Dr. Pakus, un misterioso duende que habita en nuestra morada, nos cuenta sus sensaciones cuando cruzó por primera vez el umbral de la librería.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que crucé el umbral de la propiedad, había algo en el ambiente que me recordaba al sótano de una refinería clandestina en épocas de la ley seca, en realidad no nací en esa época, pero en fin, ustedes comprenderán. El contraste de la tarde en su cénit con un obrero fumando un cigarrillo en la escalera, una imagen de la Virgen de Luján que guardaba el caserón empotrada en la pared, me hacían acordar a aquellas historietas viejas. Era tremendamente grande, había macetas de tierra negra, rajadas, polvo de años. En la terraza encontré una vieja cuchilla atravesada en las entrañas de una enamorada del muro, oxidada, con signos de uso, la guardé con cuidado junto con las cosas que pertenecían a la casa, aún la conservamos de recuerdo.
Hasta acá todo venía muy bien, me imaginaba leyendo un libro, cafecito, Coltrane, la muchacha rubia sobre el piano… El problema fue cuando entré en lo que iba a ser la librería. Fue angustiante ver todas aquellas bibliotecas vacías, pensé que no habría forma de llenarlas, que no conseguiría los libros que quería, y tantas otras cosas. Volví a mirar la profundidad del lugar. Un muchacho de aspecto amable martillaba los zócalos del fondo, la segunda vez que miré ya no estaba. Me acerqué hasta el fondo y descubrí otro ambiente, pensé para mis adentros que si ese lugar fuera mío pondría allí una chimenea y me pasaría las noches en vela leyendo junto al fuego.
Pero lo que quería contarles, en realidad, no era aquella visita extraña que experimenté allá por el 2005, ni tampoco sobre todas aquellas bibliotecas vacías que me provocaron cierta tristeza. Lo curioso fue que cuando me fui eché una última mirada a todos esos estantes, y ya no estaban vacíos; a medida que los recorría con la vista, los libros aparecían por doquier, era como si siempre hubieran estado colocados allí: una vieja edición del Facundo forrada en cuero, La Divina Comedia con el canto dorado y encuadernada con cuero crudo, gastado por los años. Los libros siempre estuvieron allí, solo había que creer que allí estaban, eran la esencia del lugar. Con un poco de detenimiento pude sentir incluso aquel hedor a humedad y libros viejos de las bibliotecas europeas. Así fue que me reconcilié con esa casa, así se fue moldeando este lugar, aún con los rastros de sus antiguos inquilinos, desconocidos. Alguien me dijo que antes funcionaba una imprenta, quién sabe, cuántas historias habrán desfilado por estos suelos, algunas inconclusas, cuántos libros, cuántos amantes. Ahora nos toca a nosotros, esta librería nos resulta familiar, uno se siente como en casa. Me encantaría que sintieran lo mismo algún día.
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