:: Ficción ::

Hormigas

05-03-2010 |

Un monaguillo que no cumple su función correctamente, unos jóvenes que se lo llevan y un clima inquietante que mantiene al lector en vilo. Un cuento de Fabio Morábito, incluido en Grieta de fatiga.

grieta de fatigaLlegó en el momento en que el cortejo del funeral enfilaba hacia el panteón, se coló entre los deudos y cuando la procesión se detuvo frente a uno de los bloques de nichos y la gente formó un semicírculo alrededor del cura, se situó adelante. El cura, al reconocerlo, le lanzó una mirada cargada de reproche, y algunos deudos, sobre todo la mujer vestida de negro que estaba a su lado, también lo miraron, pero nadie le preguntó quién era. Él observó al monaguillo, que movía el brasero del incienso con gestos apáticos, y se acordó de haberlo visto dos o tres meses antes en otro funeral, en compañía del mismo cura. Sus facciones eran delicadas como las de una niña y por el parecido que tenía con el otro monaguillo, el que solía acompañar al cura en todas las exequias, pensó que debía de ser su hermano. No le hubiera sorprendido que soltara en cualquier momento el brasero y se fuera, tan abúlicos eran sus gestos. Lo vio ponerse de pie después de insinuar una genuflexión (en realidad hizo un movimiento que se parecía vagamente al de doblar la rodilla), y sus miradas se cruzaron. El otro, al verlo mezclado entre los deudos, se sonrió abiertamente, al grado de que la mujer vestida de negro que estaba a su lado volteó otra vez hacia él para observarlo de manera inquisidora, luego murmuró algo al hombre que estaba junto a ella, también vestido de negro, que estiró el cuello para mirarlo de pies a cabeza. La mujer se inclinó hacia él y le preguntó en voz baja: ¿Con quién vienes, niño?

Él no se inmutó, aparentemente absorto en las exequias, y la otra, después de echarle otro vistazo indagador, dejó de molestarlo. De no ser por el monaguillo, que no perdía oportunidad de voltear a mirarlo, nadie se habría fijado en su presencia. Hubo unos cuchicheos, y el cura, que oficiaba de cara al nicho del muerto, volvió la cabeza. Sin dudar mínimamente de quién era el responsable de aquel desorden, le lanzó otra mirada malévola e interrumpió su rezo, que reanudó en seguida. Él, entonces, dio un paso al frente, tal vez para que todos vieran que no estaba haciendo nada malo, pero el monaguillo, que interpretó aquel acercamiento como una amenaza, dejó de hacer oscilar el incensario. El cura, girando otra vez la cabeza, rojo de rabia, interrumpió definitivamente su jaculatoria. Todos se callaron para observarlo y él, sintiéndose en el centro de las miradas, sonrió y, como quien bromea, dio otro paso y empujó al monaguillo en el hombro. El otro trastabilló, asustado, y el brasero del incienso se le cayó al suelo. Un murmullo surgió de la rueda de los deudos. Varios trozos de carbón ardiente se habían regado en el suelo, soltando una fumarola blanca. Él trató de sonreír, como para mostrar que estaba jugando, y sintió que alguien lo sujetaba por atrás. Dos jóvenes salidos de la rueda lo habían agarrado por los brazos y se lo llevaron en vilo, lejos de allí, mientras un tercer joven iba tras ellos. Sólo cuando el andador dio vuelta a la izquierda y estuvieron fuera de la vista de los deudos, los dos jóvenes le permitieron poner los pies en el suelo, sin soltarlo.

–¿Se puede saber qué araña te picó, muchacho? –le preguntó el que lo tenía sujeto por el brazo izquierdo.

Él mantuvo la vista baja, sin contestar. Era la primera vez que lo llamaban muchacho.

–¿Qué te hizo el monaguillo? –le preguntó el joven que venía siguiéndolos. Por toda respuesta, él hizo un gesto con los hombros que podía significar cualquier cosa. Entonces el que estaba a su izquierda le preguntó cómo se llamaba.

–¿Te comieron la lengua? –preguntó el otro joven, al ver que no respondía. Se habían detenido y, por primera vez, lo miraron. Entonces el más alto tocó con su codo el brazo del que acababa de hablar, y los dos miraron al tercero, transmitiéndose entre los tres un mudo mensaje. Él sintió que sus dos captores aflojaban la presa, aunque sin dejarlo libre. Fue el alto quien les ordenó que lo hicieran:

–Ya déjenlo, ¿no ven que…? –y no terminó la frase.

Los otros, entonces, lo soltaron. Él no echó a correr, porque no quería parecer un niño. Uno de los tres jóvenes dijo:

–¿Nos echamos uno rápido? No puedo más.

Los otros dos asintieron y el que lo había agarrado por el brazo derecho extrajo una cajetilla de cigarros del bolsillo del saco y la abrió para que los otros se sirvieran.

–¡No traje cerillos! –dijo después de esculcarse.

–Cómo eres, pendejo –imprecó el más alto, y los tres miraron en busca de alguien a quien pedirle fuego. Los andadores estaban vacíos.

–¡Mierda! –dijo uno de ellos.

Él hurgó en los bolsillos de su pantalón, esculcó en el de la derecha y reconoció la cajetilla al tacto, la sacó y la agitó para atraer la atención de los tres jóvenes.

–¡Miren! –exclamó el más alto y le arrebató la cajetilla de fósforos–. ¡Nos salvaste! –Sacó uno, lo frotó para encenderlo y pasó el fuego a los otros, que encendieron sus cigarros y aspiraron profundamente. El alto se echó mecánicamente los fósforos en el bolsillo del saco. Los tres empezaron a aspirar con deleite, echando el humo con voluptuosidad.

–¡Me estaba muriendo! –dijo el que lo había apresado por el brazo izquierdo.

–Sentémonos, me duelen los pies –dijo el que había llamado pendejo al de los cigarros. Los tres se sentaron sobre el pretil de piedra que bordeaba el andador.

–Siéntate tú también, niño –exclamó el mismo joven, y él obedeció, decepcionado de que lo llamaran niño.

–¿Quieres un cigarro? –le ofrecieron riéndose, y él negó con un gesto.

–Me gusta este cementerio por selvático –dijo el dueño de los cigarros.

No volvieron a hablar, habían perdido interés en él y apenas lo miraban. Se dedicaron a fumar en silencio, observando la espesura desigual que crecía entre los andadores y los bloques de nichos. Aquí y allá, repentinas hondonadas abrían su bocaza negra en el suelo de lava. Cuando sus cigarros se estaban terminando, el más alto dijo que había que volver al funeral. El que estaba a su lado dijo algo de una tía Margarita y de una casa en Polanco, y el más alto replicó que no era justo, porque la tía Margarita había cuidado a la vieja durante los últimos veinte años.

–¿Y por qué crees que lo hizo? –preguntó el tercero.

Para heredar, sólo para eso.

El alto no estuvo de acuerdo. Dijo que, aunque lo hubiera hecho sólo por eso, se merecía la casa, luego de aguantar veinte años a aquel monstruo.

–Las dos son unos monstruos, tal para cual –exclamó el de los cigarros.

Empezaron a discutir, el alto defendiendo a la tía Margarita y los otros dos equiparándola a la muerta, un par de víboras, una peor que la otra. La discusión subió de intensidad (el alto insultó al que le había dicho al de los cigarros que era un pendejo) y, de golpe, tan de repente como había surgido, el pleito amainó, los tres se pusieron de pie, aplastaron sus cigarros y se alejaron por el andador de cemento, olvidados de él, que no se había movido.

Siguió sentado, indeciso entre marcharse o permanecer allí. Se llevó un cigarro imaginario a la boca, aspiró y echó el humo inexistente. Repitió el gesto varias veces, acompañándolo del ademán con que los fumadores sacuden el cigarro para que se caiga la ceniza. Mientras hacía eso, contemplaba la vegetación, con aire de sopesar la belleza selvática del sitio. A continuación miró el suelo. No tardó en encontrar lo que buscaba. Sacó una pequeña lupa del bolsillo del pantalón y concentró los rayos del sol sobre la hormiga. Cuando ésta sintió el calor abrasador, corrió desesperada, se retorció y su cuerpo quedó achicharrado en un par de segundos. En eso, se oyeron unas voces provenientes del andador principal. Comprendió que eran los deudos que venían de regreso, se puso de pie, cruzó el andador y penetró entre los matorrales para ocultarse. Cuando los deudos aparecieron, vio que el cura iba a la cabeza. Junto a él, el monaguillo seguía cargando el brasero del incienso, que ahora estaba apagado. Vio a los tres jóvenes que lo habían tenido cautivo. Cerraban la procesión, contritos como la mayoría. Cuando todos llegaron a la explanada, se disgregaron en pequeños grupos. El cura estaba en el centro del grupo más grande y hablaba mientras todos asentían con reverencia. Luego el monaguillo se acercó al cura para decirle unas palabras al oído, el cura le hizo una seña afirmativa y tomó el incensario en sus manos. Liberado de aquel peso, el niño se alejó unos metros, abandonó el andador y se internó en la espesura, justo hacia él. Para que el monaguillo no lo viera, él se agacho y, despacio, sin hacer ruido, retrocedió unos metros, para lo cual sorteó una hondonada cuya abertura profunda parecía sugerir la existencia de un vasto submundo de túneles comunicantes. Estaba rodeada de una valla de arbustos, y él se escondió ahí. El monaguillo apareció en seguida. Al ver la hondonada, se acercó, miro la abertura y pareció titubear. Volteaba hacia todas partes, indeciso. Por fin cruzó el umbral, volvió a echar un ojo alrededor para estar seguro de que nadie lo veía y se levantó la sotana, se desabotonó la bragueta y se bajó los pantalones, poniéndose en cuclillas. Él, cuando escuchó el chisguete de la orina, salió dando un salto de atrás de los arbustos, y el monaguillo, al verlo, soltó la sotana y echó un grito, pero ni siquiera intentó correr. Él ya le había tapado la boca y con la otra mano le torció un brazo para inmovilizarlo. El otro estaba tan aterrado, que creyó que se desmayaría, y cuando sintió que el monaguillo se aflojaba como si fuera a perder el conocimiento, le quitó la mano de la boca pero sin dejar de torcerle el brazo con la otra mano. Nunca había tenido a su merced un cuerpo tan indefenso y aminoró su fuerza. El otro entendió el mensaje, porque se quedó mudo, todo flojo y la cara lívida.

Permanecieron así, jadeando y sin moverse, pero cuando el monaguillo reparó en la parte de enfrente de la sotana y vio la mancha húmeda de orina, rompió a llorar, aunque sin ruido, un llanto de puras lágrimas, sin sollozos. Él le soltó el brazo, estiró con ambas manos la tela de la sotana para observar la extensión de la mancha, sacó la lupa del bolsillo y, al tiempo que con una mano mantenía estirada la tela, con la otra acercó la lupa y dirigió los rayos del sol sobre el borde de la parte húmeda, a una distancia conveniente para no quemar el tejido. Era una tarea de precisión y el monaguillo dejó de sollozar y observó cómo la humedad se retiraba bajo el foco de la lupa como un ejército en desbandada. Él se puso la lupa entre los dientes y, con las manos libres, le quitó la sotana al niño, luego eligió un punto donde la lava de la hondonada formaba una superficie lisa y extendió ahí la sotana; cogió la lupa, la acercó a la tela y volvió a dirigir los rayos del sol sobre la mancha de orina. El monaguillo, sintiéndose libre, giró la cabeza para medir las posibilidades de un escape; lo miró a él que, arrodillado sobre la sotana, le daba la espalda, concentrado en su labor con la lupa, y miró otra vez hacia atrás, sin decidirse a correr. En eso, una hormiga se apareció sobre la sotana. Desvió el foco de la lupa sobre el insecto, cuidando de no quemar la tela, apenas lo suficiente para obligar a la hormiga a regresar a la piedra de donde había venido y, una vez que la tuvo ahí, concentró los rayos sobre la incauta paseante, que empezó a retorcerse y dos segundos después exhaló un poco de humo. El monaguillo, que atestiguó aquella ejecución, se acercó para ver cómo había quedado la hormiga. Era un puntito negruzco irreconocible. Aparecieron otras dos hormigas que se paseaban por la roca, y él las aniquiló con el mismo método. El monaguillo se puso en cuclillas para observar los dos cuerpos achicharrados, luego vio a otra hormiga subirse a la sotana y se la señaló a su captor, que empezó a acosarla con la lupa, cerrándole el paso a cada instante, sin matarla. Al ver la excitación del niño ante aquella tortura, él le entregó la lupa, que el otro tomó con mano temblorosa. Lupa en mano, empezó a perseguir a la hormiga sobre la roca, pero sin encontrar la angulación justa para concentrar los rayos del sol; él tuvo que ayudarlo, poniendo su mano sobre la del otro y guiándola hasta encontrar la inclinación correcta. En esa posición, con las cabezas casi juntas, pudo oler el aroma a incienso del pelo del otro. Se acercó más para embeberse de ese olor y el corazón le latía tremendamente cuando consiguió pegar su cabeza a la del monaguillo, que no se inmutó, absorto como estaba en la persecución de la hormiga. La mejilla del niño estaba a unos cuantos centímetros de su boca y él cerró los ojos y tocó con los labios aquella piel encantadora que le supo salada, seguramente por las lágrimas vertidas hacía unos minutos. El otro, que por fin había logrado inmovilizar a la hormiga bajo el rayo incandescente, pareció no darse cuenta y miró embelesado cómo se retorcía el insecto. Volvió a besarlo, pero el niño, que ya buscaba otras víctimas, continuó indiferente, como si estuviera acostumbrado a que lo besaran todo el tiempo, padre, madre, tías y quizá el propio cura.

Se escuchó un nombre: ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!

El niño ni siquiera levantó la cabeza.

–Te están llamando –dijo él–. ¿Estás sordo?

El niño lo miró boquiabierto.

–¿Puedes hablar? –dijo.

Él lo miró sin responder. Se oyó de nuevo aquel nombre: ¡Rodolfo!, y el monaguillo giró la cabeza. Volvieron a llamarlo, esta vez en coro. Al parecer el cura había movilizado a los deudos en su búsqueda. El niño dejó la lupa sobre la piedra, tomó la sotana y se la volvió a poner, deslizándosela por la cabeza. Cuando observó la parte de enfrente de la tela y vio que la mancha de orina había desaparecido, se le iluminó la cara.

–El padre y mi hermano dicen que eres tonto –dijo.

Él no dijo nada. Se había sentado sobre la piedra con la lupa en la mano.

–¿Me la regalas? –le preguntó el niño, y él se la entregó casi sin mirarlo. Era el primer regalo que hacía. Bueno, el segundo, porque los muchachos no le habían devuelto la caja de cerillos. Había matado miles de hormigas; tantas que, donde sea que estuviera, caminaba con la mirada en el suelo, buscando hormigas para incinerarlas. Se había vuelto un vicio. Pensó que después de lo que acababa de hacer, ya no lo dejarían entrar en el cementerio. Se acostó sobre la piedra y miró las nubes. Lo habían llamado muchacho y hasta le habían ofrecido un cigarro. El monaguillo, tal vez cautivado por la forma en que observaba el cielo, miró hacia arriba, pero no halló nada que le llamara la atención. Se guardó la lupa en el bolsillo del pantalón, debajo de la sotana, y él lo vio darse media vuelta y echar a andar hacia el camino de cemento. Brincaba torpemente sobre las gruesas piedras. Ni siquiera le había dado las gracias por el regalo. Pero no le importó, porque era sólo un niño. El cura y los deudos seguían llamándolo a pleno pulmón cuando desapareció de su vista.

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