Con una trama atravesada por la poesía, el asesinato, el incesto, la guerra, la nueva novela de Paul Auster vuelve visibles los hilos que sostienen la vida: el amor, la ética, el arte.
Por P.Z.
Cuando leo a Paul Auster no espero que me sorprenda. La estructura de sus novelas, en general, se repite: una historia que se desovilla y que a su vez desovilla otra en su interior. A veces como mamushkas, a veces como un castillo de naipes donde las cartas se intercambian originando nuevas figuras. Cuando leo a Paul Auster no espero que me sorprenda, pero sí espero calidad en aquello que voy a leer: una trama inteligente, con matices y sutilezas, cautivante, generosa con el lector, erudita pero no arrogante, con ciertas dosis de buen sexo, con personajes reales. Más allá de la complejidad del argumento, espero que el centro de gravedad pase por un dilema moral que me cuestione. Espero, también, asomarme a las ideas políticas y artísticas que defiende Auster.
Eso que espero está presente en Invisible.
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Invisible se ocupa del año 1967 en la vida de Adam Walker, en una biografía que se construye con una multiplicidad de voces. Walker es un estudiante de Literatura que fantasea con una vida bohemia consagrada a la poesía cuando conoce a Rudolf Born, un profesor francés invitado a dar clases en la universidad. Las evidentes diferencias en cuestiones políticas y personales no son impedimentos para que Born le proponga a Walker que dirija una revista de poesía. Aunque Walker no confía plenamente en el francés, acepta el trabajo porque le aseguraría a Walker un presente sin sobresaltos.
Sin embargo, una noche, los protagonistas de esta asimétrica amistad salen a pasear por la ciudad cuando son asaltados. Rudolf, con fluidez felina, saca del bolsillo una sevillana y apuñala al ladrón. Todavía está vivo cuando Walker corre a llamar una ambulancia, pero al regresar no encuentra a nadie: el cadáver amanece sin testigos en un parque, la saña con que se terminó el trabajo quedaba evidenciada en más de diez puñaladas. Para cuando Walker decide acudir a la policía, Born ha regresado a París.
Esa muerte –ese asesinato– impresiona vivamente a Walker. La reacción de Born frente al robo fue un exceso. ¿Es que la única manera de defenderse de una agresión es oponiendo un ataque mortal? ¿Por qué el encarnizamiento posterior? Walker quiere hacer algo, ¿pero qué? ¿Justicia por su propia mano? ¿Viajar a Francia para vengar a la víctima?
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Invisible es una historia de fracasos. Una publicación que no llega al número uno, un estudiante dispuesto a apostar su “futuro promisorio” para hacer justicia (lo que él para él es justicia) en nombre de quien trató de robarle, un encuentro entre antiguos amigos que queda trunco, un amor tan perfecto como insostenible – un amor entre hermanos–, una autobiografía que no se puede narrar en primera persona, una guerra perdida.
Las últimas novelas de Paul Auster están atravesadas por la guerra. Desde Brooklyn Follies, que termina con el atentado a las Torres Gemelas, hasta Un hombre en la oscuridad, donde abuelo y nieta miran por tv cómo el camión del novio de ella estalla en Irak. Las novelas contienen denuncias explícitas a Bush. Auster no reserva ni la menor crítica para con él. En Invisible retoma el tema, pero el mensaje a la Casa Blanca sale cifrado: sin referencia al presente en el Golfo, el reloj regresa -como en un eterno retorno- a la peor derrota de Estados Unidos: Vietnam.
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Auster demuestra pericia para cuestionar los criterios morales del lector: desapruebo el asesinato, pero no puedo sentir lo mismo con la relación incestuosa de los hermanos. Adam Walker no es un personaje “cómodo”, en todo caso. Invisible se lee con la guardia en alto.
Hay, con todo, un punto bajo en la novela y es la imposibilidad de sostener la ambigüedad que tan bien mantiene a lo largo de todo el texto. El final se desdibuja en un maniqueísmo; podría decirse que allí el activista venció al escritor.
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Hacía más de diez años que no leía una novela de Auster. Transité ese momento de leer en un año todas las novelas que había publicado hasta entonces.
Esta vez el título me llamo la atención y la trama también. Auster no me defraudó. Me sorprendió como un narrador de su talla que a esta altura está lleno de mañas, puede salir de la comodidad, apostando al compromiso. Porque eso es lo que hay en Invible un compromiso con la palabra, forma y contenido se funden de manera perfecta.
Al mismo tiempo reaparece en este Auster maduro la preocupación por la relación del escritor con lo escribe, para qué escribir, por qué escribir, planteos profundos que en tiempos de tanta banalidad literaria no deja de sorprender.
Auster está comprometido, con la literatura, con la política, con las palabras. Auster es un gran narrador.