En Me llamo Rojo, Orhan Pamuk (Nobel de Literatura 2006) narra el intento de modificar la realidad en medioevo otomano. G.B. vincula la novela de Pamuk a Auge y caída de las grandes potencias de Paul Kennedy.
Por Guillermo Belcore.
Con la misma expectación que me provoca una nueva temporada de Fringe o de La Ley & Orden UVE, o el próximo partido de Vélez en la Copa Libertadores, todos los meses visito mis librerías favoritas para descubrir las novedades que la industria editorial desparrama sobre las mesas. Pocas veces me siento defraudado. Realmente, los lectores argentinos somos afortunados en cuanto a la calidad y cantidad de libros publicados. No ignoro -claro está- el factor precio en la cuestión de la accesibilidad. En épocas de inflación descabellada, como la actual, el costo de vida roe nuestros bolsillos día tras día. Pero opciones no faltan.
Entre las sorpresas de marzo, veo que Editorial de Bolsillo reimprimió una novela que en su momento no sólo me cubrió de dicha; también me sirvió para reconciliarme con los mandarines de Estocolmo. Me refiero a Me llamo Rojo de Orman Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006 y el mejor escritor vivo de Turquía, según fuentes confiables.
Borges creía -o fingió creer- que la novela es una forma transitoria, como antes de ella fue la epopeya en verso. La sentencia, en mi humilde opinión, es errónea. Mientras haya historia, es decir mientras los hombres y mujeres que escriben se vuelvan hacia al pasado para examinarlo, habrá novela. Y Pamuk nos trasporta en alfombra mágica a uno de los escenarios más exóticos y cautivantes: la Estambul del siglo XVI, el corazón, aún vigoroso, del Imperio de la Sublime Puerta.
