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Nuestra América

28-05-2010 |

María Moreno presenta la colección de crónicas Nuestra América de Eterna Cadencia Editora.

Por P.Z.

Eterna Cadencia Editora inció este mes la colección de crónicas Nuestra América con el lanzamiendo de dos primeros títulos: ¡Arriba las manos! Crónicas de crímenes, “filo misho” y otros cuentos del tío, selección y prólogo de Ariela Schnirjamer, y Cosmópolis. Del flâneur al globe-trotter, selección y prólogo de Beatriz Colombi.

María Moreno, directora de la colección, al tiempo que habla de la colección, nos cuenta sus opiniones acerca de la tarea del cronista:

colección nuestra américa

¿Con qué nos vamos a encontrar en la colección de crónicas y en particular con los dos primeros libros?

La colección surgió como, muchas cosas, en una noche de alcohol y asociación libre. Estaba con dos escritores, los chilenos Juan Pablo Sutherland y Luis Cárcamo Huechante tomando whiskie en un bar y de pronto empezó una especie de torneo sobre quien conocía más “raros”, a la manera de Darío. Tirando nombres y textos, casi armamos un borrador de extravagario latinoamericano; casi todos eran cronistas o personajes de crónicas. Estábamos inventando un canon torcido justo en un lugar que se llama La academia. Nos divertimos. La crónica que me interesa es la que, con la consolidación de los estados nacionales latinoamericanos y la modernización, prolifera en los periódicos durante los siglos XlX y XX, a manos de escritores como Amado Nervo, Rubén Darío o Cesar Vallejo y que construyen la ciudad moderna a través de dos movimientos; contar lo propio (Carlos Monsivais habla de “describir lo cotidiano elevándolo al rango de lo idiosincrático” ) y, al mismo tiempo, lo que pone en un contexto cosmopolita (“Seamos los EEUU” dice Sarmiento). Como quien junta un diálogo entre carreros y una velada en el Colón, el barrio de las ranas y Harrods.

Julio Ramos ha situado a la crónica como el género que al convivir en los periódicos con los lenguajes contaminados de la información y la cultura de masas -por contrates con ellos-, favoreció la autonomía del escritor latinoamericano y esa es una hipótesis que me interesa.

La idea es que cada antología sea un poco de autor. En la selección, corte y edición, el antólogo puede hacer ya una operación literaria propia. La colección puede incluir los momentos de crónica de una novela, aquellos en que el cisne modernista se vuelve pato -cronista mal pago- escribiendo en un diario, “joyas” de ilustres desconocidos (periodistas sin la tentación de pasarse al arte sublime de la novela), “casos” de médicos y policías que tienen todos los despliegues narrativos de la crónica.

Tanto Cosmópolis de Beatriz Colombi como ¡Arriba las manos! de Ariela Schnirmajer seleccionan textos en donde el estilo prima sobre el referente o la “experiencia”. Por ejemplo. Es muy divertido cuando Fray Servando Teresa de Mier (Cosmópolis) elige en La lengua de Madrid registrar de la ciudad sólo la procesión de la virgen p… o el escándalo de que haya una calle llamada Arranca-culos. O cuando en Almuerzo macabro, un texto de ¡Arriba las manos!, se nota más que Laurentino Mejías lee a Poe que lo que le debe a sus recuerdos de comisario. Pero quizás pueda pasar al revés y haya que leer ahora La amada inmóvil de Amado Nervo no sólo en relación a la muerte temprana de su novia y a su estética tanática sino teniendo en cuenta sus visitas a la morgue en calidad de cronista como se sospecha que hacía a través de crónicas como Hacer un artículo y Un ideal (¡Arriba las manos!).

Hay en cada selección joyas como El crimen del aguacatal de Francisco de Paula Muñoz, un precursor de Truman Capote en A sangre fría o Whisky and soda en Tanger en donde Rubén Darío narra su encuentro con Mohamed-Ben-Ibrahim, mahometano que lee a Zorrilla y bebe whisky pero luego, en cada viaje a La Meca, obtiene el perdón de Alah.

¿A qué se debe que haya un auge en la crónica hoy?

Responder a esa pregunta exigiría una investigación, pero por un lado hubo una reivindicación del género del lado de la academia y por el otro, el auge de la crónica sería como uno de los productos del mercado de la experiencia como la autobiografía, las memorias o las biografías no autorizadas.

¿Por qué la colección se interesa en crónicas antiguas? ¿Qué encuentra usted en aquellos cronistas que no tienen los cronistas actuales?

No necesariamente se trata de oponer los cronistas de antaño a los actuales. Más allá de la frase tan explotada de inventar a nuestros precursores, Nuestra América muestra como la tensión entre periodismo y literatura, la preocupación por el crecimiento de los medios y por el surgimiento de la prensa amarilla, la figura del cronista como la de alguien que traduce tanto los márgenes como el viaje importador, no son sólo inquietudes de hoy. Se podría trazar una línea -no de tinta indeleble como en una genealogía sino más bien con rouge modernista o brea callejera desde Pedro Lemebel para arriba hasta alcanzar a Rubén Darío, desde Cristian Alarcón a Francisco de Paula Muñóz, y desde Julián Gorodischer al Eduardo Wilde que escribía sobre el consumo en 1900. Se trata de buscar continuidades torcidas, “tíos” a la manera de Perlongher más que “padres” a la manera de Sarmiento. Pero también de establecer diferencias: muchos de los textos que hoy se consideran crónicas, lejos de ser laboratorios de escritura ejercen un realismo ramplón en donde se trataría de representar el objeto en sí, con el estilo del inventario. En el mercado de novedades importa menos un autor que un temas y menos un tema que el relato de algo inaudito y menos una investigación que una excursión -llámese cobertura o nota color. Lo grande, lo exótico, lo peligroso es lo que se pone en valor cuando, a fines del siglo XlX y principios del XX  se trataba de “llenar de esencia los pequeños moldes y escribir los artículos de los diarios como si fueran libros” como decía Martí.  A menudo textos considerados crónicas o no ficción son periodísticos en el sentido de que el lenguaje es un mero instrumento funcional a la información . Y hay que recordar que tanto A sangre fría de Truman Capote como Operación Masacre de Rodolfo Walsh son  singulares por su escritura.

Como expresión de deseo, me gustaría que Nuestra América fuera armando con sus antologías un rompecabezas de capas sucesivas de las ciudades de Sudamérica y el Caribe  y, al mismo tiempo, a través de los prólogos, fuera dejando un trabajo crítico sobre la crónica en sintonía con los fundamentales de Carlos Monsivais, Julio Ramos y Susana Rotker. También quisiera que se retomara la marca política del género, como espacio de resistencia a los medios desde los medios, como oreja para la otredad, aunque como bien dice Martín Caparrós, a esta altura sólo quedan “bolsones de otredad”.

¿En que lectores piensa Nuestra América?

En los lectores de crónicas, en los periodistas, en los cronistas, en los universitarios curiosos de objetos no muy canónicos de canónicos, en los amantes de los pou purrit, en los raros y en los raros que buscan raros, en los buenos lectores de ficción.

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