentina. Encima, dos tercios de la gente que escribe tiene taller literario y en esos talleres literarios se aprende a escribir cuentos. Entonces hay una cantidad infernal de cuentistas. Imaginate que yo tenía un único libro de cuentos. Creo que está bien la desconfianza, pero también está bien la insistencia: a la tercera vez lo leyeron y les gustó. Creo también que la escritura fragmentaria, los tiempos fragmentarios para escribir, obligan a escribir cuentos y no novelas. Uno no tiene cuatro meses para pensar una idea, tiene pequeños ratitos, hay que ver qué tanto influye en el formato.
[Intervención del público]: ¿Trabajás escribiendo?
Samanta Schweblin: No, jamás. Nunca haría eso. No, no podría. No podría.
Mariana Enríquez: ¿Cómo decirlo? Te drena el trabajo de periodista cultural. A lo mejor otros serían un poco más compatibles con la literatura. Pero ser periodista cultural y escribir literatura es complicado. Con los tiempos y con las ganas. Porque si vos estás todo el día entrevistando a escritores, leyendo libros, cuando llegás a tu casa, no tenés ganas de seguir en eso. Aunque tengas tu mundo, tu estilo, tus ganas, tus cuentos, la idea, qué sé yo: estás cansado. Yo quiero levantar las patas, mirar un poco de tele, jugar con el gato. Quizá si tuviera otro trabajo de otra cosa tendría más la ansiedad de llegar a casa y ponerme a escribir. Ahora siento que hay una continuidad de computadora a computadora. Me resulta un poco agotador, tengo que inventarme una situación para escribir, cosa que está buena, pero que necesita un estímulo extra.
Una disciplina personal de la que yo carezco bastante. Hay gente que puede hacer dos trabajos: trabajo en casa y trabajo en el diario; yo no puedo. Para mí es complicado. Conozco gente que puede, compañeros míos que son escritores que pueden. En el diario se entra a las 5 de la tarde. Escriben de 2 a 4, se toman un mate y se vienen al diario. Yo no lo puedo creer. Una disciplina personal que claramente no tengo. Y prefiero trabajar de noche, esa cosa romántica.
Entonces, capaz que tenés la súper idea y tenés que desgrabar la entrevista a Viggo Mortensen. Y la tenés que desgrabar, porque si no al otro día te matan. Es tu trabajo: yo no vivo de la literatura, vivo del periodismo. Se convierte todo un sistema de prioridades que te erosiona emocionalmente, decís “puta, le estoy poniendo más energía a mi trabajo que a lo que existencialmente me gusta hacer”. Lo que pasa es que en mi trabajo, mi editor me hace volar por los aires y yo después no pago el alquiler. Con un libro no: porque tengo un anticipo de 2.000 pesos cada cuatro o cinco años –más que eso no hay, a menos que te vaya muy bien, o ganes un premio o lo que sea–. Entonces es complicado en cuanto a tiempos. Mi fantasía es que si trabajara en otra cosa, escribiría más. A lo mejor no, pero mi fantasía es esa.
Sonia Budassi: Me acuerdo de unos ensayitos muy lindos de Auden. El decía que si tuviera que poner una escuela de poetas, les enseñaría en primer lugar un oficio como para que se dediquen, por ejemplo, a la carpintería y liberen la mente de esas profesiones burguesas a las que un montón de escritores nos venimos dedicando: la traducción, la crítica, el periodismo cultural. La idea era que tuvieran la cabeza limpia a la hora de sentarse a escribir. Es lo que hace, mal que mal, Félix Bruzzone, que es autor de Los topos. La verdad que lo envidio profundamente: trabaja al aire libre, está en contacto con la tierra. Trabaja muchísimo, no es que trabaje menos que yo, pero esa relación es muy interesante.
También hay que pagar el alquiler y algunas personas somos muy poco dotadas. A mí me gusta escribir, y me apasiona tiene esa cosa maravillosa [del periodismo] que entrás en un viaje. Por ejemplo, acabo de escribir sobre Nicolás Olivari: entré en un viaje que no podía parar, llegaba a mi casa y seguía leyendo, me levantaba a la mañana y seguía leyendo, uno es un afortunado de tener un trabajo que le guste hacer, pero por otro lado indudablemente te quita tiempo.
Yo creo que uno se ilusiona todo el tiempo con la idea de la inversión: “esto me va a rendir para alguna ficción que escriba”. Lo mismo cuando dejás de escribir porque te colgaste en el cumpleaños de tu amigo, entonces en vez de volver a las once para quedarte escribiendo de once a dos de la mañana, te quedaste de farruca y decís “es experiencia: después hago un personaje que combine al dueño de casa con el taxista” [Risas].
Seguramente saben cuánto tiempo les lleva hacer una nota. ¿Les pasa de saber cuánto tiempo demoran en un cuento?
Mariana Enríquez: No, pero yo soy bastante rápida para los cuentos, debo decir, y creo que es deformación profesional del periodismo. A mí, de hecho, me gusta escribir a pedido, me gusta que me pidan cuentos y si me piden largos, mejor. Porque me gusta experimentar con ese formato del periodismo que es súper limitante y hacer con eso literatura. Es una forma de experimentar extraña. Yo entiendo qué estoy no haciendo periodísticamente y sí haciendo literariamente. Pero me gusta que me tiren el tema. En una de las antologías escribí sobre dos hermanas que mataron y se comieron al padre. Un tema que igual hubiera escrito con mucho gusto, pero exigían que tuviera cierta investigación, querían que pusiera datos de la realidad. Yo investigué en serio: me fotocopié todo en el diario, leí todo y después aparté todas las crónicas que tenía y escribí sólo con lo que recordaba. Fue un experimento de ese tipo. Pero me gustó que me dijeran “es esto, tiene que tener este largo”. En esos casos, por deformación profesional sé cuánto tardo. Porque sé que una nota tiene que estar de un día para el otro, sé cuántas horas me tengo que poner. Con un cuento puedo hacer lo mismo si quiero. Las antologías te dan unos dos meses.
¿En La mujer de mi vida también? ¿Y te dan cantidad de caracteres?
Mariana Enríquez: Sí, ponele entre 3.000 y 6.000. Lo que pasa es que, como tengo trabajo, se me va pasando el tiempo y me encuentro 10 días antes del cierre con un mail de editor diciéndome “Mariana, ¿y el cuento?” Entonces lo escribo en una semana, diez días. En este libro nuevo, por ejemplo, tuve otra aproximación, una aproximación menos urgente. Escribí más convencionalmente, entre comillas, menos con la urgencia del momento. Pero a mí me gustan, me parece como otra forma de experimentar con la literatura, no creo que haya una sola forma de escribir, un tiempo, una condición de producción. Me parece que eso no está necesariamente en el texto: si fue en dos minutos, en diez, en cinco años. Pero sí, me gusta tener la presión.
Sonia Budassi: Yo soy bastante caótica con respecto a los tiempos, me resulta imposible calcular y hasta último momento no sé si va a quedar potable como para mostrármelo a mí misma o no. No implica que haya cosas que las escriba de un tirón, como me acaba de pasar con el último cuento que escribí, resultado de un mail que le había mandado a un editor por otra cuestión y dije “acá hay un cuento”. Me senté y salió. Pero ya tengo pensados cambios en la estructura y por ahí lo termino dentro de un año.
Samanta Schweblin: No, yo no puedo pensar en tiempos. Para mí sucede. Soy re poco profesional en ese sentido. Me asalta, lo hago y a otra cosa. Y no puedo escribir por encargo. Para mí es un imposible. Las veces que me pedían encargos y yo aceptaba –ahora no acepto: por eso no estoy en ninguna de las antologías temáticas–, no podía escribir el encargo y no podía escribir todo el resto que estaba escribiendo. La última experiencia fue con La mujer de mi vida. Me habían pedido como tema la obsesión. Dije “acepto, pero si tengo dos meses previos para ver si puedo y después te puedo decir que no sin que me dé culpa y vos en un mes buscás a otro escritor”. Entonces estuve dos meses sin escribir absolutamente nada y da la casualidad de que me encontré a la editora que me había pedido el texto estando yo con un amigo, ya era casi la fecha. Me pregunta “¿Tenés el cuento?” “No, no tengo nada”. Entonces mi amigo dice “¿Cuál es el tema?” “La obsesión.”. “Pero la mitad de tus cuentos son de obsesión, le das cualquiera y listo”. Y era verdad: le di cualquiera y listo. Pero no puedo, no me funciona. Algo se traba adentro mío.
¿Cómo les afecta la visión del otro? El “otro”: me refiero al lector, al crítico, al periodista, al par. ¿Cómo les afecta y cómo juegan con la visión del otro?
Samanta Schweblin: En el momento de escribir no existe, pero no existe en serio. Porque es algo muy personal cuando todo empieza. Pero sí es verdad que el cuento funciona, aparecen algunos lectores ideales, incluso amigos que para uno son lectores ejemplares y ahí sí, hay una lectura de ellos. Aparte es una manera fácil de detectar qué no funciona, qué está alargado, qué no es suficientemente fuerte. Está bueno ponerse en la cabeza de otro y hacer una lectura del propio texto. Te ayuda a enajenarte, a ser más objetivo. Ahí acaba todo. A mí no me pasó todavía de leer una crítica con saña o mala. No sé cómo me influiría, pero no debería influirme en lo más mínimo.
Pero al revés: cuando te ponen como la gran cuentista argentina. ¿No te están poniendo un peso sobre el libro que viene?
Samanta Schweblin: Sí, es verdad, yo dejé de escribir un año y medio. Sí: díganme cosas feas. [Risas] Escribir tiene que ser siempre lo más genuino posible. Creo que por eso mismo esto que preguntaste si yo trabajaba de escribir: nunca podría hacer eso. Está bien, uno tiene que ser profesional en el sentido que en lo que uno hace tiene una responsabilidad, tiene que ser bueno, tiene que ser lo mejor posible, el mejor cuento posible, pero la escritura es un momento muy íntimo y muy genuino. En ese momento no se puede meter nadie. Sería como súper castrador. Por ejemplo: escribir novelas. Si me dieran 30,000 euros si en un año escribo una novela, yo no creo que lo pueda hacer, por más que tenga ganas. No es algo que me salga. Por eso digo que me siento poco profesional en ese aspecto.
Sonia Budassi: Lo que decía Samanta que le pasa con esa angustia de la gran cuentista argentina, con esa presión, me acordé de algo que me decía mi hermano Iván, cuando yo era chica y me sacaba una nota que zafaba en el colegio. Me ponía contenta y él me decía “César, recuerda que eres mortal”. Ubicarse en la dualidad que para mí implica la escritura es un proceso complejo, porque cuando estás escribiendo tenés que creer profundamente en eso que está ahí. El compromiso es demasiado fuerte. Y después hay que tener la habilidad –que no creo que sea fácil– de no tomarse demasiado en serio. Eso es lo que te habilita que la mirada del otro sea casi siempre muy productiva. Ya sea que te defenestren o que te señalen cosas.
Por otro lado, creo que la mirada del otro tiene distintas instancias. Ya en el momento de escribir opera de una manera casi inconsciente que puede tener que ver con las lecturas de uno y con los lectores que uno se imagina para los cuales uno está escribiendo. Esa cosa íntima de la que hablaba Samanta, después está la otra instancia en la que abrís el texto a dos o tres personas en las que confiás. A mí me pasa con dos o tres amigos escritores: Hernán Vanoli, Félix Bruzzone y Violeta Gorodischer de Tamarisco. Me pasó con el libro de Entropía donde los editores hicieron una lectura súper detenida y aportaron un montón al libro. Sirve para aprender. Es lógico y está buenísimo que uno no maneje el sentido que provoca el texto.
Mariana Enríquez: En el momento de escribir no pensás en el lector, pero creo que porque no se puede. En el lector pensás en el periodismo: se tiene que entender, le tenés que dar información clara. Pero eso es muy difícil de pensar en literatura, porque es como dice ella, te atrapa. “¡Uy, me vino esto lo tengo que sacar!” Es una cosa mucho menos pensada, mucho menos razonada. No es un texto de construir.
Lo que viene después: tener esta doble situación de estar periodismo cultural y también escritor, también es extraño. El mundillo es chico y es muy chismoso. [Risas] Es muy molesto, y hay días que estás de buen humor y te reís y días en que decís “a este le voy a poner el micrófono en la cabeza”. Sobre todo cuando te tratan de nena boba, cosa muy común. Cantidad de mujeres escritoras que dicen “abusa de la subjetividad”; lo mismo hace un escritor varón y dicen que es sensible. Esto no es barricada de género: es así. Lo podés ver en 80 recortes de críticas. Pasa mucho. Ese afuera es muy molesto porque es muy prejuicioso, porque puede llegar a ser muy provinciano, porque hay señores críticos que marcan lo que es bueno y lo que no es bueno. Son muy difíciles las dos cosas: si lo respetás al crítico decís “qué bueno lo que me dijo”, si no lo respetás decís “¡Hice todo mal! Mi libro es horrible porque le gusta a este que es un insoportable”.
Y conocerlos a todos no es muy grato. Me acuerdo de la experiencia con mi primera novela. Yo no sabía quién era nadie. Y esa situación de descubrimiento estaba buena porque no tenías prejuicios y al mismo tiempo te servía, porque aprendía mucho más.
Lo que pasa que tenías doble pecado: mujer y muy joven.
Mariana Enríquez: Y rockera. [Risas] Reventadita, todas esas cosas. Ese libro me lo editó Juan Forn que todavía estaba trabajando en Planeta. Hasta hace tres años hay gente conocida que me decía “dale, te lo escribió Juan el libro”. Eso nunca se lo preguntarían a un chico.
Además, el tema de conocer a todo el mundo te hace perder un poco si la crítica es sincera y está hecha seriamente o no. Porque vos conocés al que la hace y a veces no le confiás. Creés que viene mediado porque hay un montón de cosas, que te ignoren porque hay guerra de diarios –por ejemplo, yo trabajo en Página/12 por lo tanto nunca me reseñaron en Clarín, o me sacaron una pastillita, y por ahí hay críticos de Clarín que me interesaría que me reseñen, pero políticamente eso no hace–. Al mismo tiempo por ahí te reseñan bien en todos lados porque sos editora, entonces a lo mejor el tipo que te está reseñando quiere publicar en tu suplemento y entonces te dice que el libro está buenísimo porque quiere quedar bien con vos. Entonces estás como en un limbo extraño del mundillo cultural que es chico en el que pasan muchas de estas cosas. Recién en los campos culturales grandes se termina perdiendo eso.
[Intervención del público] Son manejos de poder. Es como un pueblo de provincia y la Capital Federal.
Mariana Enríquez: Claro. Yo me esperanzo pero… Pero pasan esas cosas: ¿tengo que confiar en la crítica de menganito? No sé. Y eso te da una inseguridad terrible. Decís ¿me publican porque soy editora o me publican porque soy buena? Yo en mi editor confío y confío en que me gusta, pero casualmente confío en mi editor, podría pasarme que no. Entonces termino erosionándome. Porque en el momento en que estás escribiendo tenés una seguridad casi sobre humana, pero después… Entonces, tener pocos interlocutores confiables en esa segunda instancia que la de la lectura es más complicado. Yo tengo unos escritores que me leen, discutimos incluso: encima no escriben como yo, pero me sirve lo que me dicen, confío en ellos.
Después, a mí, la verdad, me está interesando más la gente que lee desinteresadamente. Sin tener en cuenta tantas las mediaciones de escritores, críticos, etc. Últimamente me está interesando más el lector, pero es lo último que te llega.
¿Qué tiene que hacer o qué tiene que conseguir una escritora argentina para ser considerada una escritora en el medio? Para ser considerada y respetada.
Mariana Enríquez: [Tajante] Es imposible. [Risas] Nada.
Samanta Schweblin: Está buena la pregunta. Me vino a la cabeza un recuerdo. No sé si les pasa pero cuando empezás a salir de la Argentina, cuando le caés bien a alguien del resto de Latinoamérica te dice “no parecés argentino”. [Risas] Es terrible. Te lo dicen en un montón de lados. Y me ha pasado que como halago me dicen “pero no parece escrito por una mujer”. Es terrible, pero es así. ¡Me lo dicen como un halago!
Mariana Enríquez: Yo creo que es imposible en tanto que una neurocirujana tampoco puede ser como un neurocirujano. Con una pilota nadie se quiere subir al avión. Me parece que pasa en todos los órdenes, no me parece que como escritoras estemos en una determinada situación diferente a la que están las mujeres profesionales respecto de la posición en la que están los varones. Incluso no has sacado las profesiones típicas: cocineras, peluqueras. Ahora es mejor el chef varón y el peluquero varón. [Risas] Pero sí, pasa eso. Me parece que es un signo de los tiempos. Una cosa un poco estéril por querer tener ese reconocimiento, porque no es que no te lo dan a vos, no se lo dan a las mujeres en sus ambientes de trabajo.
Sonia Budassi: Es tremendo porque, precisamente como decían las chicas, forma parte de un sentido común, de una cosa tan naturalizada. La gente incorpora como presupuestos que ya no se plantean, que son muy peligrosos porque pierden visibilidad para mucha gente. Y sí es grave que no lo registremos quienes trabajamos con palabras.
Trabajás con las palabras, te das cuenta que no es lo mismo si escribís guerrillero que terrorista. O si escribís delincuente boliviano que malviviente y le ponés boliviano, como que genera el “ah, todos los bolivianos afanan”. Hay que ser consciente de eso, porque eso genera efectos que son peligrosos.
El otro día me pasó algo… No sé si amerita contarlo… Bueno, ya está. Me pasó con una nota que salió hace poco que realmente me dejó muy triste. Un excompañero de trabajo, muy buen compañero, muy sensible ante lo colectivo, con él participamos en el paro –un conflicto en la editorial en la que trabajo–.Se trataba de una nota sobre mujeres, entonces nos hacía quedar como una boludas que se hacen las rebeldonas porque no sé qué, aparte no tenía información, más allá de carecía de interés periodístico, le señalo el uso de unos adjetivos peyorativos y me dice “el campo cultural es muy susceptible”. Un tipo formado en la izquierda, que tiene herramientas, pero me parece que es tremendo que pase entre escritores, gente que trabaja con las palabras, gente que no mide los efectos.

Estimado P.Z.:
Soy un aficionado a los Martes de E.C. La desgrabación es excelente. Se disfruta la oralidad de los textos; uno los lee y tiene la sensación de que está presente en las charlas. Muchas gracias.
¿Qué necesita una escritora argentina para ser reconocida?, pregunta con tino Patricio. Publicar un libro como “Pájaros en la boca”, la obra maestra de Samantha Schweblin, me parece. La excelencia suele abrirse camino por sí sola. Ojalá que está gran cuentista persista en la sana tesitura de escribir sólo lo que le interesa.
Muy interesante me ha resultado el repudio de Enriquez a la mendacidad de la crítica. Desmiente cierto temor infundado a “los críticos” que se había esbozado minutos antes. Creo que se había confundido una situación ideal con la pobreza y cobardía del comentario actual.
Mis respetos
G.B.
Muy interesante, clara la nota. Aporta mucho para conocer la intersección entre el mundo literario y el periodístico.
Ahora me acuerdo de Mariana, bah! de la publiciadad radial en el programa de Jorge Lanata “Bajar es lo peor”. Cada vez que leo el nombre se me retuerce el estómago y hasta llego a oler la merca en mis dedos.
Abrazo Mariana. Tu último libro super, y el cuento de la antología increíble. Besos