Me hirve la cabeza

18-06-2009 | ,

Sobre La Maldición de Jacinta Pichimahuida, de Lucía Puenzo
Por P.Z.

I

Mire este video:

Tal vez no haya reparado en él, pero ahí estaba, corriendo en el recreo. Pepino era uno de los extras, un chico que soñó con llegar a ser protagonista de Señorita Maestra, pero que apenas obtuvo unas poquísimas líneas haciendo de tartamudo. Pepino se llama Ricardo, pero tal como le ocurrió a todos los chicos del programa, nadie lo llama por su nombre real –ni siquiera él mismo–, todos usan el nombre con el que fue rebautizado.

La fama, la identidad. Si uno no aparece en la tele <o en Google, para aggionarnos un poco> no existe. O peor: se existe mientras se está en la tele. ¿Qué sucede cuando el programa termina, cuando ya no vuelven a contratarlo? Aferrarse al recuerdo de la existencia: vivir en el pasado idílico en el que el éxito estaba siempre asegurado.

Pepino fue la creación de su madre. Ella lo empujaba a los estudios, insistía en convertirlo en actor. Ella lo entregaba, lo regalaba. Pero también se entregaba a sí misma: no dudaba en acostarse con quien fuera necesario–fuera un adulto o un chico– para que Pepino ascendiera en la tira. El era la razón de su vida. En una relación simbiótica, él se debía a ella. Hasta que apareció Santa Cruz.

II

la maldición de jacinta pichimahuidaLa novela comienza con el encuentro entre Pepino y Twiggy camino a La Plata. Un amor rotundo, que rompe con todo lo que vivieron hasta ese momento. Formaban una pareja dispareja, bizarra: ella, alta y delgada – como Twiggy–; él, un petiso que no tenía atributos destacables. Se conocieron viajando a ver a Francisco Bochaton. En realidad, ella iba para ver a Kabusacki; en realidad, él iba para matar a Bochaton: “Todos los que alguna vez fueron grandes deberían tener a alguien dispuesto a matarlos en el momento justo. Ellos no pueden ver su decadencia. Ese es nuestro deber”.

La fama, la identidad. Twiggy estuvo a punto de ocupar el lugar que luego ocupó Lorena Paola. Hizo el casting de Cantaniño. Buscaban una gordita –en esa época era bastante gordita– y su voz cautivó al jurado. Pero entró Lorena Paola y la desbancó. Desde aquel momento Twiggy vivió a la sombra de la otra, sin llegar a ser nadie. Y ahora se encontraba con Pepino que fue alguien por un momento y luego se desvaneció.

Pepino no alcanzó a cometer el asesinato que Cortázar concibió con Glenda. A último momento se contuvo: si lo hacía nunca podría hacerle el amor a Twiggy. Terminaron pasando la noche en un hotel de Plaza Italia. Temprano a la mañana, Pepino miró por la ventana y vio lo impensable: el maestro Santa Cruz paseaba con un guión bajo el brazo. Santa Cruz: el mismo que había muerto dos años antes.

III

El universo de Señorita Maestra tenía un Dios. Santa Cruz gobernaba como un dictador. En sus manos estaba la decisión: fama u ostracismo. Nadie se animaba a enfrentarlo, eso significaba el fin del personaje. El alumno se iba a otra escuela, o lo echaban. Y sin embargo, cuando Pepino –cuando la madre– había conseguido una línea de diálogo, cuando ya se vislumbraba el éxito, Pepino se negaba a decir su frase. Se suponía que tras una golpiza, él debía decir “yo no soy nadie”. ¿Cómo alguien que quiere ser puede decir que no es?

Lejos de echarlo, Santa Cruz comenzó a pensar que Pepino podía ser quien lo ayudara en la ejecución de un plan ambicioso.

– ¿Vos sabés quién es Zeus? – le había preguntado Santa Cruz ese mismo día, antes de que su mamá irrumpiera en la oficina.

–Un… ¿dios? –arriesgó Pepino.

– El más grande de todos los dioses. Hijo de Cronos, nieto de Urano. Pero hasta Zeus tiene un destino al que está sometido… ¿Por qué te creés que quería embarazar a cuanta mujer se le cruzara? Buscaba expandirse a través de sus hijos. Quería ser un hacedor de destinos. Si yo no tuviera pudor haría lo mismo que Zeus. Lo pondría en mi lápida: Santa Cruz, el hacedor de destinos…

La actuación de Pepino en las cámaras nunca ganó relevancia. Sin embargo, había otro guión, uno que Santa Cruz le daba cotidianamente y que se cumplía con perfección. Pepino actuaba la vida real junto con el resto de los personajes de la tira. Pero el único que sabía lo que estaba pasando, el único protagonista era él.

Y ahora, veinte años más tarde, Pepino se cruzaba con esa aparición fantasmagórica en la calle que parecía volver para darle vida. O para terminarla. Uno a uno, aquellos viejos protagonistas de Señorita Maestra empezaban a morir.

IV

La Maldición de Jacinta Pichimahuida, aprovechándose de la mitología de la desgracia televisiva –citemos como ejemplo a Blanco y Negro–, vuelve con ironía sobre la sociedad que necesita de una fábrica de nuevos dioses del Olimpo en serie como motor de subsistencia.

Quisiera seguir escribiendo, pero me hiiiirve la cabeza.

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