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Un libro es un trabajo colectivo

18-09-2009 | ,

Por P.Z.

Poeta, narrador, antologador, editor. Damián Ríos es un animal literario. Hombre de oficio, formado en la experiencia del medio editorial, supo y sabe mirar con profundidad el presente y al futuro de la literatura argentina. Uno de los iniciadores de Interzona –de la que habla en esta entrevista–, ha fundado junto a Mariano Blatt, su socio, Recursos Editoriales, una “empresa dedicada a diseñar y desarrollar proyectos editoriales de alta calidad” en la que se trabaja con “la lógica, los saberes, los circuitos y los recursos del mercado editorial y con una amplia red de contactos y recursos para ofrecer a la industria editorial nuevas ideas, escritores, mercados, clientes y públicos”.

damian ríos

La sociedad Ríos-Blatt ha parido dos antologías: Vagón Fumador (Eterna Cadencia, 2008) y la muy reciente Un grito de corazón (Mondadori), de la que Ríos explica cómo se gestó: “Más allá de las diferencias políticas que uno puede llegar a tener con este gobierno, particularmente este gobierno interviene y confronta con grupos y corporaciones. Eso provoca una agitación en la opinión pública y también una agitación en la vida intelectual. Entonces cuando nos convocaron para continuar la colección de Mondadori –que intenta ser una colección que se continúe en el tiempo: ayer estuvo Grillo Trubba, hoy estamos nosotros, mañana puede haber otra gente– dijimos más que imponer temas a un grupo de gente, veamos qué es lo que está pensando, qué es lo que está escribiendo y tratemos de darle un espacio en el libro. Veíamos que en la blogósfera estaba presente la pregunta por el peronismo. Nos pareció una buena oportunidad: está ese tema, está esa discusión presente, hay autores jóvenes –Terranova y demás– que se definen como peronistas. Hagamos una antología sobre el peronismo.”

¿Fueron a internet a buscar los autores para elegir, o fueron a internet a buscar el tema?

Todo el tiempo estamos mirando en internet, leyendo blogs de escritores y de no escritores. Es parte de mi ejercicio diario y del de Mariano dedicarle un par de horas a la lectura de blogs. También a Facebook, Twitter y demás. Cuando nos convocó Glenda Vieytes percibimos que una de las cosas que más aparecía era ese tema. Nos pareció que era un momento adecuado. Empezamos a convocar a algunos autores, algunos representativos otros no tanto, con el tema del peronismo. Costó mucho trabajo porque nos reunimos con cada uno, hubo muchas reuniones con cada uno de los autores, tomar un café, charlar, ver qué onda. También cuesta porque –algo parecido a lo que nos pasó con Vagón Fumador–, la figura del antólogo no es tan así. El antólogo tiene que recoger o elegir determinados textos de determinado corte, elegir “lo mejor”. En este caso estás haciendo otro tipo de figura, estás pidiendo textos: casi 90% de los textos no están escritos. Cuando pedís un texto tiene que haber una serie de casualidades felices para que salga un cuento lindo. La condición fue que el autor se sintiera interpelado por el tema, si no no tenía sentido, si no le interesaba, nada.

¿A vos cómo te interpela el peronismo?

En parte por el lado de la familia. Mi viejo y mis tíos militaron durante mucho tiempo, en sindicalismo sobre todo. Para ellos fue reimportante y por ese lado me pega. Si bien cuando yo empecé a tener opiniones muchos ya no eran peronistas, no se llamaban a sí mismos peronistas, sí la infancia y la adolescencia tenía que ver con eso y su vida madura la habían dedicado a eso. Por ese lado me interpela. Por otro lado me fascina herramienta, como máquina de producir poder, que eso realmente es increíble. Casi como ningún partido político lo tiene en Argentina –partido: movimiento–. Creo que está muy vinculado a la cuestión del poder. El poder no necesariamente tiene que ver con el bien, pero me parece que es el que tiene más claro la cuestión del poder. A mí me gusta ese tipo de cosas, me fascina ver cómo funcionan. Si hubo una consigna entre comillas era ver qué es esto, cómo funciona, de qué está hecho, qué es lo que pasó. También hay una cuestión literaria, hay una tradición bastante grande de literatura en torno al peronismo, hecha por escritores peronistas y por otros que no eran peronistas que a mí siempre me gustó mucho: Osvaldo Lamborghini, Leónidas Lamborghini, el Turco Asís en un momento, Libertad Demitrópulos, muchos autores, Rodolfo Walsh, en poesía Urondo, Gelman. Hay una tradición muy fuerte. Borges y Bioy han escrito sobre el peronismo también. Me interesaba eso.

¿Qué te da el trabajo con Mariano Blatt?

Otra sensibilidad, otra cabeza. Yo tengo una formación muy literaria, tal vez clásica. Muy autodidacta pero clásica. Él tiene una formación tal vez menor en literatura, pero una sensibilidad literaria muy especial. Hace lecturas muy tiernas de los textos y habitualmente cuando algo a mí no me funciona por alguna razón lo consulto con él y a veces a él le funciona, me lo explica, me lo argumenta. Me pone en otro lugar. Es un pibe muy bueno en relación con la literatura, con la cultura. Nació con una computadora en la mano, entonces tiene otra apertura de las cosas y eso a mí me divierte mucho y me fascina. Obviamente no siempre coincidimos y está todo bien. Él tiene mucha sensibilidad para unas cosas, yo tengo más sensibilidad para otras: hacemos un buen equipo.

¿Tu primer laburo de edición fue en Interzona?

Mis primeros laburitos de edición los hice con Daniel Duran, José Villa, Mario Varela y un grupo de chicos más que hacían unos libritos que se llamaban Ediciones del Diego de poesía.

Unas plaquetitas.

Eran plaquetitas, claro. Un día le caí a Durán con una carpeta con poemas y cuentos y al mes me fue a visitar a donde yo laburaba con un libro mío que él había editado. Fue muy extraño porque él había hecho una lectura de los poemas y los cuentos, los había mezclado y había hecho un trabajo de editing muy fino. Ahí me di cuenta de que detrás de un libro no sólo está la cabeza del autor sino también otra cabeza y en tanto autor no soy sólo yo sino también él, el que le puso la tapa. Con mi primer libro, que fue en el ’97, fue la primera vez que me di cuenta que la edición de un libro era un trabajo colectivo, que un libro es un trabajo colectivo. A partir de ahí me empecé a interesar por el tema, por el papel, por las tipografías, hice algunas con él, edité un libro de poesía de Cecilia Pavón que se llama Un hotel con mi nombre. Hice algunos laburitos. Después sí se formó Interzona, en 2002. Pero mis primeros laburos los hice en Ediciones del Diego.

¿Cómo fue la experiencia de Interzona?

Interzona fue una buena experiencia. Interzona fue producto de una necesidad. La fundamos cinco personas: 3 socios capitalistas, otro editor que era Edgardo Russo y yo. Después quedamos tres personas. (Por alguna razón cuando se nombran las editoriales independientes no se nombra Cuenco de Plata, no sé porqué. O sí sé porqué. Pero la verdad que me parece injusto.) Iba a que Interzona respondía a una necesidad. Vino a hacer escritores profesionales de un grupo de escritores que estaban en condiciones de producir obras importantes. Un grupo de escritores que circulaban por editoriales muy pequeñas o artesanales. Había un caldo de cultivo. Escritores como Cucurto o Fabián Casas, gente que después edité o no, Gabriela Bejerman, Fernanda Laguna, un grupo de gente que estaba pidiendo pista. Al mismo tiempo otro grupo de editores que –no casualmente– eran los que estos chicos más leían como Zelarrayán, Fogwill, Aira, Marosa di Giorgio, estaban siendo editados muy poco o directamente no estaban siendo editados en Argentina. En el caso de Aira y Fogwill estaban siendo editados en España y venían los libros de ellos a precio euro y eran imposibles.

Este grupo de escritores que estaba en condiciones de producir obra empieza efectivamente a producir obra, salen del poema, no entran más en la plaqueta y los escritores faro con los que este grupo de escritores se referenciaban tampoco estaban publicando en Argentina. Interzona de algún modo –y parte de la felicidad del proyecto tiene que ver con eso– viene a cumplir con ese lugar.

Fue punta de flecha.

En algún sentido sí, porque lo que tenían estas editoriales pequeñas y chicas era una forma de interpelar al lector a través de las tapas, de algunos datos de editing diferentes del modo que interpelaban al lector Sudamericana, Emecé, etc., incluso Adriana Hidalgo que ya estaba. Era mucho más descontracturado, más rockero por llamarlo de alguna manera, menos grave. Entonces lo que intentó Interzona fue recuperar esa tradición de las editoriales pequeñas la forma de interpelar al lector y darle un espacio: a través de las tapas, a través de alguna cosita que le pusieras al libro, como la famosa de Cucurto –no sé si la viste–: la evolución cucurtiana, desde que Cucurto es un mono hasta que se hiergue. Las tapas: empezamos a trabajar con artistas plásticos contemporáneos. Buscábamos eso, el color, frescura, vitalidad…

No sé si tiene que ver, porque cuando nosotros… digo: nosotros, la primera del plural no sé si me corresponde… Cumplió un papel importante Interzona. Cuando yo empecé a formarme como lector, cuando empecé a pensar en eso inmediatamente busqué figuras jóvenes un poco más grandes que yo. Estoy hablando de fines de la década del ’80, principios del ’90: escritores con los que yo me pudiera referenciar. Uno buscaba y se encontraba con Alan Pauls o con Rodrigo Fresán. Son dos escritores muy buenos, con méritos de orden diferente. Pero no eran escritores con los que yo, Cucurto, Duran, Casas nos pudiéramos identificar. Alan tenía una formación sobre Proust, un doctorado sobre Puig, un libro sobre Borges: era como un modelo para nosotros inalcanzable.

Hoy la figura del escritor joven, que en los ’90 eran Pauls y Fresán con toda su cosa rockera y sus libros leídos en otro idioma, cambió completamente. Fabián Casas no es Alan y un chico de 20 años que quiere ser escritor piensa en Fabián Casas. Cuando yo quería ser escritor tenía que pensar sí o sí en Rodrigo o en Alan. O, si querés, en Sergio Bizzio como cosa loca. Pero hubo un cambio de paradigma en ese sentido. Aunque eso no lo hizo sólo Interzona, eso es parte de los tiempos. No digo que Fabián sea mejor que Alan, son generaciones diferentes, son modos de vivir la literatura diferente. De vivir y de pensar la literatura diferente. Con algunos te identificás más, con otros menos, pero son otro tipo de cosas.

Algo nuevo que intentamos hacer en Interzona fue decir “está Cucurto que no lo conoce nadie y está Fogwill que sí lo conocen, pero en cuanto a tapa, calidad de papel, colección, lo vamos a tratar iguales”. No es como otras editoriales –que las hubo– que tenían una colección de literatura joven o poesía y narrativa joven. Para mí Cucurto y Fogwill valen lo mismo, si los elegimos para editar, valen lo mismo. Están en el mismo nivel. Les dimos el mismo tratamiento a todos. Eso también está un poco dicho también

¿Por qué razón te fuiste de Interzona?

Me aburrí. Tuve una crisis personal, de mucho estrés, pero después volví, estuve un tiempo y me di cuenta que en tanto Interzona y en tanto editor en Interzona yo no tenía más para decir. Yo en el catálogo de Interzona –obviamente es del autor–me veo reflejado. Cuando empecé a darme cuenta de que ya Cucurto estaba en Planeta, ya había salido Mansalva y estaba editando una línea similar pero con cosas más jugadas y más locas; la tapa de Evita [se refiere a la antología Un grito de corazón] era imposible en Mondadori hace siete u ocho años. Vi que tenía que tomar un tiempo para volver a pensar algo y volver a que se me ocurra algo, porque no tengo qué decir y no tengo ganas de que sea un trabajo puramente burocrático. Había buenos libros para editar, de hecho Damián Tabarovsky siguió e hizo muy buen laburo, las partes de las colecciones las diferenció muy bien, hizo un trabajo bárbaro. Pero yo no era el hombre para ese trabajo. Me pasó eso: me quedé sin nada que decir en aquel momento. Entonces pensé ya está, renuncio.

¿Durante ese tiempo escribiste poesías?

No. Cuando edito no puedo escribir poesía. No puedo escribir nada, no puedo, no tengo ese temple.

¿Hay un tema hegemónico en la producción de autores jóvenes?

En los que tienen más visibilidad hay una vuelta medio rara al te cuento una historia. La literatura como vehículo de contar una historia, que es un poco viejo. Pero hay una vuelta con una vuelta: una vuelta de tuerca. Porque sabemos que la literatura trabaja con maneras de contar historias, no sólo de contar historias. Pero en Incardona, en otros autores, veo como una vuelta a eso. Pero son los que tienen más visibilidad. Después, como siempre hay otros escritores jóvenes que no tienen esa visibilidad, Sol Prieto, Matías Capelli, que sin embargo están tocando otra cosa. Yo no diría que hay como una hegemonía, creo que hay una discusión.

Hay unas relecturas de Asís. Asís es un tipo que fue sepultado de alguna manera, por sí mismo en parte y por lo que significó. Porque Asís era el escritor de la década del ’70, junto con Medina o Conti, pero la literatura era Asís hasta el ’81, ’82. Tenía una visibilidad terrible. Hay una encuesta muy linda del Centro Editor del ’82, ’83 que la preguntan a Asís por el futuro y él se queja. Dice “ahora vienen estas chiruzas” cuando se refería a Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, un grupo de –en aquel momento– jóvenes profesoras de literatura. Lo que se estaba dando cuenta Asís es que su literatura con las nuevas tecnologías, la escuela de Frankfurt, Adorno, Benjamin, Foucault… Para esa gente y con esos aparatos de lectura, Asís era ilegible. El Turco es el primer que se da cuenta: yo voy a ser ilegible. Ese grupo de gente es el que, naturalmente, cuando viene la democracia –y la gran bandera del alfonsinismo es la reforma universitaria– lo primero que hace es barrer con las cátedras que habían estado muy pegadas a la dictadura, y los que pueden ocupar este lugar son justamente Josefina, Beatriz, Viñas, Pezzoni, Panessi, etc. Es ahí cuando se empiezan a habilitar otro tipo de lecturas y otro tipo de escritores. Ahí empiezan a pesar Saer, Rivera, Piglia, escritores más under en aquel momento como Fogwill, Aira que recién empezaba a publicar y se empieza a reconfigurar parte del canon.

Yo creo que ahora hay un grupo de escritores como Terranova, Incardona, Bruzzone, Oyola que no comparten estéticas en común –son muy diferentes–, pero que están haciendo toda una relectura, no sólo de literatura argentina sino de la literatura de otras lenguas, y que están tratando o haciendo fuerza por imponer otro tipo de canon. Este es un proceso que lleva años. No sé si les va a salir: a Beatriz, a Josefina, evidentemente les salió.

¿Hay otro tema como el peronismo que interpele?

El amor. El amor es el problema. La política y el amor.

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One Response to “Un libro es un trabajo colectivo”

  1. daindart says:

    Me gusto eso del trabajo colectivo de hacer un libro.
    toda la energía que se encauza*

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