Guillermo Belcore ensaya una defensa en contra de los agoreros que pronostican el fin de la novela.
Por Guillermo Belcore.
Tropiezo en un libro de Savater con una magnífica cita de Camus: “existen dos tipos de inteligencia: la lista y la tonta. La inteligencia lista permite comprender, prevenir y remediar. La boba sirve para deplorar lo que se entiende a medias y para dar falsas alarmas”.
Dar falsas alarmas, ajá. A mí me han sonado siempre a zoncera o a confusión las profecías, cada vez más frecuentes e histéricas, sobre la muerte de la novela, esa forma sui generis de la escritura que apunta a explorar el alma de las cosas. Ya no es posible inventar historias, dicen con ademán solemne los escribidores que no se atreven a reconocer que son ellos los que no llegan a tanto. El estrépito de los medios audiovisuales -suele advertirse- aturde a los lectores tradicionales. Internet es la tumba de la letra impresa. La única ficción valiosa es la que se desarrolla en las series televisivas, sentencian ciertos personajes frívolos. La construcción de una trama es una antigualla o, peor aun, un anacronismo. El individuo culto de clase media, que compra una novela en una librería de la que es asiduo y la lee en la tranquilidad de una habitación de su propia casa (rodeado de un silencio que cobra enorme significado) está en vías de extinción, se quejaba George Steiner. ¿Cuándo? En 1965 (Lenguaje y silencio, editorial Gedisa).
Opino que estos gemidos lastimeros no se ajustan a la realidad. Es probable que en muchos casos, incluso, surjan de una abdicación; es gente que, en el fondo, ha renunciado al placer de la lectura. Mi experiencia como lector hedonista y como comentarista profesional es que se siguen escribiendo y publicando prosas interesantes -oceánicas algunas (mis favoritas), de género o satíricas o experimentales otras- que mantienen viva la llama de la ficción de calidad.
La literatura, como enseñan los clásicos, debe interpretarse de manera comparativa. No creo, francamente, que esta generación sea, en términos estéticos, más pobre que las anteriores. Hoy existen -como hace diez, veinticinco o cien años- unos cincuenta novelistas de primera línea, duchos para desmenuzar una porción de realidad, mediante la perpetua transformación de la forma (novela es justamente eso). Y me quedo corto con el número: no digo cien porque mi ignorancia es enorme. ¿Dónde hay un Faulkner?, podría espetarme un polemista. En las memorables mil quinientas páginas de la trilogía Tu rostro mañana de Javier Marías, le respondo. ¿Y un Tolstoi? Bueno, pienso que Submundo de Don DeLillo y Las benévolas de Jonathan Littell tienen poco que envidiarle a Guerra y paz. ¿Y un Verne? Lea a Arturo Pérez Reverte, caballero, que ha reinventado la novela de aventuras con la espléndida saga del Capitán Alatriste. ¿Quiere un Dickens, señorita? Acuda a la pura narratividad, desbordante de sucesos, de John Irving o de Gao Xingjian.
Insisto, la galaxia de los grandes narradores sigue expandiendo sus límites. Mi último descubrimiento se llama Colum McCann, un irlandés que devela la Nueva York tercermundista. En la tierra de la fantasía, las especies por cierto se renuevan permanentemente. Se han ido Norman Mailer, Saramago y John Updike. Los remplazan, entre otros, Junot Díaz, Minae Mizumura y John Banville. ¿Fogwill ya no escribe más? Bueno, Iosi Havilio, Sergio Bizzio y Pedro Mairal recogen la posta. ¿La muerte nos arrebató a Saer? Por fortuna, Hugo Correa Luna forjó en su estilo y no hace mucho una novela extraordinaria (El enigma de Herbert Hjortsberg). ¿García Márquez tiró la toalla? El indio Salman Rushdie ocupa el escaño del realismo mágico y de lo real maravilloso. Hay ambrosía para todos los gustos.
A esta altura, alguien se preguntará que entiende uno por “novelista”. De todas las definiciones que he atesorado, prefiero la de Steiner: “un novelista natural es un hombre o una mujer capaz de contar una historia espontánea y mantener la atención de los pasajeros de un vagón de tercera clase en un día caluroso de verano”.
No le crean a los agoreros, el dominio de la palabra -ese misterio humano- no es tan precario como dicen. Prosistas con talento para explotar nuestra inmemorial fascinación por “lo que viene después”, a Dios gracias, no faltan.
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A los nombres mencionados por Belcore agrego los de Murakami y Coetzee, en mi modesta opinión dos de los más grandes novelistas contemporáneos. Y también a Almudena Grandes, cuya monumental novela “El corazón helado” encendió mi propio corazón.
Y te olvidas de MacEwan y Expiación y Hardwick y Noches insomnes y Julian Barnes y El loro de Flaubert yyyyy
Muy buena la nota, aunque tengo algunas dudas respecto de que las continuidades sean tan explícitas.
Impresionante la cita de Steiner.