El prólogo de Stephen King a Mientras escribo: ¿puede un escritor de bestsellers hablar del lenguaje?
Por Stephen King.
A principios de los años noventa (es posible que en 1992, pero la diversión no se lleva bien con la memoria) formé parte de un grupo de rock con mayoría de escritores. Los Rock Bottom Remainders era una idea de Kathi Kamen Goldmark, publicista editorial y música de San Francisco. Los miembros del grupo éramos Dave Berry en guitarra solista, Ridley Pearson en bajo, Barbara Kingsolver en los teclados y yo en guitarra rítmica. También había un terceto de coristas femeninas, al estilo de las Dixie Cups, compuesto (salvo variaciones) por Kathi, Tad Bartimus y Amy Tan.
El grupo había sido concebido como simple flor de un día. Pensábamos ofrecer dos conciertos en la American Booksellers Convention, reírnos un poco, recuperar durante tres o cuatro horas nuestras disipadas juventudes y separarnos.
En realidad, el grupo no ha llegado a disgregarse del todo. Vimos que nos gustaba demasiado tocar juntos para no seguir, y, mediante la adición de un saxo y una batería (más la presencia inicial de nuestro gurú musical y alma del grupo, Al Kooper), conseguimos un sonido bastante aceptable. Digno de que cobráramos entrada, aunque fuera a precios de sala pequeña, no de U2 o la E Street Band. Salimos de gira, escribimos un libro sobre el grupo (con mi mujer haciendo las fotos y bailando cada vez que le apetecía, es decir, con frecuencia) y seguimos tocando a salto de mata con dos nombres, The Remainders y Raymond Burr’s Legs. La composición del grupo es variable (el periodista Mitch Alboom ha sustituido a Barbara en los teclados, y Al Kooper ya no toca con nosotros por desavenencias con Kathi), pero el núcleo hemos seguido siendo Kathi, Amy, Ridley, Dave, Mitch Alboom y yo, más Josh Kelly en la batería y Erasmo Paolo en el saxo.
Tocamos por amor a la música, pero también a la amistad. Nos llevamos bien y agradecemos la oportunidad, aunque sólo sea de vez en cuando, de hablar del oficio que compartimos, el de verdad, el que nos aconsejan constantemente que no abandonemos. Somos escritores, pero evitamos preguntarnos mutuamente de dónde sacamos las ideas. Sabemos que no lo sabemos.

Difícilmente pueda leerse “ingenuamente” a Stephen King después de la publicación de Mientras escribo. Un libro bisagra: un testimonio que, con una honestidad brutal, evidencia los mecanismos que pone en juego, la forma en que vincula hechos disconexos, la manera en que utiliza la “caja de herramientas”. Además, luego de Mientras escribo, parecería que King se hubiera esforzado especialmente en conseguir grandes novelas, como 
