Por P.Z. Foto: Lucio Ramírez
Federico Levín es el autor de Igor (Gárgola, 2006) y es uno de los fundadores del Quinteto de la muerte. Recientemente, por el sello Negro Absoluto y con la dirección editorial de Juan Sasturain, Federico Levín ha publicado Ceviche. En palabras de Sasturain: “esta originalísima novela ha dado si cabe una doble o triple vuelta de tuerca a la hora de de buscar cómo acotar sin asfixiar el accionar de su ocasional detective”. Ese detective –un detective ad hoc– es Héctor El Sapo Vizcarra que se mete en la comunidad peruana del Abasto para resolver un crimen que se realiza mientras él come el ceviche más rico que haya probado jamás.
De Ceviche, de El Sapo y de lo que viene, hablamos con Federico Levín:
¿Quién es El Sapo?
El Sapo es bastante particular. Me pasó que cuando lo vi, cuando lo visualicé, ya lo tenía hecho entero. Tenía todo del personaje. Me faltaba la imagen, lo arranqué visualmente –musicalmente te diría–, como un personaje de Benny Hill. Después la relación con la comida, que es equivalente a su relación con todas las cosas, parte del fenómeno de la obesidad más allá del comer, como una lógica del obeso. Una lógica universal del obeso. El barrio, además, da mucho para el sedentarismo, la idea de tener todo cerca es que podés casi ni moverte y estar atravesando un mundo.
Es difícil de leer al mediodía o a la noche: leerlo te da hambre. ¿Te daba hambre escribirlo?
[Se ríe] Efectivamente, me daba hambre. De hecho, en la escena del velorio –que está muy al comienzo, no revelo nada– El Sapo está comiendo todo el tiempo. La idea era que comiera sólo al principio pero me agarró el hambre y empecé a hacer una especie de masturbación gastronómica en vivo imaginándome todas las comidas posibles. En un momento de la novela le pasa que no está comiendo, y empieza a imaginar –a mí me pasa mucho, una mezcla de hambre con insomnio– todas las comidas posibles. El dice que se imagina un libro de recetas escrito por un anoréxico, un huelguista del hambre, que podría ser el libro de recetas más insólitas.
El Sapo juega con eso: “yo podría hacer la guía de restaurantes, pero no la voy a hacer”.
No hace nada. Esa es su enfermedad. Lo saca del lugar del gordo sibarita. La enfermedad se vuelve en enfermedad en el momento en que se vuelve una pasión celosa respecto de las otras posibilidad de la vida. Su pasión por comer no le permite hacer casi ninguna otra cosa. A lo largo de la novela encuentra la posibilidad de llegar a otras cosas pero utilizando el tobogán de su hambre. Pero sí, podría escribir recetas, podría hacer una guía, pero él quiere comer, no se va a distraer, no va a perder el tiempo en eso.
El narrador habla en presente, El Sapo habla en pasado. ¿Cómo usás ese registro doble?
Me gustaba tener la posibilidad de tener la voz de El Sapo. Pero no en la voz, sino en la escritura. Lo que aparece en primera persona es una especie de diario. Es una primera persona, pero que tiene la gracia de que él tiene que estar reflexionando sobre el hecho de estar escribiendo. En el diario, de repente, él se da cuenta de que se está convirtiendo en un policial. Me gustaba también, por lo que te decía al principio, por la musicalidad, por lo visual, verlo de afuera. Y poder describirlo, cosa que con la primera persona no hubiera podido. Fue medio una cosa utilitaria pero me sirvió mucho. La forma de encadenar la acción, que una escena pudiera ser interrumpida y retomar la escena en el futuro.
La secuencia capítulo-diario, aunque no siempre es uno y uno.
Tienen es una secuencia tipo dominó, que me ayudó a encontrar el ritmo general de la estructura.
Mencionaste la palabra musicalidad dos o tres veces. El Sapo odia la música.
Odia la música. Me desafié. Una vez alguien me contó de un tipo que odiaba la música. Era la primera vez que lo escuchaba, me pareció extrañísimo. Entonces quise alguna vez escribir sobre alguien que odiara la música. En este caso me permitía que no fuera un amante de la buena vida. Un tipo que le encanta comer y le encanta la música es como un bon vivant. Un tipo que le perturba cualquier cosa que se interponga entre él y su comida ya no es un bon vivant. Es un exagerado vivant. [Risas]
¿Qué características encontrás en el Abasto que permitan que la novela se sostenga allí?
Te voy a hablar del Abasto de la novela, que necesariamente es un Abasto un poco inventado. Del Abasto en sí se pueden decir cosas más claras, o más técnicas. Pero del Abasto de la novela, o del Abasto que yo veo, hay algo a nivel sensorial: como una oscuridad festiva. Como una fiesta de fin de mundo, donde están todos sueltos y cada uno tiene un idioma propio. Es un Abasto inventado por el recorrido de mi curiosidad en el Abasto real. Me parece que uno escribe entre muchas otras cosas para resolver cierta inquietud de lo que no termina de entender. Algunos deciden ser periodistas e investigan lo que no entienden. A mí me gusta inventarlo, rehacer lo que veo. Empezar a ver a todos los africanos que traen cositas en valijas y suponer, tratar de entender la relación de ellos con la comunidad peruana. Y sin llegar a ver del todo, ya aparece al lado la comunidad judía. Qué les pasa a ellos con los chinos del supermercado. Esos diálogos que cada uno habla una mezcla de todo. Ese barrio que no se puede conocer nunca del todo, que siempre guarda un misterio, a mí me fascina.
Esa es la actitud de El Sapo: va armando historias.
Tiene la actitud de detective en el sentido más infantil. Intenta resolver “algún” misterio. Primero tiene que saber cuál es el misterio para después empezar a resolverlo. En ese punto, la incapacidad de él como detective es un factor clave. Esta novela no podría existir si El Sapo fuera un poquito más profesional como detective. Tampoco podría existir si yo fuera más profesional en la escritura de policiales. Lo encaré con amateurismo.
La comunidad peruana está trabajada como si fuera una comunidad exótica, como incomprendida. El encuentro entre El Sapo y los peruanos hay mucho de absurdo y de grotesco, ¿no?
El material me obligó a correr el registro. No puede haber un costumbrismo, porque en las costumbres reales no existe que un porteño se meta solo a convivir con la comunidad peruana. Me parece que se enfrenta a una mezcla de amor y miedo. El amor por la comida peruana, por añadidura, conlleva al amor por la comunidad peruana, es algo que a mí me pasa. Pero es difícil al ser bastante cerrado el mundillo. Entonces, con la comida intenta ir arrimando el bochín. Lo “raro” a lo que me obligó el tratamiento es producto de un amor, pero de un amor no correspondido. Eso obviamente deriva en el absurdo, porque por ahí uno está hablando del otro de una manera y el otro es totalmente de otra. El otro es alguien inexplicable.
Los nombres de los personajes son muy curiosos: el “intestino” delgado, el Rey y la Reina, Dioniso, el Poio. ¿Los pensaste para aumentar el absurdo?
No, a mí me gusta jugar. Lo primero que se me ocurre no es un nombre normal sino un apelativo…
Me imaginaba que el próximo 9 de Boca podría llamarse “el Intestino Delgado”.
Con un amigo jugaba siempre a inventar los apodos imposibles, los que nunca fueron dichos. “Alegoría Gutiérrez”, cosas así. Algunos me quedan, me gustan. Aparte me servían para los personajes. Esto tal vez tenga que ver con haber escrito en algún momento con la sensación de escribir contra reloj. Cosa que en realidad no era necesaria, pero en algún momento incluso me lo impuse y que la velocidad con la que uno puede ir procesando, poniendo personajes, tiene que ver con la comodidad con la que uno lo va escribiendo. Para mí tener un nombre o un apelativo que me resulte divertido me hace mucho más fácil que ese personaje se desenvuelva. Al nombrarlo me provoca más, ya estoy jugando. Por ahí también vino de ese lado.
Hay una escena que me parece una de las más bizarras que leí, cuando en el velorio empiezan a tocar y uno de los músicos usa el ataúd como cajón peruano.
Es divertido: tengo que contar una cosa. Hace unos dos años, en una lectura, un actor y un dramaturgo que estaban bastante metidos con la comunidad peruana me contaron una escena de un velorio muy bizarra. Había música y demás. A mí me encantó la escena. Y ellos, como artistas, llegaron a la conclusión que era imposible que le literatura lo contara. “Viste cómo la literatura no va a poder escribir nunca algo así, esto es parte de la pura realidad y nunca con la escritura se va a poder…”. Y yo dije ¡qué ganas de probar! Fue un desafío que adopté inmediatamente. Intenté acercarme. Testimonié mi intento. Creo que ese fue el disparador de la novela, cuando me puse a pensar en un policial, y un policial gastronómico, se me ocurrió lo de la comunidad peruana, obviamente la escena que tenía el punto fuerte era esa y tenía que surfear para que con el antes y después de eso pudiera armar una novela.
Negro absoluto te pide policiales. ¿Cómo afecta –aunque afectar no es la palabra– tu literatura?
Tuve que negociar mucho conmigo.
Iba a decir travestir.
Igual travestir es mucho más divertido que negociar. Tuve unos primeros meses en los que negociaba ciertas cosas éticas de qué se pone en la escritura. Después me terminé dando cuenta de que era un problema narcisista mío. Lo que obstaculiza, más que cuestiones éticas, es darle demasiada bola a lo que uno piensa de sí mismo. Me doy cuenta de que las cosas que pienso de mí mismo no tienen nada que ver con lo que puede terminar sucediendo. Esto es un libro. Pensaba que mi escritura es más experimental, tengo una relación de entrega total… “¿Escribir un policial? ¿Cómo?” Después me di cuenta de que sí, que es una entrega total, pero que tiene que ver con jugar. El policial me permitía todo eso e incluso más. No estancarme, no encasillarme. Jugar. Ver qué le pasa a mi escritura ahí, qué me da el policial a mí. Me gusta Ceviche pero sé que todavía es resultado de una ardua negociación. La próxima va a ser más un policial y más mía.
Sasturain contó acá y en el prólogo avisa que en las próximas entregas…
Más que un aviso es una presión. [Risas]
Las próximas también van a tener título de comidas y vas a meterte en otras comunidades.
Sí, la idea es que la próxima sea con rusos. Como el restaurant ruso que está en Billinghurst. La idea es que sea una especie de lugar así, pero más corridito para el Abasto para que no se tenga que alejar mucho. Lo estoy pensando, todavía estoy jugueteando con las cosas en la cabeza. Todavía no me largué, pero tengo personajes divertidos.
¿El policial te ayuda a pensar críticamente la realidad? Me refiero a que si el registro del policial es un vehículo para plantear una crítica o si lo tomás como algo pasatista.
Dos cosas: una que sería mi opinión, otra la lectura de lo que pude hacer. Mi opinión personal es que sí, de hecho lo que me provocó, me tentó, era la idea de que esta novela me ayudara a pensar la extranjeridad y el miedo. Después leyéndolo un poquito, me doy cuenta de que tal vez que hay algo que sobra y que por ahí deriva de cierta inseguridad mía. Inseguridad que surge de tener en la cabeza esta pregunta que estás haciendo. ¿Se podrá decir algo más en un policial para que no sea un simple entretenimiento? Entonces noto que algunos momentos está un poquito forzado y estoy diciendo algo que a la novela no le sirve. Es una crítica que hago, por si a nadie se le ocurre ya la tienen a mano. La acepto perfectamente, total ahora escribo otra y por ahí me sale mejor.
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Hola muy interesante la explicacion. Ahora lo puedo ver mas claro
Saludos