Tomás Abraham y Luis Diego Fernández participaron en un panel sobre la actualidad de la filosofía en Argentina.
[Segunda parte; leer la primera parte]
¿Se sienten llamados a definirse políticamente?
LDF: Uno siempre hace algún tipo de expresión política con sus textos, con sus actitudes, con un artículo, con un post en un blog. Siempre hay una idea política por detrás.
Igual quiero decir que están apareciendo muchas cosas, es una charla muy nutritiva. Una idea que surgió es cómo es visto un filósofo por gente que no es filósofa, como acaba de contar Tomás, qué sucede cuando lo invitan a una conferencia. O que un político suele sumar a un filósofo por un tema de prestigio, por un tema de espiritualidad. Razones que son sumamente interesantes para pensar. Sumo a un filósofo para prestigiarme o para darme algún tipo de legitimidad. Lo que implica que minan la filosofía de santidad: que un filósofo tiene más que ver con un santo, que te meten con un rabino o un cura para darle un poco más de nivel a la charla. Es interesante porque es una idea platónica, en definitiva todavía están viendo al pensador como alguien que está fuera del pueblo, alguien que no está interactuando con el día a día. Uno también trabaja, se toma un colectivo o un subte, uno está interactuando con el mundo siempre.
Después hay otra idea: cómo pensar un país que no tiene tradición filosófica. Francia tiene una tradición filosófica clara, al igual que Alemania. Pero cómo es hacer filosofía en un país como Argentina que no tiene filósofos. Tiene muchos pensadores que no responden a una tradición filosófica. Hay grandes escritores, grandes poetas, grandes intelectuales, pero no hay una tradición filosófica. Uno que se define como filósofo hace filosofía sin tradición. Es como un huérfano; está respondiendo a otras tradiciones.



