:: Relecturas ::

El Imperio de la Sublime Puerta

09-03-2010 | , ,

En Me llamo Rojo, Orhan Pamuk (Nobel de Literatura 2006) narra el intento de modificar la realidad en medioevo otomano. G.B. vincula la novela de Pamuk a Auge y caída de las grandes potencias de Paul Kennedy.

Por Guillermo Belcore.

me llamo rojoCon la misma expectación que me provoca una nueva temporada de Fringe o de La Ley & Orden UVE, o el próximo partido de Vélez en la Copa Libertadores, todos los meses visito mis librerías favoritas para descubrir las novedades que la industria editorial desparrama sobre las mesas. Pocas veces me siento defraudado. Realmente, los lectores argentinos somos afortunados en cuanto a la calidad y cantidad de libros publicados. No ignoro -claro está- el factor precio en la cuestión de la accesibilidad. En épocas de inflación descabellada, como la actual, el costo de vida roe nuestros bolsillos día tras día. Pero opciones no faltan.

Entre las sorpresas de marzo, veo que Editorial de Bolsillo reimprimió una novela que en su momento no sólo me cubrió de dicha; también me sirvió para reconciliarme con los mandarines de Estocolmo. Me refiero a Me llamo Rojo de Orman Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006 y el mejor escritor vivo de Turquía, según fuentes confiables.

Borges creía -o fingió creer- que la novela es una forma transitoria, como antes de ella fue la epopeya en verso. La sentencia, en mi humilde opinión, es errónea. Mientras haya historia, es decir mientras los hombres y mujeres que escriben se vuelvan hacia al pasado para examinarlo, habrá novela. Y Pamuk nos trasporta en alfombra mágica a uno de los escenarios más exóticos y cautivantes: la Estambul del siglo XVI, el corazón, aún vigoroso, del Imperio de la Sublime Puerta.

Tengo en casa -en la biblioteca número tres- en el cuantioso estante de Alfaguara, la edición 2007 de Me llamo Rojo. La novela transcurre en el milésimo año de la Hégira. El sultán otomano encarga a su taller de ilustradores que incorpore técnicas italianas, como el retrato o la perspectiva. El Pilar del Universo desea que un libro afiebrado perpetúe su efigie. Sin embargo, pintar de otro modo, registrar la realidad de otra manera, puede ser peligroso en el medioevo turco. La novedad ofende a los predicadores inescrupulosos que atribuyen el vuelo de los cuatro jinetes del Apocalipsis (guerra, peste, pobreza e inflación) al olvido de la tradición islámica. En una Estambul donde nadie confía en nadie y todo el mundo espera una bajeza del prójimo, asesinan a un maestro iluminador. Seguirá la pista del homicida, el sobrino de un conspicuo funcionario imperial. Es decir, el libro es una amalgama feliz de novela policial, novela de ideas y novela histórica, servido con un estilo exuberante que tiene dejos de García Márquez y Salman Rusdhie. Como si todo esto fuera poco, se trata de una novela coral. Oímos muchas voces, incluso de objetos inanimados como el dinero o el color rojo. El diablo y la muerte también aportan su punto de vista.

Más allá de la exquisita orfebrería literaria y de la lúcida denuncia del inmovilismo, esta novela que data de 1998 me ha resultado fascinante por su dimensión cultural. Pamuk es un “escritor puente entre civilizaciones“, una estirpe sublime. Aquí ha urdido un tapiz espléndido con hebras de la vida cotidiana, la circulación de ideas y la naturaleza del arte en el Imperio Otomano, ese gran misterio para los que vivimos al oeste del Danubio.

Ucronías

Siempre me ha encantado jugar a las ucronías. ¿Qué le hubiera ocurrido a la Historia si los turcos barrían a los occidentales en Lepanto en 1541, una de las pocas batallas navales clave de todos los tiempos, como Salamina o Midway? Un hecho es casi seguro: Miguel de Cervantes hubiera desfallecido en las galeras y la humanidad se habría perdido El Quijote, para alborozo de los estudiantes argentinos obligados a leer ese librazo tan desparejo. ¿Cómo hubiera evolucionado Europa si los otomanos -una casta guerrera emparentada con los mongoles- conquistaban Viena en 1529 o en 1683?

A quien le interese el tema sugiero abrevar en otro magnífico libro, pero que pertenece al terreno del ensayo. Auge y caída de las grandes potencias, de Paul Kennedy, es una de esas obras oceánicas y esclarecedoras que no puede dejar de leer todo ser humano que quiera ser reconocido como “culto” por sus semejantes. Además es una lectura interesantísima para el amante de las grandes placas tectónicas de la historia. Tengo, siempre al alcance de la vista, la edición de Plaza Janes de 1989. Las ochocientas cincuenta páginas incluyen varios capítulos sobre el Imperio Otomano.

Paul Kennedy forjó la teoría de “la hiperextensión estratégica” para explicar la decadencia irremediable de las grandes potencias. Ya le tocará a Estados Unidos, predijo. El catedrático de Harvard también postuló que en el siglo XVI no estaba claro aún cuál de las civilizaciones avanzadas iba a quedarse con el dominio mundial. La China de la dinastía Ming, el Imperio Otomano y el Imperio Mongol de la India tenían por entonces más población, riqueza y avances tecnológicos que los pendencieros y desunidos estados europeos. Pero el desarrollo anidó allí donde habían menos obstáculos para el cambio. La ortodoxia suele ser un narcótico paralizante. La centralización del poder es suicida. Lean Me llamo Rojo y lo comprobarán.

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