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Armar el puzzle

24-12-2009 |

Leila Guerriero es una de las cronistas más importantes de la Argentina. Este año ha publicado Frutos extraños (Aguilar), una recopilación de crónicas realizadas entre 2001 y 2008. En esta entrevista, además de hablar del libro, señala la función del cronista, la sensibilidad que debe tener, la importancia de la renuncia durante una entrevista. “Una entrevista es como sexo en el callejón”, dice.

Por P.Z.

Fuerte. Incluso mientras curiosea entre los estantes de poesía de la librería, da esa imagen de mujer resoluta, templada, segura: fuerte. Cómo, si no fuera así, habría podido acompañar a Samid en campaña por La Matanza, al Gigante González en Formosa, a Yiya Murano por los cafés de La Boca, a Romina Tejerina en la cárcel de Salta. Cómo, si no fuera así, habría pensado siquiera en rehacer un viaje por la Patagonia yerma –un viaje a “la concha de la lora”- un año después de haber sido atravesada por la realidad suicida de Las Heras.

leila guerriero

“Vamos a decirlo sin rodeos: acaba de aparecer uno de los libros del año”: así saludaba Maximiliano Tomas la publicación de Frutos extraños, el libro en el que Leila Guerriero reúne dieciséis crónicas, junto con un puñado de ensayos, todos escritos entre 2001 y 2008. El libro se expande más allá de las 400 páginas que lo contienen.

– Este libro –dice Guerriero– es una recopilación muy específica de crónicas que me llevaron mucho tiempo, pero no es que a cada una de mis notas le dedico tres meses. ¡Haría tres por año!

¿Cómo es la experiencia de ver todas tus crónicas reunidas?

– Está bueno. Son crónicas publicadas en España, en México, en Colombia, en Chile, en Uruguay, acá. Hacer de toda esa dispersión un solo libro estuvo bueno. También da un poco de vértigo porque son 25 textos entre 2001 y 2008: no son tantos textos y son un montón de años. ¡Dios mío, qué poco laburo para tanto tiempo! Pero si comparo los dos libros, después de Los suicidas del fin del mundo, pensé que nunca más iba a escribir un libro porque no me había pasado nada tan horroroso. Era una tortura.

¿Horroroso escribir el libro?

– A mí no me gusta escribir.

¿Cómo es que no te gusta escribir?

– El resultado me gusta, pero no el proceso de escritura. Me impresiona la gente que dice “estoy escribiendo un libro y lo estoy disfrutando”. ¿Cómo que está disfrutando? Para mí la escritura no es un momento de disfrute. Es un momento de soledad, de agobio, de no encontrar caminos, de no saber si la pegaste hasta que el proyecto está tan avanzado que después volver a atrás es una pesadilla, de desconcierto, de aburrimiento de probar, de tirar abajo y volver a construir. Yo preferiría estar trotando.

*

Tortura: acostumbrada a definiciones terminantes, no duda en decir que el momento de escribir es una tortura. En un artículo publicado en El Malpensante (2005), dice que “escribir un artículo me lleva de veinte días a un mes y medio, con jornadas de doce, quince o dieciséis horas.” Entonces cuando se le pregunta, dice que es una bestia:

– Soy una bestia cuando trabajo. Y lo padezco, porque es muy bueno tener una gran concentración, una gran localización, pero por cuando te das cuenta que hace tres meses no parás un fin de semana se vuelve un poco en contra. Puedo escribir 16 horas por día, sabiendo que gran parte de la tarea de escribir es perder el tiempo. Hay días que estoy 12 o 14 horas escribiendo, corrigiendo, pasando, metiendo material; hay otros días que de esas 16 horas escribo mucho mucho mucho tres y el resto es diletancia: voy vengo, me siento, vuelvo, pero sin ese perdedero de tiempo no llego a esas tres que valieron tanto. Cuando escribo me encierro, no bajo a pagar un impuesto, rechazo todas las invitaciones que me hacen, sea una entrevista o una cena con un amigo que viene desde El Congo. (Por ahí tan extremo no, pero trato de que sea una sola cosa).

¿Chequeás mails?

– Nada. Yo edito para México una revista de viajes y cuando están en cierre me separo una hora entre las 11 y las 12 de la noche para contestarles. No tiene que ver con hacer sólo lo que estoy haciendo, tiene que ver con no contaminar lo que estoy haciendo con ningún tipo de distracción. El mundo no existe, sólo existe eso.

Otra definición tajante, terminal, que Guerriero lanzó en el mismo artículo de El Malpensante: “La crónica es un género que necesita tiempo para producirse, tiempo para escribirse y mucho espacio para publicarse: ninguna crónica que lleva meses de trabajo puede publicarse en media página”.

– Si algo está bueno querés que dure. Como una comida, como una noche con amigos. Como cuando estás con alguien que te gusta: no querés que la mina se vaya, al contrario, no querés que se termine nunca. Me parece que con los textos es lo mismo.

¿Te marcan un límite de palabras?

– Sí, por lo general sí. Siempre trato de negociar para arriba. Hay revistas que sabés que podés escribir sin límites como El Malpensante. Mandás una nota de 50 mil caracteres que a ellos les gusta y la publican. Hay otros lugares que no podés pasar de 15 mil porque te azotan. Pero bueno, también de eso se trata. Me guardo versiones más largas que finalmente son las que usé en Frutos extraños, pero a veces quedan ahí porque no hay tantos medios que publiquen crónicas muy largas.

En el libro discutís la idea de que la gente no lee.

– Los editores dicen que la gente no lee: yo creo que la gente no lee cosas aburridas. Si te cuentan una buena historia, bien contada, entretenida, la leés. Yo veo que la gente lee. De hecho, viajo el subte o en colectivo y todo el mundo está leyendo algo. Por ahí uno podría pensar muy peyorativamente “la gente lee Crepúsculo”. ¡Y yo qué sé! Algo encontrarán ahí que no le están dando en otro lugar. También me parece que estos textos nunca fueron de consumo masivo. Hablemos de los norteamericanos, que tienen una larga tradición de este tipo de trabajo: The Newyorker no es una revista masiva, es completamente elitista. Tampoco podemos pensar que los lectores se van a lanzar sobre este tipo de cosas. La crónica siempre fue para un sector minoritario de lectores de los que leen el diario o la revista Gente. Dentro de ese gran mundo de lectores que veo por todos lados, esto tiene un público más específico. La aspiración de que esto se transforme en una especie de cosa masiva es como querer que la poesía venda cien mil ejemplares. Pero siempre va a haber gente que lea poesía.

*

El primer libro de Leila, ese que escribirlo fue una tortura, es Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005).

– En aquel momento había pensado hacer una crónica para Rolling Stone, pero Rolling Stone se había quedado sin presupuesto para mandarme de viaje por la crisis del 2001 y decidí ir por las mías. Pensé que iba a ser una crónica, pero después, hablando de la historia con un amigo mío, Elvio Gandolfo, me dijo “por ahí tenés un libro”. Fue como medio revelador, porque un libro no cobra entidad de libro, no es una crónica larga. Ahí empecé a pensar en eso, que tenía una historia que era más que para una crónica.

Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico retrata al pueblo de Las Heras donde 22 jóvenes se quitaron la vida entre 1997 y 1999. Guerriero se interesa por todo lo que rodea el relato de los suicidios: la aridez, el viento incontenible, los litigios sindicales, la injusticia social, el olvido del norte -el norte: Buenos Aires–, intentando encontrar la respuesta –las respuestas– que no llegan. Lo más intenso, lo más difícil de masticar es saber que son historias reales.

– Cuando estaba buscando editor me propusieron transformar el libro en una novela. ¿Cuál es el chiste? Cualquiera se inventa un pueblo perdido en el medio de la Patagonia en el que se suicidan jóvenes. La potencia de lo real es que pasó. No tiene ningún sentido el trasvasamiento de lo real a lo ficticio. La realidad tiene que tener todas las piezas que tiene que tener, encajan como tienen que encajar: mala suerte si es uno el que no entiende cómo encajan. Con toda la validez del mundo podés ficcionalizar algo que sea real (si avisás), pero yo no lo necesito. Es más interesante contar una historia tal como sucedió, poner todas las herramientas al servicio de la historia, que transformar algo que pasó de verdad en un cuento inventado.

¿Después de aquel cuento con el que te presentaste a Lanata, nunca más ficción?

– No siento que me dé placer hacerlo. Se ve que no me gusta escribir ficción, así como un escritor de ficción no le cabe hacer periodismo. O no tengo la imaginación desarrollada en ese sentido. No veo de verdad qué le puede aportar la ficción a una historia real. A lo mejor en el futuro escribo una historia de ficción, pero ahora no lo necesito. Es como si dijera que necesito medir 10 cm más y pesar 10 kilos menos. Estoy bien, me gusta así.

¿Leés ficción?

– Leo mucha más ficción que periodismo: 90% de ficción y 10% de periodismo. Leo mucho periodismo en publicaciones, diarios, revistas, pero leo pocos libros de periodismo. Me interesan pocos libros de investigación que se publican. El periodismo de investigación puro y duro no me interesa, hay una cantidad de cosas que quedan por fuera. Además es extraño, pero los periodistas cuanto mejor investigan peor escriben, entonces me ponen mal, me voy del libro. Se me cae de las manos si está mal escrito. Pero leo muchísima ficción. Ahora estoy como en un momento de bajón, quiero encontrar algo que me sorprenda como fue Lorrie Moore. Intenté con John Banville, que me habían dicho que era fantástico y no, me quedé muy afuera. También poesía: recién estaba viendo un librito de Virgilio Piñera que me parece que me lo voy a llevar. ¿Ahora qué leí? Estuve releyendo Chicos prodigiosos de Michael Chabon.

”Irving me encanta. Es uno de mis autores favoritos más queridos, me parece un hombre que está vivo. Por lo general los escritores son gente que no saben encender una estufa a leña. Así me imagino a un escritor: un tipo pálido, sentado en una computadora que le tenés que enchufar y desenchufar todo porque no funciona. Irving tiene esa cosa, sabe afilar un cuchillo. Viste que él hacía lucha libre. Es un tipo raro, pero tiene una vida real. Tiene hijos.

”Walsh me gusta muchísimo. Más allá de Operación Masacre. En las crónicas en Panorama, por ahí era medio sensiblero, a veces tenía unos derrapes, pero es que hasta entonces había muy poco hecho. Si uno lo puede leer desde la época, lo leería distinto. El prólogo a la tercera edición de Operación Masacre es de una sensualidad, de una masculinidad, una profunda virilidad. Era un gran escritor. Sí leo periodismo, pero me gusta el periodismo bien escrito.

*

¿Cómo es tu relación con el lenguaje, con el momento de pensar las palabras?

– El lenguaje es todo en el periodismo gráfico. No hago ni televisión, ni radio: en ese caso también el lenguaje sería la herramienta pero el lenguaje escrito tiene otra entidad, no pensás de la misma manera. El lenguaje escrito tiene como una sensualidad extrema que no tienen otras formas de narrativa. Soy una especie de buscadora serial de prosas que me conmuevan, de autores que muevan las bases de lo que estoy haciendo y me den ganas de empezar una crónica de esa manera o descubrir a alguien con un tono completamente distinto a lo que yo conozco.

”En general lo que más me gusta es el despojo. Aprecio mucho la potencia que tiene la austeridad. Antes escribía de una manera mucho más florida, más barroca, probablemente fruto de las lecturas que tenía en ese momento, como Bryce Echenique. Después de Los suicidas del fin del mundo hubo un despojo importante del idioma. Admiro a la poeta Idea Vilariño, que pone dos palabras súper remanidas como pañuelo, sangre, semen y lágrimas y hace un verso inolvidable. Son palabras comunes, sencillas, no tienen mayor sorpresa en sí mismas.

”Sí pienso en términos de palabras, me interesa la métrica, el tono, el ritmo. No me da igual poner la palabra “el hombre que fue” o decir “quien fue a”. Me fijo mucho en la forma. Siempre pensando que es periodismo, claro, y que debe contener información, pero la forma y el contenido van de la mano.

Caparrós, por ejemplo, dice que presta atención a la métrica, que es capaz de cambiar una palabra porque rompe la métrica. Yo me di cuenta de que le escapo a la cacofonía.

La cacofonía no necesariamente me molesta. Depende: si está puesta adrede bien, si se te pasó es una trastada. La prosa de Martín me fascina. La prosa de Martín la podés solfear. Cambios de ritmo, velocidad. Es como pintar. En la prosa es lo mismo, acá me falta parar, acá me falta acelerar, acá me falta frenar la acción. El vehículo, que son las palabras, tiene que ser eficaz aplicado a eso, no debe ser un adorno y Martín es el que mejor lo hace, lejos. Yo me puedo pasar cinco días con un párrafo hasta encontrarle el encaje perfecto para evitar una palabra que odio y que claramente es la que va ahí, cuando lo que quiero decir es exactamente eso.

– “La Patagonia”, el viaje que contás en Frutos extraños tiene una narración árida, como si narraras con el terreno. ¿Esa era la intención?

– Es árido, pero la intención no era que fuera así. Ese texto de la Patagonia fue escrito un año después que Los suicidas, me parece. Viste que yo utilizo bloques de texto, asterisco, bloques de texto. Este texto de la Patagonia fue casi fundante, fue una especie de extremo de desconexión entre una cosa y la otra. Como postales, como una especie de sumatorias. La idea en el final era hacer una especie de acercamiento, un close-up extremo y perdido en el medio de la ruta donde estaba ese niño solo que era una como una especie de muerte. A lo mejor la aridez o la cosa baldía o yerma del texto tiene que ver con el hecho de haber contado una ruta. Porque de hecho fue eso: contamos la ruta desde la costa hasta Pampa de Agnia. Una cosa lineal internándose cada vez más en la meseta patagónica. Era un viaje sin sentido, además: en Soho me habían pedido hecho contar una historia en el confín. Salió en un número especial sobre confines de la revista Soho de Colombia, entonces mandaron a uno a la Cochinchina, a mí a la Patagonia y a otro a Cafarnaún, por tres dichos que en Colombia indican un lugar muy lejano: de aquí a la Patagonia, en la Cochinchina, en Cafarnaún. Tres lugares como quien dice ¡la concha de la lora!

”Me encargaron eso y yo me preguntaba por qué otra vez a la Patagonia. Es muy difícil contar la aridez. Te parás en un desierto y qué contás: ola y polvo. A lo mejor esa cosa despojada del texto tiene que ver con eso, con ir contando una línea recta que se interna y se pierde. Con esa sensación entre opresiva y sin límites que es la Patagonia: todo es enorme o ínfimo, como dice Paul Theraux, a dimensión dinosaurio o liquen. No hay intermedios.

*

No escondo mi grabador, siempre me presento como periodista, no les saco información a los niños pequeños en ausencia de sus padres. Por lo demás, una vez que pido una entrevista, me la otorgan y aprieto ostensiblemente “play-rec”, aplico la misma ética que aplico en las cosas de la vida y que me deja en una orilla no necesariamente buena –en absoluto angelical-, pero sí opuesta a la de los pusilánimes, los cobardes, los ingenuos, los corruptos, los crédulos y los delatores.

Guerriero participó de La Argentina Crónica, una antología de crónicas compilada por Maximiliano Tomas. Cada periodista, luego de su nota, debía responder unas preguntas. En la de arriba, Guerriero señala sus límites a la hora de investigar una historia.

Alguna vez mientras hacías un perfil, ¿te pidieron que no cuentes algo? ¿Cómo lo manejás? Cuando estás con alguien seis días, ¿cómo sabés qué forma parte de una intimidad que no habría que revelar?

– Yo creo que uno no es diferente como persona a como periodista. En principio hay una cuestión de sentido común. Yo asumo que todo lo que voy a ver lo puedo contar. En general trato con gente adulta, les explico lo que quiero, convivir con ellos determinada cantidad de tiempo, verlos en determinadas situaciones. Una vez que esa persona me dice OK, ya están dadas las reglas. Ahora, si me pidió no poner algo que puede afectar la vida de la hermana que vive en tal lugar, si no sos una hija de puta no lo vas a poner. Pero si te está contando una paparruchada, “no pongas que estoy tomando cocacola porque tiene azúcar y en mi casa estoy a régimen”, somos dos personas adultas. Si la persona me dice “pará por favor tengo una duda, mirá hay algo que no sé si contarte o no”: si me lo vas a contar off the record no me lo cuentes. No tenemos una relación de amistad. Yo soy periodista, no soy el confesor. Y se supone que todo lo que veo va parar a la crónica. Ahora, si vos no querés que algo de todo eso no vaya a parar a la crónica no aceptes el pacto desde el principio.

– ¿Te llamó alguien enojado con un perfil? Por ejemplo, ¿qué le pasó a Samid? [“El rey de la carne" está incluida en Frutos extraños]

Le encantó, le encantó. Pero no me enteré en ese momento. Mi marido es camarógrafo y estaba haciendo cámara en un programa en el que estaba invitado Samid, no sé cómo fue y le dijo, y Samid estaba recontento. En una entrevista que le hicieron hace poco en televisión vi que había pegado la foto que le sacamos en la revista, que estaba en un lugar especial. Le gustó la nota.

¿Te llamó alguien quejándose?

– Directamente, no. Pero sí hay gente que se ha enojado. Me acuerdo de una mujer en una nota que hice sobre tipos de orquídeas, entrevisté a 20 tipos, yo nunca me fijo en términos de lugar, que como esta me atendió 4 horas tengo que poner un párrafo y como con la otra hablé 20 minutos por teléfono tengo que poner menos. Cuando me siento a escribir mi compromiso es entre la computadora y yo. Y esa señora me llamó súper ofuscada diciendo que cómo que yo había estado en su casa dos horas y pico y habían salido dos frases. Pero no me ha pasado nada grave.

¿Alguien te pidió que le hicieras un perfil o una crónica?

– Más que crónica todo el mundo quiere escribir un libro. Después de que los entrevistás quieren escribir sus vidas. A todo el mundo le parece que es reinteresante su vida. Como ya hace años que trabajo en esto conozco gente en las editoriales y alguna vez he preguntado. Pero que quede claro que yo… me aterra que puedan pensar que yo tengo algún tipo de interés en contactar al tipo con la editorial y que me quede con el 20%. Me muero de vergüenza. Por lo general le cuento al editor, le paso el mail de la persona, que se contacten entre ellos y yo me voy a Katmandú.

Tu crónica sobre Poblete está en La argentina crónica. Esa antología es un buen recorte.

– Me encantan las respuestas de Martín Sivak, con un sentido común fantástico. Parece que todo el mundo tiene que ser cronista… ¡Esto es periodismo! Nadie puede decir bien qué carajo es una crónica. Creo que todos empezamos haciendo esto sin saber. Las respuestas de Martín están buenísimas, son de un sentido común humillantes. Están muy bien. Todos intentamos hacernos los simpáticos, los pillos, los inteligentes. El dijo “ay, loco, qué crónica”.

Martín Sivak dijo:

El cuestionario parte de un equívoco quizá generacional de quienes participamos de este fascículo: la idea de que la crónica, como género salvador, es una etapa o estadio superior del periodismo y que vendría a remediar el pobre estado de las cosas. Me temo que no es así. Y por eso no tengo de la crónica una definición distinta de la de una nota o un reportaje: contar una historia. Supongo, entonces, que tiene la misma finalidad que cualquier otra nota o reportaje. La sobreestimación de la crónica y de sus poderes casi mágicos potencian herramientas irritantes como el yo muy fuerte y estimula, lo que es más grave, la exaltación del “cuento lo que veo”. Como si ese “cuento lo que veo” fuese un periodismo más puro que el de reconstrucción que supone lecturas y entrevistas que recrean situaciones que no podemos ver. Es una marca de época: es mejor ser cronista que periodista, y es mejor escribir crónicas que notas de, uy, qué fea palabra, “investigación”. Los límites éticos, como en cualquiera de los géneros o subgéneros del periodismo, son el cuidado y la protección de los que prestan su voz y su testimonio para un artículo. Como la marginalidad domina a la crónica, sus protagonistas muchas veces desconocen las consecuencias que pueden tener para sus vidas salir o no salir en una nota de prensa. Y aunque esto podría sonar paternalista –o suena paternalista– es un límite que debería subrayarse.

*

¿Participaste en la distribución de las crónicas en Frutos extraños?

– Sí, sí. Anoté los nombres en papelitos y una noche en la cocina los distribuí y empecé a jugar al rompecabezas. La idea era que el libro funcionara como una crónica. La crónica tiene que tener un comienzo muy alto, un final muy alto y un medio en el que fluctúen los climas. Lo armé con esa idea. La idea era empezar con “El Gigante que quiso ser grande”, que era un momento alto y después “Sueños de libertad”. “Vida de un señor con sombrero” que era la vida de Homero Alsina Thevenet es un poco más liviano. Me importaba empezar con dos crónicas oscuras, después que fuera más liviano con la historia de HAT y de vuelta denso con “La voz en los huesos”. Había un núcleo central que tenía que ser contundente, tenía que estar “El rey de la carne”, “La Patagonia”, todo eso. Después que aflojara un poquito con la leyenda de Facundo Cabral y que volviera a levantar con “Lazos de sangre”.

¿Cuánto tiempo estás con ellos? Con René Lavand estuviste varios días.

– Sí, me fui a Tandil y me quedé una semana.

Con el Gigante González, el ex basquetbolista también.

– Con él me quedé más. Fue duro. ¡El tiempo de viaje te rinde tanto! Acá haces millones de cosas, yo ahora vengo de Ciudad Universitaria, después me tengo que ir al Centro, después volver a Villa Crespo. En un pueblo está todo tan cerca y además tu único plan en el mundo es estar con esa persona y mirarla todo lo que puedas mirarla. Uno piensa que esa tarea con seis días no a alcanza. La verdad es que es mucho tiempo, se multiplica exponencialmente.

*

– Pobre hombre, le hice perder cuatro horas de su vida, porque lo tuve cuatro horas tratando, tratando, tratando. A veces pasa. Igual, yo en esos casos pienso que la culpable soy yo, no la gente.

¿Por qué?

– Una entrevista es como sexo en el callejón: te puede salir muy bien o te puede salir muy mal. De pronto está todo bien y la noche es bárbara, y de pronto lo hiciste otra vez, te moriste de frío, te raspaste la pared, te quedó un costurón acá. A veces no pasa eso. Y yo creo que siempre es uno, es como la operación que le sale mal al médico: el paciente no tiene la culpa. Cuando no se produce eso digo yo no lo hice bien. Sinceramente pienso que no hay gente que no sea interesante, todo el mundo es interesante. Si sabés mirar correctamente podés contar la vida de cualquier persona de un modo interesante. Hasta la vida de un hombre mediocre, lo que muy prejuiciosamente decimos que es un hombre mediocre. Caparrós siempre dice que es mucho más difícil contar la historia de la manzana de su casa que contar la historia de El Congo. Me parece que ese es el desafío. Es mucho más fácil hacerle un perfil contundente a Cristina Fernández de Kirchner, porque hay mucha cosa ahí para contar, que a la señora que vive abajo de mi casa.

*

¿Cómo te llevás con el humor?

– Me gusta. No me gusta hacerme la chistosa, me parece patético esa cosa de reírse del otro. “Y entonces la señorita Wan subió le vi su linda bombachita”. Esa cosa me parece estúpida. Aparte es un recurso muy utilizado en los últimos tiempos por el joven cronista latinoamericano promedio. Seguramente yo caí en eso mil veces, no estoy diciendo que no lo haya hecho, pero me da un poquito de vergüencita ajena cuando lo leo.

Además, “En el amigo chino”, la crónica del supermercado chino te reís de vos.

– Ahí era muy claro que nunca iba a formar parte de eso, iba a estar afuera. En realidad, esa crónica es sobre la incomprensión mutua. La verdad es que uno tiene que tener una actitud de humildad y decir la verdad: no entiendo. Porque si partís del prejuicio que tenés que contestar una pregunta o una ecuación en la crónica vas mal. Mucho mejor quedarte dudando y mostrarle al lector tu duda antes que decir “los chinos son así”.

”Pero sí agradezco mucho el humor. Con el último libro de Caparrós, Una Luna, me descostillé. Y hay un pasaje en El interior en que Martín sube a una vieja al auto en Salta, todo ese mini trayecto, que serán 4 párrafos, es una gran pieza de humor. ¿Ves? Martín tiene una cosa muy interesante que es esa mirada deprecatoria de sí misma, como que hace mofa de sí mismo, si bien es un recurso eficaz, es inteligente y muy honesto, porque se reconoce como extranjero en todos estos lugares. Se reconoce como un elemento extraño y se mira con sorna, como diciendo yo soy el gringuito. Esa distancia que logra lo hace súper interesante: usar una primera persona que se nota todo el tiempo pero no tapa la historia, al contrario, la pone en primer plano.

”Pero volviendo a tu pregunta, el humor revela muchas cosas y cuando estás contando una historia muy trágica, el humor primero sirve como respiración y después es un gran lienzo sobre el que pintar mejor la tragedia. Pero hay que manejarlo con cuidado. Si no, transformas una crónica en un jarajajaija. En Frutos extraños, por ejemplo, hay una crónica que a mí no me gusta que es la de la venta directa –”El mundo feliz”– que es la de las mujeres que venden essen. Me parece que cometo muchos de los pecados que te estoy diciendo. Tiene una intención humorística y me parece que se pasa de rosca.

*

– Con los forenses [del cuerpo de antropología forense] quedé muy amiga, es el único caso de mi vida de laburo que quedé amiga de gente a la que haya entrevistado. Creo que tiene mucho que ver con el sistema de laburo, que tenemos una afinidad, esta cosa de permanecer, estar, observar, estar silente. Las cosas están ahí y las vio mucha gente, están muy repasadas. Si querés Los suicidas del fin del mundo es más original por el tema, porque no es un tema que estuviera descubierto, pero en Frutos extraños, a Homero Alsina Thevenet lo conocía todo el mundo, al Gigante González lo conocía todo el mundo, a Yiya Murano la conocía todo el mundo, de Romina Tejerina habían escrito 400 millones de notas, sobre los forenses también habían escrito 400 millones de notas, René Lavand es un tipo que todo el mundo conoce. No es que yo fui a ver qué hay acá abajo que nadie haya visto. El clon de Freddie Mercury tampoco es un descubrimiento. Lo que se aporta es una mirada personal y distinta. A lo mejor, lo que hacen los forenses, eso de ponerse en el lugar del otro, tirarse y mirar las pintadas es lo que uno hace cuando hace periodismo. Olvidarse de uno y poner toda tu atención en tratar de entender. Pero no con tus ojos: tratar de entender de verdad, sin prejuicios, sin miradas que te velen. Eso: sin tus ojos cubiertos por el velo de tu propio prejuicio. Implica un olvido enorme de uno mismo. Cuando uno es cronista tiene que tener esa especie de entrega, de olvido de sí. Ahora hablo mucho porque vos me preguntás, pero usualmente hablo muy poco y yo estoy completamente desinteresada de mí cuando estoy con otra persona, trato de entender el mecanismo de cómo funciona la cabeza de la otra persona. Para eso hace falta cierta humildad o cierto saber: que uno es completamente prescindible, que uno para el otro no importa, que uno es como un vehículo que utiliza el otro para decir lo que tiene que decir. Y lo único que vos tenés que hacer es ayudar al otro para que lo pueda decir de alguna manera.

Pero hay mucho de vos en una crónica, no sólo está el otro.

– La mirada, el punto de vista, lo que honestamente creés ver y contás. Eso claro que está, pero para ponerle el cuerpo, para que la crónica llegue a buen puerto, mientras estás laburando en campo tenés que olvidarte completamente de vos. No importás, hay muchísima gente que cree que el entrevistado está completamente interesado en escuchar tus historias, “ah, sí, a mí también me pasó”. A veces eso es bueno, sirve como estrategia de entrevista, pero vos tenés que ser materia gris para el tipo, opaca, en todo caso que se refleje él en vos. Empiezan a pasar cosas cuando el otro se olvida de que vos estás ahí. Eso es porque vos desapareciste, hiciste el esfuerzo de ponerte en el lugar del otro. El otro empieza a sentir que ese diálogo ya no es un diálogo, es una especie de baile. Por eso te digo que cuando las cosas salen mal me ofusco conmigo, hice algo mal yo, no el otro. No supe hacer las preguntas, no supe mirar, no supe quedarme callada. Lo primero que tiene que hacer un cronista es olvidarse de él. Casi no tiene que tener ego cuando está trabajando. Es muy bonito que alguien te escuche y se interese plenamente en vos y te haga sentir que el mundo desaparece, que no hay nada más que vos, que tengo todo el tiempo del mundo y que si ahora me decís nos vamos a Unicenter porque tengo que comprar una pila doble a yo te acompaño, no me importa. Tengo toda mi atención puesta en vos, es fantástico. Implica un esfuerzo de uno, de todo tipo, físico, cansancio, de agenda. Tratar de pensar lo que piensa el otro para tratar de entender para terminar de armar el puzzle.

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5 Responses to “Armar el puzzle”

  1. Sebastian says:

    El libro del años es “Bajo este sol tremendo” o “Aiwa”. El 2009 aún no terminó.

  2. Dafne says:

    Muy linda la nota y el libro está buenísimo. Sobretodo para gente que recién arranca en periodismo. Pero para todo el mundo en gral. En mi blog también la entrevisté. Quien quiere puede pasar a leer. Saludos!

  3. claudia says:

    EXCELENTE!

  4. malena says:

    Una grosa Leila

  5. cesar falcao says:

    ME ENCANTA LA FOTOGRAFIA EN PRIMER LIGAR , YA QUE LE DA ASPECTO DE GARN IMPETU , DE MAGNIFICENCIA, DE MUJER FUERTE Y DECIDIDA. Y LUEGO LA NARRACION COMENTARISTA ES BUENA.-
    ENTIENDO QUE ES MAGNIFICO POSEER ESE ESPIRITU DE NARRACION

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