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Los crímenes de una generación

18-02-2010 |

Javier Sinay reúne en Sangre joven seis asesinatos cometidos por adolescentes, casos que conmovieron a la sociedad como la masacre de Carmen de Patagones donde un chico disparó a quemarropa a sus compañeros en el aula o el violador serial de La Plata apodado como el hombre araña.

Por P.Z.

–Vos, cuando estés escribiendo, pensá que tenés a mi hijo mirando y juzgando desde el Cielo.

Javier Sinay entrevistaba por segunda vez al padre de un hijo asesinado en una escuela de Carmen de Patagones. Buscaba ahondar un poco más en el perfil del chico: en lugar de eso se encontró con un reclamo que lo conmocionó y que todavía hoy lo sigue interpelando.

javier sinay

Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez reúne seis casos policiales protagonizados por adolescentes. Un fresco que, lejos de ensayar la moralina de controlar panópticamente a una juventud “violenta”, intenta interpretar las pulsiones que la atraviesan y los excesos que devienen en tragedia.

Los casos, producidos entre dos mil dos y dos mil ocho, cobraron cierta relevancia pública y los medios se ocuparon de ponerles un título: el crimen del teatro, el caso del hombre araña, el crimen de la calesita, la masacre de Carmen de Patagones, la asesina del diario íntimo, el asesinato de Chascomús. Sinay vuelve a ellos sin la urgencia de la noticia del día para darles un nuevo tiempo, reconstruye los hechos y da volumen a las personas que los diarios convirtieron en personajes unidimensionales: “Si mirás a una persona bien de cerca se rompen los estereotipos”.

El proyecto de Tusquets llegó luego de años de batallar en periodismo: notas en suplemento , colaboraciones para V de vian, en Madhouse, en LaMaga.com, en Rolling Stone (“en Rolling Stone me metí en lo que es el periodismo de cultura joven, que sería periodismo de rock y un poco de sociología; un poco de vida real y un poco de vida en el escenario”). La primera experiencia fuerte de Sinay en policiales fue para la televisión. “En dos mil cinco y dos mil seis, trabajé en Forenses y Fiscales, que eran dos programas de contenido documental policial. Fue un año entre los dos programas en el que hice solamente periodismo policial”.

–¿De qué te ocupabas?

–Buscaba historias, entrevistaba fiscales, testigos, policías, médicos forenses. Con esas entrevistas y unas recreaciones se armaba más o menos la historia del crimen. Eran crímenes reales ocurridos en Argentina en los últimos 15 años. Siempre me había gustado el género policial pero nunca había trabajado fuerte con eso. Cuando estuve en Forenses y Fiscales me copé con las historias policiales reales. Si me gustaban las de ficción, las historias reales me parecieron apasionantes. Yo quería hacer casos de jóvenes en Forenses, pero o no estaban cerrados o no eran atractivos. Quería hacer algo: no sabía si hacer notas o llegar a un libro, pero quería mezclar el mundo de la cultura joven y el mundo policial.

–¿Estas crónicas salieron publicadas en otro lado?

–Sólo la de Carmen de Patagones, que publicamos una versión más breve en Gatopardo, aunque fuimos con la idea de hacer el libro: se la vendimos a Gatopardo para financiar el viaje. La de Federico Medina [asesinado en el boliche El Teatro] me la había dado el editor de Rolling Stone cuando pasó el crimen, a fines de dos mil tres. No la pude hacer un poco por falta de experiencia. Hay una técnica: es una pavada, muy breve, se aprende rápido. Una técnica de saber cómo meterse en un caso, con quién hablar, por dónde entrar. Yo no la tenía tan aceitada. Por otro lado, el caso era reciente, la gente no quería hablar. Pero quedó como el caso paradigmático, era el número uno. Cuando empecé con esto, ese era el primero de mi lista.

la asesina del diario íntimo

–Recién hablabas sobre el rock y el periodismo joven y hay mucha música en el libro.

–Yo quería contar los crímenes, hacer un relato con algo de suspenso, acercarme a las historias policiales que me interesaban, pero una segunda intención más profunda, era retratar a esta generación que también era la mía. Estos casos ocurrieron del dos mil dos al dos mil ocho. Yo en dos mil dos tenía veintiuno o veintidós años. Muchos de estos chicos en dos mil dos, dos mil tres, dos mil cuatro tenían esa edad. Es parte de mi generación: yo quería hablar de mi generación. Me pareció interesante hacer un mapa con lugares, productos generales, música. Por eso se cuenta lo que veía en televisión “el hombre araña”. Contar esas cosas: situarlo en este momento y en este lugar y que eso también sirviera para que en veinte, treinta años, se pueda ver cómo vivían los jóvenes a principio de siglo en Argentina.

–En cada crónica se ve claramente quién es la víctima y quién el victimario, pero hay un momento en que parece darse vuelta. ¿Te interesaba hablar del victimario como víctima?

–Las historias me fueron llevando a eso. Meterme, investigar, conocer a los victimarios, conocer a las víctimas. En el medio hay un acto terrible que es el homicidio, no lo justifico ni lo perdono, pero por ahí antes de ese acto los victimarios eran gente común que no habían pasado por una experiencia límite ni se habían puesto un cartel en la cabeza. Hay dos casos en los que apareció eso: Andy, la chica del diario íntimo, y el del hombre araña, el chico de La Plata. Son personas, son seres humanos, multifacéticos. Andy se droga y mata pero también escribe un diario íntimo y va a la escuela haciendo dos años a la vez. El hombre araña violaba y murió en un tiroteo, no quiero restarle dramatismo a estas cosas horribles, pero también miraba Pokémon con sus sobrinos y quería ir al Parque de la Costa. Me pareció sorprendente descubrir esas cosas porque iban iluminando otras caras de estos personajes.

–No sólo hay un único costado nefasto, tienen mucha ingenuidad.

–Leyendo los diarios se ve eso, pero si mirás a una persona bien de cerca se rompen los estereotipos. Antes de hablar con Andy la tenía encasillada en piba chorra, cumbia, drogas y delitos. Después me sorprendió. Incluso le conté a la fiscal del caso que ella decía que en la cárcel pudo rehacer su vida, que si no estaría tirada en un zanjón. La propia fiscal dijo “qué sorpresa que la cárcel le sirvió a alguien”.

–¿Cómo influyeron las entrevistas con los protagonistas en las crónicas?

–Primero, se rompe el estereotipo. Cuando leía los casos en los diarios, parecían completar casilleros: pibes chorros, peleas de borrachos. Los diarios no te cuentan mucho más. Segundo, creo que la tragedia de un asesinato aparece en el cuerpo de alguien. Aparece cuando hablo con sus amigos, con sus familiares, especialmente las madres. Te das cuenta de que esto no es una mentira: acá había un chico que todos querían y que ahora no está más. También se va a formar en el cuerpo del victimario. Al constituirse en un cuerpo, la historia es verdaderamente dramática, me ponía mal, adquiría cierto peso en mi conciencia. Me daba cuenta de que estaba trabajando con materiales de cuidado.

Entonces Sinay cuenta el encuentro que lo conmocionó:

–-Me pasó en Carmen de Patagones. Estaba en la casa de los padres de un chico muerto. Fui dos veces, a las once de la noche porque trabajan. La primera vez me contaron un poco sobre el chico, pregunté lo que quería preguntar y me fui. Quedé en volver al día siguiente o dos días después para hacer preguntas más generales. Cuando volví el padre del chico que me dijo “vos la otra vez viniste, preguntaste y te fuiste, pero nosotros nos quedamos mal, se nos fue el hambre, para nosotros es durísimo hablar de esto, está siempre presente pero no lo hablamos”. El también estaba disconforme sobre la cobertura que habían hecho los medios y se descargó conmigo. Tenía razón: yo no era el responsable de la cobertura de los medios pero era un representante. Entonces le pregunté –ni tan tranquilo ni tan canchero–“Tomás, tenés razón, entiendo lo que me decís, pero igual me recibiste y estoy acá, ¿cuál sería la manera correcta en la que yo debería hacer mi trabajo para contar esta historia?”. El me dijo “vos cuando estés escribiendo pensá que tenés a mi hijo mirando y juzgando desde el Cielo”.

”En ese momento me corrió un escalofrío. Ahora también. Fue muy duro. Ya se habían hecho las doce de la noche, tenía unas siete cuadras hasta el hotel y caminé esas siete cuadras con la cabeza retumbando, no me podía sacar esas palabras de la cabeza. La verdad es que estuvo bueno que me lo dijera. Me hizo pensar que si yo tenía una balanza donde poner por un lado dramatismo, realidad, tragedia y por el otro cultura pop, anécdotas juveniles –las dos cosas que hay en este libro–, el platito que tenía la parte más blanda de la investigación no tenía que ser más pesado que el otro. No tenía que olvidarme que yo estaba trabajando sobre historias tristes y reales. Eso lo apliqué a los otros casos: siempre pensaba escribir con respeto.

–Respeto traducido ¿cómo?

–Viste que a veces los cronistas se ponen en un lugar medio canchero, miran la realidad con mordacidad, con cinismo. A mí no me gusta mucho escribir así y tal vez no me sale, pero especialmente en este tipo de notas traté de evitarlo. Incluso en la corrección final borré algún que otro guiño chistoso.

–¿Cómo vivió la gente de Carmen de Patagones que un periodista volviera para contar la masacre de la escuela?

–A la gente no le gusta hablar de ese asunto, quedó muy perturbada. Creía que iba a tener una nota servida en bandeja, que iba a poder hablar con cualquiera, con los pibes de esa división, y no fue así. De hecho, de esa división pude hablar con uno solo y con otro en off, el resto no me dio bola. Con los padres de los chicos heridos y fallecidos tampoco fue fácil, no querían hablar de eso. “Dejame pensarlo, qué enfoque le vas a dar”. Ir, tocar el timbre, volver, no fue fácil para nada. Yo creo que hay una sensación incómoda mientras no se sepa bien qué es de la vida de Junior, dónde está. Incluso una de las madres me dijo “Junior va a cumplir 21 años, por ahí se le da un régimen abierto”. Los tiene mal. El mismo padre que me dijo todo eso también me dijo que los chicos creen que van a volver a ver a Junior de nuevo con un arma en la mano.

el edificio donde el hombre araña dio el ultimo golpe

Narrar la muerte en primera persona

–En las seis crónicas hay una puesta difícil de tu presencia. Estar pero no pasar a primer plano. ¿Qué problemas te supuso evitar una presencia excesiva?

–Al principio lo escribí en tercera persona porque no me gustan las notas escritas en primera, un poco porque no me gustan esos cronistas mordaces. Creé un personaje que era un periodista, un maniquí de lo que soy yo, lo escribí todo con este personaje. Cuando terminé de escribir, me dije que el género crónica necesita la primera persona: yo me tengo que hacer cargo de esto. Me parece que me salió relativamente bien, empezó con ninguna presencia mía y le fui metiendo de a poco tímidamente. Creo que si escribiera otro me excedería un poco más con el yo.

–¿Qué textos te quedaron afuera?

–Uno que tengo a medio escribir era el caso de Sol y Luli. Dos amigas: una murió apuñalada y acusan a la otra. Me hubiera gustado incluirlo porque eran chicas de clase alta. No pude, primero porque no había llegado a juicio, y segundo, porque sólo podía hablar con los abogados, nadie quería hablarme y mucho menos Lucila, la protagonista absoluta. Después hice entrevistas del caso de Ariel Malvino, el chico que murió en Ferrugem presuntamente golpeado hasta la muerte por unos chicos chetos de Corrientes. Me gustaba la idea de un paraíso fatal, pero tampoco hablaban los chicos sino los abogados para contar que eran unos verdaderos ángeles, cosa que yo dudaba mucho. Ariel fue de vacaciones con dos amigos que volvieron y podrían contarme la historia, pero no quisieron. Entonces no tenía ni de un lado ni del otro. El tercer caso fue el de los skinheads que mataron a un chico darkie en Réquiem. Pasó en dos mil cinco. Estaba toda la cosa de las tribus urbanas. Pero el tema es que había sido una patota de quince skinheads, diez habían sido investigado, cinco habían llegado a juicio y dos estaban presos. Era un poco pesado.

–¿Te pasó de tener miedo en alguno de los lugares?

–No. Por ahí cuando trabajaba en la tele tenía que buscar cosas en lugares que no me gustaba meterme. Acá, como era el maestro de orquesta, si algo no me gustaba no lo hacía. No me sentía tan presionado por conseguir el asunto. Por ahí, con un jefe arriba que te pide el asunto sí o sí te ponés más presión. Me parece que esa es una diferencia: creo que si tenés suficiente material, las palabras son una herramienta mucho más eficaz para contar una historia que la televisión. Igual, quisiera aclarar que hay que investigar, no quiero que suene a excusa para tirarse a vago.

–¿No te surgió la idea de hacer ficción sobre estas crónicas?

–No. Nunca me salió bien la ficción. Escribía ficción cuando era adolescente, después la fui dejando. Volví a escribir algunos cuentos pero siempre eran cortos, escasos de ideas. No desarrollé bien el ejercicio.

–¿Leíste Pendejos de Sietecase?

–¡Sí! Lo leí con miedo. Porque cuando se confirmó el libro empecé a buscar qué había escrito y ese fue el primero que encontré. Pensé “cagué, ya está”, pero cuando lo leí y vi que era otra cosa. Las historias que él cuenta son más breves. Además él dice que el disparador es real, pero escribió cuentos. Igual me gustaría enviarle un libro, creo que son primos lejanos.

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One Response to “Los crímenes de una generación”

  1. Carmen says:

    buena entrevista, pero de nuevo, la edición. falta una mínima corrección de estilo, hay muchos errores.

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