Hernán Iglesias Illa retrata en la crónica Miami a una ciudad que escapa del lugar común que la ubica entre la frivolidad y el anticastrismo.
Por P.Z.
–No escuché a mucha gente decir miami, la mayoría dice maiami. En Cuba se dice miami, entonces lo pueden decir algunos recién llegados, pero los que llevan más tiempo en Miami dicen maiami.
Como muchos, Hernán Iglesias Illa sentía un cierto desdén hacia Miami. Una ciudad vinculada a la frivolidad y la liviandad, el polo opuesto de la cultura europea o el compromiso sudamericano, capaz de alojar la derecha recalcitrante cubana. Sin embargo, luego de una serie de viajes, el autor de Golden boys comenzó a advertir lo que aparecía por fuera del lugar común y, tal vez intentando descubrir si la ciudad le gustaba o no, comenzó a escribir esta crónica. Miami es a la vez un descubrimiento y un desafío: a lo largo de las páginas uno se reconoce en la mirada prejuiciosa que cree saber todo de una ciudad de la que ni siquiera sabe cómo la pronuncian sus habitantes.
–¿A quién está dirigido el libro?
–Como contiene la historia de mi cambio de opinión sobre Miami, el libro está dirigido a mi viejo yo y a la gente que conocía antes de ese cambio. Me pareció que había mucha gente en Argentina y en América Latina que leyendo el libro podía experimentar el mismo camino que hice yo. Gente que está lista para sorprenderse con una opinión nueva sobre Miami.
–Te lo preguntaba porque en varios pasajes que mencionás a la Argentina, la explicás mucho. Por ejemplo, indicás dónde queda una localidad del conurbano.
–Ese es otro tema, sí. Eso se debe a mi interés por que se publique en la mayor cantidad de países posible. Si decís Triple A tenés que explicar qué es. O dónde queda Martínez. Además es una cosa que hacen los gringos para ellos mismo: los autores no dan nada por sentado. Eso está bueno porque aún los tipos grosos no tienen problema de decir “esta ciudad, que está en tal lugar”. Me gusta eso como estilo. Me da gracia cuando en la prensa argentina o en blogs argentinos usan las muletillas “es sabido que” o “todo el mundo sabe”, como si uno al decir eso salva la tontería de volver a decirlo. Sobra la muletilla: no pasa nada por decirlo otra vez. La sensación que tengo es que la gente cree que si uno no aclara que ya lo sabía desde hace mil años es un ignorante. Es un poco agotador.
–Pensaba en qué otra ciudad podía tener una situación multicultural como se da en Miami y se me ocurrió que tal vez Kabul, claro que la realidad es otra. ¿Qué tiene Miami que permite que puedan convivir diferentes culturas?
–Primero, casi todos los inmigrantes comparten un idioma. Eso ayuda mucho. Hay una cultura a través del idioma. Pero no está del todo claro, porque también hay muchísimos europeos y cuando había un solo grupo, el grupo de los cubanos, la convivencia no era nada pacífica. Había mucha tensión. La relación entre cubanos, blancos y negros, era de mucha desconfianza, todo el mundo atento a ver qué estaba haciendo el otro. Desde hace 20 años, que coincide con la llegada de los europeos a South Beach y los latinoamericanos al resto de Miami, esto se ha relajado. De la misma manera que nadie comprende cómo se relajó en otras ciudades de Estados Unidos: New York, Chicago, Los Angeles. La tensión racial y el crimen han bajado muchísimo, no solamente en Miami. Tampoco nadie sabe bien por qué ocurrió todo eso, pero es un proceso contemporáneo a la inmigración. Yo creo que la inmigración ayuda: a pesar de lo que digan los antiinmigración, la inmigración tiene un efecto calmante en muchas cosas.
–Varias veces mencionás la frase “Miami, capital de Latinoamérica”: una ironía que Latinoamérica tenga su capital en Estados Unidos. ¿Podría existir Miami en América Latina?
–Nuestra idea de ciudad en América Latina es muy distinta a la de Miami. Tiene que ver con la plaza y la Iglesia y la Municipalidad y a partir de ahí la ciudad va creciendo hacia afuera. Están basadas en el centro y en estructuras sólidas que llevan siglos. En Miami todo es mucho más líquido, más fluido. En América Latina nos cuesta imaginar una ciudad nueva que tiene que crecer de la nada. Quien intenta competir con Miami es Panamá. Se ha modernizado mucho, tiene muchos bancos, hay aerolíneas que tienen sus centrales latinoamericanas en Panamá y Panamá se postuló cuando fracasó lo de Miami para ser sede del ALCA. En ese sentido, Panamá es una mini Miami. Cuando las bases navales de Estados Unidos se fueron hace unos seis o siete años, que estaban en el medio de la ciudad, se construyeron ahí una serie de rascacielos. Es una ciudad en movimiento que quiere posicionarse en un lugar central de América Latina. Si hay una competencia de Miami sería esa. Pero Panamá tampoco es un país tan latinoamericano.
American dream
–En el libro señalás cómo la ciudad vivió atada al ritmo de las burbujas económicas. ¿Nunca pudo independizarse de esa estructura?
–Por ahora no lo ha logrado. Pero te digo algo: hasta ahora ni siquiera lo había intentado. Miami vivió de las burbujas inmobiliarias. Las burbujas duran seis, siete, ocho años y se derrumban de golpe. Ya le pasó tres veces a Miami. Cuando llega el próximo ciclo hay gente nueva o la que está quiere volver a hacer guita. También hay burbujas de turismo: crecía muchísimo el turismo latinoamericano y después se caía de golpe como en los ‘80 y en los ‘90. Las industrias eran siempre cíclicas. La primera industria financiera fue la del lavado de dinero que venía de la cocaína y se acabó de golpe. Ahora, sin embargo, la ciudad ha tomado nota que necesita tener una actividad más estable. La crisis actual fue muy dura con Miami y en una Miami más vieja hubiese sido peor. Pero hay cosas funcionando que son independientes de la burbuja inmobiliaria, de la burbuja del turismo o de las burbujas financieras, pero todavía es un proceso. No digo que Miami pueda ser Singapur, Hong Kong, Berlín, para eso hay que consolidar las incipientes industrias del entretenimiento o la sociedad de información. Podrían desaparecer en cualquier momento si las cosas se dan mal.
–¿Que Miami sea “la ciudad del futuro” en qué medida la protege y en qué medida le perjudica?
–Miami siempre es la ciudad del futuro para sí misma. Aunque después cumpla o no, eso es menos importante. La gente que va a Miami va con la sensación de que le va a ir bien y tiene una confianza tremenda en la ciudad. Aún si en los hechos se cumple o no, si hay gente que fracasa y vuelve, el mito se ha mantenido. La gente llega con la esperanza de encontrarse una ciudad no necesariamente acogedora, pero sí una en la que está todo por hacer. Que si uno realmente se pone las pilas es muy difícil que le vaya mal. Durante muchos años ha sido verdad: el mito se realimenta. Como en todos los mitos hay un poco de verdad y un poco de exageración, un poco de maquillaje. Pero Miami también debería ser la ciudad del presente, que viva un poco más atada a la realidad. Siempre vivió de los sueños, de los mitos, de las grandes narrativas sobre sí misma. Ahora está intentando vivir un poco de la vida real.
–Me llama mucho la atención la cantidad de american dreams de argentinos inmigrantes que se cuentan en el libro. ¿Formaba parte de tu objetivo del libro?
–¿Sabés que no? Es curioso: vos hablás con gente y le decís “contame tu vida” y te la cuentan en formato de american dream. Empiezan con “llegué al aeropuerto con 20 dólares en el bolsillo”. Hay una narrativa flotando en la ciudad que esta gente la levanta y la usa para contar su vida. No era la idea inicial del libro pero de repente todas las historias iban yendo por ahí. De hecho no me di cuenta que todas tenían este patrón hasta que fui poniendo una al lado de la otra en las páginas. Es una narrativa muy fuerte en Miami.
–¿Cómo es visto el argentino en Miami? ¿El menemista? ¿ Arteche, el personaje de Plata dulce?
–Hay Arteches. Vas a la Río de la Plata Bakery en la Little Argentina y hay unos personajes increíbles. El estereotipo del argentino en Miami es el que vive cerca de la playa que está en Ball Harbour, los ves juntos y parecen medio chantas. Después hay decenas de miles de argentinos laburando y viviendo en el resto de Miami como cualquier otro. Músicos y artistas y de todo. Pero el estereotipo del que se toma un cafecito el jueves a las tres de la tarde en la confitería, completamente bronceado, con anteojos negros…
–Hace unos meses un escritor español me decía que con la emigración de 2001 en adelante, la figura del argentino chanta en España había cambiado por la de un argentino más laburador. ¿En Miami se da una relación similar?
–Posiblemente haya pasado una cosa así. La imagen de los argentinos en Miami es muy buena. Incluso los cubanos, que no respetan a nadie, que creen que todo el mundo es inferior a ellos, con los argentinos tienen respeto. Eso me sirvió a mí, porque llamaba a un cubano, un tipo grande, y a veces me daba la impresión de que me iba a dar 20 minutos porque era argentino. Pero la imagen de los argentinos, sobre todo en los últimos años que bajó la cantidad de inmigrantes, es una imagen más normal. Igual, los argentinos más famosos como Claudio González o Javier Ceriani son personajes fuera de serie. No son normales.
–A ellos les dedicás dos capítulos, son personajes increíbles. ¿Son más famosos que Susana Giménez?
–¿En Miami? ¡Sí! Creo que González, es dueño de un concesionario Toyota y está en todos lados. Todos los colectivos de la ciudad tienen la publicidad con la cara de González enorme. Y Javier Ceriani está en la televisión. Es un tipo rubio de pelo largo, muy llamativo, muy gracioso.
Ron y Coca-cola
–Es muy interesante el relieve de la política en Miami con respecto de Cuba. En una simplificación horrible de lo que vos contás en el libro, es posible que Bush ganara las elecciones por las repercusiones del caso de Elián González, el chico que debió regresar a Cuba tras la muerte de la madre en el mar. ¿Tiene tanta injerencia la comunidad cubana en la política de Estados Unidos?
–Pero la va perdiendo. En estas últimas elecciones, entre los cubanos McCain ganó por poco: creo que 55% a 45%. Pero con todos los latinoamericanos que hay en Miami, que ellos sí votaron a Obama, la influencia es menor. Creo que hay 300.000 puertorriqueños en Orlando: el voto hispano de Florida es cada vez menos cubano. Además los cubanos “más nuevos” son mucho menos republicanos que sus abuelos. Lo de Elián fue una bisagra. Mucha gente que tenía miedo de decir su opinión sobre los cubanos y muchos cubanos que tenían miedo de no estar de acuerdo con los “sabios de la tribu” empezaron a dar su propia opinión y a tratar de empujar enfoques distintos sobre la relación con Cuba. Para el exilio cubano [los cubanos más antiguos], la situación de Elián fue una humillación. Perdieron legalmente porque Elián se volvió a Cuba, y el resto de la ciudad y los Estados Unidos le dijeron “la ciudad no es de ustedes, la relación con Cuba no la dictan ustedes”.
–¿Puede haber progresismo en Miami?
–Depende qué tipo de progresismo. Como izquierda sí, pero no hay lugar para el populismo. Tampoco para el antiimperialismo ni para el nacionalismo latinoamericano. Socialmente es muy liberal y eso lo comparte con el progresismo argentino. Hay una nueva generación más liberal, la gente más joven vota a Obama, pero no es anticapitalista. Claramente no hay una épica de lucha de clases de ningún tipo. Como es una ciudad muy poco industrial no hay consciencia de clase como dirían los viejos marxistas. Los sindicatos son de trabajadores del Estado, de los hoteles. Miami puede hacerse más progre en muchas cosas. De hecho, la parte gringa de Miami es bastante progre: el Miami Herald, la Universidad de Miami, todo el circuito artístico, Coconut Grove, siempre ha sido lo que ellos llaman muy liberal, muy progre, casi hippie. El ala de más izquierda del partido demócrata. Pero mucha gente se ha mudado y ha perdido un poco el condimento progresista americano tradicional. Los blancos estadounidenses que en los ’70 eran el 70% de la ciudad ahora son el 16%. En ese sentido se ha perdido ese sabor. Podría ser más robusta culturalmente, pero es un proceso que cualquier ciudad puede hacer sin girar necesariamente hacia la izquierda o la derecha.
–¿Cómo te fue en la investigación con las diferentes comunidades? ¿Te trataron de manera diferente?
Las comunidades son muy difusas, son más grupos de amigos que otra cosa. No hay grandes comunidades. Obviamente los venezolanos se llevan mejor con los venezolanos, los colombianos con los colombianos, los argentinos con los argentinos, pero es muy abierto y si vas a cumpleaños con 15 personas hay gente de cualquier país. En general, la gente de Miami se copaba mucho con la idea del libro. Hay un gran complejo de inferioridad en Miami. La ciudad se siente un poco tonta y la gente que vive ahí que cree que la que vive en Bogotá o en Buenos Aires no los respeta porque viven en Miami. Tenían ganas de contar cómo es Miami y cómo había cambiado. Algunos se quejan todavía, pero hay ganas de defender a su nueva ciudad, sobre todo los que están más instalados. El complejo de inferioridad de Miami es impresionante. Es un poco enternecedor, una ciudad que quiere que la traten como un adulto y una ciudad seria.
–Me tiraste el título de la nota.
–Sí, está bien. Es que es así, estoy seguro.
–¿Quién es el otro en Miami? ¿Los negros, los haitianos?
–Yo creo que distinta gente tiene distintos otros. No es el extranjero: casi el 60% de la gente de Miami nació fuera de los Estados Unidos, ser extranjero es muy común. Pero para mucha gente, estoy pensando en lo que me decís de los negros y los haitianos, que son el 10% de la ciudad pero en muchas partes son invisibles. Invisibles porque hacen trabajos en el sector de servicios o porque ni siquiera van a esos barrios. No sé si hay un otro tan claro… Fidel. [Se ríe] Durante mucho tiempo el gran otro de Miami era el comunismo. Ahora no lo es tanto, pero durante mucho tiempo lo fue. En el sentido de qué es lo que te da energía y une a la tropa propia: el comunismo era una fuerza poderosa.
–Me llamó la atención que en la crónica no surja la Perestroika y la debacle soviética.
–Es que hasta el ’94, que fue la crisis de los balseros no hubo mucha influencia. Los cubanos tenían esperanzas de que la caída de la Unión Soviética acelerara la caída de Cuba, pero eso no ocurrió. Ocurrió un poco, en el ‘94 hubo protestas en la Habana y una crisis de inmigración que un poco gracias a las cuotas de inmigración entre Estados Unidos y Cuba pudo volver a la normalidad.
–¿Cómo se da la inmigración por el convenio?
–Fidel hace complicada la salida del país. Aplicás para salir y recién te dejan salir cuatro años después. Te mandan al campo a laburar la caña, si sos profesor te quedás sin laburo, te hacen la vida imposible. Después te vas, pero mientras llega el permiso definitivo son años jodidos para los que piden oficialmente irse. A los disidentes se les da más rápido el permiso, porque al castrismo le interesa sacarse de encima a los opositores. Una vez conocí a un hombre en South Beach que había llegado hacía cinco años junto con su tío disidente. El tío había pedido irse y le dijeron “bueno, se van todos los que estén viviendo en tu casa en el último año”. Los primos, primos segundos, sobrinos, todos se fueron a vivir con el tipo: eran como 18 viviendo en una casa de dos ambientes. El acuerdo tiene ya 15 años. La migración anual de un mínimo de 22000 cubanos es una cosa que se sabe poco, pero si uno piensa qué pocas crisis de balseros ha habido últimamente es por el sistema de vuelos y cupos que ha sido manejado entre Clinton y Fidel. El acuerdo vence y hay que negociar otro más complicado, no sé cómo vienen las prioridades de Obama, en principio era mejorarlo o mantenerlo.
–¿Qué va a pasar en Miami cuando muera Fidel?
–La gente se pregunta eso y cada uno contesta cosas distintas. Hay gente que Miami se va a llenar de cubanos en dos días, hay gente que cree que Cuba se va a llenar en dos días, las dos cosas pueden pasar al mismo tiempo. Depende de la velocidad del cambio en Cuba. Si la transición es más lenta, tal vez Cuba puede controlarlo mejor. La Habana era la vieja capital del Caribe, ahora es Miami. Estaría bueno que compartieran un poco el trono, que fueran ciudades gemelas en el sentido en que Miami es la nueva y pujante y La Habana es la vieja señora, elegante, imperial, la que tiene la clase para hacer otro tipo de gestiones. Pueden ser un poco complementarias.
Sin agenda política
–El libro tiene mucho humor, ¿cómo lo manejás?
–Me lo han dicho bastante y me encanta que me lo digan, pero ni en pedo fue a propósito. Se va eligiendo el tono y después empieza a haber margen para poner cosas así. Puede que sea una manera de protegerme, de seguir sintiéndome un poco superior a Miami. Supuestamente trato de comprender a la ciudad, pero cada tanto necesito burlarme un poquito como para mantener mi orgullo de intelectual porteño.
–¿Hay algún nexo entre Golden boys y Miami?
–Bueno, en los dos se desmitifica algo. Golden boys es un poco desmitificar a Wall Street y Miami es un poco desmitificar a Miami. Miami es un poco más personal, más ensayístico, Golden boys es más crónica clásica.
–No hay mucha presencia de gente pobre, como si tuvieras la mirada puesta sobre la riqueza.
–Es verdad. En Miami los pobres son generalmente los blacks –los afroamericanos– y lo haitianos. A veces pienso que podría haber insistido un poco más en contar esa parte en el libro que aparece mucho en la literatura académica, pero son dos grupos con los que me es difícil comunicarme por el tema del idioma. Con los haitianos es más difícil todavía. Para mí, contar a los colombianos es mucho más fácil que contar a los negros de Miami o a los haitianos. El tema del idioma es importante. No lo quiero usar como excusa, pero los libros que escriben los gringos sobre Miami tienen un defecto: cuentan mucho menos del Miami hispanohablante de lo que deberían, yo creo que es por el idioma. Ellos van a Miami y cuentan una parte muy pequeña de la ciudad porque por el idioma le cuesta acceder a la otra. En el libro cuento que en Miami hay como tres mainstreams distintos, tres ciudades que dialogan poco entre sí, gente que no cruza de una ciudad a la otra. No geográficamente, sino culturalmente. Para el que se acostumbra a uno o dos de esos circuitos le es difícil saltar al tercero.
” Golden Boys fue casi un aire fresco el contar la historia de estos ricos porque la crónica había tenido cierto énfasis en la marginalidad y en la exclusión. Uno siempre hace política, pero no me interesa tener una agenda política muy clara en lo que escribo. Si uno empieza a contar la marginalidad y sobre todo la gente perjudicada por sistemas económicos de distinto tipo, es difícil escapar de una narrativa claramente política. Igual creo que si en algún momento se me ocurriera una idea buena lo podría hacer, incluso sería un desafío. Pero he tenido mucha suerte: se me ocurrieron dos ideas de libros y los dos libros están publicados. Eso es un milagro. Hay que ver si se me ocurre otra cosa. La gente me pregunta “¿y ahora?” Nada, no tengo ni idea.
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Durante la lectura me costaba asociar que Miami esta en EEUU.
Interesante el libro y muy buen reportaje.
Saludos, Claudia
No te podes poner esa camisa amigo, no!
La camisa da muy “Miami” no?