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El peso de las riquezas que no he dado

11-11-2009 | ,

A partir de un libro de Octavio Paz, Miguel recuerda a Rabindranath Tagore.

Por Miguel Fochesatto.

tagore y gandhi

Días pasados, mientras leía un libro de Octavio Paz me quedé impresionado justo en la parte donde dice:

los taoístas no olvidan nunca al hombre concreto que, para ellos, es el hombre natural. Sus emblemas son el pedazo de madera sin tallar y el agua, que adquiere siempre la forma de la roca o del suelo que la contiene. El hombre natural es dúctil y blando como el agua; como ella, es transparente. Se le puede ver el fondo y en ese fondo todos pueden verse. El sabio es el rostro de todos los hombres.

Ahora, releyéndolo, entiendo que había quedado impactado por el mensaje que transmite y que me remite inevitablemente al silencio que quizás nos pide a gritos ser escuchado entre palabra y palabra, entre pensamiento y pensamiento.

Me es imposible no asociar este pensamiento, esta filosofía de vida, con un gran poeta. Rabindranath Tagore (1861-1941), un gran sabio, filósofo, idealista, educador que ha escrito no menos de ciento cincuenta mil líneas de verso, sin contar sus novelas, cuentos, artículos, ensayos que seguramente aumentarían la cifra a más de trescientas mil líneas.

Pensando en Tagore recuerdo una frase de Rimbaud: “El poeta se vuelve visionario por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos.” Leyendo parte de su biografía uno puede darse cuenta de que es casi imposible seguir los pasos de este gran poeta. Como diría Thomas Merton, es una “incursión de lo indecible” un viaje similar al realizado por René Daumal en su “Monte análogo” en dónde la poesía, se convierte mucho más que en una forma literaria, se transforma en un acceso a la suprema conciencia de lo cósmico. Decía: “La liberación para mí no está en la renuncia. Siento el abrazo de la libertad en mil vínculos deliciosos.”

Da la impresión que crea a partir de la destrucción de todo lo preestablecido. Parecía querer decir con su actitud hacia el mundo que el hombre necesita imperiosamente una nueva educación. En algún lugar nos dice: “la educación más elevada es la que no nos proporciona únicamente información, sino la que nos hace crecer en armonía con la existencia.” Y también: “Tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá, no importa lo oscuro que esté el presente.” Y en otro momento: “La poesía es el eco de la melodía en el universo, en el corazón de los humanos. La poesía es el eco de la melodía en el universo, en el corazón de los humanos.”

Tagore era un hombre que detestaba las promesas interesadas de algunos políticos que, cuando más mienten, mientras mejor mienten, más fácil les resulta penetrar en mente de las masas. Como él era un idealista, en torno suyo se podía formar una atmósfera llena de alegría y de confianza. Pero eran unos pocos los que se atrevían entrar en ella, quizás por el mismo compromiso que significaba sentir que se puede vivir de otra manera. Cuando uno lee sus poemas, dice Yehudi Menuhin, “aprendemos lo bueno y reconfortante que es confiar en los seres humanos. Y en ello consiste la auténtica cualidad de confiar en la verdad, que es tan terriblemente rara en los seres vivos.”

Tagore siempre agradecía no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas, y que llevaba dentro de sí un peso agobiante: el peso de las riquezas que no he dado a los demás.

tagore y victoria ocampo

En sus Reminiscences, nos cuenta que llegó un momento en su vida que “la aparente trivialidad de lo finito y el aparente vacío de lo infinito habían desaparecido” y “que la alegría de alcanzar lo infinito a través de lo finito sólo se llega cuando el abismo que los separa se colma de comprensión.”

Tenía una actitud de puro arrobamiento ante la gran naturaleza que casi siempre es ponderada es sus escritos. Era una hombre natural, “dúctil y blando como el agua” como se lee en el texto taoísta y por ello transparente. Quizás por ese motivo, se podía ver en su presencia, el rostro de todos los hombres. Alguna vez se le escuchó decir que ambicionaba honor, pero jamás honores.

Un hombre esforzado, admirable bajo todo punto de vista, que luchó siempre –y prácticamente solo– frente a la incomprensión de sus compatriotas. Nunca fue un extremista; fue sí, un hombre que vivió una vida extraordinariamente intensa y comprometida, con una sólida formación filosófica en las ricas y sugerentes tradiciones de la antigua India. Creo que nadie dio tanto por el resurgimiento de la literatura Bengalí. Lo que dio alas a la poesía de Tagore fue la visión de una presencia inmanente que atravesaba según sus propias palabras, “tanto los cielos estrellados, como lo más intimo del hombre.” O como dijo W.B.Yeats: “todo lo que la filosofía ha hecho permanente es poesía”.

A veces, cuando leemos un poema de Tagore, nos da la sensación de que es un poeta místico, con una esencia tan sutil, que está muy lejos de nosotros, que está en medio de una selva ungida de silencio, dentro de la cual a cierta hora, se escucha una palabra que parece una plegaria.

Quisiera compartir dos poemas, que me parece expresan de manera inequívoca su sabiduría, la belleza de su lenguaje sencillo y atemporal.

Juicio

No Juzgues…
Donde habitas no es más que un mínimo rincón de la tierra.
Hasta donde tus ojos llegan
Alcanzan tan poco…
A lo poco que oyes
Añades tu propia voz.
Mantienes bien y mal, blanco y negro,
Cuidadosamente separados.
En vano trazas una línea
Para establecer un límite.

Si hay una melodía escondida en tu interior,
Despiértala cuando recorras el camino.
En la canción no hay argumento,
Ni llamada al trabajo…
A quien le agrade responderá,
A quien les agrade no pasará impasible.
¿Qué importa que unos hombres sean buenos
Y otros no lo sean?
Son viajeros del mismo camino.

No juzgues,
¡Ay!, el tiempo vuela
Y todo debate es inútil.
Mira, las flores florecen en el borde del bosque,
Trayendo un mensaje del cielo,
Porque es un amigo de la tierra
En las lluvias de julio
La yerba inunda la tierra de verde,
Y llena su copa hasta el borde.
Olvidando la identidad,
Llena tu corazón de sencilla alegría.
Viajero,
Disperso libremente a lo largo del camino
El tesoro se reúne a medida que caminas.

 

La puerta

¡Oh Puerta!
Siempre estás abierta.
Pero los ojos de los cielos están cerrados…
Quien no sabe lo que hay en su interior,
Tiene miedo de entrar.

¡Oh Puerta!
Noche y día tu solemne llamada nunca calla,
Te abres al sol naciente,
Y por la noche, a las estrellas.

¡Oh Puerta!
De la semilla al brote,
De la flor al fruto,
De una a otra era,
De Muerte a Inmortalidad,
Abres el camino.

¡Oh Puerta!
La vida pasa por el umbral de la muerte.
Y de acuerdo con su mandato, en la noche de la desesperación,
A lo largo del sendero de la desesperación
Se oye la llamada: “No temas”.

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2 Responses to “El peso de las riquezas que no he dado”

  1. claudia says:

    un oasis en medio de tanta vanalidad cotidiana

    Gracias por esto, como siempre

    cariños.

  2. Me gustó el encuentro de la poesía y esta vida en “post”
    me permití postear con su crédito…
    ya que buscando a Tagore y la Realidad, apareció este blog

    Gracias!

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