Una lectura de El camello de Lord Berens (La Bestia Equilátera).
Por P.Z.
Hay un camello que avisa que fumarlo es perjudicial para la salud. Este otro debería advertir sobre lo pernicioso de leerlo: la nueva bestia equilátera se te mete en el cerebro y te lo inunda de sarcasmo.
II
Salvo cuestiones menores –como multar a quien anda en bicicleta sin luces de noche–, Slumbermere es un pueblito inglés tranquilo, sencillo. Cada uno vive sin problemas. Los aristócratas, los militares, el reverendo viven en una armonía si no placentera al menos desprovista de sobresaltos.
Una mañana de invierno, el pasto cubierto de nieve, el frío que cala los huesos, tocan el dintel de la vicaría: en la puerta, un camello. La presencia de semejante animal, inesperada, completamente absurda para el ambiente, sin que pueda rastrearse de dónde ha salido, primero alterará el orden estricto impuesto por el vicario estricto y se extenderá hacia el pueblo desatando una serie de hechos misteriosos. Y equívocos desopilantes. Hasta que cae –inexorable– el velo de la tragedia.
Divertido, satírico, pícaro, Lord Berens –lord al fin– parece tener una exasperación especial con los de su clase: los nobles son los más excéntricos, los más paranoides, los megalómanos. Los que dan las respuestas más absurdas al miedo.
Los hechos, comprendemos rápidamente, están ligados a los deseos de Antonia, la mujer del vicario. Como si la verdadera protagonista de la historia fuera ella, o mejor dicho su psiquis: el vicario como el superyó, Antonia el yo, el camello el ello. Lord Berens, autor de la novela, vivió entre 1883 y 1950, es dable suponer que estuviera influenciado por el psicoanálisis. (O tal vez el influenciado soy yo: La Bestia Equilátera irrumpió en las librerías con una novela antilacaniana de Muriel Spark). Pero entonces, la pregunta: ¿qué sucede cuando el deseo es el dueño de cada acción? Y más, ¿las consecuencias imprevistas también estaban, ocultas, en el deseo?
III
El camello es una novela exquisita, una historia más oscura que las de Saki, pero indudablemente recomendada para los que disfrutaron hasta la carcajada con aquél.
Para seguir leyendo:
- Las siestas de un hijo único, el prólogo de Matías Serra Bradford
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