El prólogo de El frasquito

13-11-2009 | , ,

Edhasa ha reeditado El frasquito de Luis Gusmán con prólogo de Luis Chitarroni.

Por Luis Chitarroni

el frasquitoLa brevedad de El frasquito, su fragilidad y su condición de noticia esporádica parecen exigir prólogos y garantías cada vez que se reedita. Cuando lo leí por primera vez, treinta años más jóvenes ambos, fue su juventud la que me asombró. La juventud del libro, su candor e irreverencia inimitables que nada tienen que ver con la precocidad.

Treinta años después, después de releerlo, el efecto es el mismo. El frasquito parece el libro central de una estética gombrociana para la cual la inmadurez lo es todo.

Cualquier libro resulta más literario y elaborado que El frasquito, cualquier escritura más avezada.

Hay en El frasquito, tanto en la historia que se cuenta como en el contenido al que se refiere –donde se cifra la literalidad generacional de una vanguardia– una peripecia de omisión. Para no exagerar, para no hablar de técnica, vamos a considerarlo un solecismo más. Lo atribuiremos a las exigencias de la época: una avidez o una codicia que no disimula su insaciabilidad y que anuncia ya su insatisfacción. Por lo demás, las insignias puestas a valer en el texto son también insaciables e insatisfactorias. Anticuadas, anacrónicas. Estamos hablando de una época que había exaltado hasta la crispación el valor de la juventud. Y que había hecho caso omiso a que la estética de esos años y la mística inherente pudieran ser afectadas por el menos justiciero de los efectos: el fracaso. Pero tardaríamos una década en explicar esto a los narradores jóvenes, que tienen la edad del libro y de mi nostalgia. Qué digo, mucho menos. No vale la pena el suspiro en la página: la economía apremia, la erudición engaña, y es sordo el mar.

Pero para quienes quieran prestar atención a los ruidos que oír se dejan en El frasquito, baste redundar que se trata del vocabulario sentimental y canalla del tango reducido por una audición restrictiva y ensordecedora de la clase media. El oído educado lo oye mal; el estilo no es ensordecedor.

Porque El frasquito tampoco es sólo el libro del hijo: es la versión eterna del hijo. Y esa moral escarnecida y escarnecedora no se mece en un tranquilo tribunal de sabiduría. No, no es el hijo un padre para el hombre. La calma aparente del aserto o la solicitud puede sustentarse en el salvajismo o la locura de las palabras, como detecta Gerard Manley Hopkins en su triolet burlón dedicado al verso de Wordsworth. La versión del hijo fue convocada por la violencia del lenguaje contra las violencias impuestas por los tres tiempos verbales de la pasión en la Tierra: la precedencia, la comparecencia y la procesión.

Por eso este libro mínimo conserva intacto su furor antirreligioso sin ceder un ápice al racionalismo ni a la sensatez. Su revuelta tiene el sabor arcaico de una efusión pero no el justificativo de la espontaneidad.

En esa espiral donde el elenco casi exclusivo de palabras –el pequeño idioma– encuentra el ámbito perfecto de expansión, donde el léxico avaro de los dolores y las humillaciones prestados encuentran su exclusiva falta de referencia.

Cierto, sí, la época lo proporcionaba también, sabemos que sabemos: el eco de falta de reconocimiento de esas voces empobrecidas, huérfanas de la suficiencia homogenizadora de los discursos militares. La época en lo que tiene de contorno empobrecedor y elíptico –la época para nosotros, que asistíamos a esa escuela–, la época en la medida en que El frasquito establece en ella también su contrapartida épica: su incomprensión de la complicidad, su fervor indiviso de causa constante. Admitida la ficción legal del padre, no cambia la condición de hijo, y ésta representa ante la ausencia emisora de tanta traición. Cambian los escondites que propicia su denigración o exaltación convencional.

Hoy, cuando la época es apenas lo que la imagen y el diseño suponen, El frasquito nos transporta a su emergencia recóndita, desordenada, puramente verbal.

La década del setenta no pareció la más adecuada ni la más hospitalaria de las que el siglo pasado inauguró ante nosotros. Pero, como siempre, esas cosas dependen de la edad. Quienes habían nacido con el siglo alcanzaban su declinación. Comenzaba el lento derrumbe, la senectud. A los sesenta y cuatro años, W. H. Auden escribió que 1969 no era el planeta que él llamaría de su propiedad. En Auden se trataba casi de una despedida, pero podría restarle a la deprecación el sesgo prematuro con la honradez afianzada de su sabiduría y su cinismo.

La década del setenta precipitó muchos acontecimientos que El frasquito, en su condición de testigo, no prefigura ni promete, hecho que tampoco lo convierte en un souvenir más de la época. Por suerte no es el carácter profético ni enfático de las historias del siglo veinte el que nos permite releerlas; la tranquilidad de la resurrección reside en esta lenta o lerda manifestación de singularidad que El frasquito conserva sin mácula.

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One Response to “El prólogo de El frasquito”

  1. Matías says:

    Este prólogo de Chitarroni está muy bien
    Pero, con perdón, EL prólogo de “El frasquito” es el que escribió Piglia para la primera edición de 1973: “El relato fuera de la ley”. Si pueden conseguirlo, échenle un vistazo porque hace un análisis muy lúcido y bien de la época o sea en sintonía con la nouvelle de Gusmán (psicoanálisis, trasngresión, etc.) Saludos!

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