Damián Tabarovsky participó de una entrevista pública dentro del ciclo Los Martes de Eterna Cadencia.
Por P.Z.
El escritor Damián Tabarovsky fue el invitado al ciclo de los Martes de Eterna Cadencia de esta semana. Participó de una entrevista pública en la que habló de sus obras, pero también de cómo ve la realidad literaria argentina. Fiel a su estilo, Tabarovsky no se guardó nada ni le escapó a ninguna pregunta. “No sé si hubiera venido yo mismo a verme”, bromeó antes de empezar. Una lectura para no perderse.
[Primera parte]
¿Sos un tipo exitoso?
[Se ríe] Qué pregunta. No me gusta la idea de éxito de ninguna manera. Una de las razones por las que no mando textos a premios literarios es porque no acepto la idea de que haya ganadores y perdedores. Que los hay todo el tiempo, permanentemente. Yo mismo, desde mi trabajo como editor, recibo originales y le digo sí a unos y no a otros. Todo el tiempo hay selección, exámenes, criterios, posturas. Lo que no me gusta es encima redoblar eso, generar más de eso. Una de las ideas que escribo es para rediscutir, no sé si el éxito que es una categoría un poco comercial, pero llamémoslo para decirlo más modestamente en términos de sociología las instancias de legitimidad.
Me siento exitoso –o contento o satisfecho– en que puedo vivir de algo que tiene que ver con lo intelectual. Que no es poco: al día siguiente de cumplir 18 años saqué el registro de manejar y lo saqué profesional por si tenía que ser taxista o algo por el estilo. No lo digo con ironía: vengo de una familia de clase media baja de Villa de Parque. Por una cuestión rara, mis padres estudiaban medicina cuando yo ya había nacido, se recibieron de grandes. Es increíble: me acuerdo que mi viejo se recibió cuando yo tenía ocho años y el primer trabajo como médico fue en una pileta –que es lo más bajo– y era como el triple de sueldo del que tenía antes, que trabajaba en una fiambrería. Dieron ese salto al ser profesionales. Igualmente mi viejo tiene un departamento de dos ambientes y un Ford Senda ’93. Y están muy contentos de dónde venimos. Entonces yo, efectivamente, a los 18 años, cursando el primer año de la facultad de Sociología y sin muchos contactos con el mundo intelectual, no tenía la certeza de qué iba a hacer de mi vida y manejaba bien. Había aprendido a manejar a los 15, 16 y dije “saco el registro profesional”.
Visto eso, ahora tengo 42 años, son 24 años después, salvo los dos primeros años en Francia –donde viví cinco– que trabajé de profesor de español, todos mis trabajos tuvieron que ver con la industria cultural en el sentido amplio del término. Casi todo el tiempo como periodista, en una época trabajé en la consultora de Eliseo Verón donde hacíamos encuestas pero tenía que ver con un trabajo intelectual: la sociología. Fui editor, fui director del canal Ciudad Abierta. En ese sentido mínimo, ganarme el sueldo en estas cuestiones, sí me considero exitoso. Pero es un criterio previo al que me estás preguntando vos. No es poca cosa, lo tengo muy presente. Muchos amigos no pueden vivir de esto o tienen que hacer otros trabajos o la pasan mal. Yo mismo he pasado por momentos de trabajar en la industria cultural y no estaba muy bien. Trabajé en El gráfico, cambié mucho de trabajo, pero siempre con la máquina [hace el gesto de escribir a máquina] o la computadora. En ese sentido sí soy exitoso.
En otro sentido es más difícil definir. Estás haciendo justo una de las preguntas cruciales en cómo pienso la literatura. ¿Qué es lo que legitima un texto? Hay diferentes versiones. Desde la lógica extrema de la vanguardia donde cuatro personas –vedetones– definían “esto es literatura y todo el resto no”, algo fantástico pero al mismo tiempo muy ajeno hoy a mí. En el otro extremo estaría la lógica del mercado: sos exitoso si ganaste el Premio Planeta; mejor todavía, el Premio Casa de América, que te da más plata. Es evidente que no estoy en ninguno de los dos lugares ni tampoco estoy plenamente en un tercer lugar que podría llamarse la Academia. Mis libros empiezan a entrar ahí, pero yo no: yo soy de Sociología, no estoy en las facultades. No estoy en ninguno de esos tres lugares.
¿Escribiste Literatura de izquierda para tratar de encontrar ese lugar donde moverte, donde definirte?
No, porque eso sería como pensar que las cosas son autobiográficas. En realidad, lo dije varias veces y parece una ironía pero lo digo en serio: yo deseaba que Literatura de izquierda lo escribiera otro. ¿Por qué la tuve que escribir yo? ¿Nadie se daba cuenta?
Yo volví a la Argentina en el ’95, es decir que me perdí todo el primer menemismo. Esos cinco años que estuve afuera –volví el primer año, después estuve cuatro sin volver– viví en Francia en una época que no había internet. La información llegaba, mis amigos me escribían cartas puteando por lo que pasaba acá, yo iba a Aerolíneas Argentinas para buscar el Clarín (en París era el único lugar donde se conseguía), pero no tenía la misma cantidad y velocidad de información que existiría hoy. Cuando llegué, sentía una continuidad de la dictadura por medios democráticos. Pero notaba que todos los demás estaba adaptados, lo cual no era una crítica a ellos: era yo que venía como un ovni de otro lugar. Si yo hubiera vivido acá durante el menemismo también tendría que haberme adaptado por una cuestión de supervivencia. De hecho, lo tuve que hacer. Llegué y fui a Clarín a trabajar y me dijeron “tenés que inscribirte en la AFIP, tenés que ser monotributista”. ¿Qué? Cuando me había ido no existía nada de todo eso. Yo pagaba las cuentas en Entel, en Segba. No había nada de todo eso.
Empecé a ver una serie de fenómenos que los comentaba con los demás y me parecían súper obvios. Literatura de izquierda va del análisis textual a la sociología, podría decirse literatura y sociedad. Una de las tesis importantes de Literatura de izquierda es que aquellos escritores de izquierda política que criticaban al menemismo o apoyaban a Cuba o lo que sea, y sin embargo en la relación entre escritura y mercado eran menemistas. Te dan el Premio Planeta, te dan la palabra y decís “quiero compartir este premio con mis compañeros desaparecidos”. ¡No! Pará. Este segundo término yo podía compartirlo –se puede decir que soy globalmente de izquierda como casi todo el campo intelectual– pero me parecía secundario en relación a lo principal que era qué hacemos frente a los cambios brutales que había ocurrido en el mercado editorial. No digo que fueran equivalentes pero sí diría sincrónicos o concomitantes –no quiero ser causal–: en el campo cultural y en el campo intelectual había ocurrido una serie de fenómenos bastante cercanos a lo que estaba pasando en otras áreas de la economía. Me parecía que eso había que decirlo.
Tardé mucho en escribir ese libro, porque el libro salió en 2004 pero compila artículos que van desde el noventa y pico.
¿Empezaste en Confines?
Publiqué los dos primeros artículos en Confines, uno sobre Flaubert que no pasó nada porque era Flaubert, aunque hacía una genealogía hasta la vanguardia.
¿El otro es el del surf?
Claro. Cuando saco ese artículo, Confines mismo se enoja conmigo y no me echan de la revista, pero digamos que de mutuo acuerdo nos separamos. Quizá porque Confines no era –todavía hoy no lo es– una revista del campo literario, era más leída por otro público, intelectuales y psicoanalistas, estrictamente con ese artículo no pasó nada. Nadie me lo comentó: no existe ese artículo. Y cuando salió el libro, que tiene esos dos artículos más uno que había publicado en una revista que se llamaba Mil palabras que dirigía Marcelo Cohen junto con dos artículos nuevos, el libro hizo muchísimo ruido. Yo creo que cambiaron las condiciones de recepción del libro. Había otra escucha para lo que yo venía diciendo en soledad.
Pero lo que pasa es que el primer artículo escandaliza porque tiene muchos nombres.
¡Pero cómo no va a tener nombres un libro de crítica literaria! Si la crítica literaria no dice tal novela y tal autor… No sé, “di nombres”, como si fuera Jorge Rial o la SIDE. No hablé de la vida privada de ninguno ni lo haría.
Pero vos situás el campo “Academia” y el campo “Mercado” y empezás a definir quién corresponde a cada uno. Me parece que el revuelo vino de aquellos que están en el mercado y que siempre ansían entrar en la academia.
Sí, eso es increíble. Hay un único momento en que hago un matiz y digo “por lo menos en la Academia –donde yo tampoco estoy– reconocen lo que es un texto, el mercado sólo piensa en términos de libros, de venta, de marketing”. El autor de mercado gana muchísima plata, gana los premios, lo traducen, lo llevan al cine, son millonarios, son celebridades, acá habría 150 personas. Tienen todo esto y además quieren que la Academia los reconozca. ¡Dejá algo para los demás! ¿Qué más querés? Sos Campanella, te ganaste el Oscar, ¿encima querés que Beatriz Sarlo hable bien de vos? ¡No!
También hay otra clase de intelectuales. Porque en lo que vos dijiste hay matices: yo hablaba del mercado, hablaba de la academia, pero sobre todo hablaba de los pasajes. Uno era Beatriz Sarlo, claramente. Sin embargo, Punto de vista dedicó casi un número entero a Literatura de izquierda. Me acuerdo de un artículo de Martín Kohan, otro de la propia Beatriz. Marcelo Cohen lo hizo en Otra parte. Eran discusiones muy interesantes. Mientras que los otros escritores básicamente reaccionaron casi de manera amoral. Recuerdo uno –no viene al caso quién– que me dijo “yo vivo de esto y vos me hacés perder plata”. Fue como significativo de lo que estaba pasando.
No lo escribí para posicionarme. Yo me preguntaba por qué no lo escribe otro mejor que yo. De hecho, yo tenía y tengo más ideas. A veces tengo ganas de hacer una segunda parte buscando otras cosas, pero implicarían trabajo y son un vago [Risas] y sigo diciendo que lo haga otro. Otro que lo haga mejor.
¿La segunda Literatura de izquierda analizaría la literatura de hoy?
No necesariamente. Ese es un déficit: el libro salió en el 2004 y hay una generación, la de la Joven Guardia o la de muchos que pasaron por Interzona que no mencioné. Incluso algunos se enojaron casi narcisísticamente (“¿cómo no me mencionás”?). El libro salió en el 2004, lo escribí en 2003, había muchos inéditos todavía.
Hace falta un trabajo más serio sobre la recepción crítica. Leer reseñas, leer periodismo. Hay un libro que me mandó un amigo francés que me dijo “esto es como Literatura de izquierda en Francia”: La Littérature sans estomac, “la literatura sin estómago” (un juego de palabras de un célebre libro de Julian Gracq que se llama La literatura al estómago y que se tradujo en España con el título horrible de La literatura como bluff). En La literatura sin estómago el autor –Domecq es el apellido–, trabaja sobre cómo construye Le Monde. Hace algo que no hice porque él es investigador de lo que sería acá el Conicet y pudo estar tres años trabajando. Sería necesario y me encantaría leer eso: cuál fue la recepción crítica de la misma literatura de la que estuve hablando y de las otras desde el ’90 para acá, qué se escribió en los medios, qué se fue diciendo. Tengo algunas ideas, pero no tengo ganas de hacerlo, hasta que un día me pudra y lo haga. [Risas]
Mencionás a Le Monde y en el libro mencionás a la revista Babel. ¿Hay hoy en día encolumnamientos literarios en, por ejemplo, Perfil por un lado, Radar por el otro?
No, no lo veo. Justo en la columna que escribí en Perfil el domingo pasado hablaba de Clarín. Creo que este es uno de los peores momentos de la historia de los medios. No por la literatura sino por lo que está pasando en la relación entre medios y política. Yo empecé a escribir en el ’81, ’82 a los 15 o 16 años en una revista de rock que se llamaba Expreso Imaginario, después entré a El Porteño e inclusive escribí en el número uno de Babel (algunos, como Daniel Guebel, todavía me dicen nene porque yo tenía 16 años y me decían “nene, andá a comprar cigarrillos”). Entonces llegué a percibir un poco la lógica de la dictadura, tener que leer todo entre líneas, y que lo que decían los medios había que leerlo siempre en segundo plano porque había intereses detrás. En este momento, como nunca antes, no hay nada que estén haciendo los grandes medios que no sea por intereses económicos estrictos y concretos y empíricos, muy fácil de ver. Pero creo que por suerte eso no llegó a la literatura.
Eso que decís, yo se lo exigiría. Por ejemplo, el suplemento de Página/12 de antes, cuando estaba Fresán, era excelente. Yo discutía todo el tiempo, pero vos sabías qué defendían qué les gustaba, qué no, había una línea. Ahora no logro encontrar qué línea tienen. Inclusive en Interzona teníamos un ciclo de discusión que se llamaba “Talando árboles”. Cuatro jueves por año, duró dos años. Hubo dos mesas redondas sobre periodismo y literatura donde pasaron todos los editores. Pasaron: Maximiliano Tomas de Perfil, Boido de Radar, Américo Cristófalo por la Academica y Valerio por Los inrockuptibles. Al año siguiente fueron Aulicino por Ñ, Pedro Rey por ADN, Fagnani que en ese momento era el editor de El cronista comercial y ahora es editor de Edhasa. Y yo empezaba con la misma pregunta: ¿cuál sería la línea del suplemento? Nadie me lo podía contestar. No había una línea.
Yo estuve a cargo del suplemento de Perfil nueve o diez meses reemplazando a Maxi Tomas cuando se fue a Barcelona. Fuimos a almorzar y en privado le pedí que me dijera la verdad de la milanesa: ¿cuál es la lista negra? No había. “Hacé lo que quieras, es tuyo”, me dijo. Y yo agarré puse en tapa a Libertella, a Levrero, a Zelarrayán. Dije “ahora me van a echar”. ¡A nadie le importaba nada! [Risas]
Justamente falta eso, es una pena. Además, una cosa que cualquiera que trabaja en un medio editorial sabe es que los medios no mueven el amperímetro de las ventas y los diez libros más vendidos no salen en los medios. ¿Quién reseña un libro de Majul? Justamente los suplementos culturales no hacen reseñas de esos libros porque les parecen grasas, porque ya saben que van a vender, porque ellos son gente de letras y no van a hablar de esos libros. Esos libros van a otro lado, van a la revista Viva, a la tele, a Mirtha Legrand. Los suplementos culturales no hablan de los libros que ellos mismos ponen como los diez más vendidos. No están. En cambio están los libros de nuestro común amigo Hernán Ronsino, que son extraordinarios, pero hasta donde yo sé, por lo menos el que edité yo, no mueve el amperímetro. ¡Y tuvo todas las reseñas a favor!
Acá agotó primera edición.
¿Agotó? ¡Mejor! Digo: los suplementos culturales no hacen tampoco venta…
Pero entonces la pregunta que cae es ¿cuál es el sentido de tener un suplemento de cultura en el diario?
No lo sé, pero no lo preguntemos en voz alta. [Risas]
No existen en otros lados. Ahora estuve en México: los suplementos culturales –si es que los hay- son paupérrimos. El único diario argentino que decidió no tener suplemento es Crítica porque Lanata es, entre otras cosas, un personaje profundamente anti intelectual y supone que los suplementos culturales son nidos de gente de Puan, barbudos que no laburan, que son complicados; es un clásico escritor de Literatura de izquierda: de mercado, pero que defiende la izquierda.
Hay una vieja tradición argentina que supone que los suplementos dan prestigio, pero eso aplica a Página/12 y a Perfil. Ñ rompe el mercado porque hay que pagarlo: ya no solamente hay prestigio sino lo que están diciendo es que queremos que sea rentable, queremos que sea popular, ya es otro registro. Es un país extraordinario la Argentina, tanto debate, tanta gente escribiendo. Yo recuerdo un artículo de Caparrós en la contratapa de Página/12 hace quince años preguntándose lo mismo que vos. Casi cínicamente: para qué existen los suplementos culturales. Mejor que estén: yo los compro todos, los leo todos.
Una pregunta que habitualmente me hago es cuál es el sentido de organizar encuentros con escritores. Es genial leerlos, pero a la hora de hablar muchos son parcos.
Eso habla bien de ellos.
Pero después viene Abelardo Castillo y el lugar explota de gente. Y sin embargo lo que dijo Castillo fue que “no hay que conocer a los escritores”.
Lo mismo pasa con las entrevistas. Por ejemplo, volviendo a Hernán Ronsino es mucho mejor escritor que entrevistado. Finalmente uno escribe, algunos tienen más capacidad oral, pero no es relevante.
¿Hablamos de los libros? Recién mencionaste que Literatura de izquierda no es autobiográfico. El resto de los libros tampoco son autobiográficos, pero por ejemplo, en Kafka de vacaciones, el protagonista es un sociólogo, en Autobiografía médica el protagonista se llama Dami, si no recuerdo mal el protagonista de La expectativa vivía en Villa del Parque. Hay cosas tuyas en los libros, ¿cómo las manejás?
Ahora te contesto de Autobiografía médica, pero te digo antes de los demás. Básicamente por lo que decía recién de mi actitud diletante y de mi vagancia: me queda más cómodo. Yo no soy un escritor que tenga muchísima imaginación. No pienso que voy a escribir y el personaje va a ser leñero de un monte chaqueño, no tengo la menor idea de cómo se hace eso. Entonces agarro uno que conozco: un sociólogo. Total, la idea que tengo de la literatura y de lo que aparece en los textos es que los personajes pueden ser intercambiables, no tienen espesor. Realmente no sabría cómo hacer. Entonces, en el caso de Kafka de vacaciones y en otros, elegí algo que me sea cercano porque lo que me interesaba es el mecanismo de la ficción, de cómo funciona la narración y la trama. No tanto el personaje. Los personajes son para mí casi como un punto de pasaje discursivo.
Autobiografía médica es eso mismo con una vuelta de tuerca por cierta disconformidad que yo vengo teniendo en relación a lo que en Argentina se llama “literatura de la primera persona”, en España “autoficción”, cada país la va cambiando, y es el uso de la primera persona en los últimos años. Yo que quería escribir una novela que se llamara autobiografía, que el personaje fuera un alter ego mío que se llamara Dami pero escrita en tercera persona, como forma de tomarme distancia y burlarme de la primera persona. Una autobiografía en tercera persona es casi un oxímoron. De nuevo, le puse Dami, pero no era eso lo que quería contar, no quería hablar del mundo del sociólogo ni del escritor. Por ese espíritu diletante, por no tomarme ni siquiera el trabajo de ir a investigar, agarro lo que tengo más cercano.
¿Sos un escritor de procedimiento?
¡Esa palabra ya no se puede ni pronunciar! Creo que ni Aira la está diciendo, de tanto que la usó. En México escuché a un escritor decir que era “un escritor de mecanismos pero no de resultados”. No sé si soy un escritor de procedimiento, pero sí de una muy larga tradición argentina que se puede incluir en la línea metaficcional. Hay una gran tradición metaficcional: un nombre es Borges, otro es Cortázar, otro es Aira. A mí me interesa discutir con todos ellos. Entonces trabajo sobre temas como la digresión, la tensión entre humor y dramatismo y pongo eso en primer lugar. Podría decirse “una literatura del lenguaje” como se decía en los ’60. No le presto tanta atención a lo que cuenta la historia.
Otra cosa que hago es trabajar con situaciones triviales y banales pero sin elevarlas a la categoría metafísica. No es hago la defensa de lo banal en el sentido de Pessoa o desde la metafísica de la tabaquería que irrumpe en lo banal. No: no tengo imaginación para eso, qué mejor que tomar una cosa tonta, una persona que tiene una uña encarnada como en Autobiografía médica.
Sin duda Heidegger tiene algo banal y también se pueden encontrar cosas de alta filosofía en una canción de Camilo Sesto. Intento poner eso en novelas, pero también intento decir que no son lo mismo. Eso sería un gesto populista y posmoderno. Lo que estoy diciendo es que hay una dimensión banal allí y una dimensión filosófica acá y que yo busco ponerlas de manifiesto. Simplemente hago eso.
Voy a contar una intimidad, una cosa que detectó un chico que hizo una tesis de Literatura de izquierda (¡ya tiene tesis de doctorado!) [Se ríe]. Como se va a publicar ahora, la voy a contar yo antes que la cuente él. El artículo del surf que salió en Confines no decía “literatura de izquierda”, no había pensado el concepto, apareció después. Decía “posmodernidad crítica” que era lo que yo estaba pensando en esa época, un poco lo que estoy diciendo ahora. Poder considerar esa tradición posmoderna pero con una mirada crítica, avanzar y sospechar del propio avance. Es un poco lo que yo hago: la novela narra pero al mismo tiempo ironiza sobre lo que es el narrar. Después, cuando publiqué ese artículo en Literatura de izquierda, simplemente donde decía “posmodernidad crítica” lo cambié por “literatura de izquierda”. No lo toqué más. Como yo ya había avanzado con otros artículos, había avanzado en el concepto, lo retrabajé. Pero es una idea que me sigue pareciendo interesante –iba a ser de una tesis de doctorado que tampoco hice– cuáles podían ser los posmodernos críticos. Duchamp, Godard, Cage, John Ashbery: posmodernos que tenían una mirada crítica sobre el lenguaje y que no eran posmodernos de derecha. Entonces empiezo a decir “son posmodernos de izquierda” y así fue derivando hacia “literatura de izquierda”. Ese fue un pasaje de 4 ó 5 años.
Pero podría decirse que mi literatura tiene esa cosa de la posmodernidad crítica: avanza y sospecha del propio avance.
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A ver… un poco de seriedad. En lo tocante a Gracq… conviene mirar de vez en cuando los diccionarios, el Robert, sin ir más lejos:
Que dice: Fam. Faire qqch. à l’estomac, au culot.
O sea: faire à l’estomac = faire au culot
Otra forma de decirlo: faire à l’esbrouffe.
Sinónimos de esbrouffe y de culot: bluff, épate, frime, etc.
Por lo demás: ¿qué rayos querría decir “La literatura al estómago”?
Y por último: ¿leyeron el libro? Me temo que no…
Porque si lo hubieran leído habrían entendido el título tanto en francés cuanto en castellano.
En fin…
[...] Tabarovsky en Eterna Cadencia, primera parte. [...]