Posts Tagged ‘Stephen King’

La pregunta por el lenguaje

Friday, March 12th, 2010

El prólogo de Stephen King a Mientras escribo: ¿puede un escritor de bestsellers hablar del lenguaje?

Por Stephen King.

mientras escriboA principios de los años noventa (es posible que en 1992, pero la diversión no se lleva bien con la memoria) formé parte de un grupo de rock con mayoría de escritores. Los Rock Bottom Remainders era una idea de Kathi Kamen Goldmark, publicista editorial y música de San Francisco. Los miembros del grupo éramos Dave Berry en guitarra solista, Ridley Pearson en bajo, Barbara Kingsolver en los teclados y yo en guitarra rítmica. También había un terceto de coristas femeninas, al estilo de las Dixie Cups, compuesto (salvo variaciones) por Kathi, Tad Bartimus y Amy Tan.

El grupo había sido concebido como simple flor de un día. Pensábamos ofrecer dos conciertos en la American Booksellers Convention, reírnos un poco, recuperar durante tres o cuatro horas nuestras disipadas juventudes y separarnos.

En realidad, el grupo no ha llegado a disgregarse del todo. Vimos que nos gustaba demasiado tocar juntos para no seguir, y, mediante la adición de un saxo y una batería (más la presencia inicial de nuestro gurú musical y alma del grupo, Al Kooper), conseguimos un sonido bastante aceptable. Digno de que cobráramos entrada, aunque fuera a precios de sala pequeña, no de U2 o la E Street Band. Salimos de gira, escribimos un libro sobre el grupo (con mi mujer haciendo las fotos y bailando cada vez que le apetecía, es decir, con frecuencia) y seguimos tocando a salto de mata con dos nombres, The Remainders y Raymond Burr’s Legs. La composición del grupo es variable (el periodista Mitch Alboom ha sustituido a Barbara en los teclados, y Al Kooper ya no toca con nosotros por desavenencias con Kathi), pero el núcleo hemos seguido siendo Kathi, Amy, Ridley, Dave, Mitch Alboom y yo, más Josh Kelly en la batería y Erasmo Paolo en el saxo.

Tocamos por amor a la música, pero también a la amistad. Nos llevamos bien y agradecemos la oportunidad, aunque sólo sea de vez en cuando, de hablar del oficio que compartimos, el de verdad, el que nos aconsejan constantemente que no abandonemos. Somos escritores, pero evitamos preguntarnos mutuamente de dónde sacamos las ideas. Sabemos que no lo sabemos.

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El terror de Sherezade

Thursday, January 21st, 2010

Una nueva serie de libros de bolsillo de Sudamericana permite encontrarse con lo mejor de Stephen King.

Por P.Z.

misery(Siempre creí que el Sultán comprometía su futuro asesinando a cada esposa después de la noche de bodas. Sólo veía el presente: que ellas no lo engañaran. Pero sin descendencia, ¿cómo sería el futuro?, ¿quién lo defendería cuando viejo y débil fermentaran las intrigas en el palacio?)

Sabemos que Sherezade se entrega al Sultán para evitar más muertes. Cada noche –“luego de cumplir con los deberes maritales”– le cuenta una historia llena de vertientes y recovecos y reserva el final para el día siguiente. Con esta pequeña artimaña –tan fácil de pensar, tan difícil de hacer–mantiene la atención del Sultán quien va posponiendo la sentencia hasta que, eventualmente, la perdona.

Lo que nos llega de Sherezade en Las mil y una noches son justamente esas mil y una: las noches. Pero, ¿cómo serían sus días, buscando con desesperación una trama interesante que aleje su condena por otras 24 horas más?

*

La película me dejó una impresión tal, que aún leyéndolo por primera vez sentí que ya había estado una temporada con este libro. Pero me pregunto qué cara le hubiera puesto a Annie Wilkes si hubiera leído Misery antes de ver a Kathy Bates en el cine Metro, casi 20 años atrás.

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Café literario de verano

Wednesday, December 23rd, 2009

Un nuevo “dialoguito” con la participación Guillermo Belcore (periodista de La Prensa, administrador de La biblioteca de Asterión y columnista en este blog). La idea disparadora es recomendar literatura para el verano: Belcore recoge el guante y habla de novelas oceánicas, P recomienda crónicas y clásicos, y PZ no puede reprimir volver a Stephen King. Para el final la pregunta que debería haberse hecho al principio: qué es la literatura para el verano.

P: Recomendanos tres novelas oceánicas para este verano, con una justificación de tres líneas cada una.

GB: [Sin dudar] ¿Leíste La fiesta del chivo de Vargas Llosa?

P: ¿Por qué la tendría que leer?

GB: Porque la novela de dictadores es un clásico en América Latina. Contar la historia de Trujillo, el dictador de la República Dominicana, es interesante de por sí. Además creo que es un alarde de técnica narrativa. Usa el relato paralelo, como Coppola en El padrino, que te cuenta varias historias al mismo tiempo y después convergen.

P: Cómo La tía Julia y el escribidor que en un capítulo va y en otro viene.

GB: No está tan marcado, me parece. No recuerdo la estructura.

PZ: ¿Leíste La maravillosa vida breve de Oscar Wao?

GB: Sí, me encantó.

PZ: Tiene el eco de Trujillo.

GB: Bueno, es la historia de un negro americano.

P: [A PZ] ¿Una novela oceánica o libros para recomendar para el verano?

PZ: Dejame pensar.

P: ¡No! [Golpea las manos con urgencia] Sos librero, loco.

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Duma Key

Thursday, August 20th, 2009

Por P.Z.

duma key Difícilmente pueda leerse “ingenuamente” a Stephen King después de la publicación de Mientras escribo. Un libro bisagra: un testimonio que, con una honestidad brutal, evidencia los mecanismos que pone en juego, la forma en que vincula hechos disconexos, la manera en que utiliza la “caja de herramientas”. Además, luego de Mientras escribo, parecería que King se hubiera esforzado especialmente en conseguir grandes novelas, como Cell, La historia de Lisey y Duma Key.

En el tiempo en que escribía Mientras escribo, King sufrió un accidente de tránsito –lo atropelló un conductor imprudente– que lo dejó en silla de ruedas y en una dura rehabilitación. De todo lo que dice en aquel libro, hay algo que no revela: ¿escribe para exorcizar sus demonios?

El protagonista de Duma Key –narrada en primera persona– es Edgar Freemantle, un exitoso y rico empresario de la construcción que asistió intempestivamente al fin de su carrera: su camioneta fue aplastada en una obra por una grúa de doce pisos. Con él adentro. Perdió el brazo derecho –no usa prótesis–, la cadera rota, la pierna derecha casi inutilizada. Pero el peor mal que sufre es una afasia severa que lo convierte en víctima de ataques de ira al punto perder el sentido, coquetea con el suicidio e incluso ha llegado a tratar de matar a su mujer, ahora ex mujer, en dos oportunidades. Primero intentó ahorcarla con su única mano, luego trató de acuchillarla con un cuchillo de untar.

Tras estos episodios, el psicólogo le recomienda un cambio de aire, por qué no se va por un tiempo a Florida. También lo empuja a pintar: “Edgar, ¿hay algo que te haga feliz?” “Solía dibujar”. “Retómalo”.

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Cell

Friday, February 20th, 2009

cell de stephen kingPor P.Z.

Se podría generalizar en una regla: cuanto más simple es el origen del terror, más efecto provoca.

El primero de octubre de un año indeterminado. Clayton Riddell, “un joven sin importancia especial alguna para la historia”, pasea por el parque. Son las tres de la tarde, Clay disfruta del sol aunque ansía volver a casa (está en Boston donde le van a publicar una novela gráfica; vive en un pueblito de Maine) para reencontrarse con su hijo. Un camioncito de helados, de esos que vemos en las películas, estaciona cerca y Clay se pone en la cola, detrás de una mujer con un perrito y dos chicas adolescentes que parecen salidas de las Chicas Superpoderosas.  Mientras esperan ser atendidas, las tres hablan por teléfono celular. Por supuesto, en el parque muchos otros también hablan por teléfono. Pero, como si fuera una característica de dibujantes, Clay no tiene.

De pronto, sin nada que lo hiciera prever,  se desata una furiosa guerra entre la gente. Un hombre mata a un perro a mordiscos, otro se acerca blandiendo una cuchilla al tiempo que se corta a sí mismo, un bus turístico atropella a cuanto peatón se cruza, la mujer y las adolescentes se trenzan en una pelea que termina con los cráneos rotos. A lo lejos se oyen explosiones y caen aviones.

Como puede, Clay escapa y se refugia en un hotel junto a un puñado de sobrevivientes.  Allí llegan a la conclusión de que todos los que hablaron por celular recibieron un pulso electrónico que les borró el cerebro (como un formateo de un disco rígido) y los dejó dueños incontrolables de una ira asesina.  La “enfermedad” se propaga a la velocidad de la luz: ¿quién que tuviera un celular no lo habría usado para llamar a sus seres queridos en medio de semejante caos?

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