Los inicios de Piglia, Caparrós y Felisberto Hernández.
En el habitual espacio de ficción semanal, esta vez, quisimos traer las primeras palabras de los libros que lideran nuestro ranking de ventas: la novela Blanco nocturno de Ricardo Piglia, la crónica-ensayo Contra el cambio de Martín Caparrós y la antología Libros sin tapas que registra las primeras obras de Felisberto Hernández.
Blanco nocturno
La novela Blanco nocturno de Ricardo Piglia comienza con un personaje que será central en la trama, aunque -o mejor dicho: justamente porque- rápidamente sabemos que va a morir. Desanudar el asesinato a Tony Durán y la trama que involucra a la familia Belladona será el eje de esta tragedia griega situada en un pueblo de la provincia de Buenos Aires.
Tony Durán era un aventurero y un jugador profesional y vio la oportunidad de ganar la apuesta máxima cuando tropezó con las hermanas Belladona. Fue un ménage à trois que escandalizó al pueblo y ocupó la atención general durante meses. Siempre aparecía con una de ellas en el restaurante del Hotel Plaza pero nadie podía saber cuál era la que estaba con él porque las gemelas eran tan iguales que tenían idéntica hasta la letra. Tony casi nunca se hacía ver con las dos al mismo tiempo, eso lo reservaba para la intimidad, y lo que más impresionaba a todo el mundo era pensar que las mellizas dormían juntas. No tanto que compartieran al hombre sino que se compartieran a sí mismas.
Pronto las murmuraciones se transformaron en versiones y en conjeturas y ya nadie habló de otra cosa; en las casas o en el Club Social o en el almacén de los hermanos Madariaga se hacía circular la información a toda hora como si fueran los datos del tiempo.
En ese pueblo, como en todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires, había más novedades en un día que en cualquier gran ciudad en una semana y la diferencia entre las noticias de la región y las informaciones nacionales era tan abismal que los habitantes podían tener la ilusión de vivir una vida interesante. Durán había venido a enriquecer esa mitología y su figura alcanzó una altura legendaria mucho antes del momento de su muerte.
Se podría hacer un diagrama con las ideas y venidas de Tony por el pueblo, su deambular somnoliento por las veredas altas, sus caminatas hasta las cercanías de la fábrica abandonada y los campos desiertos. Pronto tuvo una percepción del orden y las jerarquías del lugar. Las viviendas y las casas se alzan claramente divididas en capas sociales, el territorio parece ordenado por un cartógrafo esnob. Los pobladores principales viven en lo alto de las lomas; después, en una franja de unas ocho cuadras está el llamado centro histórico con la plaza, la municipalidad, la iglesia y también la calle principal con los negocios y las casas de dos pisos; por fin, al otro lado de las vías del ferrocarril, están los barrios bajos donde muere y vive la mitad más oscura de la población.
La popularidad de Tony y la envidia que suscitó entre los hombres podría haberlo llevado a cualquier lado, pero lo perdió el azar, que fue lo que en verdad lo trajo aquí. Era extraordinario ver a un mulato tan elegante en ese pueblo de vascos y de gauchos piamonteses, un hombre que hablaba con acento del Caribe pero parecía correntino o paraguayo, un forastero misterioso perdido en un lugar perdido de la pampa.
Amazonas
Martín Caparrós discute el ecologismo desde Contra el cambio, un libro de crónicas que se desprende de otros viajes como los que ha planteado en Una luna. El primer capítulo se abre con un viaje en barco en busca del Amazonas.
Son los dos movimientos combinados: el vaivén regular, sereno de la hamaca, el cabeceo del barco por las olas del río; entre los dos hacen del mundo una perfecta cuna. Un poco más allá, bajo otra luna, el Amazonas nos desdeña.
El mundo, digo, una perfecta cuna.
No hay nada que deteste más, nada que me guste más que sentirme parte de una red, un tejido, las formas intrincadas del plural: algún nosotros. Nosotros somos, ahora, los pasajeros pacientes, pobres, no muy limpios pero amontonados del Deus É Fiel. Nosotros somos muchas señoras, muchos chicos, hombres, todos echados en hamacas: viajar, aquí, para nosotros, quiere decir echarse y dejar que el mundo pase. Hace unas horas, en la cubierta del barco de madera, veinte metros de largo -el tamaño de cualquier carabela, Colón en la deriva más temible-, los que llegábamos fuimos colgando unas cuarenta hamacas; cada cual buscó la orientación que más le convenía para atarlas a los ganchos del techo. Yo, en ese momento, era un neófito y debí suponer: las ventajas posibles consistirían en no tener una hamaca directamente colgada sobre tu cara, imaginar la posibilidad de respirar, evitar los olores más voraces, tener si acaso vista al río; pero, como hay que colgar la hamaca antes que muchas otras, toda la astucia reside en suponer las conductas ajenas, calcularlas, equivocarse en un juego de muchísimas variables: una red, un tejido. Nosotros somos ese juego, y las cuerdas se cruzan en el aire, las telas se acunan en el aire, los cuerpos se disputan el aire, disputamos. Nuestras hamacas son más que nada rojas y rositas pero también las hay verdes, celestes, azules, amarillas, una violeta, una muy ancha en blanco y negro. Avanzamos, río abajo, en esa posición inverosímil que las personas sabemos conseguir en las hamacas: despatarradas.
Despatarrada es la palabra.
O, dicho de otro modo: con esa falta de pudor corporal que es el gran aporte de las culturas tropicales al mundo en que vivimos.
Despatarradas, las palabras.
Hace calor. Pese al viento del río hace calor, el sudor se amontona, y el Deus É Fiel se hamaca. A los lados, convertido en orillas, el mundo sigue su avance hacia ninguna parte. Hay ratos de ranchitos sobre el río, ratos de selva cerrada y desdeñosa, ratos de llanura desmontada con sus vacas y hay incluso, de tanto en tanto, un pueblo. Las nubes siguen bajas; al fondo, un arcoíris. Nosotros, en las hamacas, discurrimos: en las hamacas cuatro mujeres leen revistas, una un libro, dos la Biblia, dos duermen con sus hijos encima, una chica mira una película en su laptop; los hombres, en cambio, no hacen nada. Duermen o se mecen, miran del techo cada pormenor. El techo debe ser un primor de pormenores. Hay que saber hacer nada durante quince horas, panza arriba, cara al techo, pancho; por menos que eso se arman religiones o, por lo menos, cultos. Hay que saber hacerlo y, en general, para saberlo, el trópico.
En medio del hiperviaje, las horas de barco lento y río son un viaje a otros ritmos, a un tiempo de otros tiempos.
Fulano de tal, Prólogo
“¿Y si leemos a Feliberto Hernández en sus comienzos, pero como si todavía no hubiese escrito toda su obra?”, se pregunta Jorge Monteleone. La edición de Cuenco de Plata recupera los libros de Felisberto escritos entre 1925 y 1931.
Conocí un hombre, una vez, que era consagrado como loco y que me parecía inteligente. Conocí otro hombre, otra vez, que estaba de acuerdo en que el loco consagrado fuera loco, pero no en que me pareciera inteligente. Yo tenía mucho interés en convencerle, y del laberinto que el consagrado tenía en su mesa de trabajo, saqué unas cuantas cuartillas -esto no el importaba a “él”- y traté de reunir las que pudieran tener alguna, aunque vaga ilación -esto de la ilación tampoco le importaba a “él”- y así convencería al otro de la inteligencia de éste. Pero me ocurrió algo inesperado: leyendo repetidas veces lo que escribió el consagrado me convencí de que, en este caso, como en muchos, no tenía importancia convencer a un hombre. Sin embargo, publiqué esto como testimonio de amistad con estas ideas del consagrado.
… Y me quedé loco de no importárseme el porqué de nada y de no poderme entretener: todos los demás se puede entretener y no están locos. Los genios crean, se entretienen y desempeñan un gran papel estético. Los papeles estéticos son muy variados y están naturalmente combinados con las leyes biológicas de cada uno. La combinación primordial en las leyes biológicas no la entienden los cuerdos: el placer y el dolor, con un gran predominio de dolor, -acaso dolor solamente. Y esta combinación es la gran base del entretenimiento humano. Los que están por volverse locos y buscan el porqué del cosmos, están a punto de entretenerse. Hay horas en que no sé por qué -ni se me importan saberlo, como ahora por ejemplo- imito a los que se entretienen y escribo. Pero, tanto da: al rato me encuentro con que no tengo ni había tenido en qué entretenerme.
Lo que me parece que tiene más presión de entretenimiento, es contar hasta mil: esto no tiene pretensión de trampa de entretenimiento. En cambio, las artes y las ciencias, sí. Las trampas de entretenimiento de las artes, consisten en hacer variaciones sobre un tema determinado, y las de las ciencias en plantear casos especiales de todo: y habiendo genio, estos entretenimientos no escasearán nunca, y habrá siempre tanta originalidad en ellos, como si las impresiones digitales de cada uno fueran creación propia.
