La escritura como ejercicio de taxidermia

04-12-2009 | , ,

El prólogo que Juan Becerra escribió para Posted by de Gabriel Báñez. Agradecemos a La Comuna Ediciones por cedernos el texto.

Por Juan Becerra.

En Virgen, la novela de Gabriel Báñez que fue finalista del Premio Planeta de 1997, se cuenta una historia de amor suspendido por la santidad o la perversión. Sus protagonistas son el sacerdote Benzano y una mujer judía que produce milagros. El vehículo de ese amor es la correspondencia escrita –lo que en asuntos de amor configura una correspondencia burlada– sobre un rumor políglota y su fuerza ascendente similar a la de una inundación.

Esa novela es, sin dudas, un regreso de Báñez a un relato muy breve y hermoso llamado El circo nunca muere, publicado por Almagesto en 1992, donde puede verse una de las escenas de amor más impresionantes de la literatura en la escenas de amor más impresionantes de la literatura en la que se mezclan, con la solidez de una aleación, la belleza y el horror del amor eterno como ejercicio de taxidermia, es decir como construcción de una imagen que nunca morirá si se la sabe mantener contra las calamidades del tiempo. Pero ese mantenimiento no responde a los protocolos de la necrociencia dedicada a darle apariencia de vida a lo muerto sino un trabajo de artesanía –de voluntad enfermiza y sabiduría sin método– que no puede no fracasar, aunque arrastre en su caída un pequeño triunfo: el de tener a mano la momia en lugar del cuerpo que se ha ido.

Pero la eternidad es más resistente al tiempo que las momias, y en Virgen ocurre un truco lírico (el truco consiste simplemente en decir lo que ocurre) por el cual el sacerdote Benzano se vuelve eterno en el instante de su muerte. Eterno y, siguiendo de un modo romántico la convención de que la muerte es una fuga o una purificación de alguna especie, también libre, porque los tormentos del amor –la tortura de tener que soportar una experiencia basada en un imposible: la coincidencia– ya no tendrán lugar sino como literatura, a la que en ciertos casos, si no en todos, ¿por qué no darle el nombre de taxidermia?

Para Gabriel Báñez la literatura ha sido una máquina de embalsamar, pero nunca lo fue en el sentido de las funciones maquinales como fenómenos de perfección sino de falla. Más afines a las performances milagrosas del científico loco que en su laboratorio hace funcionar con desechos incompatibles unidades técnicas que nadie puede explicar cómo es que se mantienen en pie cuando se las ensambla –el modelo Frankestein–, las máquinas literarias de Báñez están llenas de hilachas. Son caretas que, de un modo intencionado, muestran su elástico, la prueba del artificio, el dispositivo demiúrgico y el teatro al que, inexplicablemente, le tenemos fe.

Si la momia se va abriendo camino en lugar del cuerpo amado, montando a su vez un esquema más genérico aún en el que lo inmortal se ubica en el sitio de las cosas mortales (dada la fugacidad de todas las duraciones, una cosa desaparece con la misma velocidad con que desaparecen los hechos), la versión ideológica de estos golpes de sentido es la que reconoce en el espectáculo culto la fuerza que usurpa al arte y lo desplaza a un gueto de oscuridad e intrascendencia.

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En su novela Cultura (Mondadori, 2006), Gabriel Báñez ajustó cuentas entre el mundo del arte, un mundo de locura extendido hacia la incomprensión –el Mal del Poeta Loco, quien entrega su vida a un lenguaje lo suficientemente refinado y extremista como para que no lo entienda nadie–, y el mundo del show cultural, plagado de falsos artistas, gestores, burócratas y siglas museológicas. Con lo que tenemos que el asunto sigue siendo –no se trata de una denuncia sino de una sensación vital– la representación, y acaso el más allá paradójico de la representación: su triunfo como verdad.

Los libros de Báñez son una serie de escenografías y escenas encadenadas, todas vistas desde atrás por el resquicio de una cuarta pared invertida. El efecto de lectura es el que produce ya no el teatro humano (una tragedia vista como comedia) sino los ensayos de ese teatro en sus versiones más bizarras y sinceras. En ellos, además de la escena y la escenografía, también se ve la maquinaria que las pone en movimiento, como ocurre con esos magos cuyos espectáculos simultáneos son los de la magia y el truco (se trata de la transmisión simultánea de una ilusión y una verdad). De fondo, una risa, pero una risa negra, sepultada, que no se manifiesta como drama, y de la que Báñez ha sido su especialista y su víctima.

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Ahora que Gabriel Báñez murió habrá que decir que las lecturas de un suicidio están en todos lados, y el texto en ninguno. La escena final es tan horrible –y tan prolongada– que más vale pasarla por alto y verlo a Báñez manejando su moto chopera, con anteojos de nieve y campera de cuero luego de hacer una parada técnica en mi casa (disculpen, pero a todas las historias las escribe alguien) y seguir, pateando al paso a un perro con unos enormes borceguíes de skinhead, ¿hacia adónde? Hacia la torta de su cumpleaños número cincuenta, donde su imagen –extraída tanto de Easy Rider como de Tom of Finland– quedará inmortalizada en una capa de fondant, luego en una foto y más tarde –ahora– en el recuerdo.

Como de costumbre, con el dolor regresa la comedia. Y en ella, Gabriel Báñez reina como cheff en apuros. El risotto no alcanza el punto justo (lo pasa) y la cocción se desliza hacia los umbrales de una baba. En el mismo living en el que tiempo después lo encontraron, el cocinero impregna de insultos la materia que no ha podido dominar y golpea el metal de la olla con una cuchara de madera: “este arroz puto y la concha de su hermana”. La escena, siempre la escena. Pero ya no del cheff sino la del cheff fracasado (o fracasando y, esta vez sí, encontrando un punto justo), muy superior en calidad teatral, y en literatura, a la que podría esperarse de alguien que solamente cocina bien.

Una despedida a la altura de Gabriel Báñez deberá seleccionarse con cuidado. Que sea, entonces, en su Torino Grand Routier ’82, color naranja, impecable, quemando nafta ultra en –¿1993?—los albores del GNC. Otra máquina, pero nunca una máquina convencional sino una máquina que no tiene nadie, y en la que artefacto y usuario –el ente biónico– nos dan la imagen de que ambos, con apretar un botón o subir una palanca, podrían pasar a la dimensión que merecen.

Para seguir leyendo:

  • Así de sencillo: El texto que leyó Martín Kohan durante el homenaje a Gabriel Báñez.
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