¿Qué pasaría si un día recibieras una carta de tu padre en donde te atacara con toda la amargura de ancianidad?
¿Qué pasaría si un día recibieras una carta de tu padre en donde te atacara con toda la amargura de ancianidad? Es una pregunta para hacerse durante la lectura de La desolación. La nouelle de Yasmina Reza se construye con el monólogo furioso y desencantado que un padre le lanza al hijo cuando se entera que éste se ha covertido en “un militante de la felicidad”.
La vejez es un estado liminar: un umbral, un pasaje. Samuel supo ser un exitoso hombre de negocios, avasallador, una de esas personas que se llevan el mundo por delante. Y ahora se dedica a mantener su jardincito, lamentándose por haber perdido esa intensidad mientras espera que se termine la vejez. Pero hay en esa falta, sin embargo, una libertad. Samuel comprende que es libre de decir lo que piensa, aunque eso implique perder a un amigo de años, aunque eso implique conmocionar a su hijo. Samuel no quiere hacer docencia, no quiere interpretar el papel de abuelo bueno que deje enseñanzas (si ni siquiera recuerda el nombre de su nieto): Samuel quiere vivir lo que sabe son sus últimos días sin obligaciones. Samuel ya no cree en nada, salvo en el atractivo horror de la vida misma.
Se ha señalado a Yasmina Reza como discípula de Beckett –bueno, su protagonista se llama Samuel…–. Yo considero que La desolación tiene un evidente soporte existencialista: “Te habría preferido criminal o terrorista antes que militante de la felicidad”, le dice al hijo. ¿Por qué está en contra de la felicidad? Porque la felicidad te deja confortablemente adormecido, anula la desesperación que te lleva a escapar de la cómo trampa de la seguridad de la clase media… hasta que ya es demasiado tarde.
