La antorcha y la Primera Guerra Mundial

30-04-2010 | , , ,

Libros del Zorzal, que ya festeja sus diez años de vida, acaba de publicar el clásico En esta gran época: de cómo la prensa liberal engendera una guerra mundial, de Karl Krauss. Aquí acercamos el estudio preliminar de M.G. Burello.

Karl Kraus y La antorcha

en esta gran epocaEn 1896 volvía a encenderse, cerca de Atenas, la antorcha olímpica; aunque ya incubaba una catástrofe, el fin-de-siècle europeo se quería moderno, elegante, y cosmopolita. Tres años después, un actor aficionado y cronista frustrado por voluntad propia se hartaba del medio periodístico local, con el que venía colaborando a regañadientes, y encendía otra antorcha en su amada Viena: la revista Die Fackel (‘La antorcha’), una publicación inclasificable e idiosincrásica, que alardeaba de su carácter sui generis tanto en el aspecto externo como en el interno. El personaje en cuestión era Karl Kraus (1874-1936), que además de ser el director de la revista, era el redactor casi único (a partir de diciembre de 1911, en efecto, todo lo escribió él), y en un gesto de independencia radical, también terminó siendo el dueño de su propia editorial. La periodicidad trimestral anunciada inicialmente en la tapa fue cambiando, y en rigor rara vez se cumplió, oscilando entre momentos de extrema productividad y pausas de largo silencio, en general producto de que este tornadizo editor, como buen intelectual público y polémico que era, estaba ocupado con otras faenas afines (compilaciones, recitaciones, conferencias, traducciones), o simplemente deprimido. De hecho, los largos paréntesis sostenidos en 1914, ante el estallido de la guerra, y en 1933, ante la toma del gobierno germánico por parte de Hitler, constituyeron dos grandes instancias de lo que en alemán se conoce como ‘silencio elocuente’.

Más allá de sus excentricidades y de su incuestionable originalidad, cabe aclarar que la figura de Kraus no era ciertamente una rara avis dentro del contexto al que pertenecía. Su ejemplo inspirador de autonomía periodística fue Maximilian Harden, también un actor frustrado y también un judío enemistado con el judaísmo de la época, que desde 1892 publicaba en Berlín su polémico Die Zukunft (‘El futuro’), y de quien Kraus renegaría en 1907 con motivo de los escándalos que Harden promovía ventilando datos privados de figuras públicas. Y existía al menos un precursor par excellence del periodismo crítico y satírico en Austria: Ferdinand Kürnberger, en cuyo estilo -y en cuyo calvario político, incluso- Kraus siempre quiso ver un antecesor de sangre (a tal punto que llegó a publicar viejos escritos polémicos de Kürnberger en su revista). No obstante, la transparencia de las fuentes en las que abrevó no quita el hecho de que Kraus es y será por siempre el más acabado modelo del Publizist o ‘periodista de opinión’, y más aún, del periodista meta-periodístico, y más específicamente todavía, anti-periodístico. Sus temas esenciales parten de la toma de conciencia de la problemática que la propia prensa supone para el hombre moderno: el borramiento de límites entre lo privado y lo público y la tremenda influencia sobre la praxis vital (y a fortiori, sobre la cultura y la política en general). Judío con trazas de antisemita y converso y renegado del cristianismo, periodista a la caza de periodistas, quintaesencia de Viena y vienés por adopción (pues su suelo natal era la ciudad bohemia de Jitcin, hoy Gitschin, en la República Checa), personaje de altísimo perfil y enfadado con casi todas las instituciones de la vida social, “El odio que Kraus siente por los periodistas (…) tiene que tener raíces en su propio ser”, ha dicho Benjamin en su certero retrato, y lo mismo puede decirse de cada uno de sus desplantes, de sus enojos, de sus denuncias.

Lo cierto es que para comprender el sentido y los alcances del momento fundacional de La antorcha es preciso reponer los contornos, siquiera, del horizonte socio-político que enmarcara ese verdadero tour de force. En la Mitteleuropa, y más puntualmente en el doble Imperio Austro-húngaro, 1898 está pautado por el asesinato de la tragicómica emperatriz Isabel -más conocida como ‘Sissi’- y por la institucionalización del movimiento sionista gracias a la prédica de Theodor Herzl. En un marco más general, hay que mencionar algunos sucesos concretos que ponían bajo la lupa el papel del periodismo, como el affaire Dreyfus (que aunque no se resolvería judicialmente hasta 1906, tuvo su punto álgido en 1898, cuando Émile Zola decidió entrar de lleno en el debate), y la guerra hispano-estadounidense que desembocaría en la independencia de Cuba (una guerra primero promovida y luego cubierta por el zar de la prensa R. W. Hearst, el ‘ciudadano Kane’ que muchos años después satirizaría Orson Welles en su film). Y es que mientras que el siglo de rígida paz europea pergeñado por Metternich tras la derrota de Napoleón comienza a entonar su canto de cisne, es evidente que un nuevo factor de poder ha emergido: la prensa, portavoz -¿o promotor?- de la opinión pública. Por mucho que el propio Kraus legitime sus ataques al periodismo apelando a una genealogía decimonónica (con autores tan heterogéneos y célebres como Balzac, Kierkegaard, Ferdinand Lasalle, etc.), resulta innegable que es recién en la última década del siglo XIX que el periodismo adquiere el relieve y el impacto que hoy le conocemos y que le ganaron el mote de ‘cuarto poder’: capaz de instalar y derrocar gobiernos y de provocar y evitar guerras, el primer medio masivo de comunicación muestra de lleno sus filosos dientes en la transición entre el XIX y el XX, cuando ya ha alcanzado una verdadera dimensión internacional y una penetración entre todas las capas sociales. La ‘larga revolución’ (Raymond Williams) de la cultura ilustrada ha consumado por entonces su propósito fundamental de alfabetizar a todos e intercomunicarlos, pero su inherente dialéctica pronto refuncionaliza el aparato periodístico y lo pone al servicio del oscurantismo; llegado el caso, a la noticia pueden sustituirla el ‘trascendido’ y el rumor, y a falta de un hecho bien puede haber un ‘factoide’.

En el periodista, a quien famosamente definiera como “aquel que no tiene una idea pero puede expresarla”, Kraus veía a su mayor adversario. Le preocupaban menos los criminales y los políticos corruptos que los malos periodistas (que para él, a decir verdad, eran todos), y en un típico gesto de amor y odio que se retroalimentan, no paraba de leer ávidamente los periódicos en busca de encontrarles fallas y vicios a redactores, columnistas, cronistas, ¡e incluso los anunciantes publicitarios! Gustaba referirse a esas tristes figuras, los periodistas, bajo el apodo de ‘Schmock’ (que recuerda a la idéntica expresión en idish, la cual -alusión procaz mediante- vale por ‘estúpido’ o ‘inútil’), en honor al homónimo personaje de la pieza Los periodistas (1853) del escritor alemán Gustav Freytag. En dicha obra, Schmock es un periodista fracasado, que con el fin de subsistir pone su pluma al servicio de la causa más rentable, cual moderno Protágoras. Para Kraus, el personaje era la encarnación de un cierto tipo dramático, así como hablamos de un Tartufo o de un Shylock; en este caso, el tipo del periodista mediocre y mercenario. “Hablar y pensar son lo mismo, y los Schmocks hablan de forma tan corrupta como piensan; y escriben -así ha de ser, según aprendieron- como hablan”, señaló tajantemente.

Pero más que una deformación profesional, el Schmock es un síntoma de un mal ominoso y extendido: la corrupción del lenguaje, y esa corrupción equivale para él -como luego lo hará para Victor Klemperer- a la degeneración moral e intelectual del ser humano. En paralelo a la sistematización lingüística por parte de Saussure y a la fundamentación del ‘escepticismo lingüístico’ por parte de F. Mauthner (que a la sazón derivará en el intento de depuración del lenguaje por parte de Wittgenstein), y mucho antes de que Heidegger denuncie al hombre como víctima de las ‘habladurías’ en que se pierde, Kraus no vacila en señalar que la lengua ha muerto y se ha petrificado bajo la forma de la Phrase, término de uso peyorativo y que vale por ‘frase hecha’ o ‘tópico’. La frase hecha es la forma esencialmente mercantil con que la mecanización y la masificación de la vida se apropian de la cultura, hasta transformar la vida de la gente en un subproducto trivial. Si en el ápice del esteticismo decimonónico Oscar Wilde había señalado que la vida imita al arte, Kraus constata a principios del siglo siguiente que “la vida es sólo la forma impresa de la prensa”. Y es a esa fabricación en serie de textos que Kraus le contestó con lo mejor de su arsenal retórico y poético, haciendo gala de una agudeza y una precisión lingüística rara vez vista antes, y que para el mundo de los medios masivos de comunicación sigue siendo una cumbre insuperable. Al anunciar su paso de las Klagen (‘quejas’) a las Anklagen (‘denuncias’), o al lamentar la Usurpation der Werte durch Worte (‘usurpación de los valores por obra de las palabras’”), Kraus iba mucha más allá de los meros juegos de palabras: ponía el humor lingüístico -tan caro a la tradición judía, por mucho que le pesara- al servicio de una sistemática campaña intelectual y moral contra la sociedad. El “máximo escritor satírico de expresión alemana” -como lo designara su confeso discípulo Elias Canetti- sabía bien que para un indignado hombre de ingenio siempre se aplica el célebre aforismo de Lichtenberg según el cual difficile est satyram non scribere (‘es difícil no escribir sátiras’), pero hay algo en la sagacidad y la exhaustividad de Kraus que casi asustan. La percepción de los males específicos de su tiempo -que irónicamente designa la ‘gran época’- y la detección de los síntomas propiamente locales lo muestran como un fiscal infalible. Para él, su época es la peor época, y su país, el peor país; de esta convicción se desprende una concentración -y también una saña- difícil de remedar. Así como Tolstoi aconsejara al artista que retrate su aldea para llegar a ser universal, Kraus da por sentado que el mundo se reduce a Viena y que la historia humana se juega a principios del siglo XX. A veces, para verificar su vigencia y su amplitud basta tomar las observaciones acotadas a su contexto espacio-temporal y ampliarlas a toda la reciente historia occidental. Por ejemplo: “Austria in orbe ultima: en un mundo engañado, Austria es la que más sigue creyendo. Es la más voluntaria víctima de la opinión pública [Publizität], en la medida en que no sólo cree en lo que se imprime, sino que también cree en lo opuesto si también se lo imprime. [...] Austria no tiene memoria. Nada puede hacerle perder el equilibrio, porque vive en una continua agitación”. Huelga comparar estas observaciones sobre la Austria de entonces con la experiencia moderna en general, según ha sido descripta desde Simmel hasta Koselleck. Gran pionero, Kraus detectó tempranamente la mortífera sociedad que el shock y la estandarización componen para el hombre que pretende vivir al día, y que termina viviendo meramente para el día.

Hoy, la prensa escrita se inviste del aura letrada que los demás medios masivos no poseen y se pone por encima de la televisión y la radio en tanto instancia presuntamente superior, más erudita, más refinada, menos inmediata y cruda. Acostumbrados a mofarnos de las trivialidades de la pantalla chica (y hasta de las de la pantalla grande), nos cuesta recuperar la virulencia crítica que los periódicos sin duda merecen como articuladores de la conciencia moderna, y tendemos a sentir que hasta el tabloide sensacionalista es menos indignante -por ser presuntamente más inofensivo- que casi cualquier programa televisivo o radial. Sin la debida atención y la necesaria contextualización, los ataques de Kraus pueden parecer obra de la anacrónica paranoia del momento, resultando obsoletos. Consideremos, por caso, su poema Die Zeitung (‘El periódico’), que reza: “¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos árboles sangraron / para que, cegado por las cotizaciones, / veas tu rostro en ese espejo, / y vuelvas a despachar tus negocios? ¿Sabes, tú que lees el periódico, / cuántos hombres mueren / para que unos pocos compren placer / y para que la criatura humana disfrute / la inefable ruina de la criatura?” Su tono ético, a fuerza de cansancio, puede sonar envejecido, y el blanco de sus críticas, gracias a la aparición de otras instancias mediáticas aún más cuestionables por sus compromisos técnicos y comerciales, ha quedado a salvo de las peores acusaciones. Y es contra estos olvidos que un atento lector de Kraus -¡y qué otro tipo de lector pueden tener sus páginas!- debe rebelarse.

Las guerras, la Guerra

Como observador rigurosísimo de los signos de la época y como escritor sin compromisos ni remilgos, es característico de Kraus el haber formulado profecías que tarde o temprano se hacían realidad, incluso muy a pesar suyo. Una de las más conocidas de ellas, y que por obvios motivos ha sido comparada con la de Heine sobre la quema de libros, es aquella de 1909: “El progreso hace monederos de piel humana”. Y es que en términos generales, el crítico cultural -en tono serio- y el satírico -en tono burlón- son detectives del presente y vaticinadores del futuro, que reconocen en los síntomas del hoy los males del mañana; y entre los muchos clarividentes y paranoides de la Viena finisecular, Kraus irrumpió como un verdadero ‘maestro de la sospecha’ (Ricoeur). “Veo visiones de lo que está por venir. De una pulga hago un camello. ¿No es un arte? Magos son los otros, que han transformado la vida en una plaga de insectos. Y cada vez hay más pulgas…”, supo decir, con su típico humor ácido. De aquí que haya empezado a olfatear tempranamente -por así decirlo- la escalada bélica, ya con el conflicto que tuvo lugar en la península balcánica hacia 1912, y que luego juzgaría, en retrospectiva, como un digno laboratorio de pruebas de lo que sucedería inmediatamente después. En efecto: en más de un aspecto, la Guerra de los Balcanes (1912-1913), que en realidad consistió en dos guerras distintas (primero, la de la Liga de los Balcanes contra el Imperio Otomano, y luego, la de los miembros de la Liga entre sí), fue la verdadera antesala y el digno preámbulo de la Primera Guerra Mundial. En la persona del periodista Siegfried Münz, enviado especial del diario pseudo-liberal Neue Freie Presse al Mediterráneo oriental, Kraus encuentra por entonces la encarnación del ‘Schmock’ al nivel de la política internacional: las sombras grises del chapucerismo periodístico empiezan a ganar una influencia inusitada en los recintos del poder europeo… En sucesivos artículos publicados a lo largo de 1910, Kraus sigue los pasos de este necio cronista por el sudeste del continente y va descubriendo cómo los poderosos le hacen el juego a la prensa, mientras que ésta presenta las cosas sin otra racionalidad que la de la aventura ligera y el reporte frívolo. El fenómeno, que hoy calificamos como estetización de la guerra y la política, ya le resulta chocante e inaceptable aun en su versión preliminar y en miniatura, al punto que no vacila en comparar a esa guerra con el mismísimo Moloch y condenar la ‘masacre léxica’ (Wortmassaker) que se está cometiendo en los diarios mediante los corresponsales de guerra, que embellecen los hechos atroces y les confieren dimensiones épicas (“En los Balcanes, Austria está representada por impresionistas”, observa). Pero sin vueltas, el mejor documento de esa temprana revelación krausiana es su notable artículo Hundimiento del mundo por obra de la magia negra, de fines de 1912. Demasiado extenso para ser incluido en una compilación y demasiado rico en alusiones contextuales para un lector actual (incluso un austriaco de pura cepa), puede considerárselo con justicia el mayor manifiesto antiperiodístico de toda su generación. Entre las muchas acusaciones a la prensa, incluyendo la comprobada sospecha de que engendra guerras para lucrar con su cobertura y confunde intencionadamente a la gente para sacar réditos, aquí la fundamental es la de que los diarios asesinan la imaginación. En el consumo compulsivo de periódicos -un mal típicamente austriaco, a juzgar por las recurrentes declaraciones de Thomas Bernhard- Kraus vio lo que la sociología de la época ya veía en el pasaje de la comunidad tradicional a la sociedad moderna (Tönnies) o en el surgimiento del tipo humano del ‘urbanita’ (Simmel): las pérdidas cualitativas de la vida humana. Pero en vista de la escalada que desembocó en la ‘guerra total’, la queja no es la de un reaccionario ni la de un pesimista, sino la de un cabal Kulturkritiker (categoría que ciertamente Kraus no inventó, pero cuyo perfil contemporáneo contribuyó a definir agudamente).

Tras los sucesos de Sarajevo y el estallido de la Primera Guerra, Kraus, que se había informado muy bien acerca de cómo sortear la censura oficial para poder ofrecer las denuncias más descarnadas sin temor al cierre de su editorial o al decomiso de los ejemplares, apeló al arma más elocuente de todo su arsenal: el silencio absoluto. La antorcha dejó de brillar durante varios meses, y su editor/autor/redactor/propietario se sustrajo de la vida pública, hasta que volvió a tomar la palabra en el Konzerthaus de Viena el 19 de noviembre de 1914, leyendo lo que a la sazón se transformaría en su artículo más citado y reconocido, En esta gran época, “una denuncia feroz de la alianza entre escritura y guerra”. La carnicería había comenzado; Kraus, como siempre y lamentablemente, tenía razón. Y aunque la prolongación -y de hecho la intensificación- del conflicto lo hizo modificar muchas de sus posturas políticas, en la identificación de la prensa como enemigo público número uno se mantuvo firme, sin nunca cansarse de repetir los mismos ataques.

La cobertura periodística de la guerra, además, le dio ocasión de practicar a ultranza su forma predilecta de canibalismo cultural: la ‘glosa’, como la llamaba. Infalible e infatigable fiscal (no en vano había estudiado abogacía), pronto advirtió que a menudo la mejor manera de poner en evidencia a sus adversarios periodísticos no era denunciarlos o difamarlos, sino reproducirlos ad peden litteram, pero fuera de contexto. Así, un titular en letra catástrofe, una crónica cotidiana o un artículo de fondo yuxtapuestos y reordenados en alguna página de La antorcha, aparecían exhibidos en toda su monstruosidad y su ridiculez, a veces acompañados de algún comentario sarcástico, y en otras ocasiones sin que hubiera que agregar absolutamente nada; el montaje y el collage, novedosas técnicas artísticas que despuntaban en la moda de aquellos tiempos, se sumaron rápidamente al instrumental krausiano para condenar a las nuevas técnicas -¡vaya paradoja!- de confusión y crimen.

A diferencia de lo que creían muchos entusiastas ‘modernistas’ de la guerra -como Ernst Jünger y Filippo Marinetti-, Kraus percibió con temprana agudeza que la guerra moderna es ciertamente hija de la modernización técnica, pero más de la modernización comunicativa y cultural que de la modernización armamentística y militar propiamente dicha. A sus ojos, fríamente escrutadores, no eran los nuevos tanques y aviones lo que revolucionaba el viejo ars bellum, sino las imprentas. El pensamiento de izquierda -de Lenin a Brecht- supo denunciar por aquellos tiempos que la guerra en el mundo burgués era una necesidad capitalista, e incluso un muy buen negocio; pero sólo Kraus advirtió tempranamente lo rentable que resultaba el merchandising bélico. Uno de los mejores ejemplos de esta mortífera sociedad entre guerra y cultura nos es presentado en el artículo La sala colmada vivó a los héroes con entusiasmo, donde un espantado Kraus rememora la ocasión en la que se presentaron héroes del regimiento de Dragones del Emperador en el Burgtheater (el más importante teatro vienés), se les leyeron homenajes, se les cantó, cantaron ellos, y luego se representó una opereta del popular Eysler. Al subir al escenario, la guerra no hacía sino evidenciar que se había vuelto un espectáculo, y que al fin y al cabo para el público local, esteticista e inmoral, todo era un show. A fin de cuentas, el pomposo ejército austro-húngaro, lento y aparatoso, estaba más hecho para el retablo teatral que para el campo de batalla; aquella patética función sólo lo había puesto en evidencia.

De cara a la catastrófica derrota, Max Weber ofrecerá curiosamente en su célebre conferencia La política como vocación (1918) una tenue apología de la profesión periodística, sin dejar de reconocer los compromisos que supuso la guerra y la política alemana. No deja de llamar la atención el contraste entre el saldo relativamente positivo que hiciera quien por entonces era el máximo referente intelectual alemán (recuérdese que hasta fue consultado para la Constitución de la República de Weimar) y el que hará Kraus. Es dable pensar que semejante matanza no haya tenido ni un máximo responsable ni -mucho menos- un único culpable, pero el encarnizamiento de nuestro autor con la prensa de su país se concentra a tal punto en el acusado que casi nos persuade con su lógica fatídica. Si se pretende personalizar la culpa múltiple de una guerra puede evocarse un político, un militar, un economista, e incluso una bella mujer, como Helena; sólo Kraus reconoció la posibilidad de que la culpa pudieran tenerla los periodistas.

Lamentablemente para nosotros y afortunadamente para él, Kraus no llegó a ver de la Segunda Guerra sino los primeros chisporroteos. Es dable imaginar que hubiera hecho el siguiente cálculo: la Guerra de los Balcanes fue a la Primera Guerra lo que ésta fue a la Segunda. En la primera mitad del siglo XX, que no por nada Eric Hobsbawm ha designado the age of extremes, la escalada bélica parecía no tener fin, y el apocalipsis estaba a la vuelta de la esquina. Y es que las guerras del siglo XX ya no son una metáfora fecunda para esteticistas, sino una forzosa metonimia de la política internacional.

Nuestra edición

Aunque indudablemente le da un sabor único y un color idiosincrásico y circunstanciado a sus textos, el particular estilo de Kraus, con una sintaxis por momentos casi paratáctica y con abundantes giros locales y referencias contemporáneas, dificulta un poco su recepción, sobre todo fuera de Austria y un siglo después. Las implicaturas culturales, los tropos retóricos, y la complejidad de la sintaxis delatan la voluntad de ser leído con extrema atención, en clara ruptura con el tipo de recepción distraída y dispersa que ya comenzaba a prevalecer en la sociedad de la época. De todo esto debe hacerse cargo una traducción de su obra que se pretenda crítica y actualizada: sin abrumar al lector, debe señalar los problemas de sentido y de forma, y sin desvirtuar al autor, debe brindar un texto legible y autónomo; si la empresa ha sido exitosa, podrá juzgarse en las páginas que siguen.

En el ámbito de habla hispana, la fortuna editorial de este autor no ha sido especialmente mala, si bien sí algo tardía, pues recién en la década de 1970 comenzaron las ediciones en forma de libro. Pero lo que se ha de lamentar es que justamente la obra por la que la historia cultural más lo reconoce, o sea La antorcha, sea lo menos traducido y difundido de su vasta producción. Amante del aforismo y los textos breves, Kraus llenó cientos de páginas con ellos, que a veces recopilaba en forma de libro; en castellano, estas compilaciones abundan, y no es infrecuente encontrarse con aforismos krausianos que circulan aisladamente. Para el autor, el pendant de esos microformatos lo constituían a su vez las obras monumentales, como La noche de Walpurgis o su anhelada obra maestra, la tragedia Los últimos días de la humanidad; no sin ingentes esfuerzos de traducción e interpretación, también ellas están disponibles ahora en nuestro idioma. En conclusión, resulta que Kraus aparece en lengua española o bien con textos demasiado extensos, o bien con textos demasiado breves. Sólo los Escritos compilados y traducidos por J. L. Arántegui en 1990 lo captan en su género más elocuente: el artículo periodístico; y sin embargo, de esa amplia y meritoria selección podemos observar que -más allá de los predecibles galicismos- algunas licencias y ripios afean un poco la traducción. Para este volumen, en consecuencia, hemos pensado que lo acertado sería presentar una dosis concentrada de Kraus en su expresión más pura, recogiendo algunos de sus más destacados artículos en La antorcha y directamente relacionados con la Primera Guerra Mundial y sus bochornosos correlatos en el ámbito cultural (especialmente la prensa, verdadera bête noire del autor… ¡incluso más que la guerra!). La excepción a esto la constituye la pieza inicial, la Presentación del editor incluida en el primer número de la revista (1899), que nos ha parecido oportuno integrar en tanto declaración de principios; sin sorpresa, en este breve escrito se advierte ya la obsesión con la particularidad de la época finisecular y el reconocimiento explícito de que La antorcha es ante todo “un llamamiento a la lucha” para iluminar “un país en el que nunca sale el sol”.

Adjuntamos, asimismo, una breve bibliografía para el lector de lengua castellana. Si bien el excelente estudio de Edward Timms sigue siendo la referencia máxima e insoslayable para la compleja figura de Kraus, algunos volúmenes y artículos sueltos permiten ahondar en sus diversos aspectos y matices más específicos. Claro que la bibliografía en lenguas extranjeras es inabarcable. Sobre la cuestión periodística en especial, de hecho, resulta más que lúcido el libro -aún inédito entre nosotros- de Jacques Bouveresse: Schmock ou le triomphe du journalisme. La grande bataille de Karl Kraus (París, 2001). El lector en alemán podrá consultar, por mencionar sólo una entre las incontables ofertas de interés, el número especial de la revista Text + Kritik (Munich, 1975), editado por H. L. Arnold. En inglés no hay tanto material como sería deseable, pero pueden destacarse las numerosas publicaciones específicas de Harry Zohn, el gran divulgador krausiano en el mundo anglosajón.

Tags: , , ,

One Response to “La antorcha y la Primera Guerra Mundial”

  1. [...] excelente estudio preliminar a cargo de Marcelo Burello sirve de guía para aquellos que se inicien en la lectura de uno de los [...]

Leave a Reply