Así de sencillo

27-11-2009 | ,

El texto que leyó Martín Kohan durante el homenaje a Gabriel Báñez.

Por Martín Kohan.

La mejor manera de esconder una carta robada ya no es dejarla bien a la vista arriba de la mesa, por ejemplo, porque a nadie se le ocurriría buscarla justamente ahí, en un lugar tan obvio. Ese tiempo ya pasó. Quien más, quien menos, todo el mundo ha leído el correspondiente relato de Poe. O incluso, por qué no, el correspondiente seminario de Lacan. O al menos ha oído glosas de uno o de otro, que para el caso da lo mismo. Y la mesa bien a la vista es el primer lugar a donde iría a buscar la carta. La subversión del lugar común ha dado un giro completo sobre sí misma y ha cristalizado por fin en un nuevo lugar común. Ha fundado una nueva obviedad. Ha creado una nueva frase hecha.

Gabriel Báñez tenía una sensibilidad muy singular para las frases hechas, los lugares comunes, la cristalización de las palabras. Sabía bien cómo retomarlas o como revertirlas. Una sola hay madre. Yo de chico creía ardorosamente en los Reyes Magos; después, de grande, me di cuenta de que existían. No debe de existir nada más tierno que el box. No debe haber actividad más relajante que la de perseguir extraterrestres. Ratearse en lugar de ratonearse. Son sólo algunos ejemplos posibles tomados, todos, de Posted By. Agrego el autorretrato que ofreció al recibir el premio Letra Sur en Madryn: soy muy bueno fracasando. O la idea genial sugerida esa misma noche, de que cada primavera las ballenas acuden puntualmente a la costa para hacer avistajes de personas. Báñez disponía de ese doble saber, el de la fórmula y el de su desbaratamiento. Y aún el de la prevención de que cualquier desbaratamiento podía siempre ser recapturado por la fórmula.

A propósito de las pistas y de su ocultamiento, Báñez da vuelta el lugar común ya dado vuelta y reencuentra así una nueva sensatez, que es la antigua. Fastidiado con una biografía de Kafka que se detiene por demás en su afición juvenil al porno duro, Báñez anota que el biógrafo asegura que el muchacho habría ocultado las revistas bajo llave en un pupitre para que nadie de la familia supiese su contenido. Y concluye: y sí, no las iba a dejar a la vista. En lugar de La carta robada, las revistas de Kafka. Una nueva consideración sobre las pistas y las maneras posibles de ocultarlas. Hago centro en este texto posteado por Báñez el 3 de octubre de 2008 porque, en más de un sentido, Posted by se me aparece como un libro de pistas. Las pistas que un escritor ha dejado sobre la mesa o ha guardado bajo llave en un pupitre, según cómo se lo quiera ver.

Porque me resisto a leerlo así, como un libro de pistas, lo redefino como un tratado sobre la condición del escritor. Báñez tenía al respecto una visión muy definida y muy consistente. Perfectamente sostenida, por lo demás, desde su práctica, porque es sabido que la gesticulación de marginalidades y la declamación calculada de heterodoxias sirve muy a menudo para sancionar centralidad y asegurar legitimación. Báñez, en cambio, sostenía con visceral honestidad que lo más propio del escritor es retraerse, apartarse, quedar al margen. Procurarse lo más posible los antídotos de la exposición, y no la exposición. Lo dijo al presentar La cisura de Rolando, lo posteó el 4 de diciembre de 2008. Cito: “Me puse a pensar en eso: las formas de escapar, de pasar desapercibido. Son tantas, la escritura una de ellas. En mi caso, escribir es dejar de estar”.

Los textos reunidos ahora en este libro componen una galería elocuente. Pynchon, que escribe y no habla. No da entrevistas. Elige estar fuera de escena. Bram Stoker, que lleva hasta su muerte el estigma del anonimato. John Fante, bien lejos del canon. Kurt Vonnegut, que es obsceno justo por eso, por estar fuera de escena. Benito Lynch, estancado, retirado, herido, que muere tan anónimamente como había vivido en sus últimos años.

Un grado más: el escritor como el coleccionista de rechazos, post del 27 de agosto de 2007. “Coleccionar rechazos es un hábito del que no puedo desprenderme”. Y un grado más: el escritor es el desesperado. Lo es Ma Jian. Lo es Fante. Pero para Jian la desesperación es un recurso y para Fante la desesperación es una ética. Alturas y no caídas.

Leo así Posted by. Una recuperación netamente arltiana de las lecturas de segunda o tercera mano. Fante leído en una Selecciones de Reader’s Digest. Una validación netamente arltiana de la escritura errónea, imperfecta, defectuosa, mal construida, la que deja ver los hilvanes. La que sabe mostrar la hilacha. Un embate a conciencia contra el fetichismo de los escritores. El fetiche Hemingway y sus anotaciones de baño. El fetiche Borges y su presencia que no es tal. El fetiche Kafka y su quítame de ahí esas pajas.

Lo leo así para no leerlo como un libro de pistas. No rastrear, no inferir. No leerlo como un relato de enigma, cuyo final es exterior y por eso mismo se sabe desde antes. No leerlo como un sistema de señales a las que ya no hace falta atender porque es tarde. “Fueron post” es un libro y, pese a todo, en la evidencia de la mesa a la vista más que en la discreción del pupitre bajo llave, las señales aparecen y se imponen. El 5 de noviembre de 2006 Báñez escribe sobre William Styron y la depresión que padeció a mediados de los ’80. Estuvo a un paso del suicidio. Trae a colación a Camus, como lo hará el 5 de octubre de 2007, para decir que el suicidio es el problema central de la filosofía nunca resuelto. El 14 de enero de 2007 escribe sobre Jerzy Kosinski. Un intercambio de cartas con su padre, el suicidio en el año ’91. El 18 de abril escribe sobre Vonnegut. Una de sus depresiones, el intento de matarse. El 5 de octubre de 2007 postea un texto que empieza así: “Mi mejor amigo -el de toda la infancia- se pegó un tiro hace no muchos años en un banco de la plaza Moreno, la más importante de mi ciudad”. Es ahí donde define al suicidio como la letra chica del contrato con la vida. El 19 de septiembre de 2008, en un texto titulado “Así de sencillo” empieza diciendo: “Se ahorcó. Al volver a su casa la mujer lo encontró ahorcado. Tenía cuarenta y seis años David Foster Wallace y, según refieren las crónicas, una fuerte compulsión al suicidio”. Casi un año después, Báñez se ocupa de Benito Lynch. Dice en un tramo: el suicidio de su hermano Armando todavía impregnaba el aura de los Lynch.

Me resisto a leer Posted by como un libro de pistas, pero lo encuentro plagado de pistas. Lo postulo como un tratado sobre los escritores inadvertidos y la verdad de la discreción literaria. Podría también considerarlo como un relato sobre el padre, sus cartas a Kosinski, su manera de subrayar libros, el peronismo. No leerlo como un libro de pistas. Pero lo leo y lo encuentro plagado de pistas. Por eso tomo nota igualmente de lo que Báñez dejaba dicho en el texto llamado Suicidio, que la pregunta del por qué de la decisión es trivial, ajena e impropia, que la verdadera compulsión no es la de Wallace, si no la de los demás: compulsión por hallar razones. Me detengo en esta advertencia. Hay huellas, pero podrían ser falsas. Aún las que aluden explícitamente al suicidio.

Decido así que todas estas pistas están demasiado a la vista. Son las pistas que quedaron encima de la mesa. Me propongo entonces un pupitre, un pupitre bajo llave en Posted by. Me detengo en el último texto del libro, posteado el 12 de marzo de 2009 y que es parte de una serie de textos que habla de las refacciones que estaba haciendo Báñez en su casa. Hablan de otra cosa, hablan de otras cosas. Hablan de Pike, un obrero que aseguraba tener el poder de la bilocación. Difícil de entender, ya sé, advierte Báñez. Y concluye: Capablanca decía que prefería las negras para jugar. Pike ni sabe mover una Pike ni sabe mover una pieza, pero actúa igual que el gran maestro cubano: deja hacer. Se pasa las horas mirando cómo trabaja el resto de sus compañeros. Lo raro es que nadie le dice nada. Es difícil de entender, sí, quedó avisado, pero lo que acaso es preciso entender, aunque resulte difícil, es ese punto de enigmática sabiduría en el que no se puede sino dejar hacer. Y por fin, pasado ese punto, ya nadie dice nada, porque no hay que decir nada, porque no hay nada que se pueda decir. El texto es muy bueno, discreto y deslumbrante. Lo mismo que su autor.

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One Response to “Así de sencillo”

  1. [...] En el blog de Eterna Cadencia. [...]

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