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Joe Carter

30-05-2010 | ,

La última creación de de José Pablo Feinmann se llama Joe Carter: un “Boogie el aceitoso” exacerbado que sabe de música y cine y que se asoma paranoico al siglo XXI. La saga, que promete cinco novelas, comenzó con Carter en Nueva York. En 20 líneas, Carter muestra cómo es su corazón:

Recuerdo uno, el más dramático de todos, el más triste: vine para averiguar por qué huyó a esta ciudad, a suicidarse, según todos lo decían, dadas sus tendencias a hacerlo, tres jóvenes hijos, con un marido ejemplar, que, con ellos, vivía en Santa Mónica, con lujos, hermosa casa, piscina, autos despampanantes, criados, amigos, fiestas, y descubrir, cuando por fin la encontré, luego de una búsqueda de semanas, en una bohardilla de los suburbios, que había venido, no a suicidarse, sino a morir, que tenía un impetuoso cáncer de pulmón, y además tenía, aquí, al verdadero amor de su vida, su primer novio, un pianista clásico que llevaba dos años sin conseguir un concierto, pero al que ella seguía amando, y junto al que quería morir, en sus brazos, si fuera posible, y que, para hacerlo, debía ocultar su paradero, los motivos de su decisión, que no eran otros que los de ese amor al que se había negado por el brillo, la suntuosidad de la vida en Santa Mónica, y al que ahora volvía para cerrar su vida junto a él, pero, me dijo, “¿cómo podría confesarles esto a mis hijos, a mi buen marido, sin llevarlos a creer que la enfermedad o el miedo a la muerte me han extraviado, cómo podría impedirles que vinieran a buscarme, con el peso del amor y con el peso invencible de la ley, cómo podría impedir que me separaran de mi hombre, de mi único amor, que me impidieran partir a su lado, morir en sus brazos?” ¿Qué supones que hice, amigo? ¿Qué habrías hechos tú? ¿Qué solución le damos a esta historia? ¿Te miento o te digo la verdad?

¿Quedo como un héroe generoso, sensible, regreso a Santa Mónica y digo que no encontré a Emily, tal era su nombre, que nadie podrá encontrarla, que no está, que sospecho que ha muerto? ¿O cumplo con mi encargo por el que me han pagado el muy buen dinero que una familia de Santa Mónica puede pagar, y retorno a Emily al seno de los suyos? ¿La dejo morir con su viejo novio, con ese flaco fracasado, que me mira con sus ojos grises, que no ha dicho una palabra, que espera la piedad de algún concierto en alguna pequeña sala a la que sólo algunos irán, del que ningún diario importante se hará eco, del que se olvidarán, sólo un día después, hasta los pocos que han ido? ¿Qué hago, amigo? ¿Dónde está el bien, dónde está el mal? ¿Qué es lo justo, qué es lo injusto? Te lo diré: lo único justo en este mundo es el dinero. El que paga, gana. Si Emily o ese pianista incompetente hubieran doblado la cifra de la vigorosa familia de Santa Mónica, ella habría muerto en los brazos de su Chopin, que, si me lo preguntas, era un vago incapaz de tomar alumnos o de ir a un bar a tocar jazz o gloriosos standards como Blue moon o The way you look tonight o My funny Valentine. Pero no, él era demasiado para eso. O el Carnegie Hall o nada. Pues bien, amiguito, nada. Me llevé a Emily. Chopin no hizo un solo gesto para detenerla. La subí a un avión. Murió antes de llegar a Santa Mónica.

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