:: Poesía ::

La soledad de Katherine Mansfield

30-09-2009 | ,

Miguel pinta un retrato de Katherine Mansfield a partir del poema “Soledad”.

Por Miguel Fochesatto.

katherine mansfieldYa hacen casi veintiocho años del primer encuentro que tuve con un libro de Katherine Mansfield titulado En una pensión alemana. Libro que fue publicado en 1911, cuando contaba ella con sólo 21 años de edad y, aunque en determinado momento, reniegue de este libro considerándolo demasiado prematuro, enteramente juvenil y que era una mentira, en mí -si mal no recuerdo- inmediatamente despertó un interés particular, muy lejos de los motivos por los cuales me lo habían recomendado. Luego quedé definitivamente impresionadado con la lectura de dos relatos breves titulados “Je ne parle pas française” y “Felicidad”, aparecidos por el año 1920. Quedé deslumbrado, definitivamente cautivado.

En sus cuentos siempre iba mejorándose, jamás podría uno suponer un conformismo, que había llegado a una meta ni nada por el estilo, si no todo lo contrario: dejaba bién en claro en su obra la presencia de la insatisfacción que sentía con su técnica. Más aún: esa misma insatisfacción era trasladada para con ella misma, para con su comportamiento, con su actitud hacia la vida.

Nunca me interesé en su “vida privada” -por expresarlo de alguna manera-, me sentí mucho mas atraído por la relación que aparentemente existía desde su mundo interior con la escritura. Trabajaba para perfeccionar y desarrollar su estilo destruyendo toda frontera posible. Mirar incluso desde el afuera -como espiando por una ventana- la prisión en que se encontraba. A pesar de su aparente fragilidad era de una fortaleza inusitada. Una persona notable y de una extraordinaria inteligencia que llegó a ser comparada con las más grandes figuras del realismo ruso, incluyendo a Chejov.

Era dueña de un talento singular. Un talento que le permitía revelar lo subyacente que existe en los pequeños actos casi desapercibidos en la vida cotidiana de las personas y de mirarlos y desmenuzarlos sin piedad. Un aspecto que me remite a Marcel Proust: me resulta casi inevitable no pensar en él.

Recuerdo haber leído que ella manifestaba que la literatura de menor nivel tiene solamente un objetivo didáctico, pero que la más grande de las literaturas no sólo tiene un objetivo estético y didáctico, sino también un objetivo creador. Esta actitud creadora, como solía llamarle, exigía permanentemente destruir viejos patrones. Los viejos detalles -aunque ella los viera de la misma manera- , de una manera u otra tenían un patron diferente. Decía que era fundamental hacer participar al lector, comprometerlo en una experiencia real e iluminadora. No quería comunicar su visión del mundo si no la actitud que producía en ella esta visión. Así es como su actitud, muchas veces indiferente, negativa, pasiva, desesperanzada, siempre tuvo la lucidez propia de un genio.

Casi al final de su vida se dio cuenta de que la manera de pensar, el carácter y la personalidad de un escritor, necesita más crítica antes que la corrección y perfección de su escritura. Soñaba y se ilusionaba con un renacimiento mental y espiritual que le permitiera influir en la vida de sus lectores, no tan sólo mostrar en los cuentos un reflejo de ella. Creía que no podía haber limitaciones, que necesitaba derribar todos los fantasmas, uno a uno. Y que podía ver un campo tan grande para las sutilezas de observación, que hasta un Henry James podría parecer miope.

Particularmente creo buscaba incansablemente y con un compromiso tan real como conmovedor un conocimiento que se encontraba fuera de su vida porque, como parecía sostener en sus discursos, la vida espiritual es todavía nosotros mismos, nuestro pequeño yo, mezquino y egoísta. Siempre  -o casi siempre- estamos contemplando nuestro propio ombligo, no podemos ver más alla de la punta de nuestra nariz. Necesitaba para sí una vida espiritual desprovista de religión. No quería ser víctima de una visión parcial impuesta desde la infancia, desprovista de toda calidad dinámica. Siempre hay que intentar separar lo fino de lo grosero como lo verdadero de lo falso, separarnos de la ilusión injusticada de la calificación simplista de los hechos, olvidar la idea de consolarnos que es igual a dormirnos y cometer uno de los grandes pecados: vivir una vida de prestado, una vida que no es mi propia vida. Hay que despojarse de todo tipo de condicionamientos: es absolutamente necesario si queremos ser personas libres para elegir la vida que realmente queremos.

Por -para- eso necesitaba estar siempre fuerte, disponer de una energía vivificante en contraposición a las energías negativas que la tiraban hacia abajo y que no le permitían seguir trabajando activamente, creativamente. Hay que separarse, decía, de las oleadas de pensamientos que nos gobiernan: no quiero estar limitada a mis sentidos, a mi conciencia física. No le bastaba, era un aspecto que había que trascender. Quería vivir como le habían recomendado: tener la vista de águila no la de un sapo.

Otro aspecto notable en Katherine Mansfield era su capacidad de asombro, a veces sentía miedo de no reconocerse más, de que todo se borrara, que desapareciera y que corriera detrás de sí, desesperada y anhelante, con angustia y miedo de no volverse a encontrar. Se dice que cerca del final de su vida había adquirido una profunda y extremada desconfianza hacia lo que llamamos nuestras ideas, nuestra inteligencia, nuestra razón, nuestro saber, nuestro conocimiento… nuestras convicciones.

A veces tengo la impresión que estuvo sola. En este camino que eligió recorrer, como suele suceder con los grandes escritores, a pesar de estar acompañada paradójicamente estuvo sola. Una soledad a la cual temía pero que también amaba profundamente como a su mejor amiga, la que nunca la abandonaría, la que siempre la comprendería. Este sentimiento se refleja en un poema que no puede titularse de otra manera que “Soledad”. El estado en el que casi ha vivido toda su corta vida.

Soledad

Ahora es la soledad quien viene de noche
en vez del sueño, a sentarse junto a mi cama.
Como una niña cansada espero oir sus pasos,
y la miro mientras sopla la vela suavemente.
Se sienta sin moverse, ni a izquierda ni a derecha
gira, y rendida, rendida deja caer la cabeza.
También ella es vieja; también ella ha peleado la pelea.
Así, con laureles está adornada.
A través de la triste sombra la marea que baja lenta
surca una costa estéril, insatisfecha.
Sopla un viento extraño…después silencio. Estoy lista
para aceptar la soledad, tomarle de la mano,
aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
se llene con el terrible monótono de la lluvia.

Nació en Wellington, Nueva Zelanda el 14 de octubre de 1888 y falleció en Fontainebleau el 9 de enero de 1923,en el sur de París, en una hermosa mansión alquilada por el Sr. George I. Gurdjieff, el “maestro de danzas” como le agradaba ser llamado, donde habitaban “los filosofos del bosque”.

Tags: ,

6 Responses to “La soledad de Katherine Mansfield”

  1. claudia says:

    Como siempre, un lujo!

    Gracias

  2. Juan says:

    Una escritora que tocó mis sentimientos más profundos cuando leí “El canario”.

  3. miguel says:

    Juan, volví a leer “El canario” y quedé nuevamente encantado, realmente me sentí conmovido. Gracias por recordármelo.

  4. Germán says:

    Muy acertada interpretación del espíritu de Mansfield…
    Hay una edición de bolsillo de sus cuentos completos muy accesible y sumamente recomendable.
    Gracias por la reseña.

  5. Yese says:

    Holaa veo que algunos leyeron el canario, quisiera saber que opinan o si me podrian ayudar con un breve resumen para poder terminar mi ensayo :(

  6. Lala Whiteside says:

    De todo lo que leí de Katherine Mansfield, tengo un recuerdo muy vìvido de una de sus short stories: “Bliss”, agridulce, una felicidad con un dejo de amargura.

Leave a Reply