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El momento en que un escritor se hace escritor

25-11-2009 |

Segunda parte de la entrevista a Luis Gusmán por la reciente publicación de Los muertos no mienten acompañada por la reedición de El frasquito y La rueda de Virgilio.

Por P.Z.

Siguiendo la tónica de la primera parte, en esta segunda parte de la entrevista a Luis Gusmán sólo publicamos sus respuestas. Gusmán anticipa un nuevo libro en donde busca “el momento en que un escritor se hace escritor”, habla de la relación con su padre, su admiración por Borges, los almuerzos que tenían en la década del ’70 con los intelectuales de la época, y más. Para leer y disfrutar:

Yo trabajaba en Salud Pública, había entrado muy joven, a los 18 años, de comisario de abordo. No había volado nunca, pero me encantaba. Había dos aviones: un avión ejecutivo de lujo donde iba el ministro –yo era una especie de azafata–, y otro, un DC3, que era el avión sanitario. Ese sí me despertaba la cosa épica, porque íbamos de noche a buscar algún herido. En el ’55, después de la epidemia de polio, meten pulmotores arriba de los aviones. Aterrizabas en el medio del campo: te señalaban la pista con coches de un lado y del otro. Ya era jefe cuando vino López Rega y después el golpe. Entonces renuncié.

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Estoy escribiendo un libro en el que quiero encontrar el mito del escritor. Quiero encontrar el momento en que un escritor se hace escritor. Cuando yo leo a los 7 años en la libreta de la Caja de Ahorro que corrigen mi apellido: “en lugar de Vázquez léase Gusman” yo me hice escritor. [Vázquez era el apellido de la madre].

Graham Greene cuenta su análisis con un jungeano en Londres, era el momento en que te quedabas en la casa del analista a vivir. El analista le hacía llevar un cuaderno de doble entrada: un debe y un haber. Tenía que escribir los sueños de un lado, las asociaciones del otro. El tipo sacaba un reloj y le tomaba el tiempo. Un día Greene le dice “no soñé nada”. Y el psicoanalista le dice “inventeló”. Ahí: ahí se hizo escritor.

Gide, como buen francés, era bastante amarrete. Cuenta el biógrafo que un amigo le pide plata prestada y él le responde por carta, tiene 16, 17 años, “te la voy a prestar porque cuido mi autobiografía”. ¡16 años! Ahí se hizo escritor.

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A mí no me gustaba “Gusman”. Daba orígenes inciertos: decían que era judío, que era portugués y yo andaba deambulando por ahí sin saber. Yo decía “Gusmán”, no “Gusman”. Y cuando se publica El frasquito sale como Gusmán, con el acento. El Negro Lamborghini me dice “cómo vas a permitir que escriban mal tu apellido”. Lo hago corregir, porque el Negro tenía mucha influencia. No era fácil, te llevaba puesto. Éramos muy amigos, pero no era fácil. La primera edición de El frasquito tiene borroneado, tachado el acento. Más tarde, cuando empiezo a escribir crítica yo le pongo el acento.

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Mi viejo era bígamo. Nosotros vivíamos en Avellaneda. El era radical y nosotros peronistas. Venía, tiraba el diario y decía “¿qué tal los grasitas?”. El desaparecía los domingos. Como en el barrio no tenían que saber que mi viejo era bígamo decíamos que laburaba en el hipódromo. Son historias de esos tiempos: ni mejor ni peor, distinto. Por los análisis, yo no podría asegurarte que los padres de ahora son mejores.

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Mi viejo tenía imprenta, trabajaba para el dueño de Fausto. Traía una colección de libros que se llamaba Malica Pocket. Publicaba Así hablaba Zarathustra de Nietzsche, Rosas de Mansilla, La sinfonía pastoral de Gide y Las relaciones peligrosas de Laclos. O sea que yo tenía ese quilombo en la cabeza, más la biblioteca materna que eran libros como El país de las sombras largas. Esa mezcla, junto con mi abuelo que leía de manera compulsiva novelas policiales: todo el tiempo, hasta las cuatro de la mañana, no paraba de leer. Con esa biblioteca me formé.

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El bibliotecario de Racing Club fue importante para mí. El tipo leyó lo que escribía y me empezó a dar otra literatura. Leí a Felisberto Hernández a los 17 años. Nadie encendía las lámparas. Cuando vio lo que escribía me dio a Bioy, Mallea, Felisberto Hernández. Stendhal, Dostoievski. Ese tipo me formó: me dio aquello que se podía oponer a mi literatura tan disruptiva.

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Siempre me he movido en una zona donde los libros iban avanzando en contra de un sistema imperante. Sin tener un estilo escandalizador ni ingenioso: eso te sale o no te sale.

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Borges era como una máquina de la lengua. Una inventiva que funcionaba más allá de vos y –seguramente– más allá de él. Una vez lo llevamos a una escuela de psicoanálisis. El nos dijo que se ponía nervioso: “necesito una tarima porque me gusta estar por encima, y tomar algo, me tengo que entonar”. Cuando entra uno le pregunta “maestro, ¿quiere vino tinto o blanco?”. “Me da lo mismo, si soy ciego”.

Mi amigo Jorge Jinkis, que es un tipo que tiene mucho estilo para hablar, dice “no voy a cometer la torpeza de presentar a Jorge Luis Borges”. Borges lo interrumpe y le dice “¿Por qué? A mí me gusta saber quién soy”.

Entonces yo lo empiezo a citar y él me dice, “qué bárbaro jovencito, pensar que yo me escribí una sola vez y usted me leyó tantas”.

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Yo siempre digo que El frasquito es como el Popol Vuh. Quiero decir que es un texto sagrado, no lo puedo tocar. Agarré El corazón de junio y le saqué 30 páginas. Te puedo asegurar que si vuelvo a leer Villa es posible que le saque algo. Pero El frasquito es casi como una oración. Como el Padrenuestro. Una experiencia vivida y transmitida de esa manera. No me parece que pudiera ser de otra.

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Yo era el encargado de la librería Martín Fierro. Un día entra la periodista Cecilia Absat y me pide que le regale un libro. Acababa de salir Brillos, un libro absolutamente reactivo a El frasquito, como si todo el horror de El frasquito lo hubiera querido cubrir con un manto estético de belleza. Pero ella me pide El frasquito. Yo lo tenía escondido, lo tuve que ir a buscar al depósito. En ese momento entra la mina de Moralidad y me hace una multa porque tenía en vidriera Monte de Venus, un libro de Reina Roffé. Había libros que podías tener en la vidriera, libros que podías tener exhibidos, libros que podías tener en el estante y libros que no podías tener. Todos los días salía un boletín de la Municipalidad, pero ni me fijaba. Me multa por Monte de Venus y me encuentra con El frasquito en la mano. “Este libro lo estamos buscando hace meses”. Ella no sabía que yo lo había escrito. “Pero no está a la venta”. “Está en la librería: si no me lo da, llamo al patrullero”. Se lo doy, sin decirle nada. “¿Qué va a pasar?” “Pregúntele a Medina”. (Enrique Medina, autor de Las Tumbas, que había vendido 120mil ejemplares). “¿Qué le tengo que preguntar?” “Que ahora está escribiendo cuentos para chicos para engañarnos”. Entonces le digo “Yo lo escribí”. “Buena porquería escribió”. “Pero lo estoy regalando”. “Buena porquería regala”. “Pero escúcheme, yo no escribo más así. Mire, este es el nuevo libro”. Y le leo un pedazo de Brillos. Totalmente, asquerosamente borgiano. “Usted es un degenerado”, me dice. Y a la semana, justo para las coincidencias, el día de mi cumpleaños, salió la prohibición de El frasquito

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Hacíamos lo que llamábamos “Almorzando con Luis Gusmán”, porque como venían todos nos íbamos a comer a la esquina. Después, como encargado, pasaba los viáticos a la librería. Nos divertíamos mucho. Venía Manuel [Puig], o Viñas, Ricardo [Piglia], Germán García, el Negro Lamborghini. Eran otros tiempos, el librero tenía mucha más libertad. En Fausto Santa Fe estaban el poeta Luis Tedesco y Lucas Fragata. En Fausto Corrientes, Aquiles Ferrario, profesor de filosofía. En el Faustito de Corrientes estaba Germán García. En Discépolo, Arturo Carrera y Eduardo Stupia. En Martín Fierro estaba yo. Por la librería pasaban Masotta, Del Barco, Roa. Con Roa me hice amigo así: él estaba de novio con una mujer que trabajaba en Ediciones de la Flor, que quedaba a dos cuadras. Se traía los libros y me los cambiaba por otros. Los libros de De la flor se vendían mucho, por ejemplo, Mafalda. Fuimos muy amigos.

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Eran otros tiempos. Imaginate que nosotros, por ejemplo, pedíamos 20 juegos de los tres tomos de El capital, 50 Obras completas de Freud. Fausto, para las cuatro librerías, pedía mil ejemplares de Papillon y Love Story. Ese fue el último tiempo en que los escritores argentinos vendían. Enrique Medina vendía 120mil. El turco Asís con Flores robadas en los jardines de Quilmes vendió 100mil. Después el que vende es Soriano, pero nunca llega a esa cantidad.

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Ahora cada vez el escritor tiene que acompañar el libro con su cuerpo, con su existencia. Tiene que ir a la mesa redonda, a la tele. Yo creo que el destino del escritor argentino es la universidad.

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¿Volvería a ser escritor? No podría dejar de escribir. A veces me afecta la realidad, pero no la realidad del librero. Me gustaría ser como Philippe Aries, como Le Goff. Me encantaría tener la formación y tener la cabeza que tienen esos tipos. Epitafios es un libro que intentaba un poco eso. Esa historia de Aries que es un niño en el Antiguo Régimen me encanta. Me encantaría ser como esos historiadores.

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One Response to “El momento en que un escritor se hace escritor”

  1. Luis P says:

    Gusmán genio!!
    Los lectores del blog pedimos más Gusmán y menos… no, si pongo un nombre seguro que me lo censuran.

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