No hay futuro

28-05-2009 | ,

Por P.Z.

pizarra terranovaConstruida a partir de entradas breves –como notas en un blog u oraciones en Twitter–, Mi nombre es Rufus se asemeja a una pintura impresionista. Señala el emergente del momento, aparentemente sin tiempo para reparar en la forma que subyace.

Birmania es una banda punk conformada con el esquema clásico de cuatro integrantes. Un guitarrista –el narrador, nunca conoceremos su nombre; en realidad, casi no sabremos nada de él: todo lo que diga de sí estará en relación a la música–, un baterista que le roba a Copeland, un bajista virtuoso, y un cantante que antes de unirse a la banda pasó una temporada en el Borda. Birmania es pieza fundamental de Mi nombre es Rufus –de hecho el título del libro es también el título de un disco de la banda que homenajea al pornostar italiano Rufus Signorelli–, pero más que hablar de la banda y sus integrantes, la novela transita la relación con la música –como protagonista o paisaje– que mantuvo y mantiene la generación que creció, soñó –compró cassettes en Parque Rivadavia, pogueó en recitales, lloró la muerte de Walter Bulacio– y se decepcionó durante las décadas del ’80 y ’90.

La cultura argentina es muy sensible a la sentencia: “Las ideas no se matan”, “Y que los eunucos bufen”, “Perón construye, Evita dignifica”, “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. La fuerza del punk está en esa tradición. Es una fuerza epigramática.

Del no future inglés al no hay futuro del conurbano bonaerense. ¿Consideró Malcom McLaren alguna vez cómo resonaría la muerte de Sid Vicius por estas latitudes? ¿Lo hizo Anthony Burgess cuando dijo que la pobreza, en el sentido tercermundista, era algo que los punks no habían conocido nunca? La novela de Terranova invita a reflexionar sobre estas cuestiones. Y –por qué no– también invita a no reflexionar: a subir el volumen del grabador y saltar por un rato escuchando a Clash.

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