:: Poesía ::

Terror en Villa Crespo

25-11-2009 |

Iván Moiseff habla del poema Troll.

Por P.Z.

Iván Moiseff es autor del Troll (Vox), un largo poema sobre un hombre que cuida a su mujer enferma, a ella le gustan mucho las películas de terror y entonces se pasan las noches mirándolas. Un día él encuentra un troll en el living de su casa en Villa Crespo y decide no contarlo.

¿Cómo surge un poema de terror? Moiseff nos lo cuenta:

troll

Me interesa la traspolación de los géneros más universales y llevar los clichés norteamericanos a un terreno literario argentino. Forzar esos límites. Los fantasmas clásicos hacen agua con la realidad argentina. A las cuatro de la mañana se le aparece un fantasma a un taxista que está drogándose. ¿Quién es el fantasma? ¿Qué hace con el fantasma? Me interesa esa violencia que se produce.

El horror es uno de los géneros poco atendidos, poco respetados, pero que dice mucho. Una de las propiedades que tiene el horror es desautomatizar ciertas cuestiones que uno no está acostumbrado a ver.

Habla también de la situación política actual. Siempre: el asesino americano va contra el ideal americano, por eso matan a familias, a cheerleaders, a empresarios. Por eso tiene un público muy grande. Es la contracara, la venganza porque no está todo tan bien. Ya Drácula puede verse como metáfora de la revolución industrial y el vampiro como el jefe chupasangre. Lo mismo se daba en la ciencia ficción de los ’50, donde los ET encarnaban al comunismo: altamente tecnificados pero sin alma, que llegan del planeta rojo y odian nuestro modo de vida.

El horror también elabora una teoría sobre el humanismo: cree en la existencia del mal. Por ahí uno cree que el mal es sólo una circunstancia de la mala educación, de los problemas sociales. El horror dice que el mal es algo que nos habita. Debería ser parte de un proyecto político pensar que además de alimentar y educar a todos, también hay que contener. Por eso elegí ese género, por eso el libro recorre esa zona.

Troll (fragmento):

Troll,
¡que película espantosa!
Pequeños hombrecitos
con caras de ancianos.
Orejas y narices enormes,
galeras abolladas,
desprolijos,
aterrando a la gente desde los bosques nórdicos.
Troles, también llamados leprauchants o gnomos.
Muerden los talones,
miden 30 centímetros,
van vestidos en tonos verdes
como los irlandeses en sus desfiles nacionales.
Duendecillos siniestros.
Hijos del diablo.

No entiendo la fascinación de María por las películas de terror.
Hasta ese verano,
nunca me habían atraído.
Había momentos donde ella,
absurdamente,
gritaba (“Ah”),
cubriéndose la cara
con las manos.
El ojo abierto entre los dedos,
como una nena sobresaltada por un monstruo
que aparecía repentinamente desde lo inesperado,
sorprendiendo a sus víctimas.

*

Los ruidos se volvieron frecuentes.
Pero nada,
no encontré nada.

Cambié la táctica.
Avanzaba hasta el living a oscuras,
me quedaba estático junto a la puerta de unos diez,
quince segundos,
y encendía la luz de golpe.
Entonces, una noche, sí me pareció ver algo.

Una sombra deslizándose
hacia el fondo de la biblioteca.

Lancé un chillido cortado.

“¿Qué hay?”, la voz de María llegó desde el cuarto.
“Nada”, respondí.
“¿Seguro?”.
“Sí, obvio que sí”.
“No te creo. Voy”.
“No, no te levantes”.
Pero ella venía,
el camisón cayendo sobre el cuerpo enflaquecido,
los tendones subiendo y bajando
bajo su piel traslúcida.
Las venas.
Prendía todas las lámparas.

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One Response to “Terror en Villa Crespo”

  1. Javier S. says:

    Fabuloso!!
    Iván Moiseeff, gran talento.

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