P y PZ hablaban de literatura, perdían el tiempo, cuando llegó Ana y tiró que estaba leyendo a Ercole Lissardi y revolucionó la mesa.

P: ¿Cuál fue el libro que cambió tu vida?
PZ: ¡No! ¡No! Yo arraco.
P: Si siempre siempre empezás hablando vos.
PZ: No: siempre empezás vos diciendo “Zu9, tal cosa”.
P: Bueno: Zu9, ¿cuál fue el libro que te cambió la vida?
PZ: No sé… Paso. Siguiente pregunta.
P: Tenés que contestarla.
PZ: Mmmm. Supongo que Búffalo Bill o Miguel Strogoff. Yo tenía un dormitorio para mí solo y a los nueve o diez años descubrí que podía recluirme de la familia si me quedaba leyendo. Como un refugio, como un escapismo. ¿El tuyo?
P: Uno de Barylko.
PZ: ¡Sos un grasa!
P: Vos me preguntaste cuál fue el libro que me cambió la vida. Preguntame si lo leí.
PZ: ¿Lo leíste?
P: No.
PZ: ¿Y entonces?
P: Era El miedo a los hijos y una vez lo encontré en la mesa de luz de mi mamá. Y a partir de ese momento cambió mi vida: ¡supe que mi mamá me tenía miedo! Empecé a reaccionar distinto con mi mamá, “crecí un montón”. Automáticamente dejé de estar debajo del yugo materno para pasar a estar encima de ella. Ese libro cambió mi vida como ninguno otro. No es un chiste. ¿Viste que los libros de autoayuda no escapan de los dialoguitos?
PZ: Hablando de libros de autoayuda, yo también tengo mi muerto en el placard. Leo todos los libros de negociación. De hecho, las chicas de la librería me dan el catálogo ni bien llega. Me encantan: ¡Sí, de acuerdo!, ¡Supere el no!, La estrategia de la cucaracha, Un líder como Jesús, Ponga magia en la empresa.
P: ¿Quién se ha robado mi queso?
PZ: Pero no lo leí.
P: ¡No leíste el más conocido!
PZ: No sé por qué. Pero los otros… Los títulos son lo mejor que me pasó en la vida: La estrategia de la cucaracha. ¿No es genial? Los leo todos, pero me pasa como con el horóscopo, después me los olvido.
P: ¡¿Lo mejor que te pasó en la vida?! ¿No será mucho? ¿Son de autoayuda? Tendríamos que leerlos en Eterna Cadencia, a ver si vendemos algo.
PZ: Estamos en el mundo de la cultura, si querés hacer plata, andá a vender heladeras.
P: Quién habrá sido el boludo que dijo eso.
*
PZ: Fui ayer a la Biblioteca Nacional. Pedí en la hemeroteca los primeros ejemplares de El escarabajo de oro.
P: Ahá. La mítica revista de Abelardo Castillo.
PZ: Buenísimo, buenísimo, ¡buenísimo! Internet, la tenés adentro.
P: ¿Que la chupe?
PZ: Internet no tiene nada que hacer. ¿Viste que New York Times escanea los ejemplares de décadas pasadas y tenés en pantalla la hoja escaneada? No tiene comparación. Vas a la Biblioteca Nacional y ves estos ejemplares… Están rotos, manoseados, escritos por los lectores. Te pican las manos por los bichos del papel. Es una experiencia para vivir. Voy a ir a algunas veces y después voy a hacer una croniquita para el blog.
P: ¿Pero qué te pareció de una revista del ’60? ¿Qué había? ¿Encontraste algo divertido?
PZ: Lo primero que me llamó la atención fue la edad de los pibes. Liliana Heker tenía 20 años, por ejemplo, y hace una crítica de Rayuela. El libro del ’63, la reseña también del ’63. ¡La deshace! La destruye. Viste que Rayuela tiene dos partes, una parte “del lado de allá”, otra “del lado de acá”.
P: “Del lado de allá” es en Francia.
PZ: Claro, que tiene la historia de la Maga. Heker dice que esa parte, sola, sería la nouvelle más importante de la literatura argentina. Pero “Del lado de acá” y sobre todo los papeles de Morelli, son inadmisibles. Tira una frase lapidaria: todo eso, como decimos por “el lado de acá”, es pura tipografía.
P: ¿Seguirá pensando lo mismo hoy?
PZ: Sería muy bueno preguntárselo. Pero, si me dejás seguir con este monólogo largo, ayer hablé con Vicente Battista y me contó que escribió una reseña de Bomarzo. Y estaba orgulloso de su reseña. El decía que Bomarzo era una ópera, y después la hicieron ópera.
P: Un fenómeno Battista que se copó con un cuento.
PZ: Un grande. Ayer estaba contento, además, porque le traían una nueva Mac.
*
P: ¿Lecturas de esta semana algo?
PZ: Empecé con el de Murakami pero lo tuve que dejar para preparar las entrevistas.
P: ¿Te pareció envasado?
PZ: Te podría decir como dijiste la semana pasada “de laboratorio”.
P: ¿Te condicioné con eso? Porque viste que cualquiera puede decir una frase y condicionarte.
PZ: Es cierto, pero si querés, no me llega la historia. Lo voy a leer, porque me interesa leer lo que se lee. Estar ahí, pero la historia en sí no me llega. Tengo el de Olguín para leer. Hoy me llegó Cuentas Pendientes de Kohan –no sé si leerlo o venderlo, con lo que salen los de Anagrama–.
P: Mirá, a la librería todavía no llegó ni el de Kohan ni el de Pauls. Yo terminé el de Olguín.
PZ: ¿Y? ¿Seguiste tan entusiasmado como al principio?
P: No tan entusiasmado, pero lo terminé. Pero, como todo bicho que camina va a parar al asador, todo libro que termino no va al asador. Al contrario.
PZ: Porque vos en general abandonás libros.
P: Sí, más del 50% de los que leo.
AM: Hola.
P: Anita, ¿un libro que hayas leído?
AM: Mmmm. Ercole Lissardi: Horas puente.
P: ¡Bueníiiiiiisimo! ¡Ercole Lissardi es buenísimo! ¿Te calentaste?
AM: No te voy a contestar esa pregunta.
P: ¿Por qué?
AM: Porque es mi intimidad.
PZ: Entonces sí te calentaste.
AM: [Se ríe] Me impresionó cómo se puede sostener un relato sobre una relación sexual a lo largo de las páginas y que no sea agotador. Está muy bien.
P: El secreto de Romina Lucas me parece mejor.
PZ: ¿Lo tiene que leer Bertorello?
AM: Podría ser una influencia importante para él. Pero a mí me parece que Bertorello va por otro lado.
P: Sí, es otra cosa.
AM: Pero está bueno y a Marcos le interesa, tampoco es que no tiene nada que ver.
P: Pero a Bertorello le interesa más lo pornográfico. Lissardi no es pornografía, es sexo entre dos personas comunes.
PZ: Te diría que a todos los hombres nos interesa la pornografía.
P: Pero a Bertorello le interesa como objeto de estudio. Y hay hombres a los que no le interesa tanto.
PZ: No como objeto de estudio.
AM: ¿Cómo objeto de consumo?
P: Qué sé yo, es interesante.
AM: Lo que me llama la atención de la pornografía es que no se define como una relación entre dos personas normales o anormales que tengan conductas sexuales más o menos aprobadas, sino que tiene que ver con la forma en que se lo muestra. Si es explícito o no. Y para la literatura, precisamente porque es literatura y siempre media con las palabras, la pornografía siempre fue paradójica. Porque en realidad está mediada por las palabras, no la ves. Y este libro se le acerca mucho a ese límite.
P: Es que es visual. A mí hay algo que me impresiona de Lissardi. Los personajes en el momento antes de hacer el amor –o de cojer, generalmente cojen- se ponen un pañuelo como para calcular y no lastimar a la mujer. No sé: el pibe la debe tener gigante. Viste que el Kamasutra habla de la mujer poco profunda se lleva bien con el que la tiene chica y a la vez la mujer más profunda con el hombre que la tiene grande. Me hizo acordar a esto.
PZ: Me estoy calentando un poco.
P: Leé a Ercole y te juro que te ponés como un pibe de quince en el bondi. Yo creo que los pendejos de quince años que no tienen el pito parado en el bondi son la excepción.
AM: Bueno, muy interesante, los dejo.
P: ¿El dialoguito se puso pornográfico?

Che P, ratón, yo hace más de un año te dije que tenías que invertir unos morlacos en editarlo a Ercole en nuestro país!
Con la canatidad de pendejas de 15, madres jóvenes que veo en el conurbano, ninguna afirmación tiene asidero. ¿Me explico o dibujo un croquis bonito?
diria que se puso hot!