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Perdidos en Phoenix

20-11-2009 |

Entrevista a Eduardo Muslip por la reciente publicación de su libro de relatos Phoenix.

Por P.Z.

Los cuatro relatos (tres largos y un bonus track) que componen Phoenix tienen como protagonista a un joven de treinta y pico (en el bonus track regresa a la infancia: tiene 11) preparando su doctorado en Phoenix mientras se las arregla dando clases de español. En ese espacio atemporal de una ciudad ordenada, pulcra, rodeada por un desierto de cowboys y películas del far west, en la que ni siquiera las autoridades parecen considerarla como un dulce hogar, ese yo protagonista que narra busca atravesar y dejarse atravesar por los personajes que lo rozan. Pero cómo conseguirlo en un lugar que parece un “mientras tanto”.

Parecería que Phoenix habla sobre un estado en tránsito de la vida.

La idea de tránsito aparece mucho. A veces literalmente. Personajes que parecen estar desplazándose de un lugar a otro, siempre más en el acto del estar desplazándose más que en el punto de partida o en el de destino. Tanto los personajes que aparentemente están en el lugar, que se quedan en Buenos Aires o en Phoenix, como los que efectivamente se desplazan.

También el personaje principal, el yo que habla, está en un estado de tránsito.

Un poco ayuda la locación. Está en un lugar que no siente que va a estar definitivamente. En realidad es un lugar es vive esa sensación de tránsito. En esa ciudad por ejemplo, hasta los legisladores viven ese estado de tránsito. La gente que la dirige ni siquiera siente que se va a quedar ahí. No hay una relación muy arraigada con el lugar. En 30 años Phoenix pasó de unos 100 mil habitantes a 4 millones. Se da el clima que tienen algunas ciudades de nuestro sur, con gente de distintos lugares, sin sensación de pertenencia ni de que están construyendo un lugar definitivo. Las características del lugar ayudan a que ese narrador, que de por sí planeaba quedarse como estudiante, agrave esa sensación de tránsito.

¿Esa sensación de tránsito culmina en una de desarraigo? Pienso en el cuento “Diciembre” como el punto culminante de esa sensación.

“Diciembre” fue el último cuento que trabajé. Tenía una primera versión muy breve con los elementos básicos de la narración, lo terminé cuando ya había terminado los otros dos. Lo rearmé, lo quintupliqué de tamaño. En realidad, una de las cosas que quería marcar en relación con los otros cuentos, es esa cosa de tránsito, de desarraigo, por eso también el escenario es la Buenos Aires de, más o menos, 2001. Había una sensación de fuga, de fin de siglo y de no muy claro comienzo de uno nuevo. Si bien está ambientado más en Buenos Aires que en Phoenix ese relato está más conectado con la idea de tránsito y de desarraigo con los otros dos.

¿Cómo son las relaciones del protagonista?

Es un tipo de narrador que está buscando acercarse todo el tiempo. Están Maribel y Giselle, pero hay muchos otros personajes por los que se siente atraído. Es cierto que nunca termina de formar un vínculo fijo. Las relaciones también son relaciones en tránsito, relaciones transitorias para jugar con la palabra. Con una cierta ansiedad por la tensión permanente de la distancia, de ese carácter de transitoriedad de los vínculos. Esos son significados que traté de trabajar conscientemente.

Hay un momento en que el personaje asume hace las cosas pero como hasta por ahí nomás, para fracasar. ¿Auto boicot?

Eso lo pongo en “Diciembre” sobre todo. Es una experiencia del medio en el que me tendí a mover. Una sensación de que por miedo a definir un proyecto haga fracasar a otros, todavía difusos pero que podrían haber sido mejores y más plenos. Me parece que es algo muy común en nuestro ambiente. Uno crece con fantasías literarias o artísticas que muchas veces toman un peso tan fuerte antes de la concreción de nada. Y la misma concreción te hace enfrentar con otros proyectos que no brillan tanto como lo anterior. En todos los campos: en los campos de las relaciones personales, en los proyectos literarios, en la vida de uno en un lugar como relato.

Decís “fantasía” y es una palabra que aparece mucho en el libro.

La palabra fantasía parte de una cosa bastante biográfica. Unos amigos cristalizaron el uso medio irregular, un poco abusivo con el hecho normal de fantasear o tener fantasías. Me gusta la fantasía como tema. Por ahí resulta obvia la relación con Puig, uno siente ese terreno de las que desea, que fantasea es tan individual y luego descubre que son cosas construidas socialmente, que uno las compra y de las que uno participa, como por ejemplo un auto lanzado al mercado. Me gusta eso porque hay una relación rara con el deseo. Porque uno siente que desea algo que en el fondo se compró. La fantasía de la pareja maravillosa, de la casa con pileta. Bueno: las fantasías del medio literario –que también tenemos– del éxito y reconocimiento. Es cierto que es un terreno que suele ser enternecedor porque cuando uno describe las fantasías de otro, muchas veces son tan convencionales que uno se enternece al ver tanta pasión por un relato prearmado y que difícilmente si se satisficiera uno podría ser tan feliz.

El personaje principal es gay. No lo oculta, pero tampoco hace una mención excesivo del espacio gay. Tal vez habla del gimnasio como único lugar. Cuando mira las fotos de los amigos Maribel no se queda prendado de la belleza, entra en una relación con los cuerpos pero no lo hace desde un lugar…

[Interrumpe] Quise no ser ambiguo en cuanto al personaje. Lo quise mantener claramente gay.

De eso no hay dudas, pero me parece que intentar correrse del lugar común, borrar la presunción de lo gay que pueda tener el lector.

“Como personaje es gay el tema es lo gay…” De todas formas, lo que decías de las fotos, hay una especie de equilibrio un poco raro. Hay una imagen de chongo, para decirlo rioplatensemente. Son latinos que están haciendo gimnasia en una cárcel, están tatuados. Quería que estuviera naturalizado. Quería que fuera un lugar de enunciación ya asumido, no trabajar con eso específicamente. Hay cosas que pensé trabajar de lo gay, como el tema de la relación entre el latino y el norteamericano. A partir de una observación mía que pasa en Estados Unidos entre inmigrantes sudamericanos más pobres, más lindos, más jóvenes, con el norteamericano mayor, más feo y con más plata. Pero eso no le da cosa de gay o no gay. También es común que un norteamericano se vaya a Colombia a engancharse con una colombiana o que se la encuentren ya de por sí en Estados Unidos. Lo del gimnasio sería como un locus, pero de todas formas tampoco me pongo a hablar del gimnasio como tal sino como un escenario natural del encuentro de ellos.

El protagonista Parecería tiene completamente asumida su condición gay. ¿Y cómo se lleva con su condición de latinoamericano?

Lo que pasa que la condición gay ya la trae de acá y la lleva de antes. La condición latina, el concepto de latino, es un concepto norteamericano. Uno ni siquiera dice “soy latino”. Uno va directamente a la nacionalidad aunque sepa que el país es parte de América Latina.

Pero fijate que en la primera página habla de chicanos, latinos, cubanos, puertorriqueños, “entre otros”. Mucho tiempo más tarde el narrador habla de su condición de latino.

Lo que muestra también es la incomodidad del uso de la palabra, al mismo tiempo que una identidad que está empezando a incorporar. Yo estaba escribiendo allá. No puedo ponerme frescamente yo como latino: naturalizar el uso de la palabra latino. Queda raro que un argentino que acaba de llegar a ese lugar compre la palabra y la identidad. Al mismo tiempo aparece adentro de ese lugar. La introducción fue premeditada, la elucubración del comienzo muestra que tengo que hablar de esto, pero a la vez me genera cierta incomodidad. Me siento artificial usando la palabra, pero la tengo que usar. Muestra la dificultad de entrar en esa identidad que se me ofrece, como la identidad de la que debería ocupar.

Hablemos de los personajes que rodean al narrador. En el primer cuento, “Cartas de Maribel”, el contrapeso está en ella, en Maribel. ¿Cómo es esa chica de la que cualquier persona se puede enamorar?

Hay gente que siente eso, hay quien le irrita. Otra gente no consigue explicar cuál es el enganche del narrador con ella, algo que yo daba por hecho cuando lo escribía. Es el problema de partir de personas concretas: ella es una condensación de gente que conocí. Me pareció natural esa fascinación y traté de trabajarla. Si bien hay una diferencia muy grande entre la subjetividad del narrador y la de ella, me parece que ese tipo de narrador puede llegar a fascinarse por un personaje tan distinto. Esa diferencia es parte del motivo de la fascinación. Tratar de entender a alguien así… Hay una forma de enamoramiento, de alguna manera.

Como si estuviera eclipsado por ella. Le alcanza con mirarla.

Me gusta ese tipo de personaje femenino que eclipsa, que fascina a tal punto que se olvida que la están mirando. Hay una densidad en la mirada tan fuerte que uno se olvida del observador. Uno de los personajes en que pensé fue de un cuento de Scott Fiztgerald que se llama “Sueños de invierno”. Es una pequeña historia de amor de alguien que se enamora de una chica con características parecidas. Me gustan mucho los personajes femeninos como los del Gran Gatsby. Esta no es muy flapper, pero tiene algo de eso, un poco más modernamente.

En ese cuento recuperás el género epistolar: Maribel recibe cartas que le envían sus amigos presos. En el único lugar donde todavía puede haber cartas es en la cárcel; el resto de la gente se comunica por mail. ¿Qué significado traen esas cartas como objeto y como forma de comunicación?

Siempre me gustaron las cartas y el género epistolar como tal, pero no soy buen lector ni buen escritor de cartas. Leer epistolarios reales me suele aburrir bastante. En general, no me gustan las “escrituras del yo”, como se suele decir: cartas, diarios, memorias. Sí me gusta cuando se retoman esos géneros dentro de la ficción. Necesito el marco narrativo ficcional para que me atraigan. Disfruté el hecho de poder hablar de cartas dentro del cuento de un modo justificado. Un cuento –al que le tengo mucho cariño– que publiqué en Examen de residencia (Simurg, 2000), en que uno de los personajes escribe cartas a una hermana y tuve que dar ya en ese momento una justificación de por qué escribe cartas si debería estar mandando emails. La carta es un rescate, no sé si decir, romántico. En otras épocas, cuando era normal, la escritura de cartas tenía un aprendizaje particular. No es una escritura espontánea. Tenía ciertas fórmulas que hasta se podían llegar a parodiar como lo hace Puig.

Además es una comunicación a largo plazo.

Están todos los elementos que favorece la carta: la comunicación a largo plazo, diferida, que se puede cortar, se puede interrumpir. El hecho de que uno escribe la carta y cuando el destinatario la lee tal vez el que la escribió ya no piensa lo mismo. Está el tema del lector no previsto de la carta que la lee de otra manera. Eso está levemente sugerido por ejemplo cuando el narrador se pregunta qué pensarían estos chicos si supieran que él está leyendo las cartas o cuál es la estrategia de lectura que tendría el censor de la cárcel, porque, obviamente, debían ser leídas.

Esas cartas traen las fotos del gimnasio, donde a lo lejos aparece un gato. ¿Maribel es como un gato?

Medio huidizo, medio egocéntrico, medio fascinante en su imagen y en su modo de moverse. También el personaje de Nina en el segundo relato lo asimilo a un gato. Entra a la casa cautamente y sale rápido. Me encantan los personajes de animales como motivos, como hacerlos aparecer. Nunca tuve animales pero siempre me gustó.

¿Y cómo es Leandro? Otro personaje súper grosso adentro del libro.

Siempre se discute qué cuento va primero, qué va después, y termina siendo bastante aleatorio. En principio no pensaba agregar el último cuento, que fue decisión de los editores. Pero quería que estuviera el personaje de Maribel y de Leandro como dos personajes, dos polos. Igual creo que Maribel quedó más fuerte, con luz propia, y que Leandro quedó con el peso de la mirada del otro.

Con Leandro se da una relación que va por el erotismo, ¿pero hay también amor?

Espero que sí. Hay erotismo, seguro. También ese tipo de fantasías están alimentados por esa distancia, esos desencuentros, la posibilidad azarosa de esos encuentros. También hay un erotismo un poco culposo que quise trabajar que tiene que ver con relaciones donde aparecen elementos de exotización, donde el otro es otro diferente, de otra clase. Eso lo pongo en la relación con Leandro y su amante norteamericano. Relaciones de dominación, medio vergonzantes que pueden suceder en cualquier relación amorosa aunque no haya diferencia de clases o nacionalidades, de dinero, de belleza, de poder. A pesar de todo eso, puede haber amor.

¿El que el protagonista sea profesor de idioma es algo biográfico o es un recurso literario?

Es biográfico pero no es tan importante. Una cosa es decir acá, como se ve en 18mil solapas “estudió la carrera de letras, fue profesor de literatura, egresó de la UBA, bla blá”. Otra cosa es decir allá que sos profesor de español porque eso lo puede decir casi cualquiera. El hecho de ser un hablante nativo más o menos educado te habilita a ser profesor. Por más que sea estudiante de doctorado, ser “instructor” como dicen ellos, que parece un rol tan técnico… Es un rol muy funcional, casi una excusa para estar dentro del país. Es algo que los norteamericanos lo saben perfectamente, no tiene la misma aura.

El último cuento rompe la estructura de los otros tres. Es una especie de bonus track.

Era la idea de los editores cuando lo agregaron. Yo fui armando el libro conscientemente pensando en estos tres relatos largos juntos. Los fui trabajando, pensando como una unidad entre los tres. El último los editores querían que estuviera porque le gustaba y lo veían relacionado por distintos motivos. Lo acepté porque uno realmente nunca sabe bien el efecto que produce la lectura. El montaje de cosas que uno piensa, Porque las conexiones, uno como autor piensa que en el lector pero son especulaciones. Confié un poco en la mirada de ellos. Quedó ese bonus track. ¿Le viste alguna conexión?

El momento en que destroza el mapa, que es terrible. Estás leyendo un libro sobre un tipo que está en viaje, en tránsito, que no sabe adónde va aquedarse. Y en el último leés que cuando era chico se había enloquecido con mapa inmenso.

No se me había ocurrido esa relación. Está muy bien. No lo había pensado. Destroza el mapa, una cosa casi fetichizada. Lo voy a preguntar a los editores si lo pensaron así. Lo voy a empezar a decir yo. En realidad yo no estaba pensando en que era el mismo narrador. Es un efecto del libro que no había pensado: no pensé en el mismo narrador cuando tiene 11 años. Era un cuento distinto. Queda con ese efecto y está bien que quede, pero al mismo tiempo me sorprende aunque me parezca lógico.

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