El prólogo de Fantasmas de Malvinas

24-07-2009 | ,

Hoy, viernes de prólogos, traemos la invitación inicial de Federico Lorenz a acompañarlo a buscar los Fantasmas de Malvinas.

¿Es posible volver a un lugar en el que nunca se estuvo? Entre la crónica y el ensayo, Fantasmas de Malvinas propone “desandar nuestra propia historia”; volver a Malvinas, a ese pasado doloroso que no deja de incomodar cada vez que se lo recuerda.

Federico Lorenz revive en estas páginas la guerra de 1982 a partir de las imágenes y sensaciones que despertaron en su memoria sus recorridos por las islas. Cartas, testimonios, artículos periodísticos, lecturas, pasajes literarios y conversaciones se articulan con inteligencia y sensibilidad para contar la experiencia de visitar un territorio donde los límites temporales y materiales, así como las fronteras entre los vivos y los muertos, se diluyen.

Invitación: Volver a Malvinas

Por Federico Lorenz

¿Se puede volver a un lugar en el que nunca se estuvo? ¿Es posible caminar nuevamente por senderos que jamás conocieron nuestros pies, pero que nuestros oídos, nuestros ojos, nuestros sueños transitaron muchas veces? La Historia ha hecho que muchos de nosotros hayamos estado en las islas Malvinas sin haber siquiera llegado al archipiélago, hasta que un azar, un plan, o un deseo realizado, nos llevan un sábado al mediodía a aterrizar en Mount Pleasant, a sentir cómo nos sellan el pasaporte, precio mínimo a pagar para que las ráfagas de un viento prohibido nos azoten la cara como en nuestra propia casa.

 

Eso es lo que yo hice, y sobre esa experiencia es este libro. En marzo de 2007, un documental radial para la BBC me dio la posibilidad de viajar a las islas: debía registrar las experiencias de un historiador en su visita al archipiélago. Para hacerlo dialogué con isleños, acompañé a ex soldados mientras visitaban sus antiguas posiciones y contemplé los cielos de las islas que cambian minuto a minuto, solo para agregar un poco más de misterio a un lugar plagado de ellos.

Los textos que van a leer son un viaje dentro del viaje. Son las imágenes que despertaron en mi memoria mis recorridos por las islas. Algunos los escribí mientras estaba allá; otros, a mi regreso. La mayoría, como problema, estaba allí mucho antes de que la posibilidad de viajar a las islas existiera.

 

Hace solo minutos que pisé Malvinas. Mientras vamos rumbo a Puerto Stanley en la camioneta que nos traslada, me pregunto si de verdad es la primera vez que me encuentro con esos cerros. ¿Por qué brotan sus nombres de mi boca: Harriet, Two Sisters, Sapper Hill…? Los historiadores, casi por definición, visitamos lugares que no conocemos: somos exploradores de lo que ya no es, constructores de mapas que llevan, muchas veces, a las ruinas de ciudades amadas, a los vestigios de una lucha, a la tumba de seres queridos. Pero sería un error pensar que viajamos hacia cosas muertas, que solo nos espera el frío del más allá al final del viaje. Nuestras preguntas, traducidas en deseos y acciones, encuentran respuestas y ecos allí donde solo debería habitar lo pretérito e inerte.

Malvinas es la encrucijada para convocar a las ánimas, la tumba nunca cerrada del todo de un fantasma inquieto. Nuestras preguntas, que son nuestro viaje, no hacen más que acudir a la llamada de una historia que no termina de irse. Viajar a las islas, entonces, significa desandar los pasos de nuestra propia historia: como en un flashback, aun quien viaje por primera vez a las Malvinas, estará volviendo.

Acaso, conjeturo mientras reviso mis notas, escucho mis cintas, veo mis fotos, nunca nos hayamos ido del todo de allí.

Y entonces, nosotros también tenemos algo de fantasmas.

 

Cuando le conté a mi hijo que viajaba a Malvinas, se le llenaron los ojos de lágrimas porque pensó que me iba a la guerra. Me costó convencerlo de que ese viaje, en 2007, era notablemente más seguro para los argentinos que un cuarto de siglo atrás. Sucede que hay una experiencia acumulada en relación con las islas que remite directamente a la muerte: quién sabe por cuánto tiempo, probablemente la mayor relación que tendremos con las islas estará asociada a la derrota de 1982, y a las vidas truncas de cientos de jóvenes.

Malvinas remite a los suicidios y a la dictadura militar, tanto como a las banderas en los balcones, las encomiendas y el heroísmo aislado en los pozos de zorro. El nombre evoca el antiimperialismo, el despojo, viejas imágenes de gauchos resistentes, de conciliábulos nacionalistas a mediados del siglo XX y, también, de sentimientos y causas aprendidos en las escuelas. Sea lo que sea, lo más probable es que al hablar de Malvinas en lo que menos pensemos sea en los cerros, en sus costas, en su economía, sus pingüineras o sus habitantes.

Malvinas es la guerra. En lugares del país muy distintos de Buenos Aires, los días de la batalla son tan cercanos que aún se guardan en los oídos ruidos de sirenas, oscuridades de apagones y dolores de escuadrillas que no retornaron. Los ramales ferroviarios cerrados en los noventa también vaciaron para siempre las estaciones de donde muchos jóvenes partieron y a las que algunos jamás regresaron.

Malvinas, durante mucho tiempo, será la guerra, aunque esta ya haya terminado. Viajar al archipiélago, entonces, es también volver a aquellas luchas, aquellas angustias y decisiones vividas en pozos, en cuchetas y en cabinas. A las ausencias irremediables transmitidas por una lista desde una radio.

 

De regreso de las islas, las sensaciones son profundas, mas no confusas. He pisado la tierra y acariciado las heridas de las rocas. El viento, bramando entre las cruces, me trajo las voces de los idos y de los silenciados. El frío del verano en el que estuve no es distinto del de Bahía Lapataia un día nublado en la misma época.

Pero pisar Malvinas es, sobre todo, pisar y volver tangible aquello que muchos dicen que es “imaginario”: es recorrer una idea de Nación deshecha entre las piedras, enterrada entre la turba o ahogada en el Atlántico. Es ver el lugar donde fracasó una forma de concebir y valorar la vida de nuestros compatriotas –la vida humana en general– y de reconocer a los jóvenes cuando se los entroniza como hacedores de la Historia, para ver qué sucede con ellos cuando ese instante pasa. Es el escenario ideal para ver la eficacia de la escuela pública, porque qué duda cabe que los muertos y los vivos de Malvinas construyeron allí su pertenencia nacional y social, tanto como las nociones de deber que los llevaron a arriesgar y en muchos casos a perder la vida.

Pero esto es mucho más fácil de decir que de hacer.

 

Algunos solo pueden imaginar la nación con “N”. En ese humor, la Argentina, o el país que sea, es un espacio físico y cultural esencial. Habría entonces una cantidad de elementos inmodificables que nos definen como nación, entre ellos el territorio, pero también la Historia, la música, las costumbres, por ejemplo.

Otra forma de entender a la nación es presentarla como una construcción: desde el Estado u otros actores se impulsan “ficciones orientadoras” que crean identidades colectivas que organizan y dirigen los comportamientos de los individuos. Esta interpretación, en gran medida, surgió como reacción a la primera, puesto que la visión esencialista de la nación produjo, entre otras cosas, muchos de los episodios más violentos de nuestra historia. Esas ficciones son poderosas: todavía hoy sostienen a una maestra que iza una bandera en lugares donde uno ni siquiera iría de paseo.

Entre una visión y otra, entre Escila y Caribdis, entre la esencia y lo relativo de cualquier comunidad imaginada, navegan los viajeros: las mujeres y los hombres que viven y mueren, y forman una comunidad. Viven una relación con ese imaginario, con el lugar que habitan, con la historia de ese lugar, que consideran más o menos justa, pero propia.

Desde ese lugar de la experiencia es que hice mi viaje a Malvinas. Desde la pregunta acerca de lo que une a las personas, en qué episodios o lugares se encarna. Hice mi viaje a las islas con la concepción de que una nación es una historia que se vive, y es ese vivir lo que orienta las formas en las que habitamos un lugar y nos relacionamos con los otros. Una nación es parte de un proceso que a lo largo del tiempo ha ido acumulando algunos elementos y valores distintivos que nos identifican de otros colectivos, sin que esto debiera implicar valoración alguna, sino reconocimiento de la diferencia.

Sé, también, que muchas veces no ha sido así, que precisamente la definición de esas diferencias facilitó masacres y exclusiones.

Pero también alimentó las resistencias que las enfrentaron.

Viajar a Malvinas es, pues, viajar hacia el pasado, que además es el pasado vivido. Un tiempo pretérito atravesado por la sangre y la masacre interna, la “guerra civil larvada” que definió Tulio Halperin Donghi. Como el Estado, el principal agente de la barbarie, utilizó la simbología nacional hasta el exceso, la reacción crítica a este gesto fue proporcional. Miles recuerdan las banderas y los himnos, pero también los sentimientos que la guerra convocó. Otros miles recuerdan el silencio hostil ante las críticas por el desembarco.

Malvinas es, sobre todo, una gran pregunta, rara mezcla de orgullo, dolor y, para muchos, vergüenza. No obstante, hay algo que definitivamente no es: frente a las rocas en las que nuestros compatriotas murieron, frente a las cruces, con o sin nombre, resulta difícil pensarla solo como una construcción o como algo completamente imaginado.

 

A la hora de discutir o al momento de recordar, las islas tienen aún muchísima fuerza. ¿Por qué Malvinas sigue presente con tanta fuerza en el imaginario argentino? Hay un desafío en esta pregunta, frente a la que a veces se prefieren salidas fáciles. En todo caso, como señala el antropólogo Alejandro Grimson, “la constatación de la persistencia de elementos en la larga duración no implica imaginar supuestas esencias. Sin embargo, el espanto que provoca que la persistencia sea confundida con esencias no debe evitar esas constataciones”.

Una de las formas de responder a esa pregunta, y de superar ese espanto, es viajar a las islas. Transitarlas caminando sus senderos, hablando con sus habitantes, pero también con sus sobrevivientes. Quien lo haga descubrirá que un primer viaje al archipiélago tiene más de regreso que de descubrimiento. La mayoría de las veces, los diálogos que entablemos tendrán mucho de introspección.

Una excursión semejante puede ser un incómodo proceso. Los esencialistas nos ven como traidores, viven nuestras preguntas y dudas como ataques a su religión. Pero, a la inversa, los que nos tildan de tales por revalorizar las preguntas sobre los vínculos organizados en torno a las Malvinas, entre ellos los nacionales, son adoradores de otro tipo de esencias: son fundamentalistas de la deconstrucción. En definitiva, unos y otros nos cierran las puertas de un Cielo del cual solo ellos –supuestamente– tienen el mapa, las claves y los secretos.

 

Si un historiador especialista en la guerra de Malvinas escribe un libro sobre su viaje a esas islas, ¿el resultado es un libro de Historia? Creo que sí: fueron mi sensibilidad, mi formación y mi información sobre un tema los que me hicieron elegir unos lugares y no otros, unas miradas por sobre otras posibles.

Escribo sobre mi viaje a Malvinas desde la idea de que la experiencia organiza, reúne y moviliza. Idea previa alimentada por lecturas, conversaciones, escrituras y vivencias, pero sobre todo por la voluntad de escuchar. Escuchar, en política, en Historia, debería significar, antes que nada, eso: escuchar, y no estar esperando a que nuestro interlocutor termine de hablar para decir lo que de todos modos queríamos decir. No ha sucedido así en relación con la guerra de 1982, y sobre tantos otros temas.

Es una pena. Porque la capacidad de escucha hace que las voces, pero también los sonidos y las imágenes, ganen en densidad y profundidad. Como en un palimpsesto, las postales del viaje van revelando capas sucesivas de cosas vistas y vividas: el óleo bajo la fotografía, el tono sepia bajo los colores, una aguamarina borrascosa bajo un páramo. El paisaje de la fotografía deja de ser plano y estático para transformarse en una película en la que entran y salen las cosas y las personas. Las voces y las lenguas se confunden en un discurso a veces armónico; otras, cacofónico, pero siempre rico.

Cualquier aproximación literal a Malvinas resulta insuficiente y pobre. Nuestra historia reciente ha estado plagada de miradas de este tipo, provenientes tanto del campo académico como del periodismo, de los divulgadores, de las escuelas y de la política. Las vidas humanas que la guerra tocó merecen de nuestra parte el homenaje de un esfuerzo mejor.

 

La historia compartida es una de las formas de construir una comunidad. La indagación histórica busca, entre otras cosas, los elementos que nos vinculan a determinados elementos del pasado –u ofrece señales para encontrarlos–. Al elaborar un relato histórico (lo que no significa buscar “orígenes”), se puede aportar elementos simbólicos, objetos culturales, personajes, canciones y sucesos que proporcionan vías para nuestra identificación como parte de una comunidad, o para la participación en proyectos colectivos. Marcas y huellas que resistieron incendios, masacres y proscripciones, que pasaron décadas representando sentidos, y que sostienen en secreto los lazos entre los vivos y los muertos, entre el pasado y el presente.

Pero esas huellas y los valores que las mujeres y los hombres buscan en la historia no son abstracciones, sino que tienen carnadura humana y remiten a experiencias sociales concretas, a hechos históricos: una movilización, un golpe, una guerra, la suma de los días transcurridos en una fábrica. La apelación a ideas abstractas como la patria o el patriotismo republicano, la clase, la nación, la democracia, son solo vaguedades si al nombrar cada uno de esos conceptos no podemos reconocer formas concretas de imaginarlas, vivirlas o actuarlas, tanto en el pasado como en el presente.

Es por esta misma vaguedad que tirios y troyanos coinciden en un punto: en relación con las Malvinas han consolidado interpretaciones ideales que son los bastiones seguros desde los que se enfrentaban –en el mejor de los casos– con sus adversarios ideológicos. Esas fortalezas a veces tienen murallas tan altas que se transforman en el único horizonte que sus defensores ven.

Las abstracciones son peligrosas. Construyen entelequias, modelos de sociedades que como tales no existen, pero desde las que se juzgan otras formas diferentes de ver la realidad, o los procesos que las personas vivieron en el pasado. Siempre serán una vara muy alta.

Al emerger de experiencias violentas, como una guerra, una dictadura o una revolución, distintas concepciones ideológicas buscan ya “refundar”, ya “recuperar” las relaciones sociales y la historia. Para el caso es lo mismo: tanto para “empezar de nuevo” como para “recuperar lo perdido”, hay que hacer tabla rasa del pasado, que es condenado o, inversamente, ensalzado hasta volverse, en ambos casos, irreconocible. Hacer las cosas de este modo salva las conciencias sobre responsabilidades pasadas o desaciertos en las elecciones políticas y las conductas, pero a cambio deja a los sobrevivientes de los procesos históricos en el lugar de la escoria de la fundición.

De seres humanos que viven sus memorias pasan a ser resabios de las ideas y residuos de los procesos históricos que se busca dejar atrás. No es justo ni para la mayoría de los compatriotas que murieron, ni para la mayoría de los que sobrevivieron. También es hacer tabla rasa con ellos.

Yo no puedo hacer eso. Yo estoy orgulloso de muchas personas y de muchas cosas. Repudio la guerra de 1982 pero me enorgullezco de mis compatriotas conscriptos que en Malvinas encontraron tiempo –mientras padecían la ineficacia de sus mandos, a veces a sus propios oficiales, y buscaban comida– para ser compañeros de sus compañeros y aun para combatir al inglés. Estoy orgulloso de los jóvenes conscriptos que salieron de su casa en lugares que ni siquiera figuran en los mapas porque aprendieron que era su deber. Los respeto porque después de la guerra, además, hallaron el tiempo no solo para enfrentar el silencio y la marginación, para difundir lo que habían hecho y velar la memoria de sus muertos, sino para que nadie la pisotee, ni con banalizaciones que los transforman a todos en Sargentos Cabrales en un extremo, ni con simplificaciones que los confinan a los campos de concentración presurizados de la república perfecta del otro, solo porque visiones limitadas ven en ello un peligro y en cada monumento a los caídos, un homenaje a Videla.

Ambas cosas son robos y vejaciones, saqueos del campo de batalla de la memoria por los cuervos de todas las guerras.

Yo estoy orgulloso de muchas de las cosas que vivió y protagonizó mi pueblo, y avergonzado y dolorido por otras tantas, pero antes que tirar todo a la basura prefiero dedicarme a aportar para separar la paja del trigo, para que entre otras cosas ningún asesino sea contrabandeado entre los que deberíamos honrar. Pero, también, para que reconozcamos y respetemos con la misma intensidad a los que sintieron que todo era un despropósito y una locura, y se opusieron a eso y enfrentaron la condena social por no cumplir con ese mismo deber, porque también hubo que ser muy valiente para eso.

Para que podamos reflexionar, además, sobre las marcas comunes a lo largo del tiempo, clavos oxidados y aparentemente olvidados de los que mucha gente colgó y sigue colgando su ropa cuando vuelve de trabajar, de estudiar, o antes de irse a dormir.

Es muy fácil pedirles magnanimidad a los derrotados y a los marginados, cuando no son ni la propia vida ni la propia historia la que habrá que descartar para perdonar. Por eso, con vidas humanas de por medio, esto puede oler demasiado a una ofensa más.

 

Viajar a Malvinas desde este lugar de respeto y desde el pasado vivido es para mí una tarea vital: consiste en dar pelea por símbolos que muchos compatriotas valoran, respetan y honran, y a los que atan sus formas de entender su pasado e imaginar su sociedad. Acaso, hasta de imaginar un futuro. Las islas Malvinas y los temas asociados a ellas son solo un nombre en una lista de lugares de la memoria latentes que una banda histórica de avivados sigue usando en beneficio propio para lavar culpas y mantener privilegios. Y otra, para legitimar con su omisión lugares de prestigio intelectual desde donde se fijan las reglas del arte y de la política, desde donde diseñan cartografías de la memoria donde muchos lugares y sus habitantes son el País del Nunca Jamás.

Por eso estoy sentado aquí ahora, en una camioneta con volante a la derecha, rumbo a la casa donde voy a vivir una semana en las islas.

Si eso no es una relación histórica con el pasado, no sé qué es.

 

Algunas cosas son más sencillas de lo que las hacemos. Uno de los cuentos que más nos gusta leer con mis hijos es “Desafío mortal”, del chaqueño Gustavo Roldán. El piojo y el puma se trenzan en un combate desigual porque el insecto se siente agraviado por algo que en realidad no sucedió: el puma pisó su sombra, el piojo lo desafió a pelear, y este se rió de su insignificancia.

–Pero, don piojo –dijo el elefante–, un piojo no puede pelear con un puma.

–Ya sé que no, pero las cosas tienen su límite. Y creo que se estaba pasando de la raya. ¿Sabe, don elefante? A veces los bichos chicos tenemos que defender a muerte la dignidad. Si no resistimos, si no defendemos la dignidad, entonces sí que estamos listos. Y un buen piojo no puede permitir que nadie le pise la sombra.

A mis hijos les encanta esta historia porque relata una actitud digna. Sostener que existe una dignidad que es histórica no es ser esencialista: es reconocer que hay mujeres y hombres que la actuaron en momentos históricos concretos, y que de eso se puede estar orgulloso y se puede aprender. Y que la alimentan desde una forma de entender el mundo con la que se identifican.

El cuento de Roldán puede funcionar como un test meridiano antes de comenzar el viaje a Malvinas:

a) ¿Dónde dice “piojo” tachó y puso “Argentina” y donde dice “puma” reemplazó por “Gran Bretaña”? Error.

b) ¿Dónde dice “piojo” tachó y puso “mis compatriotas” y donde dice “puma” reemplazó por “los que hablan y escriben por ellos”? Vamos bien.

 

Elegí hace mucho tiempo no olvidar a los muertos y continuar preguntándome por el pasado. Es una disputa con los que les ponen la ropa que quieren, o los tiran a una fosa común con sus explicaciones. No es un buen lugar este, no es cómodo, pero es el que considero propio. Puede ser inclusive el más gratificante: encontrar huellas que muestran que el pasado se transmite y se retoma, indicios de un continuum, descubrir que no todos los lazos están rotos allí donde la magnitud del daño haría pensar lo contrario.

El viaje a las islas, volver a Malvinas, me recompensó holgadamente por una gran cantidad de sinsabores. Bastó pisar ese lugar para encontrar otro espacio de mi imaginario hogar, para que las llaves, los acertijos, los mapas secretos y los santos y señas mediocres desaparecieran.

Es suficiente con llegar a las islas, y estar atento, para que el horizonte se abra ante nosotros: hay otras señales que buscar, otras consignas a las que hay que atender. Este libro de viajes se llama Fantasmas de Malvinas e invita al lector a pensarse un poco como tal, pues el viaje al archipiélago es una visita a un pasado signado por la Muerte.

Porque, entre otras cosas, para un fantasma el tiempo no es importante, pero el espacio sí. El lugar, para el fantasma, es su razón de ser tanto como la muerte que lo transformó en tal y le niega el reposo. Y esto no tiene que ver con cuestiones territoriales, sino vivenciales.

 

La Muerte y la Historia se llevan muy bien, pero acercarse al pasado puede ser otra cosa que un funeral. Puede ser la posibilidad de que un relámpago ilumine los ojos de los idos, convocados por una pregunta, que abra sus bocas cegadas por el barro o el agua. Nadie puede robarnos un lugar si lo vivimos de ese modo. Un lugar que no necesariamente es físico, sino más bien nuestro sitio en la historia.

Los diálogos con los muertos, o sus visitas, son uno de los temas más viejos de la literatura. Sarmiento evocó al fantasma de Facundo, y sentó la matriz para pensar la política argentina vigente aún hoy; Shakespeare hizo que el fantasma de César visitara a Bruto en la víspera de su muerte.

La Primera Guerra Mundial, con su horrorosa e inédita masividad, estimuló la imaginación de soldados y poetas, que recordaron ese viejo tráfico con los caídos. Entre los cráteres de la artillería y el barro pestilente, paridos entre las alambradas, nacieron nuevos modos de contar la masacre y pensar la guerra. Pero fue sobre todo el paisaje bélico el que se modificó para siempre.

También se siente allí la presencia de los idos. Es otro puente con el pasado. Arthur Conan Doyle perdió a su hijo durante la Gran Guerra: dedicó el resto de su vida a impulsar estudios espiritistas, acaso para seguir junto a él, tal vez para pedirle perdón. Rudyard Kipling, otro escritor británico, la pluma del Imperio, escribió a favor de la guerra y utilizó cuanto medio de presión tuvo hasta que su hijo fue enviado al Frente Occidental, solo para que muriera a los pocos días de llegar. Parece que era muy corto de vista y se asomó por un talud para espiar las trincheras alemanas.

Tras la guerra, Kipling escribió epitafios para los caídos. Uno de ellos dice:

Si alguien pregunta por qué murieron,
contéstenle: porque nuestros padres nos mintieron.

Es bueno preguntárselo: ¿qué se frustró en Malvinas? ¿Algo se realizó? ¿Vuelvo, efectivamente, a un lugar en el que nunca estuve? Visitar Malvinas, ¿es una forma de enterrar a nuestros muertos, los de esa guerra y los de otras? Visitar el cementerio de Darwin, ¿impedirá que la guerra siga matando en cada suicidado?

Hay muchas cosas por responder, muchas respuestas por escuchar. Muchas preguntas por hacer. Un viaje, sin duda, es una forma de pregunta. Volver a Malvinas es otra, teñida del regreso a un pasado propio y extraño a la vez.

Esta, lector, es la invitación. Pero antes, dos preguntas: ¿qué hay en tus valijas? ¿Para qué, para quiénes, dejaste lugar?

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