Martín Caparrós en Eterna Cadencia /1

16-09-2009 |

Fotos: Ernestina Anchorena, Lucio Ramírez.

Ayer, en el ciclo de los Martes de Eterna Cadencia, contamos con la presencia del escritor Martín Caparrós, quien participó de una entrevista pública realizada por Patricio Zunini.

Durante poco más de hora y media –tiempo que quedó corto–, recorrieron la obra del escritor, vinculándola con las opiniones que tiene sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y el Espacio para la Memoria que funciona en la ex ESMA, las expectativas que tenían con la publicación de sus más recientes libros: A quién corresponda y Una luna, etc.

caparrós x ernestina anchorena

Comenzamos hoy con la desgrabación de la charla, tarea que continuaremos en dos entregas más (mañana y pasado) e incluiremos el audio con la lectura de un fragmento de El interior que Caparrós nos regaló para cerrar el encuentro.

Caparrós invita al debate.

Primera parte

PZ: Hoy estaba haciendo la lista de libros de Caparrós que leí, me doy cuenta de que son pocos. O mejor dicho, pocos en relación a lo que Caparrós escribió: leí nueve. En algunos escritores sería toda la obra, con Caparrós es menos de la mitad. Esto me hizo acordar lo que hace un tiempo me dijo Juan Sasturain: ¡qué difícil es seguirle el ritmo a Caparrós! ¿Qué tendrá Caparrós que nos empeñamos en seguirle el ritmo aún sabiendo que siempre nos va a llevar la delantera?

Martín Caparrós: (O la trasera).

PZ: La exuberancia en los signos de puntuación, los paréntesis, la repetición –la acentuación– de palabras que quiebra la oración y despierta al cerebro, la palabra “digo” seguida de los dos puntos y la frase definitoria. El narrador desapegado, desafiante. “Léeme o déjame (dijo Alan Pauls que) parece decir por lo bajo, y agregar, luego, con una sombra de desafío un poco a la Viñas: ‘No me arrepiento de nada, no pienso cambiar nada y -lo que es más importante- estoy acá para sostener con mi cuerpo una y todas las páginas que circulan con mi firma’.”

Algo curioso ocurre con los libros de no ficción de Caparrós, no sé si con otro escritor pasa lo mismo. Caparrós escribe sobre un tema y al tiempo, parecería que ese libro se convierte en bibliografía obligatoria. Para entender la militancia de los ’60 y ’70 hay que leer La voluntad. Para pensar en el mundo hay que leer Larga distancia; para pensar en el país hay que leer El interior. Abro un paréntesis: el exterior, el interior, ¿en algún momento Buenos Aires?

Martín Caparrós: No. Todavía no: tengo que aprender para escribir sobre Buenos Aires. Hola, buenas tardes (o noches, en la primavera nunca se sabe qué son). Es una aproximación. Yo solía decir que me estaba acercando a ver si alguna vez podía escribir esa crónica tan difícil que es la de la manzana de mi casa. Todos los trabajos, todas las crónicas que venía haciendo tenían que ver con un intento de aprender a mirar para ver si finalmente llegaba a la posibilidad de escribir la manzana de mi casa. Obviamente la manzana de tu casa es lo más difícil de contar, porque es fácil de contar el exotismo de un río de Birmania. Está lleno de cosas que saltan a la vista como dignas de ser contadas. En cambio, ver qué vale la pena de ser contado en aquello que estás viendo todos los días, que forma parte del telón de fondo sobre el que se supone que pasan las cosas es mucho más complicado. Por eso dije algún día voy a aprender a mirar lo suficiente como para contar la manzana de mi casa. Estoy haciendo esfuerzo en ese sentido. El interior fue un esfuerzo ímprobo para llegar a eso porque ya no era Birmania, Ceilán o China o Rusia o lo que fuera. Si no algo así que como convencionalmente llamamos “mi país”, “nuestro país”, esas posesividades extrañas que nos dan a veces cuando alguien juega bien al tenis. [Risas] Pero bueno, con Buenos Aires todavía no pude. De hecho, si querés que te diga, lo vengo intentando desde hace varios años. Tengo un texto siempre fallido sobre Buenos Aires que ya tiene muchas páginas, ya tiene algún par de cientos de páginas y no termina de funcionar. O sea que realmente no aprendí lo suficiente.

PZ: Cierro el paréntesis. Y sigo: si uno es hincha de Boca tiene que leer Boquita. En última instancia, el estudiante de periodismo tendría que leer todos esos libros, los que no mencioné e incluso el prólogo de La Argentina crónica. En ese prólogo vos decís “la crónica –el cronista– se permite la duda”. ¿Y el novelista?

MC: Está obligado a la duda, cosa que es casi un oxímoron. Pero me parece que debería poder sostener ese oxímoron. Como todos los demás oximorones, forman parte de nuestra identidad genética. Hace dos o tres días estaba contestando una pregunta no particularmente insidiosa y me di cuenta de este dato en el que nunca había caído todavía: que es que somos criaturas de oxímoron. Somos producto de un oxímoron que es el Mar dulce. O sea, nosotros venimos de este lugar extraño que los primeros españoles le pusieron un nombre en castellano llamaron el Mar dulce. Donde ayunó Juan Díaz y los indios comieron, decía Borges. Porque se comieron a Juan Díaz, evidentemente. Juan Díaz de Solís, ustedes recordarán, de la escuela.

Cuando empecé a escribir crítica gastronómica hace muchos años tenía que firmar con un seudónimo porque dirigía la revista donde publicaba mis críticas gastronómicas –esa era la única manera de que alguien me publicara semejante cosa– y quedaba feo que el director firmara cono su nombre también las críticas gastronómicas. Hacía también las bibliográficas, hacía un montón de cosas. Cuando tuve que elegir un seudónimo para esas críticas gastronómicas, decidí llamarme Solís, porque era el primer plato de la fusión cultural indígeno-española. [Risas] Efectivamente lo fue.

Pero volviendo al tema del Mar Dulce es un oxímoron fuerte. Y nosotros somos un oxímoron de eso. Primero fuimos oxímoron, después fuimos falacia: pasamos de Mar Dulce a Río de la Plata, en un lugar donde no había nada de plata. Pero lo de Río de la Plata y la falacia es algo que se ha dicho bastante. Lo de Mar Dulce y nuestra calidad de hijos de una contradicción lógica yo no lo había pensado hasta ahora. Así que digo, deberíamos basarnos en eso para sostener el oxímoron del novelista, la obligación de la duda, es en todo caso una conducta que nos conviene por origen.

martín caparrós

¿Cómo conviven en vos el novelista y el cronista?

Si alguna vez los agarro, los cago a trompadas y los echo de casa. Yo no soy ni una cosa ni la otra, ni creo que convivan en mí –¡espero que no convivan en mí!– ninguno de esos deleznables sujetos. Yo quiero creer que soy un escritor, cosa que me costó mucho llegar (como diría: aceptar es una palabra un poco estúpida, asumir es una palabra intolerable)… no sé qué decir. Me costó mucho decir que era escritor, suelo pensar que hay un momento de verdad extrema en la vida de ciertos individuos que en la de algunos se repite con más frecuencia, en la mía con bastante, que es el momento en que uno tiene que llenar el formulario de migraciones de cualquier aeropuerto y tiene que poner profesión tal. Yo me pasé décadas escribiendo “periodista” en ese formulario. Y recién hace tres, cuatro años dije hermano, ya está, publicaste veinte libros, si no podés poner que sos escritor estás al horno. Y empecé a poner escritor.

¿Cambió algo?

Sí: ahora digo que soy escritor. ¿Te parece poco? [Risas] Me daba vergüenza. Porque escritor, por imbécil, por prejuicioso, no me parecía una profesión si no un título de nobleza. Soy de aquellos que supusimos que era algo como de lo mejor. Cuando era chiquito yo decía ojalá pueda ser escritor, me parecía tan admirable hacer libros.

Estaba mirando, me gustó mucho, esos libros de ahí [señala las repisas en las paredes del bar] porque me hacen acordar a los libros que había en el campo en la casa de mis abuelos, en una casa umbría donde había siestas muy largas. Y no hay nada peor para un chico que una siesta salvo que esas siestas sucedieran en una habitación que estaba llena de libros encuadernados como esos, con novelas bastante malas. Recuerdo haber leído una que se llamaba Moulin Rouge que después pasó a película aún peor que la novela. Creo que leí Quo Vadis en esa colección también y una cantidad de novelas que afortunadamente ya no se leen. Pero que también estaban en ese tipo de encuadernación. Esa escena, estar en un casa silenciosa y sombría, de tener varias horas por delante y de en vez de decir qué desastre qué va a ser de mí, decir qué felicidad puedo leer todo lo que quiera. Este tipo de cosas eran las que me hacían pensar que ser escritor era algo muy extraordinario, entonces por eso todavía persisto estúpidamente en creer que escritor no es una descripción si no una especie de timbre de nobleza. Por eso me costó mucho empezar a decir que lo era.

Pero ahora lo digo. Entonces no digo ni cronista ni novelista, ninguna cosa de esas, sino escritor en el sentido más estricto: alguien que escribe. A veces escribe textos que se supone que sean ficción, a veces escribe que textos que se supone que no sean ficción. (Les pido perdón por la palabra “textos”: una vez escribí un libro de 1000 páginas que es lo único interesante que escribí en mi vida, y lo mejor que tiene ese libro lleno de un supuesto aparato crítico, etc., etc., la palabra texto no aparece ni una vez. En cambio ahora, fíjense qué descuidado estoy, en cinco minutos de charla ya apareció tres o cuatro). Digo: alguien que escribe cosas que a veces son ficción, a veces son no ficción, pero no me reconozco para nada en esa especie de pelea a la que hacías alusión.

¿Qué es de la vida de Balvastro?

El otro día le pasó algo… ¿Dónde fue que lo vi? … ¡Ay!, hace muy poco lo vi. Vi que había seguido jodiendo con eso. Que había puesto en algún lado… no me acuerdo.

Quizás ustedes no sepan que Balvastro fue un personaje que hace 21 años hicimos en un programa de televisión que conducíamos con Jorge Dorio, que se llamaba El monitor argentino. Era un programa de cultura –se suponía que fuera–, era monográfico cada emisión tocaba un tema en particular e hicimos un programa sobre un escritor argentino, muy injustamente olvidado, que se llamaba José Máximo Balvastro. Hicimos toda su biografía a lo largo del programa. Con mucha imagen, con lectura de sus textos, tenía un soneto que a mí me gusta mucho. No me acuerdo como era exactamente, pero empezaba diciendo “Era las eras todas,/ era Era,/ y Júpiter tronando la lloraba./ Ante ella yo no era/ ni siquiera hombre,/ pero con ser/ un dios soñaba” y seguía. Es un soneto que cobra todo su significado cuando uno recuerda que el autor vivía en la calle Las Heras. Yo era el autor. [Risas]

José Máximo Balvastro no existió nunca, pero tuvo una existencia poderosa y efímera: duró una semana porque ese programa de televisión convenció a mucha gente que era en efecto una injusticia intolerable el olvido en que había caído este señor, olvido que se justificaba por supuesto por el hecho de que era un poco gay, un poco transgresor, y otra cantidad de cosas.

Tengo un amigo que fue a buscar los libros por Corrientes.

Ese fue nuestro error, porque tendríamos que haber hecho un libro. [Risas] Tendríamos que haberlo puesto ese lunes y habríamos vendido bastante bien, todos nos habríamos divertido muchísimo. De todas maneras escribimos varios de esos textos, como este soneto que estaba tratando de recordar, y algunos más que leímos en cámara.

Pero fue un poco amargo de todas maneras el asunto. Este programa lo hacíamos con el apoyo de una fundación que se llamaba Fundación Plural, que tenía como cierto poder de decisión sobre lo que hacíamos. En general no nos censuraban en absoluto, pero había que contarles y preguntarles qué les parecía, y si acaso, negociar un poco. Cuando quisimos hacer una de estas, clásico del estilo Orson Welles, hacer un relato muy verosímil de algo inexistente. Lo primero que se nos ocurrió fue que queríamos hablar velada pero muy poco veladamente de un tesoro colonial del que había informaciones que decían que estaría enterrado en las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Todo nuestro placer previsto, consistía en imaginar a la gente llegando el lunes a la mañana –porque el programa salía los domingos a la noche–, al alba tempranito, con palitas y baldecitos escondidos bajo el sobretodo, tratando de empezar a excavar en los canteros de la Plaza de Mayo, para buscar ese tesoro que, por supuesto, no habríamos dicho que estaba ahí, pero lo habríamos dejado entender bastante bien.

No nos permitieron hacer eso, y a cambio nos dejaron inventar la vida de un escritor. Porque un escritor, por supuesto, no le importa a nadie. Entonces por qué no inventar la vida de un escritor. Pero de todas maneras, las vidas de los escritores son siempre inventos, entonces no estábamos faltando al modelo con la condición de que el domingo siguiente contáramos qué habíamos hecho. Entonces al domingo siguiente tuvimos una especie de renuncio espantoso que consistió en hacer otro programa que mostraba cómo habíamos falsificado el programa anterior y supuestamente era una especie de denuncia –con perdón absoluto de la palabra– de cómo los medios falsifican la realidad. Ese programa fue vergonzoso, pero fue el precio que tuvimos que pagar por poner en el aire a José Máximo Balvastro.

Yo tengo sus libros en casa todavía: tengo sus tres o cuatro libros. Son por supuesto libros engañosos. Uno de ellos se llama la historia, que es una novela que yo había empezado a escribir en ese momento. En la portada dice La historia, y detrás hay como 700 páginas sobre el materialismo dialéctico en la escuela de no sé qué universidad soviética. Un libro que tenía de mi viejo que había quedado ahí. Son así, los cuatro o cinco libros de Balvastro son contradictorios: tienen una portada y toda una cantidad de páginas que dicen cosas muy distintas.

¿Por qué preguntabas por Balvastro?

Porque por un lado me parecía una crítica a los medios, el poder de los medios para manejar la opinión. Y además porque ahí y en Radio Belgrano, ustedes dos hicieron mucho quilombo.

Sí, hicimos bastante. Era fácil hacer quilombo en esa época. Era una época muy ingenua de los medios argentinos. Realmente ingenua. Odio decirlo, pero teníamos la ventaja de que estábamos saliendo de la dictadura que había hecho como tabla rasa de los medios. Nosotros empezamos con Dorio un programa de radio, en Radio Belgrano, que se pasaba todas las noches. Se llama Sueños de una noche de Belgrano. Y la primera noche, cuando estábamos terminando dijimos “chau hasta mañana, chau”. Nos llegó al día siguiente un memorándum de la producción artística de la radio diciendo que si no saludábamos como correspondía no íbamos a poder seguir saliendo al aire. Preguntamos cómo correspondía: muy buenas noches estimados oyentes. Cosas que ahora son impensables en ese momento estaban en pleno vigor. Estuvimos a punto de que nos echaran por decir chau. Digo: pongamos en su justo lugar nuestra capacidad de transgresión. ¡Era tan fácil!

martín caparrós

¿Cómo ves la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual? ¿Tenés alguna opinión del tema?

¡Uy! Tengo pero no estoy de acuerdo. [Risas]

Hay un chiste que a mí me gusta mucho citar, pertenece a una raza extinguida, que son los chistes soviéticos. En la Unión Soviética, como la gente supongo que no podía hacer muchas otras cosas, inventaba chistes. Inventaba muy buenos chistes. Hay uno que a mí me gusta mucho. Son cortos, tienen la ventaja de que son cortos, quizás porque tenían miedo de que si se quedaban mucho tiempo contándolos les pasara algo. No sé.

El primero que estaba recordando. Choca un camión de vodka y vuelca en la frontera entre la Unión Soviética y Checoslovaquia, que también existía. Dos países que no existen: la Unión Soviética y Checoslovaquia. Es extraordinario cómo ciertas cosas que parecen tan eternas como el agua desaparecen. Bueno, el camión lleno de vodka vuelca y el soldado del puesto ruso y el soldado del puesto checo corren jubilosos hacia el océano de vodka embotellado que se abre ante ellos, se abrazan y festejan de antemano lo bien que la van a pasar. Entonces el soldado soviético dice qué bien, ahora vamos a compartir este vodka como hermanos socialistas que somos. Y el checo lo mira un poco de abajo y le dice ¿no podría ser mitad y mitad? [Risas]

Pero ese no es el que hacía referencia sino al que aquella vez el servicio secreto de la KGB convoca al ciudadano Isaac Moisovich a sus cuarteles y un coronel le pone una luz delante de los ojos, golpea la mesa, y le dice Ciudadano Isaac, estamos acá porque necesitamos saber cuál es su opinión sobre el conflicto del Oriente Medio. El ciudadano Isaac Moisovich muy asustado dice mi coronel mi opinión, por supuesto, es aquella que tan brillantemente expresa el editorial del Pravda (el diario oficial: va con subtítulos) del 30 de junio del año pasado. El coronel dice claro, sí, mi opinión también, faltaba más, pero ¿usted no tiene una opinión personal? Sí, dice el otro, pero no estoy de acuerdo. [Risas]

A mí me pasa todo el tiempo. Yo todo el tiempo tengo opiniones de algunas cosas con las que no estoy de acuerdo. En el caso de esta ley, escribí un artículo medio largo diciendo que opinaba esto, opinaba lo otro, opinaba lo de más allá. En síntesis: es como la mayoría de las medidas kirchneristas –lo que a mí me parece la mayoría de las medidas kirchneristas –. Yo estaría muy de acuerdo si no fuera porque la experiencia de estos seis o siete años demuestra que en general las tomas para fines que no son aquellos que esas medidas deberían alcanzar o buscar. Es lo que ha pasado en casi todo.

Digo: yo estoy de acuerdo en retomar la jubilación pública, estoy de acuerdo con que tengamos una línea aérea del Estado, estoy de acuerdo con que haya… Y en este caso estoy de acuerdo con varias de las cuestiones de esta ley si se quiere, pero todo hace suponer que lo están haciendo no para conseguir eso que la ley dice sino para, por un lado pelearse con Clarín, por otro lado tener cierto poder sobre los medios. Para una cantidad de cosas con las que sí, no estoy de acuerdo. Digo: sin embargo, estoy de acuerdo con el hecho que plantea la ley de que la radiodifusión –se entiende que incluye la televisión– se divida como en tres tercios de los que uno quedaría en manos de los privados, otros en manos del Estado a través de muy distintas de sus dependencias y otros en manos de oenegés, asociaciones, cooperativas, etc. Eso me parece genial si se pudiera hacer de forma tal que todo ese 66% no esté cooptado por un gobierno X.

Me parece, sobre todo, extraordinario acabar con el Imperio Clarín, si es que va a suceder. Yo he escrito más de una vez que Clarín es una de las peores cosas que le pasaron a la cultura argentina en las últimas décadas. Es realmente, uno de los más grandes males de la cultura argentina de las últimas décadas, básicamente porque considera que somos todos idiotas y hace lo posible porque su profecía se realice. Nos trata como si fuéramos idiotas, y a fuerza de tratarnos como si fuéramos idiotas nos va idiotizando cada vez más, por lo menos a una buena mayoría de nosotros. Cuando digo Clarín digo todo: radios, diarios, televisiones, sus campos de soja. Pero como creo que Clarín le ha hecho un mal –que espero no sea irreparable– a la cultura argentina, pienso que el hecho de acabar con ese imperio es algo que me parece que vale la pena.

Entonces yo terminaba pensando que, bueno, hay una cantidad de cosas de la ley que no me gustan –algunas de esas están cambiando hoy o ayer–: estaba en contra de la idea de que las telefónicas se erigieran como el nuevo oligopolio, estoy en contra de que el organismo de control de la ley esté hegemonizado por el Poder Ejecutivo. Me parece que están entregando esas cosas en estos días, pero aún estando en contra de eso y aún sospechando de las razones por las que el kirchnerismo lo hace, me parece que el desparramo que podría venir de la desagregación de los oligopolios y sobre todo de Clarín, capaz que salga algo mejor de lo que hay, cosa bastante fácil, porque lo que hay en términos de medios en la Argentina es una catástrofe. Eso pensaba.

Quería dar un ejemplo, nada más, de por qué digo que Clarín es un desastre de la cultura argentina. Una tontería muy menor: ellos tienen casi todos los derechos de medios extranjeros, de reproducción de artículos que se publican en medios extranjeros, en New York Times, Le Monde, Guardian, The economist me parece también. Casi todos los buenos medios extranjeros los tiene Clarín. Yo durante un tiempo leía a veces esas notas que sacaban, por ejemplo, del New York Times y me sorprendía porque yo leo bastante el New York Times y me parecía raro esas notas tan cortas, tan escasamente desarrollada, tan simples –en el sentido opuesto a complejo–. Un día por fin me aburrí de esto y dije quiero ver qué pasa. Tuve una sospecha. Entonces, ya época de internet busqué esa misma nota en el New York Times y vi que era cuatro veces más larga. A partir de ahí traté de chequear esto durante varios días y vi que cada vez que publican una nota del New York Times, del Le Monde, de donde sea, la reducen en tres o cuatro veces su tamaño. O sea: consideran que nuestra capacidad de leer es tres o cuatro veces menor que la de un neoyorquino, la de un parisino o la de quien fuera. Esa es la base, para mí, de la ideología Clarín: creer que somos idiotas en ese sentido, que somos tres veces o cuatro veces más idiotas que los ciudadanos de otros países con los que hasta hace un tiempo teníamos terribles diferencias culturales.

Seguí leyendo la segunda parte, aqui

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6 Responses to “Martín Caparrós en Eterna Cadencia /1”

  1. ruben says:

    Otra ves genial MP, otra ves tan comun, tan parecido al resto y tan radicalmente original. Es un lastima no haber podido asistir, Sigue siendo Martin una de las pocas voces dentro de las poquisimas voces con las que uno no sospecha nada.
    Gracias

  2. [...] De la última entrevista pública a Martín Caparrós By blogcronico “No digo que soy cronista ni novelista… digo que soy escritor”. “Clarín es una de las peores cosas que le pasaron a la cultura argentina en las últimas décadas… el hecho de acabar con ese imperio me parece que vale la pena”. Qué opina de la Ley de Servicios Audiovisuales, cómo conviven el novelista y el cronista, qué fue del personaje llamado José Máximo Balvastro y algunos chistes soviéticos aparecen en la primera parte de la entrevista coordinada por Patricio Zunini en Eterna Cadencia. Puede leerse con un click acá. [...]

  3. claudia says:

    la verdad ,brillante!

  4. [...] martes de Eterna Cadencia y no dejó tema sin tocar. En el blog de EC se pueden leer las primeras dos partes de una larga e interesante entrevista. Hace algunos años, cuando el autor publicaba su libro El [...]

  5. [...] por Martín Caparrós en Eterna Cadencia Estás leyendo Rwasn.com [...]

  6. [...] leía La voluntad- una fría mañana de agosto en medio de una plaza y el hecho de presentarse para una entrevista pública hace pocas semanas atrás en una librería de Palermo. Lo que no podía saber es que, a la hora de [...]

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