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Sunset Park

03-02-2011 |

El amor y la esperanza en una novela dickensiana de Paul Auster.

Por PZ.

sunset parkLos primeros meses de 2008 tuve una manía compulsiva: entraba en la web de Clarín para seguir minuto a minuto la caída de la bolsa en Estados Unidos. El desplome tenía una violencia tal que, al recargar la página cada pocos segundos, se podía ver cómo los números negativos se hacían más profundos. Era adictivo y daba vértigo.

Las consecuencias más graves de la crisis las sufrieron millares de estadounidenses que debieron abandonar sus casas por no poder pagar las hipotecas. Los bancos se convirtieron en grandes inmobiliarias.

El protagonista de la novela Sunset Park, de Paul Auster, es un joven que vive en Florida y trabaja en una empresa que “limpia” las casas abandonadas. Las deja en condiciones para que los bancos puedan volver a venderlas. La novela transcurre durante ese 2008, poco antes de que Barack Obama asumiera la presidencia.

Los personajes de Auster -especialmente aquellos que narran en primera persona, aunque no sea este el caso- sobrellevan una crisis personal: una enfermedad indefinida (La noche del oráculo), un cáncer (Brooklyn Follies), la muerte de alguien amado (El libro de las ilusiones). La lucha de Miles Heller es consigo mismo por haber provocado involuntariamente la muerte de su hermanastro. Doce años atrás, el joven de futuro prometedor, estudiante venturoso, empujó a Bobby en medio de una discusión haciéndole perder el equilibrio en el infausto momento en que se acercaba un coche. Miles nunca reveló la causa del accidente, pero se fue convirtiendo en alguien cada vez más hosco y sombrío. Una mañana escuchó a sus padres hablar de él. “Hay en él ura ira y una frialdad que me asusta”, decían. Miles tomó la decisión de cortar lazos con la familia, dejar los estudios y mudarse lejos de Nueva York, abandonando sus ambiciones y aceptando “lo que el mundo le ofrecía cada día”.

En una historia enmarcada en una debacle económica, Auster por una vez se aleja de Borges (aunque no pueda evitar mencionarlo en la página 125) y abreva en Francis Scott Fitzgerald y Charles Dickens, con referencias explícitas: Miles conoce a Pilar en una plaza leyendo El gran Gatsby; Dickens es una cuerda que se pulsa durante toda la novela. Uno de los últimos capítulos, incluso, comienza parafraseando el inicio de Historia de dos ciudades: “Ha sido lo mejor que podría haberle pasado, ha sido lo peor que podría haberle ocurrido”.

Una de las tesis que trabaja el libro es que el Estados Unidos de George Bush se convirtió en un país que “ya no es una propuesta factible”. Es un país filicida. Ningún personaje -salvo el padre de Miles, un romántico editor de libros a punto de quebrar- está interesado en la paternidad. En un país sin futuro, los hijos son problemas. Cuando Miles mantiene relaciones con su novia lo hacen por el culinchi porque “nada asustaba tanto a Pilar como la idea de quedarse embarazada”. A riesgo de caer en una simplificación extrema, permítanme señalar que una de las razones por las que los estadounidenses hipotecan sus casas es para pagar la universidad de los hijos.

Pilar tiene 17 años, es menor de edad, y una de sus hermanas amenaza a Miles con denunciarlo a la policía si no empieza a robar para ella objetos de las casas que limpia. Cuando la presión se hace inaguantable, Miles acepta el ofrecimiento de un amigo de volver a Nueva York y vivir con él y dos chicas bohemias en una casa tomada de Sunset Park. Hasta que Pilar se haga mayor, el muchacho que limpiaba las casas abandonadas debe vivir ilegalmente en una.

En la última página, Auster hace un juego de palabras entre homeless y Homero: la odisea de Miles no está protagonizada por Ulises sino por Telémaco. El regreso es el momento en que el hijo debe aceptar su responsabilidad y construir su futuro. Tal vez por ello, el final ambiguo permita que se lea una pequeña esperanza.

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